Los sonidos de la lluvia

Los sonidos de la lluvia: reflexiones sobre la película "Notes on Blindness".

Los sonidos de la lluvia: reflexiones sobre la película “Notes on Blindness”

Un texto que trata sobre los sonidos de la lluvia en pleno verano, con 34 grados ahí fuera y un sol radiante, puede parecer un ejercicio de nostalgia de los días otoñales o invernales. Nada más lejos de mi intención. Este artículo bebe de las impresiones que ha dejado en mí una película titulada “Notes on Blindness” (“Apuntes sobre la ceguera”, en castellano).

Para ubicarnos, os diré que la película trata sobre la experiencia vital de un profesor universitario y teólogo inglés que, en los años 80, se quedó ciego. Para intentar explicar y dar un sentido a su nueva situación, decidió grabar, en cientos de casetes, sus pensamientos y experiencias. Intentó verbalizar la ceguera.

Uno de los momentos más iluminadores de la película, para mí, es la secuencia en la que el protagonista, ya totalmente ciego, siente que se ha puesto a llover. Está dentro de su casa cuando, de pronto, oye las gotas de lluvia. Se acerca a la puerta, tanteando, husmeando la lluvia, y sale al porche. Un mundo de sonidos le espera. El silencio visual que le concede la ceguera le permite concentrarse en el golpeteo de las gotas de lluvia sobre las diferentes superficies.

Todos hemos oído, alguna vez, el sonido de la lluvia, sobre todo cuando es torrencial y va acompañada de relámpagos, truenos y amenazantes nubarrones negros. El repiqueteo sobre el alfeizar de la ventana o contra los cristales es de sobra conocido. Pero no se trata de eso.

En “Notes on Blindness”, la lluvia crea una sinfonía de sonidos tan rica como las piezas de un compositor de música clásica. Como espectadores de la película, no sólo oímos sino que también miramos. Vemos un hombre ciego en el porche de su casa, escuchando las notas emanadas de la lluvia. Dan ganas de cerrar los ojos aunque nos perdamos las imágenes, que seguirán corriendo delante de nuestra mirada vacía.

La lluvia cae, con más o menos fuerza. Se cuela entre las ramas y las hojas de los árboles. Golpea la carrocería de los coches aparcados. Cala la barandilla de madera. Gotea desde las vigas horizontales del techado del porche. Crea ondas en los charcos ya formados.

El contínuum de la lluvia se convierte, para el oído atento, en un conjunto de notas diferenciadas: blancas, corcheas, negras, fusas. Antes de extinguirse, cada gota, cada ráfaga de lluvia, produce un sonido diferente con cada elemento con el que choca: un tintineo, un rumor, una melodía, un eco metálico, un susurro.

Me pregunto cuántas veces me paro a escuchar la lluvia. Si alguna vez he respirado, honda y profundamente, el olor que trae. O cualquier otra de esas pequeñas cosas que componen la vida. Si cierro los ojos alguna vez, además de cuando me voy a dormir. Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que sentí en mis oídos la respiración o los latidos del corazón de otra persona (o los míos propios).

Me pregunto si alguna vez, realmente, me paro a escuchar, a respirar, a sentir. Pocas veces. Tal vez ninguna. Y me digo que, justamente, es de eso de lo que tratan las grabaciones de ese profesor de universidad inglés que se quedó ciego y pensó que, con todo lo que perdía, también ganaba.

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Liberticidio

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Creemos que somos libres:

Porque llamamos democrático al régimen que nos gobierna.

Porque cuando vamos al supermercado tenemos a nuestra disposición miles de productos entre los que elegir.

Porque podemos decir y escribir (aparentemente) lo que nos dé la gana en las redes sociales, en nuestro blog, en Internet.

Porque, dice nuestra Constitución, tenemos una serie de derechos fundamentales inalienables.

Así que, somos libres, no cabe duda.

¿Te sientes libre? ¿No?

