¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano?

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

El debate está en su apogeo, ¿los robots sustituirán a los seres humanos en el ámbito laboral? ¿Desaparecerán la mayoría de los empleos humanos? ¿O, por el contrario, la tecnología terminará con ciertos empleos y creará otros nuevos, en la misma medida? Estas son algunas de las preguntas que, una y otra vez, se lanzan en los medios de comunicación, en los foros de opinión, en las mesas redondas sobre el futuro del empleo.

He escuchado argumentos en pro y en contra, más extremos y más tibios, deslumbrantemente optimistas y ferozmente pesimistas. Supongo que es lo que tienen las hipótesis que se enfrentan al futuro, se enfrentan a la incertidumbre desde todos los posibles puntos de vista.

En 2015, le dediqué una entrada de este blog a este mismo tema, analizando los cambios que había habido en el mercado laboral en las últimas décadas e intentando situar en el mapa del empleo el modelo de la economía colaborativa: “El incierto futuro del empleo“.

Hoy, con más información, más charlas y más debates acumulados en mi cerebro, me gustaría retomar el asunto y plantear la siguiente pregunta: ¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano? Me explico.

Las teorías actuales sobre la futura evolución del empleo

Hay dos posiciones enfrentadas:

Los que creen que, como ha pasado a lo largo de los últimos 150 años -desde la primera revolución industrial-, los cambios que se avecinan destruirán ciertos tipos de empleos pero crearán otros nuevos, menos rutinarios y, probablemente, más deseables.

Por otro lado, están aquellos que proclaman que los decenios de crecimiento de la productividad y del PIB han llegado a su fin -en los países más desarrollados económicamente- y que es imposible que se generen, en la misma medida que van a ser destruidos, nuevos empleos humanos. El futuro es de las máquinas.

Entre medias, también están los tecnófilos que no están tan seguros de que el “pleno empleo” se vaya a recuperar y los tecnoambiguos que no se decantan claramente por la desaparición del empleo humano.

A mi modo de ver, los primeros son demasiado optimistas en sus previsiones y, tal vez, pequen de exceso de confianza. El futuro no tiene por qué ser un calco del pasado. Recientemente, asistí a unas conferencias impartidas por el economista Josep Pijoan. Basándose en la evolución del empleo desde la revolución industrial, su tesis habla de “la falacia del trabajo finito“:

  • Cada nueva revolución -industrial, tecnológica o del conocimiento-, ha acabado con una serie de empleos pero ha creado otros. Unas industrias se destruyen y otras nacen. Los empleos pasan de un sector a otro: de la agricultura a la industria (revolución industrial) y de la industria a los servicios (revolución tecnológica). Sólo nos falta saber a qué cuarto sector se van a verter los empleos destruidos por la revolución del conocimiento -la actual-. De momento, o no lo conocemos o no tiene nombre.
  • La destrucción de empleo neto se ha compensado con la creación de empleo neto -en los últimos 150 años-. Además, las condiciones laborales han mejorado: ha descendido el número de horas trabajadas, los salarios se han incrementado, las condiciones laborales han mejorado etc. (todo esto, claro es, hablando del mundo económicamente desarrollado).

La duda que me asalta en este último punto es la siguiente: si en la última década y media estamos viendo que las condiciones laborales cada año empeoran y que los salarios reales bajan -lo que se conoce como la precarización del empleo, menos el del famoso 1%, que vive cada vez mejor-, ¿qué calidad va a tener el empleo futuro? 

Si hoy en día hay millones de personas que, teniendo un trabajo -o varios-, viven por debajo del umbral de la pobreza, ¿cuántos millones más estarán en esa situación dentro 10, 20 o 30 años? El modelo pseudofilosófico que pretende que el empleo otorga dignidad a la persona y da sentido a su vida se está desmoronando.

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

  • Otro de los puntos del argumentario del economista es el relativo a qué empleos destruye la tecnología. Los ordenadores, la robótica y la inteligencia artificial no sólo van a terminar con los trabajos más repetitivos y rutinarios sino que también van a sustituir muchos de los empleos altamente cualificadosSiri y Watson, desarrollados por Apple e IBM respectivamente, son dos ejemplos que ya existen de cómo las máquinas son capaces de generar conversaciones o de gestionar cantidades ingentes de datos.

