Liberticidio

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Creemos que somos libres:

Porque llamamos democrático al régimen que nos gobierna.

Porque cuando vamos al supermercado tenemos a nuestra disposición miles de productos entre los que elegir.

Porque podemos decir y escribir (aparentemente) lo que nos dé la gana en las redes sociales, en nuestro blog, en Internet.

Porque, dice nuestra Constitución, tenemos una serie de derechos fundamentales inalienables.

Así que, somos libres, no cabe duda.

¿Te sientes libre? ¿No?

Pero si…

Puedes caminar sin temor por la calle, sin que las fuerzas del orden te pidan la documentación cada dos por tres, salvo que seas inmigrante o tengas pinta de serlo.

Puedes hacer sátiras, parodias o chistes en Twitter con total impunidad salvo que enaltezcan el terrorismo –o que a alguien se lo parezca- o lances palabras malsonantes contra los judíos o las víctimas de algunos atentados. A otros grupos y minorías puedes insultarles y faltarles al respeto cuanto quieras: a las mujeres; a los inmigrantes; a los parados; hasta a tus vecinos, si estos no son políticos profesionales (suelen tener la ley de su parte, no te interesa meterte con ellos).

Puedes manifestarte en las plazas –autorización de la autoridad competente mediante- siempre que no atentes contra la letra (o el espíritu) de la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para los amigos-. Cierto, tiene muchas páginas y parece abusiva; simplifica la problemática manifestándote a favor o en contra de los participantes de Gran Hermano o por la unión de todas las corrientes de yoga en una única, grande y definitiva Escuela de Yoga Integral.

Tus hijos gozarán de educación gratuita siempre y cuando pagues tú los libros, el comedor, las clases extraescolares, las excursiones y, más adelante, los miles de euros que cuesta cualquier grado universitario (sin contar el último curso, llamado máster para cobrarlo más caro).

Tendrás sanidad pública universal gratuita pero sólo sobre el papel porque te verás obligado a contratar una póliza de un seguro privado ya que las largas listas de espera, las urgencias colapsadas y las citas con meses de antelación terminarán con tu paciencia (y, probablemente, con tu salud).

Tu seguridad e integridad están garantizadas por ley salvo que, pequeño detalle, algo en tu figura o en tu documento de identidad lleve a pensar que, quizás, tal vez, a lo mejor, puedas ser un islamista-integrista-radical-terrorista. Cualquier musulmán entra dentro de esta categoría. En realidad, es suficiente con que te llames Abderramán o Yusuf, por ejemplo. Te sucederá lo mismo si tienes pinta de okupa o de anarquista o vas por la vida en plan “desarrapado”.

Liberticidio

Vivimos en un mundo globalizado en el que las amenazas y la inseguridad parecen multiplicarse cada día que pasa. Desde los medios de comunicación, nos bombardean con noticias sobre atentados, asesinatos, robos, secuestros, violaciones, accidentes, terremotos, huracanas y lluvias torrenciales. Los discursos de los políticos están colmados de advertencias, amenazas veladas y, sobre todo, miedo, mucho miedo.

Los ciudadanos estamos alojados en el miedo, un miedo construido a base de palabras e imágenes. Miedo a un atentado, a una enfermedad, al cambio y a lo diferente. Como tenemos tanto miedo, compramos seguridad y pagamos por ella el precio más alto: nuestra libertad.

Libertad vs seguridad

Aunque el discurso imperante afirma lo contrario, en nuestros días libertad y seguridad parecen antitéticas o, al menos, conviven con dificultad. Recupero las palabras de Obama: “continúo creyendo que no tenemos que sacrificar nuestra libertad para garantizar la seguridad. Ese es un falso dilema”. Lo dijo cuando salió a la luz que los servicios secretos de Estados Unidos tenían acceso a registros telefónicos de millones de estadounidenses, de ciudadanos de todo el mundo y hasta pinchaban los teléfonos de los políticos y diplomáticos europeos y de otros países.

En los últimos años, hemos tenido constancia de que nos espían y/o compilan datos sobre nosotros: los gobiernos, los servicios secretos, las empresas de telefonía, las grandes empresas de Internet (Google, Facebook, Amazon, Microsoft…) Snowden y Assange son los dos nombres más conocidos entre aquellos que han sacrificado su vida para dar a conocer estas prácticas. ¿Qué ha cambiado desde que sabemos que estamos siendo vigilados? Hummm, ¿nada?

Increíble. No nos importa. Bueno, sí, el primer día sí, cuando sale la noticia ¡todos saltamos indignados! Luego nos volvemos más comprensivos; vamos, que nos olvidamos y seguimos con nuestra vida.

Posdemocracia y miedo

En la actualidad, somos testigos mudos de lo que el profesor Carlo Bordoni llama la posdemocracia “un proceso solapado, presentado como “natural”, que garantiza las libertades formales, pero las degrada o las despoja de su verdadero contenido democrático.”