Pero si…

Puedes caminar sin temor por la calle, sin que las fuerzas del orden te pidan la documentación cada dos por tres, salvo que seas inmigrante o tengas pinta de serlo.

Puedes hacer sátiras, parodias o chistes en Twitter con total impunidad salvo que enaltezcan el terrorismo –o que a alguien se lo parezca- o lances palabras malsonantes contra los judíos o las víctimas de algunos atentados. A otros grupos y minorías puedes insultarles y faltarles al respeto cuanto quieras: a las mujeres; a los inmigrantes; a los parados; hasta a tus vecinos, si estos no son políticos profesionales (suelen tener la ley de su parte, no te interesa meterte con ellos).

Puedes manifestarte en las plazas –autorización de la autoridad competente mediante- siempre que no atentes contra la letra (o el espíritu) de la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para los amigos-. Cierto, tiene muchas páginas y parece abusiva; simplifica la problemática manifestándote a favor o en contra de los participantes de Gran Hermano o por la unión de todas las corrientes de yoga en una única, grande y definitiva Escuela de Yoga Integral.

Tus hijos gozarán de educación gratuita siempre y cuando pagues tú los libros, el comedor, las clases extraescolares, las excursiones y, más adelante, los miles de euros que cuesta cualquier grado universitario (sin contar el último curso, llamado máster para cobrarlo más caro).

Tendrás sanidad pública universal gratuita pero sólo sobre el papel porque te verás obligado a contratar una póliza de un seguro privado ya que las largas listas de espera, las urgencias colapsadas y las citas con meses de antelación terminarán con tu paciencia (y, probablemente, con tu salud).

Tu seguridad e integridad están garantizadas por ley salvo que, pequeño detalle, algo en tu figura o en tu documento de identidad lleve a pensar que, quizás, tal vez, a lo mejor, puedas ser un islamista-integrista-radical-terrorista. Cualquier musulmán entra dentro de esta categoría. En realidad, es suficiente con que te llames Abderramán o Yusuf, por ejemplo. Te sucederá lo mismo si tienes pinta de okupa o de anarquista o vas por la vida en plan “desarrapado”.

Liberticidio

Vivimos en un mundo globalizado en el que las amenazas y la inseguridad parecen multiplicarse cada día que pasa. Desde los medios de comunicación, nos bombardean con noticias sobre atentados, asesinatos, robos, secuestros, violaciones, accidentes, terremotos, huracanas y lluvias torrenciales. Los discursos de los políticos están colmados de advertencias, amenazas veladas y, sobre todo, miedo, mucho miedo.

Los ciudadanos estamos alojados en el miedo, un miedo construido a base de palabras e imágenes. Miedo a un atentado, a una enfermedad, al cambio y a lo diferente. Como tenemos tanto miedo, compramos seguridad y pagamos por ella el precio más alto: nuestra libertad.

Libertad vs seguridad

Aunque el discurso imperante afirma lo contrario, en nuestros días libertad y seguridad parecen antitéticas o, al menos, conviven con dificultad. Recupero las palabras de Obama: “continúo creyendo que no tenemos que sacrificar nuestra libertad para garantizar la seguridad. Ese es un falso dilema”. Lo dijo cuando salió a la luz que los servicios secretos de Estados Unidos tenían acceso a registros telefónicos de millones de estadounidenses, de ciudadanos de todo el mundo y hasta pinchaban los teléfonos de los políticos y diplomáticos europeos y de otros países.

En los últimos años, hemos tenido constancia de que nos espían y/o compilan datos sobre nosotros: los gobiernos, los servicios secretos, las empresas de telefonía, las grandes empresas de Internet (Google, Facebook, Amazon, Microsoft…) Snowden y Assange son los dos nombres más conocidos entre aquellos que han sacrificado su vida para dar a conocer estas prácticas. ¿Qué ha cambiado desde que sabemos que estamos siendo vigilados? Hummm, ¿nada?

Increíble. No nos importa. Bueno, sí, el primer día sí, cuando sale la noticia ¡todos saltamos indignados! Luego nos volvemos más comprensivos; vamos, que nos olvidamos y seguimos con nuestra vida.