Sobrevivirán los trabajos manuales en el sector servicios (camarero, por ejemplo) y los eminentemente creativos.

Se me ocurren varias cuestiones que el profesor Pijoan, y otros analistas que comparten sus puntos de vista, no tiene en cuenta en su modelo. Existen varias diferencias entre la situación actual y el pasado.

  • El crecimiento de la población mundial es exponencial. De 1.000 millones de personas a principios del siglo XX a 7.000 millones en los comienzos del siglo XXI. Para 2050, el planeta Tierra albergará -o soportará- cerca de 10.000 millones de habitantes.
  • Los países más poblados del mundo están en -rápidas- vías de desarrollo: China, India, México, Brasil. La tasa de natalidad en los países menos desarrollados económicamente es elevada. Cientos o miles de millones de personas están por sumarse al mercado laboral mundial.
  • Los recursos no son infinitos. Las energías fósiles están en decadencia. Se habla desde hace varios años del crash oil, el final del petróleo, y del modelo económico asociado a él desde hace décadas. El sistema de producción y consumo actual puede estar tocando techo.
  • El desarrollo sostenible. La incógnita sobre el ritmo de crecimiento futuro de las economías de los diferentes países y la necesidad, más o menos apremiante, de convertir el modelo económico actual en ecológicamente sostenible es otra más de las diferencias con el pasado.
  • La tendencia al oligopolio y las sinergias de las grandes empresas. Cada vez las compañías son más grandes y necesitan menos empleados; la relación entre crecimiento de una firma (a nivel mundial) y empleo no es proporcional, ni mucho menos.
  • Las empresas tecnológicas son gigantes en capital y enanos en empleo. El valor de las cinco más grandes es equivalente al PIB de la quinta economía mundial, la del Reino Unido. El total de empleados de las cinco compañías ronda los 340.000 (en el enlace faltan los datos de Apple y los de Facebook; Alphabet es Google).  Reino Unido tiene una población superior a 65 millones de personas y una tasa de población activa (en edad de trabajar) que ronda el 62%, es decir, más de 42 millones de personas “empleables”. 340.000 empleados frente a 42 millones de potenciales buscadores de empleo, mismo nivel de capitalización. Hummm, algo no encaja.

 

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

¿Y qué si se va a la mierda el trabajo?

La frase “A la mierda el trabajo” es el título de un artículo de James Livingston, profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, EE.UU. ¿Qué pasa si las máquinas y los robots sustituyen a los humanos y hacen todo el trabajo -o la mayor parte-? Creo que no me equivoco si afirmo que muchos se lo agradeceríamos. La mayoría de los empleos son monótonos, aburridos, rutinarios, estresantes, peligrosos o desagradables. No todos, pero muchos de ellos sí que lo son.

La mayoría de los trabajadores agradeceríamos trabajar menos horas, jubilarnos antes o tener que cotizar menos años para obtener una (más o menos) digna pensión. Claro es que esta reducción no puede ir acompañada de una caída en los salarios porque los mil euristas (y los menos que mil euristas) difícilmente podrán vivir con ingresos inferiores a estas cuantías.

Dejamos a los ordenadores y a nuestros amigos los robots que hagan el trabajo (sucio), perfecto. Ahora llega la parte interesante, el cambio de modelo social, donde tenemos que hablar los ciudadanos, donde tienen que enfangarse los gobiernos. Hay que repensar y cambiar el clásico “el trabajo otorga dignidad y realiza a las personas”. Nuestras vidas deben dejar de girar entorno al eje “trabajo”. Debemos sustituirlo ya que las máquinas nos van a sustituir a nosotros.

Se me ocurre que este cambio de paradigma debe conllevar un nuevo modelo de Estado del bienestar: adiós al paro, adiós a las cotizaciones, adiós a las pensiones. También es imprescindible que varíe la relación de las personas con el dinero, con la retribución dineraria, con el salario. El concepto de inflación quedará obsoleto; habrá que medir la subida del coste de la vida con otras variables -si es que seguimos queriendo medirlo-.

¿Utópico? Bueno, hay mucho camino que recorrer y muchas mentalidades que cambiar; las de todos, básicamente. Pero que no nos parezca tan descabellado; hoy en día ya hay muchas personas, y no precisamente las menos acaudaladas, que no trabajan y, sin embargo, viven de forma muy acomodada: los rentistas y los especuladores. Imaginar una tercera figura, la del no-trabajador, no tiene que ser tan complicado, ¿no os parece?

