El gran retroceso de la democracia

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Vivimos tiempos convulsos: se alza un griterío de odio y rechazo, la ciudadanía se revuelve, el terrorismo nos atenaza, los Estados se vuelven aún más conservadores, la democracia -que apenas se componía ya de una cita con las urnas cada X años- se resiente.

Casi siempre nos parece que son convulsos aquellos años en los que transcurre nuestra vida. Echando la vista atrás, no encontramos parangón a nuestras ansiedades y desvelos actuales. Aunque miremos al siglo XX y leamos que ha sido la centuria de las guerras mundiales, el crash del 29, la Guerra Fría, la solución final y el stalinismo.

Nosotros tenemos el 11-S, la gran crisis económica de 2007-2015, el ISIS, decenas de miles de refugiados árabes y africanos llamando a las puertas cerradas de Europa. Vivimos tiempos convulsos, es cierto. El ensayo coral “El gran retroceso” nos ilumina sobre algunas de las cuestiones más acuciantes, sobre las más preocupantes.

El neoliberalismo ha muerto, ¡viva el neoliberalismo!

Una de las ideas que sobrevuela, con insistencia, la mayoría de los ensayos incluidos en el libro es la de que el neoliberalismo ha alcanzado su paroxismo y sólo puede caer. La crisis económica que, dicen, estamos dejando atrás, ha sido su epitafio. Muerto por acumulación de pecados capitales: gula, avaricia, envidia, soberbia y, de una forma figurada, lascivia. Lo quiso todo para unos pocos. Cada vez más para cada vez menos personas. Murió aplastado por la reacción de las masas, pisoteado, pateado.

Yo aún no lo doy por muerto, tantas veces lo he visto resucitar. Ninguna religión se ha atrevido a tanto: una resurrección cuela pero ¡tantas! Habrá que empezar a creer en la transmigración de las almas pitagórica para darle una explicación.

El caso es que, neoliberalismo mediante o ausente, la gran perdedora de las dos últimas décadas es la democracia. Cuando el neoliberalismo aprieta, a quien estrangula es a la democracia, nuestra querida e imperfecta gran creación política. El poder del pueblo, como quisieron los griegos, que no dejaban votar ni participar en “su” democracia a las nueve décimas partes de los que vivían en el país.

El languidecer de la democracia de las urnas

Sucede que la democracia que tan perjudicada ha salido de la crisis, es la de la urna y el voto cada cuatro años. Gracias a las papeletas, hemos visto llegar el Brexit, al infame Donald Trump, a Le Pen (y a Macron, no olvidemos que ganó porque era menos malo que su contrincante, no porque fuera mejor). A Erdogán, a Duterte, a Modi, a la AfD. En fin, que vemos retroceder el cosmopolitismo auspiciado por la globalización y aparecer, en su lugar, un nacionalismo ultraconservador que encuentra en los inmigrantes y los refugiados su chivo expiatorio perfecto.

Hemos salido de la crisis maltrechos, precarizados, empobrecidos, sin esperanza y sin futuro. Así que votamos a los que nos prometen que nuestro país (y con él nosotros) volverá a ser grande –Make America Great Again-; a los que nos explican que son los inmigrantes los que nos están “robando” nuestros legítimos puestos de trabajo; a los que abogan por más Estado y menos Europa, menos Mundo.

Como si la globalización fuera reversible, como si la migración fuera un accidente temporal y no un estado permanente de aquí en adelante. Como si las grandes multinacionales y los ricos fueran a volver a suelo patrio para crear puestos de trabajo y pagar impuestos.

Demos: pueblo; cracia: gobierno/poder

La democracia que ha salido fortalecida de estos tiempos convulsos es aún débil pero está asomando la cabeza. Es la democracia de la calle. Es la democracia de los indignados, de las plazas y las sentadas; de la protesta no violenta; de la solidaridad con quien tiene menos que nosotros; de las asociaciones de barrio, las iniciativas populares, los colectivos variopintos, los huertos urbanos; la del trueque, las monedas sociales, la economía colaborativa (la de verdad, no Airbnb ni Uber ni ninguna otra empresa multimillonaria).