Posdemocracia y miedo

En la actualidad, somos testigos mudos de lo que el profesor Carlo Bordoni llama la posdemocracia “un proceso solapado, presentado como “natural”, que garantiza las libertades formales, pero las degrada o las despoja de su verdadero contenido democrático.”

Estamos matando la libertad, nosotros mismos, con nuestras propias manos. La matamos con cámaras de vigilancia que miran y graban nuestros pasos en las calles, en los centros comerciales, en cualquier lugar público. La matamos ofreciendo abiertamente todo tipo de información sobre nuestras vidas en las redes sociales. La matamos porque tenemos miedo de lo que nos dicen que tenemos que tener miedo mientras que no tememos lo que nos amenaza realmente.

Saber + Mediateca

Este artículo se inspira -muy libremente- en la presentación del libro “Imperio de la vigilancia“, de Ignacio Ramonet. También en algunas ideas extraídas de “Estado de crisis“, un diálogo a dos voces entre Carlo Bodoni y Zygmunt Bauman.

 

“Del Revés”, una lección de animación y de estereotipos

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

La mayoría de los comentarios que he oído o leído sobre la última película de Disney-Pixar, “Del revés” (“Inside Out”), son claramente positivos, ensalzan la estética de la obra, el guión, el sentido del humor que salpica los diálogos, la maestría técnica… Estoy de acuerdo: es un producto visual impactante, bien hilado, conmovedor en ciertos momentos, hilarante en otros. Pero también es una ficha más en la construcción y preservación del statu quo de las sociedades occidentales, de los principios patriarcales que nos rigen, del modelo del niño-rey que tiene todo lo que quiere, de estereotipos fijados a fuego que no corresponden con la diversidad y la complejidad de nuestro mundo. Es de estas sombras de las que quiero hablar en esta entrada, las críticas ensalzadoras las podéis encontrar en cualquier otra fuente.

La unión de Disney y de Pixar me recuerda al doble personaje literario del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Disney pone el toque edulcorado, lo políticamente correcto, la lagrimita fácil y la sonrisa atontada mientras que Pixar parece que quiere aportar la parte gamberra, el sentido del humor ácido, el riesgo de lo ininteligible. Todo dentro de unos límites, por supuesto. Hay ciertas figuras indiscutibles, algunas ideas sagradas, intocables. Empecemos por el principio.

Él y ella, la pareja desigual

El corto que precede a la película, “Lava“, es notoriamente machista, aparte de sensiblero y prescindible. Un volcán de aspecto avejentado, bondadoso, rechoncho y, aunque sea una estructura geológica creo que podemos decirlo, feo aparece en pantalla cantando una canción –que, a propósito, es ñona, sosa y, no exagero, insufrible-. La canción la escucha, en las profundidades, un volcán-hembra, una mujer-volcán estilizada, joven y de bellos rasgos mesoamericanos. Supongo que no os destrozo el final si os digo que, después de un par de peripecias, ambos volcanes terminan unidos –con catarata entre medias y todo-, enamorados y cantando a dúo –sí, es lo que hay, la espantosa canción dura hasta el final del corto-.

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

¿Podría haber sido al revés –como el título de la película que vamos a ver-? ¿Ella el volcán viejo, arrugado y deslucido y él el querubín de los volcanes, de rostro agraciado y finos rasgos? En mi imaginación sí, en Disney-Pixar parece ser que no así que “gracias” por mantener la imagen patriarcal y machista de la pareja que prevalece en la sociedad actual. Por nuestra parte, seguiremos poniendo en marcha campañas poco eficaces contra la violencia de género y la igualdad salarial y laboral de la mujer.