Consumidores imperfectos

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Los consumidores imperfectos somos legión, al menos en los países de economías desarrolladas que es donde los ciudadanos hemos conseguido -¡gran mérito!- pasar a ser consumidores, es decir, sujetos económicos en lugar de políticos o, simplemente, seres humanos.

Cada día somos más imperfectos y nuestro número aumenta. Te aclaro que quiere decir la expresión, acuñada por el sociólogo Zigmunt Bauman: los consumidores imperfectos somos aquellos consumidores sin medios económicos; los que, por nuestros ingresos, no nos podemos permitir ser consumistas; a los que nos venden hipotecas, créditos personales, financiación a 12 meses, tarjetas de crédito y tantas otras formas de deuda.

La mayoría de los países del mundo también son consumidores imperfectos. Y las empresas y los autónomos -o emprendedores, como hoy en día gustamos denominarlos-. Pero vamos a centrarnos en los consumidores individuales.

Como consumidores imperfectos, nos volvemos locos con las rebajas, los descuentos, el 3×2, el 70% de descuento en la segunda unidad, el Black Friday, el Cyber Monday y tantas otras estrategias de marketing que sirven para que los que tenemos menos dinero, nos lo gastemos (el que tenemos y el que pedimos prestado).

El low cost -o bajo coste, que en castellano también se puede decir- nació gracias a nosotros, los consumidores imperfectos. Lo malo del low cost es que te hace sentir, precisamente, lo que eres: un aspirante a consumidor perfecto sin ninguna posibilidad de llegar a serlo.

No nos engañemos, el low cost nos roba la parte de felicidad que nos promete el consumo. Por que nos hace sentir pobres, por que nos arrebata la sensación de comodidad que compra el dinero, por que nos impide ser espontáneos, porque nos obliga a calcular y recalcular el gasto que hacemos, las fechas que escogemos  para los viajes (dentro de seis meses o un año) etc.

El low cost también nos hace perder tiempo, nos obliga a aguantar largas colas (como las de Primark cuando abrió sus puertas hace unos meses, en Madrid, o como  las que se producen con la comercialización de cada nuevo modelo de Iphone).

Seguramente te ha pasado muchas veces: habrás tenido que ir con dos horas de antelación al aeropuerto para coger un buen sitio en el avión; habrás tenido que cargar con la maleta de aquí para allá porque facturarla sale por un pico; te habrás hospedado en habitaciones de hotel en las que el ahorro ha usurpado el lugar de la más mísera percha o balda…

Ser consumidores imperfectos nos hace mirar con envidia los productos Premium y Deluxe, las webs exclusivas, los clubs elitistas, los coches de 36.000€, los chalets de los ricos. Nos acercamos a la promesa de felicidad que brilla en ellos por la puerta de atrás, comprando la marca etiqueta negra del supermercado (una marca blanca disfrazada, al fin y al cabo) o yendo una vez al mes a comprar un par de productos gourmet o a un restaurante retro-moderno-de-autor.

En los últimos tiempos, mucha gente, desde los medios de comunicación y desde las mesas de los cafés, se ha preguntado quiénes son los votantes de Donald Trump. Son consumidores imperfectos que aspiran a que un “político” misógino, racista y multimillonario les devuelva (sic) su maltrecho poder de consumo (los puestos de trabajo que reclaman están íntimamente asociados con el consumo: trabajar, cobrar el salario, consumir, todo es uno).

El precariado, que crece y crece sin parar, es un gran ejemplo de consumidor imperfecto. Quiere mejorar su posición laboral para tener la sensación de seguridad que ha perdido y, sobre todo, para consumir. El consumo elevará su status, ¿qué otra cosa sino podría hacerlo?

Así que, cada día más, el crédito está en el centro, por delante y por detrás de nuestra existencia como consumidores imperfectos. Para alegría y contento de banqueros y otros usureros. ¿Hasta cuando vamos a seguir su juego?

