Costa dálmata: Split y Hvar (Croacia)

Puerto de Split, visto desde el ferry Hvar-Split (Croacia)

Puerto de Split, visto desde el ferry Hvar-Split (Croacia)

El convulso siglo XX en Europa es el causante de muchas paradojas nacionales. Es el caso de Croacia, una de las naciones independientes más jóvenes del viejo continente que, sin embargo, tiene muchos siglos de Historia. Si sólo tenemos en cuenta las fronteras trazadas en la actualidad, no entenderemos el devenir de este país de los Balcanes.

Las huellas dejadas por romanos, venecianos y austrohúngaros aún se pueden ver en sus monumentos de piedra y en los trazados sinuosos de sus calles, como las del barrio de Veli Varos, en Split.

 

Los celtas, los ilirios y los otomanos también pasaron, tomaron y perdieron sus conquistas en este pedazo de tierra balcánica

 

La costa adriática, desde Istria hasta Dubrovnik, es el mayor reclamo turístico de Croacia. Clima templado, aguas cristalinas, cientos de kilómetros de costa, islas encantadoras y buen pescado fresco regado con vino blanco de los viñedos de Istria o tinto de la península de Pelješac.

El turismo supone para Croacia más del 20% del PIB y en temporada alta -julio y agosto- las masas de turistas, especialmente alemanes, eslovenos y checos, inundan, literalmente, las playas, los ferrys, las islas y las ciudades costeras.

Split

Hace algún tiempo, traté sobre Dubrovnik, la “perla del Adriático”, Pelješac y la costa de Makarska. Voy a continuar viaje hacia el norte, siguiendo la costa, hasta llegar a Split.

Split es la ciudad más romana de Croacia. El paseo marítimo, la Riva, está pavimentado de tan blanco y lustroso mármol que, mirándonos los pies, nos veremos reflejados por entero. Turistas y oriundos, paseantes o sedentes, se entremezclan en este paseo a la orilla del Adriático, sobre todo al atardecer.

El centro de la ciudad está construido alrededor de los restos del palacio de Diocleciano. Las estrechas calles de adoquines van a dar a la plaza de Peristil (plaza de Armas) y a la catedral de San Duje, edificadas sobre el antiguo suelo romano. Los sótanos del antiguo palacio de Diocleciano se pueden visitar aunque apenas son unos cuantos cuartos húmedos de paredes desnudas. En mi opinión, su interés arqueológico es muy limitado pero que cada cual decida frente a la verja de entrada.

Salpicado de cafés, restaurantes y bares, el casco antiguo es un buen lugar para sentarse, tomar algo y ver el tiempo pasar. Aunque el palacio es el monumento más llamativo de Split, reconozco que tengo predilección por el humilde barrio de pescadores de Veli Varos, una intrincada red de callejas adoquinadas y casas bajas de piedra vista, sin adornos ni pinturas, en la que apenas puedes encontrar una tiendina de ultramarinos regentada por una vecina desde hace 40 años o un diminuto restaurante que ofrece pescados recién arrancados del mar con una red cien veces remendada y una barquichuela de casco oxidado.

Desde el mirador del parque forestal de Šuma Marjan, muy cerca de la recoleta iglesia de San Nicolás, hay unas vistas magníficas de la ciudad de Split, el puerto y el mar Adriático.

De Split a la isla de Hvar

Split es uno de los principales puertos de pasajeros de Croacia. Para el visitante, lo más interesante es que parten ferries tanto a Brač como a Hvar. Como la primera no la pisé, por falta de tiempo, voy a saltar directamente hasta la segunda, Hvar, una isla de contorno alargado con un puñado de poblaciones habitadas e interminables campos de lavanda asimétricos. Tierra adentro, entre finales de primavera y el último mes del verano, el violeta de las flores se extiende hasta ligarse con el hondo azul del Adriático.

El perfumado olor de la lavanda nos acompañará durante nuestra visita a la isla ya que parte de la economía local está basada en la fabricación de jabones, saquitos ambientadores, aceites y cremas de esta planta.

Isla de Hvar (Croacia)

Hvar, ciudad (Isla de Hvar, Croacia)

La isla de Hvar es un lugar tranquilo, al menos si no vamos en pleno verano. Se puede llegar en ferry desde Split, a Stari Grad o Hvar –ciudad- o, si se sube desde Dubrovnik, desde la pequeña localidad de Drvenik, que une el continente con la población de Sućuraj.

De una punta a otra, en coche, no habrá más de una hora y media por carreteras de un carril en cada sentido. Entre Sućuraj y Jelsa, se extiende la tierra más indómita, matojos, arbustos, flores silvestres y algunas especies endémicas que crecen en las rocas. Pocos campos labrados, algunos huertos y casas de piedra aisladas jaspean las orillas de la calzada.