Estamos matando la libertad, nosotros mismos, con nuestras propias manos. La matamos con cámaras de vigilancia que miran y graban nuestros pasos en las calles, en los centros comerciales, en cualquier lugar público. La matamos ofreciendo abiertamente todo tipo de información sobre nuestras vidas en las redes sociales. La matamos porque tenemos miedo de lo que nos dicen que tenemos que tener miedo mientras que no tememos lo que nos amenaza realmente.

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Este artículo se inspira -muy libremente- en la presentación del libro “Imperio de la vigilancia“, de Ignacio Ramonet. También en algunas ideas extraídas de “Estado de crisis“, un diálogo a dos voces entre Carlo Bodoni y Zygmunt Bauman.

 

Gracias por votar conservador

Gracias por votar conservador

Gracias por votar conservador (graffiti en el espacio autogestionado El Campo de la Cebada, Madrid)

Gracias, de verdad, muchas gracias a todos y todas los que habéis votado conservador, los que os habéis decidido por mantener el statu quo. Thanks, merci, danke (resumo en estos tres idiomas la multiculturalidad europea -la de los que mandan, claro- que también os está francamente agradecida).

No quiero dejar pasar la oportunidad de agradeceros vuestro voto conservador en todas las parcelas que bien merecen ser mencionadas.

Gracias por apoyar la continuidad de la depauperación de la clase media.

Gracias por votar a favor de que los pobres sigan empobreciéndose y, los ricos, enriqueciéndose.

Gracias por darle vuestro apoyo a los recortes en Sanidad y en Educación.

Gracias por apoyar las privatizaciones y el desmantelamiento del Estado del Bienestar.

Gracias por darle un nuevo empujón a la ya de por sí vital corrupción política de este país.

Gracias por seguir convirtiendo a los jóvenes españoles en emigrantes económicos.

Gracias por mantener el modelo energético basado en energías fósiles y vetar el desarrollo de las energías renovables.

Gracias por querer que España siga convirtiéndose en un resort de vacaciones para los turistas y jubilados extranjeros con más ingresos que los nacionales.

Gracias por seguir apostando por una economía en la que las siglas I+D+i no significan Investigación+Desarrollo+innovación sino Insuficiente+Desarrollo+intrínseco.

Gracias por colaborar con la “guetificación” de la sociedad a través de la disgregación entre la educación pública masificada y mal financiada (para los que no pueden pagar) y la concertada y privada (para los que sí pueden pagarla).

Gracias por reforzar el inmovilismo social interclases.

Gracias por amar a las élites por encima de todo.

Gracias por mantener intactos los dogmas de la Iglesia católica cuya apertura de miras tanto hace avanzar a cualquier sociedad.

Gracias por mantener el salario mínimo interprofesional y las pensiones mínimas en niveles de hambre.

Gracias por negaros al cambio.

Y gracias, sobre todo, por tener miedo, porque el miedo os hace débiles y es, con razón, el arma preferida de los que ostentan el poder.

De cómo hoy en día la desfachatez campa a sus anchas

Entre los sinónimos de desfachatez encuentro descaro y desvergüenza.

Entre los sinónimos de desfachatez encuentro descaro y desvergüenza.

En los últimos tiempos, me he sorprendido a mí misma, varias veces, utilizando la palabra desfachatez enmarcada en mi habla cotidiana; la he oído en boca de otros; he leído declaraciones en las que se escupían con rabia sus once letras.

Al principio me extrañó su aparición pues, no en vano, es un término que pasaba por estar en desuso; suena un poco anticuado, pretérito, demasiado coloquial tal vez; está revestido de la pátina opaca que deja el tiempo al pasar. O, como podría haber escrito Ortega, es un sustantivo periclitado, otro verbo obsoleto –no creo haberlo leído nunca en ninguna de las múltiples redes sociales que inundan mi vida-.

Entre los sinónimos de desfachatez encuentro descaro y desvergüenza. El primero lo empleo poco y, más bien, para referirme a algunas personas; el segundo me he cansado de utilizarlo para adjetivar las actuaciones y las actitudes de la mayoría de los políticos que nos gobiernan (y de los que aspiran a ello).

Pero no hay caso: desfachatez me gusta más, mucho más. La cuestión es que me la encuentro, casualmente, por todas partes. Voy en su busca y me topo con:

La desfachatez de los autodenominados intelectuales de este país, los periodistas, los literatos, los hombres y mujeres de la cultura del botijo que son capaces de sentar cátedra sobre los temas más variopintos en animadas tertulias y jugosas columnas de prensa. Atacan verbalmente cualquier asunto de actualidad, sin inmutarse ni despeinarse, porque de todo saben. Son tan sabios que no necesitan ni siquiera informarse antes de opinar sobre un tema. Siempre cuentan con un puñado de fuentes fiables y fidedignas,  nunca se equivocan, jamás debaten.