 

Nuevos tiempos, viejas prácticas

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

 

Ismael Kadaré, escritor albanés, eterno candidato al premio Nobel de Literatura, reconstruye en sus novelas y relatos cortos, con tenacidad, la vida en la Albania comunista bajo el poder del partido único y del Dirigente (con mayúscula, como lo tenían que escribir los albaneses en esa época).

Conocemos el miedo, las purgas, las políticas de reeducación, las caídas en desgracia, los ostracismos tierra adentro, los encarcelamientos, la dureza de los planes quinquenales y demás características de los regímenes comunistas del siglo XX, desde Mao hasta Stalin, Tito o Ceaucescu; muchas voces críticas han gritado, rememorado, escrito y narrado historias sobre las desviaciones del sistema –si es que el sistema entero no era ya de por sí una desviación profundamente deshumanizadora-.

Las democracias occidentales nos jactamos de nuestra superioridad moral frente a los movimientos extremistas de partido único que subyugan a los ciudadanos empleando la intimidación y el brazo de hierro. Y, sin embargo, el poder –o sus detentadores, si preferimos sacar el concepto de la abstracción- no ha perdido ni un ápice de su pujanza. Simplemente, ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física.

L de Libertad

En el relato “El vuelo de la cigüeña”, Kadaré narra un episodio vivido por un joven escritor. El protagonista decide ir a una ciudad de provincias a buscar a un poeta octogenario que, hace ya tiempo, fue apartado por el gobierno de la vida pública. Cuando va en el autobús, sufre un control policial tras otro hasta que, en el último, un civil que acompaña a los dos cabos del ejército le hace una sencilla pregunta ¿por qué va a usted a X –el pueblo en cuestión-? Él no sabe o no quiere contestar y se encoge de hombros, temiendo lo peor.

En el contexto de la historia, la pregunta forma parte del engranaje coaccionador del régimen. Pero, ¿no nos resulta familiar? En la aduana de muchos países, especialmente en Estados Unidos, no diría yo que preguntan, más bien indagan, hurgan y casi someten al visitante a un interrogatorio sobre los motivos de su viaje. Ni que decir tiene que gente de lo más corriente ha tenido que pasar varias horas en el cuarto policial del aeropuerto porque sospechaban, quién sabe por qué razón, de sus intenciones.

Pienso también en todos esos inmigrantes, cuyo color de piel los delata a ojos de los cuerpos de seguridad del Estado, que son requeridos por la policía mientras caminan tranquilamente por las calles de la ciudad.

Por no hablar de la amenaza a las libertades ciudadanas que supone la conocida como “Ley Mordaza”.

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

E de Empleo

En “Historia de la Liga Albanesa de Escritores frente al espejo de una mujer”, otra “micronovela” del escritor albanés, se celebra una asamblea en la que el potentado del Partido informa a los miembros de la liga de escritores de que, dado que no se merecen otra cosa por su mala praxis, van a reducirles el salario –una vez más- y van a enviarles al campo para que aprendan lo que es el realismo socialista.

La comparación puede parecer hiperbólica pero ¿no nos recuerda a nuestro mercado laboral, en el que los que menos cobran son siempre los que ven reducidos sus salarios? ¿Los contratos por semanas, días u horas no crean una inseguridad que se puede asimilar –salvando las distancias- a la que se vivía en los países comunistas? ¿Qué libertad personal se tiene con los turnos rotativos que cambian constantemente, las jornadas interminables llenas de horas extras no reconocidas ni pagadas, los empleos en los que se requiere que el trabajador acuda a horas salteadas cuando hay picos de demanda?

P de Producción

La obsesión comunista con la producción, con su incremento constante, me recuerda demasiado a todas esas empresas que, anualmente, tienen que incrementar sus beneficios en un 20 o un 30% para tener, dicen, a sus accionistas contentos. Caiga quien caiga y al precio que sea necesario.

La palabra productividad, que comparte protagonismo con el término especulación, es la reina en el mundo de los negocios. La tecnología y la automatización multiplican la productividad y, ya de paso, reducen el empleo y deshumanizan los procesos.

T de Trabajador

Recuerdo también ese discurso repetido ad infinitum por los líderes comunistas, los capataces y los encargados de fábricas, que tantas veces he leído, sobre la importancia de las personas y de humanizar los procesos, de construir la felicidad en el mejor de los mundos posibles en el que todos debían ser iguales. La fraternidad y el amor, la camaradería y el compañerismo eran los valores más importantes. Por supuesto, la realidad era bien distinta.