Jelsa es un pueblo de postal. Rodeada de bosques de pinos y exuberante vegetación –al menos comparada con el resto de la isla, que es bastante seca-, está escondida detrás de una montaña de poca altura. Aparece a la vista tras una curva bastante cerrada que esconde la bahía a la que se asoma la placita, la iglesia y los tres bares-restaurantes que conforman el casco antiguo. Un remanso de quietud, al menos en abril, cuando la visité.

Vrboska, a 5 kilómetros de Jelsa, se extiende a ambos lados de un regato de agua salada horadado por el Adriático. Las casas de tonos ocres, amarillos o grisáceos, los tejados anaranjados y el puente de piedra de tres ojivas parecen congelados en un tiempo pretérito. Las barcas de pescadores, blancas con su discreta franja de color rojo, azul o amarillo, flotan en la quietud del canal, sin mecerse apenas. Si das una vuelta por Vrboska, te toparás con la iglesia fortificada de Santa María, una peculiar construcción militar y religiosa.

Las dos poblaciones principales son Hvar y Stari Grad. La primera es opulenta y guerrera, con su castillo y sus cañones apuntando hacia la bahía. La segunda es una reminiscencia de otra época en la que el bullicio y el gentío no existían. Hvar es luz, reflejos en el agua, comercios elegantes y restaurantes con mesas decoradas con velas y flores. Stari Grad es piedra, en muros y pavimentos, horizontal y vertical; las puertas y contraventanas de madera abren vanos de colores en el gris de la piedra: verde y rojo.

Libros y violonchelos

Dos escritores sobre los que ya he tratado en pasadas entradas de este blog: Dubravka Ugrešić, croata exiliada en Ámsterdam, y Miljenko Jergović, sarajevita afincado en Zagreb desde 1993.

En los últimos años, ha saltado a la fama un dúo de jóvenes croatas llamado 2 Cellos. Hacen versiones de temas muy conocidos de rock, llevándolos a la partitura de sus dos violonchelos. Aprovechando que se celebra el 25º aniversario del álbum “Nevermind”, de Nirvana, os dejo un vídeo con la personalísima versión de estos dos instrumentistas del tema más conocido del disco, “Smells Like Teen Spirit”.

Información práctica

Transporte marítimo: hay mucho tráfico entre las islas y el continente, especialmente en verano (cuando, también, se forman largas filas para acceder a los ferries y catamaranes). Los ferries son bastante caros, la mayor parte pertenecen a la compañía Jadrolinija. Los catamaranes, en los que no se puede subir el vehículo, son sólo para pasajeros, salen mucho mejor de precio

Ferries, horarios y trayectos: http://www.jadrolinija.hr/en/ferry-croatia

Hay muchas páginas web de turismo de Croacia. Ésta es una de ellas: http://www.lacroacia.es

Carreteras: están en buen estado pero suelen ser de carril único en cada sentido. La costa tiene bastantes entrantes y salientes por lo que la velocidad media que podemos llevar no es muy elevada. Perfectas para disfrutar del paisaje, eso sí.

Autopista: en Dalmacia encontramos una única autopista que nace en Zagreb y termina a la altura de Ploce, a unos 100 kilómetros al norte de Dubrovnik. Tiene peajes.

Aparcamiento: suele ser de pago, tanto en la calle como en improvisados parkings de tierra cerrados con una barrera.

Moneda: la kuna es la moneda oficial. Como es habitual, el peor cambio lo dan en el aeropuerto, intentad evitarlo. Los dueños de algunos apartamentos aceptan euros sin problema, al cambio oficial.

Alojamiento: la mayor parte de la infraestructura turística de Croacia está compuesta por particulares que alquilan viviendas o habitaciones privadas. Hay pocos hoteles.

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De Melk a Krems an der Donau en bicicleta, siguiendo la margen del Danubio (Austria)

El Danubio en bicleta: de Melk a Krems an der Donau (Austria, cerca de Viena)

El Danubio en bicicleta: de Melk a Krems an der Donau (Austria, cerca de Viena)

Para despejar dudas desde el principio, quiero dejar constancia de que esta ruta en bicicleta, que se realiza sin problemas a lo largo de una jornada, es apta para todos los públicos, desde ciclistas avezados hasta recientes aficionados a las dos ruedas o familias con niños pequeños y perro; encontré ejemplos de todos ellos a lo largo del periplo.

La ruta entre Melk y Krems, toda ella por carril bici, tiene unos 36 kilómetros. Con paradas para visitar los pueblecitos, admirar el paisaje y comer no nos llevará más de 7 u 8 horas.