INSIDE OUT – Pictured. ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

“Del revés”, pero no tanto

“Del Revés” no es una película para niños. Para niños grandes, tal vez. Difícilmente un crío de cinco, ocho o diez años puede comprender buena parte de los diálogos o de las alusiones. Las escenas –brillantes, por otra parte- que transcurren dentro de la parte del cerebro dedicada a la abstracción son complejas, como el propio pensamiento que se da en esa región cerebral. Tampoco parece evidente que los infantes comprendan la necesidad de que existan todos los sentimientos que se ven en la película; junto a la alegría, protagonista indiscutible, la tristeza –su compañera inseparable-, la ira, el miedo y el asco. Entre otras cosas porque, curiosamente, aunque el mensaje parece ser éste, que las vivencias son una mezcla de varios sentimientos, los personajes adultos, los padres de la niña fundamentalmente, están simplificados, cada uno, en un único sentimiento: al padre lo maneja la ira mientras que la madre está controlada por la tristeza –en la niña aún prevalece la alegría, supongo que por la edad-.

A propósito que éste último es otro ejemplo de alineamiento con el statu quo del hombre y la mujer en nuestra sociedad: él la agresividad, la rabia, la lucha; ella la tristeza, la depresión, el conformismo. Es más, el padre trabaja, empieza un nuevo negocio –es la razón por la que la familia se muda a San Francisco-, habla por teléfono con su socio mientras que la madre o no trabaja o se pasa por alto hacer alusión a un posible empleo; para el espectador, la madre es un ser ocioso y un tanto anodino cuya única función parece ser atemperar el humor del padre y consolar a la hija. Gran papel, muy realista (sic).

Madre de Riley,

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

La madre también resulta ser la “infiel de pensamiento” –”en hechos” no existe esa posibilidad, evidentemente; en una familia modelo como la de “Del revés” eso es impensable-. En dos momentos de la película se juega con la figura del amante, un brasileño encantador con camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho: un macho alfa, vamos. La mujer se enfada con su marido porque éste no actúa como debe en relación con la niña y recuerda que bien podría haber elegido al exuberante brasileño –lo piensa, no se lo comunica, supongo que es una fantasía irrealizable de la buena esposa-. Después, cuando su marido recupera la iniciativa respecto a su hija, la madre decide echar al olvido la imagen del posible amante. Hizo lo correcto, eligió al buen padre de su hija en lugar de al ardiente y prometedor ¿semental? La figura del padre es intachable: ni sombra de fantasías con otras mujeres, sólo pensamientos relacionados con el deporte televisado. Otro cliché para la saca.

El niño es el rey

Uno de los pilares sobre los que se sustenta la película es el de la niña que lo tiene todo y que es completamente feliz hasta que su padre consigue un trabajo en otra ciudad –o abre un negocio, no queda muy claro- y se tienen que mudar, lejos del hogar, dulce hogar, en Minnesota. A sus 11 años, Riley ha tenido siempre todo lo que ha querido. Vive en una bonita y amplia casa en un barrio residencial, uno de esos típicos de Estados Unidos –el de “Eduardo Manostijera” o “Mujeres Desesperadas”- con su césped delante y su jardín detrás, la valla de madera blanca y poco tráfico. Desconocemos qué tal va en los estudios pero sí que se hace hincapié en que es una buena jugadora de hockey y que este deporte es más que una afición, es su pasión.

Pese a que es el único miembro de la familia que trabaja –o eso parece-, el padre está siempre presente en los recuerdos felices y familiares de la niña: es el que hace monerías con ella –la madre se anima de vez en cuando pero siempre cuando el padre y Riley han empezado por su cuenta-; el que le da de comer en la trona; el que coge el stick de hockey para bromear con Riley; el que la lleva a caballito cuando es pequeña… Un padre con todo el tiempo del mundo para su niña querida.  También es el que se encarga de “abroncar” a la niña y mandarla a su cuarto cuando ésta le contesta mal, primero a su madre y luego a él mismo. Parece que es la primera vez que hay un encontronazo entre padre e hija ¡en 11 años! La niña mimada y buena ha recibido un leve rapapolvo y es el padre el que, dos minutos más tarde, sube a la habitación a disculparse. La niña-reina no puede soportar que se la replique.