Hoy, en nuestros paraísos de cartón, el discurso es el mismo. Las frases que se repiten, martilleando nuestros cerebros, alaban el talento y la valía personal, insisten en el valor del componente humano, en la continua mejora del clima laboral (palabras textuales del discurso imperante). ¿Qué nos encontramos tras estas rimbombantes y bellas palabras? Justo lo contrario –en la mayoría de los casos-: empleados maltratados, hartos, reducidos a ser un número, mal pagados y en constante involución gracias a la rutinización de las tareas.

C de Corrupción

La corrupción de la intelligentsia, tan evidente a ojos de los subalternos y de parte de la población de los estados que vivieron bajo el comunismo, era ciertamente real pero se producía a pequeña escala –hablando de cifras- comparada con las cotas alcanzadas en el rico Occidente democrático y capitalista, no sólo en la política –la más llamativa y escandalosa- sino también en el entorno empresarial, con los bancos en vanguardia.

Sólo hace falta recordar las subprimes que han envenenado el sistema financiero mundial y otros productos bancarios como las preferentes de Bankia para darse cuenta de que el beneficio es lo único que importa. El egoísmo de muchas firmas las ha llevado a falsear sus cuentas –Abengoa, la CAM o GoWex por dar algunos ejemplos- e incluso a poner en riesgo la salud de la ciudadanía –cualquiera de los casos de productos retirados del mercado entre otros alimentos, juguetes, medicamentos o el muy mediatizado caso de las prótesis mamarias de la empresa francesa Poly Implant Prothèse-.

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

I de Interés

El amiguismo, el caciquismo y el clientelismo eran comunes en la época comunista –y antes también, sólo hay que echar un vistazo al siglo XIX español-. La diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros es que ahora está bien visto, se financia abiertamente y se reconoce que se practica. Parece increíble pero no lo es en absoluto. Hoy en día, este fenómeno lleva el nombre de “lobby”. Son los lobbies los que presionan a los políticos para conseguir leyes que les favorezcan o, al menos, para que hagan la vista gorda para poder continuar actuando como monopolios u oligopolios, entre otras muchas prácticas muy alejadas del interés general.

Ahora pregunto, ¿de verdad creemos que vivimos en un tiempo tan diferente?

Entre la inseguridad y la incertidumbre (El precariado, 2º parte)

La característica más evidente del precariado es que carece de control sobre su vida y habita en la inseguridad constante.

La característica más evidente del precariado es que carece de control sobre su vida y habita en la inseguridad constante.

El precariado vive profundamente inmerso en la incertidumbre y la inseguridad. Probablemente, es el grupo social que más claramente ilustra la sociedad del riesgo y la modernidad líquida sobre las que han teorizado los sociólogos Ulrich Beck -fallecido recientemente- y Zygmunt Bauman, respectivamente.

El trabajo asalariado se ha convertido, en las últimas décadas, en el núcleo que da sentido a la vida de cualquier ciudadano. Todo gira en torno al mundo laboral y nuestra posición en él, pasada, presente o futura. Los artífices de esta sobrevaloración del trabajo han sido un puñado de empresarios, economistas y políticos que, como no, pensaban sacar rédito de la operación. La globalización neoliberal sería inviable si el binomio trabajo-consumo dejara de ocupar el primer puesto en nuestra lista de prioridades vitales.

La sociedad actual juzga al individuo por lo que posee: dime en qué trabajas y te diré quién eres. Dime que no trabajas, que estás desempleado, que tienes que ocuparte de tus hijos o tus padres (o abuelos) y pensaré mal de ti. Consideraré que eres un vago, una lacra, una sanguijuela. Sospecharé que estás cobrando un subsidio, que de eso vives, precisamente de mis impuestos, de esos que recortan mi salario para… pagarte a ti los vicios y la vagancia, por lo que parece.

El precariado – y más concretamente, dentro de esta clase social en construcción, los inmigrantes- se ha convertido en la diana sobre la que lanzar envenenados dardos de frustración y cinismo. Un clásico ejemplo del estigmatizado chivo expiatorio aunque, en este caso, masivo y heterogéneo.

