Entre la inseguridad y la incertidumbre (El precariado, 2º parte)

La característica más evidente del precariado es que carece de control sobre su vida y habita en la inseguridad constante.

La característica más evidente del precariado es que carece de control sobre su vida y habita en la inseguridad constante.

El precariado vive profundamente inmerso en la incertidumbre y la inseguridad. Probablemente, es el grupo social que más claramente ilustra la sociedad del riesgo y la modernidad líquida sobre las que han teorizado los sociólogos Ulrich Beck -fallecido recientemente- y Zygmunt Bauman, respectivamente.

El trabajo asalariado se ha convertido, en las últimas décadas, en el núcleo que da sentido a la vida de cualquier ciudadano. Todo gira en torno al mundo laboral y nuestra posición en él, pasada, presente o futura. Los artífices de esta sobrevaloración del trabajo han sido un puñado de empresarios, economistas y políticos que, como no, pensaban sacar rédito de la operación. La globalización neoliberal sería inviable si el binomio trabajo-consumo dejara de ocupar el primer puesto en nuestra lista de prioridades vitales.

La sociedad actual juzga al individuo por lo que posee: dime en qué trabajas y te diré quién eres. Dime que no trabajas, que estás desempleado, que tienes que ocuparte de tus hijos o tus padres (o abuelos) y pensaré mal de ti. Consideraré que eres un vago, una lacra, una sanguijuela. Sospecharé que estás cobrando un subsidio, que de eso vives, precisamente de mis impuestos, de esos que recortan mi salario para… pagarte a ti los vicios y la vagancia, por lo que parece.

El precariado – y más concretamente, dentro de esta clase social en construcción, los inmigrantes- se ha convertido en la diana sobre la que lanzar envenenados dardos de frustración y cinismo. Un clásico ejemplo del estigmatizado chivo expiatorio aunque, en este caso, masivo y heterogéneo.

Inseguridad por doquier

La característica compartida por todos aquellos que forman parte del precariado es su común sentimiento de inseguridad, tanto laboral como vital. En el mundo del empleo, pasan más tiempo buscando trabajo que contratados; pierden decenas y hasta cientos de horas rellenando formularios, enviando currículos, cribando ofertas y presentándose a entrevistas. En muchas ocasiones, cobrar el subsidio de desempleo o cualquier otra ayuda pública implica desde papeleo burocrático hasta asistir a cursos de orientación o de reciclaje e incluso trabajos para la comunidad –una suerte de voluntariado obligatorio, si me permitís retorcer así la expresión-.

Generalmente, los trabajos a los que accede el precariado están mal pagados y es probable que impliquen turnos rotativos (24×7) o jornadas intermitentes de X horas por la mañana, X por la tarde y otras tantas por la noche –en hostelería, por ejemplo-. A veces el contrato es por unas horas, otras por días o semanas, en ocasiones por meses. De esta manera, la organización de la vida diaria es, cuando menos, una tarea titánica, lo más parecido a un juego de azar, bastante indeseable, en este caso. El control del tiempo está en manos de otros.

La incertidumbre es un estado del alma en el caso del precariado. Cada mañana, al despertarse, se preguntan si encontrarán trabajo ese día, si podrán pagar las facturas, el alquiler o la hipoteca, con quién van a dejar al crío o cómo se las van a arreglar con la creciente dependencia de sus mayores. No les sobra ni tiempo ni dinero, ni cuando están trabajando ni cuando están desempleados.

Inmigrantes en otro país, infraciudadanos en el propio

Dentro del precariado, los inmigrantes forman el conjunto más desamparado. En él encontramos los casos más flagrantes de injusticia, de necesidad y de humillación. No nos referimos sólo a aquellos que dejan atrás su país en busca de trabajo y llegan, casi siempre de forma ilegal -sin papeles-, a otra nación. La mayor parte de la inmigración global se produce dentro de un mismo país o, lo que es más peculiar, de un país a otro de forma temporal y por iniciativa del gobierno del primero (el caso de China con sus programas de capacitación o de Vietnam, por ejemplo)

Los inmigrantes son la mano de obra más barata y más dócil, el combustible con el que se nutre el capitalismo global. El petróleo es la energía, los inmigrantes son las piernas y los brazos que lo ponen en marcha y lo mantienen en movimiento.

Los países occidentales que reciben constantes flujos de inmigrantes de Asia, África o América suelen emplearlos en labores que los oriundos consideran vejatorias, desagradables, físicamente agotadoras o que están especialmente mal pagadas. A pesar de que ésta suele ser la situación, cíclicamente se producen altercados, linchamientos y batallas callejeras anti-inmigrantes. A veces, son los propios inmigrantes los que se levantan en señal de protesta contra las condiciones laborales que soportan.

La necesidad de tener un jornal para sobrevivir y el fantasma de la expulsión o la expatriación, que flota constantemente a su alrededor, son aprovechados por los empresarios para continuar girando la tuerca que ancla a los inmigrantes a un trabajo esclavizante.

Políticas contra las personas

En las últimas décadas, ni siquiera los partidos (autodenominados) de izquierdas –laboristas, socialistas o demócratas- han tenido interés en desarrollar políticas tendentes a mejorar la situación del precariado. La clase media depauperada, en mayor medida tras vivir la crisis que empezó en 2008, mira hacia otros horizontes y empieza a dar alas a populistas de uno u otro signo y, sobre todo, a partidos radicales de derecha que prometen “limpiar” de inmigrantes sus respectivos países. De nuevo, el chivo expiatorio. Lo curioso es que, esta vez, forma parte de la misma clase –o subclase- que los que luchan contra él.