Esa es la democracia que realmente hace honor a su etimología: el gobierno del pueblo. La democracia de las urnas debe de ir por detrás y aprender que, en política, han dejado de valer los partidos y los nombres de siempre. Y que, si no queremos ir a peor, si no queremos más Trumps, más cerrazón, más odio y más miseria, estamos obligados a ponerlo todo patas arriba.

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"El gran retroceso", varios autores

El gran retroceso” es un ensayo coral, escrito a muchas manos, por humanistas y pensadoras que quieren llevar a los lectores a la reflexión y a la acción sobre la realidad política actual: Brexit, Trump, movimientos nacionalistas populistas, crisis de los refugiados, concepto de democracia, deriva de la UE…

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El feminismo como alternativa al neoliberalismo

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El feminismo no es un movimiento, es una ideología, una “narrativa” -como gustamos denominar últimamente a los corpus teórico-prácticos de pensamiento-. No nació hace cuatro décadas con los movimientos reivindicativos de los 70 ni a finales del siglo XIX con el sufragismo. No, el feminismo tiene una historia mucho más larga que podemos rastrear allá por el siglo XVII, el Barroco, para seguir sus huellas en los salones del XVIII (el siglo de las luces y la conversación) [“¿Qué es el feminismo y qué retos plantea?” por Amelia Valcárcel, pdf].

Cuando hablamos de feminismo, constantemente nos referimos a lo que no es porque, para desacreditar un movimiento o una ideología, sus detractores intentan minimizarla, encasillarla, negativizarla. De ahí que nos veamos en la obligación de insistir en lo que no es el feminismo:

  • No es la contrapartida del machismo ni su opuesto.
  • No es un movimiento.
  • No es una ideología de clase.
  • No pretende situar a las mujeres por encima de los hombres.
  • Y no, no es exclusivo de las mujeres. Bien al contrario, es inclusivo y pretende ir más allá de la dicotomía de género incluyendo, por igual, a hombres y mujeres.

El feminismo, en su esencia, se opone al capitalismo, al neoliberalismo, a la inequidad y a la desigualdad. En positivo, podemos decir que es una ideología universal que busca la igualdad económica, social y cultural de todos los seres humanos.

Desde la caída del muro de Berlín, en 1989, no hay -dicen- alternativa al capitalismo (o a su última etapa, la que vivimos en la actualidad, el neoliberalismo). El fin de la historia fue proclamado por Francis Fukuyama. La filosofía política actual chapotea entre los escombros del comunismo, las revisiones de la revisión de la revisión del pensamiento marxista y el conocido programa neoliberal, que todos conocemos, basado en el laissez-faire.

Mientras la teoría parece haber entrado en barrena en las dos últimas décadas, los movimientos sociales estallan por doquier. Sin ser exhaustiva, puedo mencionar un buen puñado: en América latina, en los países árabes (la “primavera árabe”), el conocido como 15-M, las revueltas en Grecia… Quizás podríamos incluir algunas de las corrientes feministas más en auge: el movimiento queer, la visibilización del trabajo doméstico, la lucha contra la violencia machista (o patriarcal), las reivindicaciones de las mujeres musulmanas o indias. Son sólo unos ejemplos.

Aunque el feminismo parece un movimiento atravesado por cientos de corrientes que sólo tienen como común denominar la presencia de mujeres, no es así. Cuando nos fijamos en las partes, es fácil que perdamos el sentido del todo: “el bosque no nos deja ver el claro”. El feminismo es una ideología con unos principios comunes y compartidos por todas sus ramas.

En mi opinión, el feminismo es el sustituto del comunismo como contrapartida ideológica del capitalismo (y de su última ola, el neoliberalismo). Para convertirse en una alternativa plausible y deseable al capitalismo, tiene que mantener, por encima de cualquier otra reivindicación parcial, sus dos principios fundamentales: la universalidad y la igualdad.

El feminismo es una forma de ver el mundo, es una ideología política, es un corpus formado por millones de pequeñas iniciativas que ya se han puesto en marcha y que se seguirán poniendo en práctica.