Inseguridad por doquier

La característica compartida por todos aquellos que forman parte del precariado es su común sentimiento de inseguridad, tanto laboral como vital. En el mundo del empleo, pasan más tiempo buscando trabajo que contratados; pierden decenas y hasta cientos de horas rellenando formularios, enviando currículos, cribando ofertas y presentándose a entrevistas. En muchas ocasiones, cobrar el subsidio de desempleo o cualquier otra ayuda pública implica desde papeleo burocrático hasta asistir a cursos de orientación o de reciclaje e incluso trabajos para la comunidad –una suerte de voluntariado obligatorio, si me permitís retorcer así la expresión-.

Generalmente, los trabajos a los que accede el precariado están mal pagados y es probable que impliquen turnos rotativos (24×7) o jornadas intermitentes de X horas por la mañana, X por la tarde y otras tantas por la noche –en hostelería, por ejemplo-. A veces el contrato es por unas horas, otras por días o semanas, en ocasiones por meses. De esta manera, la organización de la vida diaria es, cuando menos, una tarea titánica, lo más parecido a un juego de azar, bastante indeseable, en este caso. El control del tiempo está en manos de otros.

La incertidumbre es un estado del alma en el caso del precariado. Cada mañana, al despertarse, se preguntan si encontrarán trabajo ese día, si podrán pagar las facturas, el alquiler o la hipoteca, con quién van a dejar al crío o cómo se las van a arreglar con la creciente dependencia de sus mayores. No les sobra ni tiempo ni dinero, ni cuando están trabajando ni cuando están desempleados.

Inmigrantes en otro país, infraciudadanos en el propio

Dentro del precariado, los inmigrantes forman el conjunto más desamparado. En él encontramos los casos más flagrantes de injusticia, de necesidad y de humillación. No nos referimos sólo a aquellos que dejan atrás su país en busca de trabajo y llegan, casi siempre de forma ilegal -sin papeles-, a otra nación. La mayor parte de la inmigración global se produce dentro de un mismo país o, lo que es más peculiar, de un país a otro de forma temporal y por iniciativa del gobierno del primero (el caso de China con sus programas de capacitación o de Vietnam, por ejemplo)

Los inmigrantes son la mano de obra más barata y más dócil, el combustible con el que se nutre el capitalismo global. El petróleo es la energía, los inmigrantes son las piernas y los brazos que lo ponen en marcha y lo mantienen en movimiento.

Los países occidentales que reciben constantes flujos de inmigrantes de Asia, África o América suelen emplearlos en labores que los oriundos consideran vejatorias, desagradables, físicamente agotadoras o que están especialmente mal pagadas. A pesar de que ésta suele ser la situación, cíclicamente se producen altercados, linchamientos y batallas callejeras anti-inmigrantes. A veces, son los propios inmigrantes los que se levantan en señal de protesta contra las condiciones laborales que soportan.

La necesidad de tener un jornal para sobrevivir y el fantasma de la expulsión o la expatriación, que flota constantemente a su alrededor, son aprovechados por los empresarios para continuar girando la tuerca que ancla a los inmigrantes a un trabajo esclavizante.

Políticas contra las personas

En las últimas décadas, ni siquiera los partidos (autodenominados) de izquierdas –laboristas, socialistas o demócratas- han tenido interés en desarrollar políticas tendentes a mejorar la situación del precariado. La clase media depauperada, en mayor medida tras vivir la crisis que empezó en 2008, mira hacia otros horizontes y empieza a dar alas a populistas de uno u otro signo y, sobre todo, a partidos radicales de derecha que prometen “limpiar” de inmigrantes sus respectivos países. De nuevo, el chivo expiatorio. Lo curioso es que, esta vez, forma parte de la misma clase –o subclase- que los que luchan contra él.

El precariado no tiene aún conciencia de clase. Es bastante improbable que ésta se desarrolle aunque, tal vez, los intereses comunes de unos y otros se alineen para exigir mejoras en su situación o, como mínimo, para reconquistar los derechos perdidos y poder, así, recuperar o construir desde cero su identidad como seres humanos.

 

El precariado, caída en el abismo social (1º parte)

Si tienes un empleo a tiempo parcial, llevas años de trabajo en trabajo, firmas contratos por horas o días, hace tiempo que no sabes qué son vacaciones pagadas o eres autónomo pero en realidad trabajas como empleado sin derechos, ¡bienvenido! Probablemente formas parte del grupo social que más ha crecido en los últimos años: el precariado.