A menudo están todos tan de acuerdo que simplemente se dedican a hablar más alto que el de al lado, para quedar por encima, mientras intentan que sus brillantes frases se conviertan en el ansiado colofón del debate. Con frecuencia, estas tertulias de supuestos expertos parecen un concurso en el que no gana el que más sabe sino el más rimbombante o el que más grita.

Los pseudointelectuales españoles divagan sobre política, sobre el sistema judicial, sobre la hepatitis C, sobre la educación, sobre el empleo o sobre el enriquecimiento de uranio, si hace falta. Hablan, opinan y marean las palabras sin aportar nada ni solucionar cosa alguna, todo para rellenar los minutos de tertulia diaria o las líneas preceptivas del artículo que han de firmar para ganarse su (generoso) sustento mensual.

La desfachatez de los adinerados que pomposamente restriegan sus privilegios frente a los ojos de los menos favorecidos. En los países económicamente “subdesarrollados” la palabra vergüenza se queda corta para describir el dantesco espectáculo de la pobreza frente a la riqueza.

En las naciones más ricas, las clases altas se pasean por las portadas de las revistas y delante de las ávidas cámaras de televisión con sus lujosos vestidos y sus mansiones de ensueño; muestran sus yates y sus aviones privados; se trasladan en sus coches de precios prohibitivos, probablemente conducidos por un chófer; invierten a hurtadillas en las Caimán y veranean ostentosamente en las Seychelles.

No sólo hablo de los que tienen millones de euros en patrimonio sino también de todos esos CEO’s y managers –o sea, directivos de grandes y medianas empresas- que retuercen cada año un poco más el presupuesto y las condiciones laborales de los trabajadores mientras ellos visten trajes de cientos de euros, conducen coches de decenas de miles de euros y habitan en chalés o pisos de cientos de metros cuadrados.

No me olvido de los políticos, hechos ellos mismos de pura desfachatez, desde sus palabras y sus gestos hasta sus sonrisas. Me he fijado especialmente en aquellos que ostentan el cargo de ministro, todos ellos intercambiables entre sí porque de nada saben y lo mismo da que caigan en Fomento que en Interior o en Agricultura y pesca.

El colmo de la desfachatez política lo sitúo en estos mandatarios encargados de carteras ministeriales que toman decisiones guiados por ideologías y simpatías en lugar de basándose en razonamientos que respondan al interés general y a las necesidades reales. Como no tienen suficiente con hacer lo que les place, aderezan sus acciones con comentarios jocosos y humillantes destinados a instruir a la ignorante población (que los eligió no como administradores sino como… ¿mentores, maestros, guías?)

Tampoco se me escapa la desfachatez imperante en el discurso oficial, emanado tanto desde las figuras públicas como desde los medios de comunicación masivos. Sea cual sea el asunto a tratar, la lógica de este discurso nos resulta bien falsa, bien parcial. La grandilocuencia y la “irrefutabilidad” van de la mano en temas tales como la justicia –igual para todos-; la Unión Europea –indiscutible-; la tecnología –sinónimo de progreso-; la cultura corporativa –buena para la economía y el desarrollo-; la enseñanza exclusivamente centrada en las necesidades del mercado laboral –un paradigma-;  la privatización –rentabilidad, productividad y mejor organización-; la familia –tradicional-; el consumismo –generador de felicidad, motor de la economía-…

Ante tanta desfachatez, podemos patalear o, como el ingenuo Pangloss de Voltaire, seguir pensando que vivimos “en el mejor de los mundos posibles”.

 

Envidia de Islandia

Islandia se levanta, España mete la cabeza bajo tierra (carretera en Islandia)

Islandia se levanta, España mete la cabeza bajo tierra (carretera en Islandia)

Lo reconozco, tengo envidia de la ciudadanía de Islandia, mucha envidia. Está feo, ¿no? Esto de sentir envidia de otras personas, digo. Pero es que no lo puedo remediar. Miro a España, le echo un vistazo a la “Unión Europea”, giro la cabeza hacia Estados Unidos, Sudamérica; hasta Australia llega mi mirada. Pero no hay caso, por mucho que mire y remire y busque y rebusque, veo la misma niebla, la misma oscuridad, idéntica atmósfera en la que se mezclan desordenados la corrupción, el latrocinio, la desvergüenza y la pasividad.

Sé que Islandia no es la panacea. Sé que su régimen político, su democracia, su legislación y su sistema judicial son imperfectos. Incluso soy capaz de reconocer que los ciudadanos islandeses están lejos de ser seres virtuosos que toman siempre las mejores decisiones. Lo sé. Precisamente es este conocimiento el que hace que me den ganas de echarme a llorar cuando comparo Islandia con España. Lágrimas de pena, de rabia, de frustración, lágrimas amargas, lágrimas que se me escapan de los ojos sin querer, arrastradas por su propio peso.