La bicicleta se puede alquilar en alguna tienda o bien, y esta fue mi opción, recogerla en la ciudad de salida y dejarla en la de destino utilizando los aparcamientos exteriores del sistema Nextbike, parecido al que hay en muchas ciudades europeas (BiciMad, Vélib…)

El Danubio en bici

El Danubio es el segundo río más largo de Europa, sólo superado por el Volga, y uno de los ríos más largos del mundo. Buena parte de sus 2.888 kilómetros se pueden recorrer pedaleando por el carril bici en uno u otro sentido.

Nace en la Selva Negra (Baden-Wurtemberg) y desemboca en el mar Negro, formando un amplio delta. Serpentea por tierras de Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumanía, Bulgaria, Moldavia y Ucrania. Por si fuera poco, su cuenca se extiende también por la República Checa, Suiza, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina y Montenegro.

Muchos de los pueblos a orillas del río se "apellidan" Wachau -Danubio en alemán- (en la imagen, la localidad de Willendorf In Der Wachau, entre Melk y Krems)

Muchos de los pueblos a orillas del río se “apellidan” Wachau -por el valle que ocupan- o Donau -Danubio en lengua alemana-

La ruta que propongo es sólo una corta excursión (y una de las más llanas, no hay ni una sola cuesta). Para los que quieran ver itinerarios alternativos o realizar más etapas, la web El Danubio en Bicicleta os resultará muy útil.

En mi caso, la expedición bicicletera fue una escapada. Estaba pasando una semana en Viena y, ahíta de edificaciones suntuosas, palacios barrocos, retratos de Sisí emperatriz y fastuosidad decorativa, decidí coger un tren regional dirección Melk (entre una y dos horas de trayecto, dependiendo del tren que se coja).

Primera parada: Melk

Melk es un pueblo pequeño y encantador en el que destaca, cual centinela, la abadía, de un gualdo pálido, erigida en lo alto del peñasco que cae sobre uno de los brazos en los que se divide el Danubio a esa altura.

Si el día ha despertado brumoso y llegamos a primera hora de la mañana, veremos cómo se yergue entre la niebla la imponente estampa de la abadía de Melk. Durante algunos kilómetros, mientras nos alejamos de ella, podremos seguir contemplando su figura recortada contra el cielo y su temblorosa silueta, reflejada en las tranquilas aguas del río.

En el camino

Aunque vayamos en la época idónea, es bastante probable que a lo largo de la jornada llueva en algún momento. En esta zona, el tiempo es bastante inestable, incluso en pleno verano. Aunque unas gotas de lluvia no deberían arredrarnos, siempre es recomendable llevar un chubasquero fino en la mochila.

Entre las poblaciones que iremos atravesando, destacan un puñado por su interés histórico o por su singular belleza.

Willendorf in der Wachau es una localidad conocida porque fue allí donde se halló la famosa Venus de Willendorf, una estatuilla antropomorfa, relacionada con ritos de fecundidad, datada hacia el 20.000-22.000 a.C. La figura se conserva en un museo de Roma por lo que en el pueblo sólo tienen una placa y una reproducción, además de un pequeño centro de interpretación (las cartelas están en alemán).

En Spitz podemos subir hasta las ruinas del castillo medieval de Hinterhaus y admirar la vista del Danubio desde su altura, llevando nuestra vista más allá de las terrazas sembradas de vides. Esta localidad está, más o menos, a mitad de camino entre Melk y Krems por lo que es una buena opción para realizar la parada para comer, especialmente si no llevamos bocadillo. Hay varios restaurantes -en alemán gasthof, algo así como nuestro “mesón”- con terraza, pérgola de madera y vistas al río en los que, por lo que pude catar, se come bien a buen precio.

Apenas dejamos atrás Spitz, a dos kilómetros, aparece ante nuestra vista la mole de la iglesia-fortaleza de Sankt Michael Wehrkirche.

Dürnstein

La última localidad importante antes de llegar a Krems es Dürnstein, la más bonita y mejor conservada del recorrido. La llamativa torre azul de su iglesia se asoma curiosa al Danubio y da la bienvenida a los cansados ciclistas que ya están llegando a su destino. Se cruza el pueblo por la calle principal, empedrada y salpicada de tiendecitas de recuerdos y productos de la zona. Las casas típicas de la región, con sus travesaños vistos y la fecha de construcción cincelada en la fachada, pintan Dürnstein de tonos tierra y pastel.

Krems an der Donau

Krems es la localidad más grande del recorrido. Podemos aparcar la bicicleta y pasear por su casco histórico, bien cuidado, o entrar en el museo de la caricatura, una curiosa colección de obras de ilustradores austríacos y de otros países.