 

El precariado, la nueva clase social ¿peligrosa? (mujer vendiendo ramitos de flores en la entrada de la catedral Alexander Nevski de Sofía, Bulgaria)

El precariado, la nueva clase social ¿peligrosa? (mujer vendiendo ramitos de flores en la entrada de la catedral Alexander Nevski de Sofía, Bulgaria)

Es difícil definir los nuevos fenómenos, sobre todo cuando aún se están formando. Este es el caso del precariado, una nueva clase social propia de la economía de servicios en la que vivimos, al menos en Occidente, y que viene a sustituir al proletariado de la era industrial. Es tangencial al orden clásico de clases baja, media y alta aunque la mayor parte de sus miembros pertenecen a una de las dos primeras.

El precariado es el resultado de cambios profundos tanto en el ámbito laboral y educacional como en el sociológico. En la década de los 90, se empezó a hablar con insistencia de flexibilidad laboral y de productividad ligada al puesto de trabajo. Las fronteras nacionales se perdieron en la globalización y la inmigración masiva se convirtió en moneda corriente.

Frente a ciudadano –“citizen”- se ha creado el término “denizen” que nomina a aquellos que no llegan a tener los derechos que ostenta un ciudadano por el mero hecho de serlo.

 

En los primeros años del siglo XXI, los jóvenes que accedían al mercado de trabajo empezaron a autodenominarse “mileuristas”. Mal pagados y sobrecualificados, entraban en el mercado laboral con un sentimiento de frustración. Hoy, se consideran privilegiados aquellos que cobran un sueldo a final de mes, han firmado un contrato indefinido y tienen beneficios de empresa (seguro médico, plan de pensiones, vales restaurante…)

La brecha entre el precariado y el asalariado cada vez es más profunda. Los primeros viven en una constante inseguridad que tiene hondas consecuencias sobre todos los aspectos de su vida. La construcción del yo queda relegada a un segundo plano ante la pérdida de anclajes. A la pregunta “¿en qué trabajas?” le sigue un incómodo silencio o una de esas frases inventadas para rellenar la nada, del tipo “soy emprendedor” o “estoy en búsqueda activa de nuevos retos”.

¿Quiénes forman parte del precariado? Ningún grupo social está excluido pero, sobre todo, son Jóvenes, mujeres, jubilados con pensiones bajas,  migrantes rurales hacia la ciudad e inmigrantes globalizados

 

Los precarios han dejado de contar los contratos de trabajo que han firmado y los puestos que han ocupado, algunos tan solo por unas horas. Son especialistas en todo y en nada, pueden trabajar en cualquier horario, hacer turnos rotativos y desplazarse de punta a punta de la ciudad, incluso mudarse de una población a otra. Pasan de no tener trabajo una semana a estar pluriempleados la siguiente. En la oficina de desempleo de su barrio les conocen por el nombre de pila y hasta la empresa de trabajo temporal más pequeña ha podido contar con sus servicios más de una vez.

El club del precariado también tiene entre sus filas miembros que pertenecen a él por propia iniciativa. Se sienten felices en un medio inestable que, para ellos, tiene reservados retos y sorpresas diarios. Jóvenes que valoran la libertad por encima de la seguridad; jubilados que cobran una pensión digna o elevada pero que, para entretener sus largas horas ociosas, se presentan voluntarios para realizar pequeños trabajos remunerados o llevan a cabo labores de asesoramiento basadas en su experiencia laboral; mujeres que prefieren ocuparse de sus hijos a tiempo completo y trabajar sólo unas horas a la semana o de vez en cuando.

Todos ellos pueden vivir cómodamente en el seno del precariado porque su situación económica es desahogada: se mantienen gracias a sus progenitores, a la pensión, a las rentas o al sueldo de una tercera persona.

Estas cuatro pinceladas sobre el precariado nos sirven para presentarlo en sociedad. Pero, ¿qué implica pertenecer al precariado? ¿Hacia donde se dirige esta nueva clase social? ¿Es, como subtitula Guy Standing en su libro sobre el fenómeno, una clase “peligrosa”? ¿Quién debería de temerlo?