En mi opinión, existe un “credo” feminista que está por encima de las pequeñas diferencias de los micro (o macro) movimientos que lo forman. Pienso que sus principios se oponen radicalmente a aquellos propios del neoliberalismo. Son éstos…

El feminismo como ideología universal está a favor de:

  • La globalización (frente al proteccionismo, el nacionalismo, el regionalismo, un mundo a varias velocidades, la explotación de los países ricos por los pobres etc.)
  • La democracia.
  • La igualdad.
  • La diversidad.
  • El desarrollo cultural.
  • La educación (para todos).
  • El progreso (social, no meramente económico).
  • El reparto equitativo de la riqueza.
  • La sostenibilidad y la defensa del medioambiente.
  • La desmilitarización y la no proliferación de armas (de cualquier tipo, incluidas, obviamente, las atómicas).
  • La política de la no violencia.

Este texto es el resultado de hilar muchos pensamientos sueltos y algunas lecturas. Me encantaría que aquellas personas que lo hayáis leído, dejarais vuestros comentarios (constructivos y respetuosos, por favor, sólo pido eso). El pensamiento, el debate y la acción son las tres formas que tenemos de seguir construyendo nuestro propio camino.

España, gran feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

España, feudo del capitalismo clientelar

Pese a que España es un ejemplo muy ilustrativo de capitalismo clientelar, la expresión, en sí misma, no es excesivamente conocida. Fue acuñada por primera vez en inglés: crony capitalism. En nuestro país, nos identificamos más con su forma vulgarizada: capitalismo de amiguetes (o de contactos o de favores).

Aunque no llamemos a las cosas por su nombre, lo que es evidente es que la economía y la sociedad españolas conviven en la turbia ciénaga creada por este tipo de capitalismo. Sólo hay que echar un vistazo a los titulares de los medios de comunicación o escuchar cualquier conversación entre amigos o familia para darse cuenta de que está a la orden del día. Con el consentimiento de casi todos y para nuestra vergüenza.

Cómo se inicia y cuáles son sus características

El capitalismo clientelar empieza en los políticos, continúa por los banqueros, empresarios y altos directivos para pasar a extenderse, cual mancha de aceite o petróleo en el mar, a toda la sociedad española, incluidos los medios de comunicación.

Algunas de sus características nos resultan muy familiares: las llamadas puertas giratorias; los rescates estatales del sector privado, con dinero público (a la banca, a las autopistas de peaje…) -socialización de las pérdidas-; los lobbies que mantienen reuniones secretas y a puerta cerrada con los políticos en el poder; las comisiones ilegales a individuos y la financiación ilegal de los partidos políticos etc.

¿Qué perdemos?

Parece que también las consecuencias del capitalismo clientelar son claras. Recientemente, varios economistas y juristas han llegado a la conclusión de que el escaso incremento -e incluso el descenso- de la productividad agregada de la economía española (entre 1995-2007) y la escasa innovación que se da en nuestro país son causadas por el capitalismo clientelar. Por no hablar de que genera una situación de clara injusticia en la que se socaba el concepto de igualdad de todos los ciudadanos.

El marco en el que se inscribe el capitalismo clientelar está formado por instituciones débiles, leyes partidistas, una clara desafección generalizada por el concepto de interés general y una sociedad civil débil o conformista.

 El concepto de “captura”

En uno de los pocos libros dedicados a esta distorsión del sistema económico vigente, “Contra el capitalismo clientelar“, se habla de la captura del estado, de las instituciones y de los medios de comunicación, por parte de intereses privados.

Esta captura se produce cuando el interés individual se pone por delante del interés general. Y esto, en España, pasa muy a menudo. A todos los niveles.

  • Los nombramientos de los altos cargos de las instituciones públicas se hacen “a dedo”, eligiendo, no a los más válidos y talentosos, sino a los más cercanos.
  • Los políticos y los empresarios se hacen favores mutuamente. Es el clásico intercambio de licitación concedida o ley favorable por futuro puesto en la empresa privada. Sobre todo se da en los sectores económicos que más dependen del Estado: construcción, energía (petróleo y electricidad), telecomunicaciones, farmacéutico…
  • Los favores de la banca suelen ir en forma de créditos a partidos políticos, sin necesidad de reembolso, e inversión en publicidad (o directamente en el accionariado) de medios de comunicación. Estos mismos bancos son los que compran la deuda pública emitida por el Estado.
  • La sustitución de las leyes y la normativa regulada, emanada del poder legislativo, por códigos de buen gobierno y responsabilidad social corporativa de las empresas privadas (facultativos y no potestativos).