Pero no sólo me entristece nuestra situación, esa España de la cuchufleta, del cazo egipciforme (que tan bien ilustraba Forges) y el robo -a espuertas- de guante blanco. Sobre todo me da vergüenza, tanta como envidia le tengo a los islandeses. O sea, mucha, muchísima vergüenza.

Viñeta de Forges, cazo egipciforme, corrupción

Viñeta de Forges, cazo egipciforme, corrupción

Me avergüenza oír al presidente del gobierno decir que la corrupción en España (generalizada y constante) “son cosas que pasan” mientras que el primer ministro islandés ha dimitido en menos de 48 horas tras salir a la luz que había constituido una empresa en las Islas Vírgenes, paraíso fiscal, paraíso del blanqueo de dinero, de ese dinero de los impuestos que los que más tienen no pagan.

Llegados a este punto, no sé qué pensar de la financiación ilegal del PP, de los papeles de Bárcenas, del caso Gürtel, ¿alguien se los ha inventado o son reales y lo irreal es que nadie parezca tener responsabilidad alguna en estas tramas?

Me da vergüenza ver que, mientras los deportistas de élite, los políticos, los banqueros, los empresarios y demás ricachones acumulan millones en cuentas opacas y eluden pagar la mínima cantidad de impuestos, los ciudadanos de a pie sufren el recorte brutal de los servicios públicos, las subvenciones, los presupuestos para la educación o la sanidad, en fin, el desmantelamiento del Estado del Bienestar, construido con las aportaciones, vía impuestos directos e indirectos, de esa misma ciudadanía.

Paraísos fiscales, corrupción, cuentas opacas, papeles de Panamá

Paraísos fiscales, corrupción, cuentas opacas, papeles de Panamá

Me avergüenza que la banca española vocee urbi et orbi su supuesto compromiso con el pequeño ahorrador mientras que lo maltrata a base de comisiones y tipos de interés elevados, justamente a esos clientes que ganan 600 o 1000 euros al mes, que apenas llegan para pagar los servicios básicos de luz, agua o gas (que, por otra parte, no hacen más que subir). Por el contrario, a las grandes fortunas las asesora para que evadan impuestos, para multiplicar la rentabilidad de sus millones, para acogerse a amnistías fiscales.

Hablando de amnistías fiscales, ¡qué vergüenza amnistiar a los ricos para recaudar 1.200 millones de euros de los 40.000 millones que aparecieron de repente, saliendo de sus escondrijos en Suiza y otros paraísos! A la clase media y baja, más que amnistiarles, se les pone bajo la lupa de Hacienda, no vaya a ser que dejen de pagar 100 euros de IVA o del impuesto de Sociedades.

Vergüenza me da que una funcionaria de la Seguridad Social me comente que los inspectores del organismo, en lugar de dedicarse a perseguir, por ejemplo, a las empresas que contratan falsos autónomos, se dedican a hostigar y multar a las personas que, en Navidades, ponen una mesita en una plaza e intentan vender las cuatro prendas que han tejido, con cariño y mucha paciencia, durante el año.

Las ciudades financieras, dentro de las ciudades que habitamos, donde sólo se aplica la ley del más fuerte y del que más tiene

Las ciudades financieras, dentro de las ciudades que habitamos, donde sólo se aplica la ley del más fuerte y del que más tiene

Con todo este sentimiento de vergüenza encima, apenas puedo moverme. Supongo que es lo que le pasa a la mayor parte de los ciudadanos españoles. Sólo puedo ir, una vez cada cuatro años, a votar a los de siempre, porque dicen que van a cambiar, porque dicen que la corrupción son cuatro manzanas podridas en el cesto, de las que hay que deshacerse.

Con este peso insoportable sobre mi alma, no puedo echarme a la calle a protestar. Sólo puedo ir al bar y pedir unas cañas y unas raciones; sólo puedo ir de compras a algún megacentro comercial o a alguna tienda de marca conocida a ahogar mis penas tarjeta en ristre y bolsas en mano.

Con esta pesadumbre flotando en  mi cabeza, me es imposible ni tan siquiera pensar que, tal vez, haya otras opciones, otras formas de ver la vida, otras filosofías. No me queda otra que continuar con mi banco de toda la vida, mis marcas de toda la vida, mi nivel de consumo de toda la vida, mi partido político de toda la vida, mi sindicato de toda la vida, mi pasividad de toda la vida.

Ni voz ni voto ni interés ni ganas.

Ya tengo suficientes problemas y complicaciones, no quiero más.

Como dice el presidente en funciones, Mariano Rajoy, “esas cosas pasan”.

¿O será que permitimos que pasen?