INSIDE OUT – Pictured ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

Colores sí, razas no

Los únicos colores diferentes, en la piel de los personajes, son los de los Sentimientos, elegidos por sus características y connotaciones: brillante amarillo-azulado para la alegría, frío azul para la tristeza, rojo exaltado y pasional para la ira, verde llamativo para el asco y un desvaído violeta para el miedo.

La familia de Riley es de raza blanca. Las amigas de Riley son de raza blanca. Los compañeros de clase en San Francisco son de raza blanca o, a lo sumo, de piel un poco oscura, tal vez hijos de sudamericanos o descendientes de africanos o brasileños que ya no recuerdan apenas cuales son sus orígenes. La profesora es negra pero de hace varias generaciones, del estilo de Barack Obama. El novio imaginario de Riley es un chaval engreído, blanco, al que le encanta hacerse “selfies”, cortado por el patrón del “moderneo” y el hedonismo. El único personaje con “pintas” que aparece en la película, con piercings, tatuajes, pelo teñido y vestida de negro estilo gótico, tiene el honor de ser la dependienta de la pizzería del barrio.

Riley en el colegio, en San Francisco,

INSIDE OUT – Pictured: Riley Andersen. ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

En cuanto a los personajes creados para dar vida a los diferentes sentimientos, de nuevo, encontramos el modelo patriarcal-machista. “Alegría” es una muñequita preciosa parecida a Campanilla –el hada de Peter Pan- que irradia luz; “Asco” es una mujer tipo femme fatale, de largas pestañas, mirada seductora y peinado perfecto de peluquería; “Tristeza” es regordeta y, como no podía ser de otra manera, lleva unas gruesas gafas de pasta. Todo personaje triste, bobalicón o risible tiene que llevar gafas, de otra manera, ¿cómo lo identificaríamos? De nuevo, los miopes agradecemos este pequeño detalle que mantiene intacta la figura del “gafotas” en el imaginario infantil. “Ira” es un hombre musculoso, tipo armario empotrado, de mirada ceñuda, al que podríamos ver salir de cualquier gimnasio de nuestra ciudad –extrapolándolo a la realidad-; “Miedo” es un hombrecillo escuchimizado, alargado, de ojos saltones que podría asemejarse a ciertos intelectuales o escritores retraídos que hemos visto en muchas películas estadounidenses.

En “Del revés” las emociones son las que mandan, dentro de nuestro cerebro, pero los estereotipos, los prejuicios y el statu quo permanecen, lamentablemente, “del derecho”.

Evitar lo inevitable

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

La mera existencia del concepto “inevitabilidad” es una condena. Si prevalece, dejamos de ser libres. Nada es inevitable salvo, como bien sabemos todos los seres humanos, la muerte, que antes o después “cubrirá nuestros ojos” como narraba Homero en su epopeya sobre la conquista –o el saqueo, según se mire- de Troya. Por supuesto, no estoy hablando de fenómenos fuera del control de las personas, como puedan ser los propios de la Naturaleza.

Cada vez que escucho o leo que algo es inevitable (o que ha sido inevitable, si ya ha sucedido), dentro de mí ruge la rabia de la impotencia. Desde un punto de vista determinista, sólo hay un camino, una vía, una forma de hacer –o de que sucedan- las cosas. Supongo que a todos nos suena la cantinela, muy utilizada por los políticos y las instituciones de peso, de que “éste es el único camino”, “ésta la única forma de superar la crisis”, “el mío el único partido que puede llevar al país a buen puerto” y tantas otras. Algunos fundamentan sus categóricas afirmaciones en principios económicos, morales, psicológicos o, meramente, en la ideología. Otros, ni siquiera se molestan en buscarles unos cimientos: la autoridad del que las enuncia es suficiente para dotarlas de verdad.

Entre mis preferidas, están las lecturas acertadas hechas a posteriori. Porque, claro, es evidente que ya sabíamos lo que iba a pasar: ahora que ha pasado, justamente. Los hechos son difícilmente refutables, si es que lo son de algún modo. Sin embargo, los puntos de vista sobre ellos son infinitos. Y ninguno es verdad ni mentira de forma absoluta.