El precariado no tiene aún conciencia de clase. Es bastante improbable que ésta se desarrolle aunque, tal vez, los intereses comunes de unos y otros se alineen para exigir mejoras en su situación o, como mínimo, para reconquistar los derechos perdidos y poder, así, recuperar o construir desde cero su identidad como seres humanos.

 

El mito del populismo en el siglo XXI

Exposición de esculturas (región de Midi-Pyrenées, Francia)

Exposición de esculturas (región de Midi-Pyrenées, Francia)

Se habla de populismo en Europa, especialmente desde las últimas elecciones europeas y, sobre todo, ante los procesos electorales que tenemos por delante este año. Las elecciones en Grecia han provocado un seísmo en el viejo continente pero, no nos engañemos, todo el mundo parecía preparado: en la escala de Richter, no ha pasado de cinco grados. Ni siquiera los bien anclados cimientos liberales del Banco Central Europeo dan la sensación de haber sufrido un atisbo de desestabilización.

Las reacciones a favor y en contra del programa de Syriza, el partido de izquierda “radical” griego, inundan los medios de comunicación y la Red. Curiosamente –o no tanto-, han formado coalición con la derecha nacionalista, señal de que la barrera ideológica maniquea que separaba la derecha de la izquierda está en vías de desaparición, aunque a muchos políticos que llevan años viviendo de las rentas del miedo a los llamados radicalismos ideológicos les hayan dejado sin munición y desarmados.

A nadie le sorprende que haya sido el país heleno el que haya abierto la esclusa del cambio desde una política tradicional de corte bipartidista a otra realidad política poliédrica, multipartidista, llena de matices, en la que las minorías se convierten en mayorías y la calma chicha en marejada. Grecia, la primera democracia de la Historia –al modo antiguo, entendámonos-, es un país de funcionarios, agricultores y hosteleros, un esquema económico que casa mal con el modelo de economía capitalista occidental en el que la empresa privada es la reina y, sus súbditos, los ciudadanos que ejercen el triple rol de productores, empleados y consumidores.

El muy lucrativo juego internacional de la deuda pública, el Risk de los PIB’s, en el que siempre pierden los que menos tienen –sucede como en el mercado de valores, sería naif pensar lo contrario-, ha hecho de Grecia uno de los países más velozmente depauperados del mundo. Por supuesto que hay países y poblaciones mucho más pobres: en África hay 500 millones de personas muriéndose, literalmente, de hambre. Pero, salvo en los casos de guerras fratricidas –véase Siria en la actualidad o la antigua Yugoslavia en los años noventa-, no conozco ningún caso de empobrecimiento de la población, y del propio país, más metódico y expeditivo que el de Grecia. Portugal y España le van a la zaga, bastante por detrás, aún habiendo sido, hasta ahora, diligentes alumnos del FMI, la CEOE y la Europa de Merkel, Sarkozy y Durão Barroso. El caso de Islandia, que se vio abocada a la bancarrota en 2008, es un ejemplo, precisamente, de lo contrario: la lucha por la supervivencia de un Estado que ha conseguido evitar que los costes de la debacle financiera los pague la clase media.

Almuerzo en la calle amenizado con música en directo (Madrid, zona Ópera)

Almuerzo en la calle amenizado con música en directo (Madrid, zona Ópera)

La aparición de una miríada de partidos, a derecha e izquierda del estrecho espectro al que estábamos acostumbrados, se ha dado en llamar populismo. Antes tendíamos a denominarlo nacionalismo pero, desde que los ecos de la Internacional resuenan en los mítines de muchos de estos partidos, hemos tenido que cambiarle el adjetivo que los califica. Es el caso de Grecia con Syriza y Aurora Dorada; el de España con Podemos y Ciudadanos; el resurgimiento de Le Pen en Francia; Auténticos Finlandeses en el joven Estado nórdico, entre otros muchos.

La mayor parte de las ideas que proponen son tan antiguas como los problemas que intentan resolver: la permanencia o la salida de la Unión Europea; políticas contra la inmigración no cualificada; impago de la deuda externa; modificaciones en la fiscalidad, haciéndola más o menos progresiva; nacionalización de empresas; privatización del patrimonio del Estado… Nada nuevo, en realidad. Los partidos demócratas, socialistas y populares (en su acepción conservadora) llevan años comprando y vendiendo acciones en el mercado de las promesas electorales que no difieren en demasía de las consignadas un poco más arriba.

¿Cuál es la diferencia, entonces? Ésta radica, en mi opinión, en que los nuevos partidos, desconocidos, ajenos al poder hasta ahora, arribistas para algunos, podrían llevar a cabo –o intentarlo al menos- algunas de sus propuestas. Hasta ahora hemos estado seguros de que, fuera cual fuese el partido elegido de los dos que tenían posibilidades reales de gobernar, iba a seguir políticas semejantes a las de su oponente: de talante conservador, poco arriesgadas, basadas en los mismos principios económicos; en fin, disímiles, tan sólo, en apariencia. Eso era antes de la crisis, antes del empobrecimiento, antes de los rescates bancarios, de los desahucios, del desempleo a largo plazo de dos dígitos, de la educación y la sanidad para el que pueda pagárselas, de la corrupción generalizada en todos los escalafones de la vida pública, del desaliento y la pérdida de la esperanza.

Eso era antes, no hace tantos años –aunque parezca que ha pasado una eternidad-, cuando había mucho que perder –pensaba la clase media-, cuando los padres esperaban que sus hijos tuvieran una vida mejor que la suya; esos hijos que, ahora, viven de la pensión del abuelo, de trabajitos temporales mal pagados, sin cotizar a la Seguridad Social, de la beneficencia o de unos subsidios misérrimos. A la respuesta ciudadana, política y social, a esta situación la llaman populismo ¡y no lo es!