¿Por qué se da el capitalismo clientelar en España?

Una buena noticia: aunque lo parezca, el capitalismo clientelar en España no está inscrito en los “genes” nacionales y, por lo tanto, es superable. Eso sí, la cultura de amiguetes y favores no va a desaparecer por sí sola, porque hay muchos individuos que, como se suele decir, sacan tajada.

Más allá de que las instituciones sean débiles y la sociedad civil española acomodaticia, lo más preocupante es que no sólo se soporta esta situación (con resignación cristiana o con cinismo, según el caso) sino que se llega a aplaudir y hasta se aspira a estar ubicado entre esta élite de amiguetes.

En fin, que en nuestro país se tiene la idea de que quien no tiene contactos, es un mindundi, y el que no roba -en la medida de sus posibilidades-, idiota.

Pero, ¿se puede superar el capitalismo clientelar?

El primer paso es tomar conciencia de su existencia y de los mecanismos por los que se rige. En segundo lugar, hay que construir una visión ética de la sociedad, poniendo, por delante de los intereses particulares, el interés general.

Muchos de los cambios y las revoluciones que han acontecido a lo largo de la Historia se han producido gracias a la presión social. Si los ciudadanos no queremos seguir siendo los grandes perdedores del capitalismo clientelar, tenemos que oponernos a él, denunciarlo, avergonzar a sus protagonistas e incluso boicotearlos.

Hoy en día hay alternativas socialmente responsables en la mayoría de los sectores (intercambios no dinerarios, cooperativas, pequeños negocios…); en Internet y en las redes sociales se pueden denunciar las malas prácticas y presionar para que dejen de llevarse a cabo; la información fluye como nunca antes lo ha hecho y el que elige ignorar lo que sucede a su alrededor no puede escudarse en la falta de medios.

El cambio tiene que venir de los ciudadanos de a pie, de abajo, porque, los que están arriba, son los primeros interesados en que todo siga igual.

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Blog “Hay Derecho”, creado y dirigido por los autores de “Contra el capitalismo clientelar”.

Web del economista Josep Pijoan-Mas y artículo sobre el capitalismo clientelar en España.

Pdf del trabajo “Growing_like_Spain_1995-2007” de Josep Pijoan-Mas y otros sobre la debilidad de la productividad agregada en España (en inglés).

Libro del colectivo Sansón Carrasco,

Libro del colectivo Sansón Carrasco, “Contra el capitalismo clientelar”

Liberticidio

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Creemos que somos libres:

Porque llamamos democrático al régimen que nos gobierna.

Porque cuando vamos al supermercado tenemos a nuestra disposición miles de productos entre los que elegir.

Porque podemos decir y escribir (aparentemente) lo que nos dé la gana en las redes sociales, en nuestro blog, en Internet.

Porque, dice nuestra Constitución, tenemos una serie de derechos fundamentales inalienables.

Así que, somos libres, no cabe duda.

¿Te sientes libre? ¿No?

Pero si…

Puedes caminar sin temor por la calle, sin que las fuerzas del orden te pidan la documentación cada dos por tres, salvo que seas inmigrante o tengas pinta de serlo.

Puedes hacer sátiras, parodias o chistes en Twitter con total impunidad salvo que enaltezcan el terrorismo –o que a alguien se lo parezca- o lances palabras malsonantes contra los judíos o las víctimas de algunos atentados. A otros grupos y minorías puedes insultarles y faltarles al respeto cuanto quieras: a las mujeres; a los inmigrantes; a los parados; hasta a tus vecinos, si estos no son políticos profesionales (suelen tener la ley de su parte, no te interesa meterte con ellos).

Puedes manifestarte en las plazas –autorización de la autoridad competente mediante- siempre que no atentes contra la letra (o el espíritu) de la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para los amigos-. Cierto, tiene muchas páginas y parece abusiva; simplifica la problemática manifestándote a favor o en contra de los participantes de Gran Hermano o por la unión de todas las corrientes de yoga en una única, grande y definitiva Escuela de Yoga Integral.