Tendencia hacia el extremo

Se me ocurren varios sinónimos imperfectos del término que, de forma reiterada, constante, gotean o se deslizan desde los medios de comunicación, los discursos públicos, los documentos corporativos y demás fuentes de información subjetiva y parcial.

Inapelable” es el primero que me viene a la mente; suele utilizarse con las victorias, sean deportivas o políticas, lo mismo da. Al fin y al cabo, ambas se practican en un terreno de juego, más limitado en el caso de las primeras.

También está “ineludible”; el uso de este vocablo tiene un cariz de urgencia, sirve para asumir con un cierto matiz de atropello. Las reformas (fiscales, educativas, sociales etc.) suelen ser “ineludibles”; también todos esos ingredientes que acompañan a las revoluciones, sean científicas, industriales, digitales o políticas.

Inexcusable” valora, sobre todo, comportamientos y conductas, siempre ajenos a los del emisor del discurso, por supuesto.

Obligatorio” y “forzoso” pueden ser empleados en este mismo sentido.

Si escribís cualquiera de estos términos en la caja del buscador de Internet que utilicéis y, seguidamente, vais al apartado Noticias, encontraréis una larga lista de ejemplos como los que he puesto –y muchos otros que se han quedado fuera-.

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Lo que consideramos como justicia es a menudo una injusticia cometida en favor nuestro

Paul Claudel, poeta y diplomático francés

Hace más de un siglo, el teórico Georg Jellinek, alemán de origen austríaco, describió un fenómeno que él bautizó como “el poder normativo de lo fáctico”. El término tiene resonancias jurídicas pero se puede aplicar, sin duda, a la vida cotidiana: los hechos, los sucesos, los procesos se convierten en normas, se aceptan, se asumen de mejor o peor talante y se vive con ellos. Muchas veces, sustituyen a sus predecesores en la mentalidad de los pueblos y las sociedades.

En el fondo, este “poder normativo” es un principio psicológico de autodefensa: las personas nos acomodamos a las circunstancias en las que vivimos. Un ejemplo extremo de este principio es la supervivencia de los internados en centros de detención y tortura, en los campos de concentración nazis, en los gulags soviéticos, en los lagoais maoístas (campos de reeducación). El infame síndrome de Estocolmo podría ser otro.

Más allá de los casos extremos, este “poder” lo encontramos en cualquier lugar y momento: en la pérdida de libertad en una dictadura o durante un momento histórico concreto de “recortes” por el bien de la “seguridad ciudadana”Patriot Act en Estados Unidos, Ley Mordaza en España, Ley de Presión Transparente en Inglaterra-; en la asunción de que se pertenece a la misma clase social desde que nacemos hasta que morimos; en la imposición de ideas religiosas, credos, prácticas o costumbres ajenas que pisotean las propias (desde los crucifijos en las escuelas, la sharia, la ablación del clítoris, hasta la discriminación de la mujer en la jerarquía eclesiástica o en el Muro de los Lamentos); en la obligación de seguir ciertas políticas o modelos económicos; en la sustitución de los servicios públicos gratuitos – financiados a través de los impuestos- por otros privados de pago (los peajes de las carreteras o los seguros médicos y los planes de pensiones, por nombrar algunos)…

Aquello que ya ha sucedido podría haber acaecido de otra forma. Pero no lo hizo. Lo que aún no ha sido es un acto en potencia y, por lo tanto, tiene posibilidades de terminar de varias maneras. Son las circunstancias, los actores que participan, las diferentes opciones que se plantean y las posibilidades que se abren frente a nosotros los que van a marcar, y definir, el devenir. Por eso lo inevitable siempre es evitable hasta que sucede. Mientras tanto, ninguna política, ningún régimen, ningún estado o afirmación son inevitables, inapelables o ineludibles. Ni indiscutibles. Sólo el silencio impuesto, forzoso, obligatorio, es una derrota.