Tus hijos gozarán de educación gratuita siempre y cuando pagues tú los libros, el comedor, las clases extraescolares, las excursiones y, más adelante, los miles de euros que cuesta cualquier grado universitario (sin contar el último curso, llamado máster para cobrarlo más caro).

Tendrás sanidad pública universal gratuita pero sólo sobre el papel porque te verás obligado a contratar una póliza de un seguro privado ya que las largas listas de espera, las urgencias colapsadas y las citas con meses de antelación terminarán con tu paciencia (y, probablemente, con tu salud).

Tu seguridad e integridad están garantizadas por ley salvo que, pequeño detalle, algo en tu figura o en tu documento de identidad lleve a pensar que, quizás, tal vez, a lo mejor, puedas ser un islamista-integrista-radical-terrorista. Cualquier musulmán entra dentro de esta categoría. En realidad, es suficiente con que te llames Abderramán o Yusuf, por ejemplo. Te sucederá lo mismo si tienes pinta de okupa o de anarquista o vas por la vida en plan “desarrapado”.

Liberticidio

Vivimos en un mundo globalizado en el que las amenazas y la inseguridad parecen multiplicarse cada día que pasa. Desde los medios de comunicación, nos bombardean con noticias sobre atentados, asesinatos, robos, secuestros, violaciones, accidentes, terremotos, huracanas y lluvias torrenciales. Los discursos de los políticos están colmados de advertencias, amenazas veladas y, sobre todo, miedo, mucho miedo.

Los ciudadanos estamos alojados en el miedo, un miedo construido a base de palabras e imágenes. Miedo a un atentado, a una enfermedad, al cambio y a lo diferente. Como tenemos tanto miedo, compramos seguridad y pagamos por ella el precio más alto: nuestra libertad.

Libertad vs seguridad

Aunque el discurso imperante afirma lo contrario, en nuestros días libertad y seguridad parecen antitéticas o, al menos, conviven con dificultad. Recupero las palabras de Obama: “continúo creyendo que no tenemos que sacrificar nuestra libertad para garantizar la seguridad. Ese es un falso dilema”. Lo dijo cuando salió a la luz que los servicios secretos de Estados Unidos tenían acceso a registros telefónicos de millones de estadounidenses, de ciudadanos de todo el mundo y hasta pinchaban los teléfonos de los políticos y diplomáticos europeos y de otros países.

En los últimos años, hemos tenido constancia de que nos espían y/o compilan datos sobre nosotros: los gobiernos, los servicios secretos, las empresas de telefonía, las grandes empresas de Internet (Google, Facebook, Amazon, Microsoft…) Snowden y Assange son los dos nombres más conocidos entre aquellos que han sacrificado su vida para dar a conocer estas prácticas. ¿Qué ha cambiado desde que sabemos que estamos siendo vigilados? Hummm, ¿nada?

Increíble. No nos importa. Bueno, sí, el primer día sí, cuando sale la noticia ¡todos saltamos indignados! Luego nos volvemos más comprensivos; vamos, que nos olvidamos y seguimos con nuestra vida.

Posdemocracia y miedo

En la actualidad, somos testigos mudos de lo que el profesor Carlo Bordoni llama la posdemocracia “un proceso solapado, presentado como “natural”, que garantiza las libertades formales, pero las degrada o las despoja de su verdadero contenido democrático.”

Estamos matando la libertad, nosotros mismos, con nuestras propias manos. La matamos con cámaras de vigilancia que miran y graban nuestros pasos en las calles, en los centros comerciales, en cualquier lugar público. La matamos ofreciendo abiertamente todo tipo de información sobre nuestras vidas en las redes sociales. La matamos porque tenemos miedo de lo que nos dicen que tenemos que tener miedo mientras que no tememos lo que nos amenaza realmente.

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Este artículo se inspira -muy libremente- en la presentación del libro “Imperio de la vigilancia“, de Ignacio Ramonet. También en algunas ideas extraídas de “Estado de crisis“, un diálogo a dos voces entre Carlo Bodoni y Zygmunt Bauman.