Todos estos pueblos están situados en la orilla izquierda del Danubio (dirección Krems). Si hacemos el recorrido de ida y vuelta, en la margen derecha podemos parar a visitar el castillo de Schönbühel (an der Donau), originario del siglo XII y edificado sobre un promontorio rocoso; las ruinas del castillo de Aggstein; o Mauter an der Donau, unida a Krems por un esbelto puente decimonónico de hierro -parecido al que se puede admirar en otra ciudad alemana de mayor renombre, Colonia-.

Saber +

Os dejo la web oficial dedicada a esta zona del Danubio (en inglés o en alemán, no está disponible en español).

Oda al Danubio (a su paso por Budapest)

El Danubio a su paso por Budapest (Puente de las Cadenas, Hungría)

El Danubio a su paso por Budapest (Puente de las Cadenas, Hungría)

Atardece para que tus aguas descansen de su fluir
Escondidas tras el velo ennegrecido de la noche.
El sol arranca, con sus pálidos rayos, iridiscencias
Opalinas de tu superficie en calma.
La atmósfera queda suspendida.
El tiempo se apaga.
Impertérrito, el puente de La Libertad admira
Tu belleza desde su privilegiado puesto de centinela de hierro.
Cargueros, barcazas, buques y barcos sin velas
Dibujan hendiduras efímeras en el eterno discurrir de tu cauce.
Entre las nubes, se cuelan los últimos estertores del día.
La silueta ausente del Palacio Real se recorta contra el cielo blanquecino.
Mientras, tú callas, te transformas en un arca sellada
En la que se cobijan, para siempre, los avatares de la Historia.
Silencioso, ni siquiera murmuras; no bajan a tus orillas
los enamorados, preguntando por sus almas.
Eres eterno, cambiante, siempre el mismo.
Cuando las piedras que te rodean desaparezcan,
Cansadas ya de levantar monumentos consumidos,
Quedarás tú, símbolo de lo imperecedero,
Naturaleza maltratada, intérprete de melodías imposibles.
Estás tan sólo.
Lloraría por ti si mis lágrimas no fueran a perderse en tu torrente.
Te gritan los tranvías, los transeúntes, las piedras del Parlamento.
Tú no te inmutas.
Pareces tan indiferente.
Fuiste frontera del Gran Imperio Romano
Y, sin embargo, ni los dioses del Olimpo podrían nominarte.
Las batallas a tus orillas te tiñeron de sangre.
El humo de los cañones tiznó tus aguas tumultuosas.
Has visto niños nacer; y morir.
Miles de cadávares se han mecido en tu lecho.
Los pueblos que te contemplan, a los que nutres y vivificas,
te conocen como
Danubio
Donau
Dunaj
Dunav
Duna
Dunărea
¿Te reconoces?
Eres tú, la misma faz, diferente lengua.
Pero no hay caso.
Sigues estando sólo.
Porque eres demasiado hermoso para existir.

El Danubio a vista de pájaro (Budapest, Hungría)

El Danubio a vista de pájaro (Budapest, Hungría)

Estambul, acuarela en blanco y negro

Guía del Estambul menos conocido. Porque viajar no es hacer turismo

Pesador en el puente Gálata (Estambul, Turquía)

Pesador en el puente Gálata (Estambul, Turquía)

Lejos de las clásicas postales de la ciudad, contempladas con asombro familiar por millones de turistas, la antigua Constantinopla muestra su verdadera faz en los barrios que se extienden más allá de las archiconocidas estampas de Santa Sofía y la Mezquita Azul.

 

La muralla de Constantino

Los restos de las murallas de Constantino el Grande que aún se conservan pueden verse a las afueras de la ciudad, cerrando la entrada por tierra a la antigua Constantinopla desde el mar de Mármara hasta el estuario del Cuerno de Oro.

Resulta instructivo caminar a lo largo de la  muralla para hacerse una idea de las disparidades que presenta Estambul. Sin solución de continuidad, encontramos a lo largo del paseo pequeñas urbanizaciones de casas adosadas de aire residencial, erigidas para la clase media y de reciente construcción, junto a ruinas habitadas en las que la ropa que se agita al son del viento, en un par de cuerdas de tender deshilachadas, nos ofrece una pista sobre quiénes pueden ser sus moradores.

La sultana Mihrimah

La mezquita más peculiar que encontramos junto a las murallas es la de Mihrimah Sultan. El templo es hermano, arquitectónicamente hablando, de otros más conocidos como la esbelta mezquita Azul, la de Eyüp Sultán o la impresionante de Süleymaniye. Lo que la hace especial es su historia ya que lleva el nombre de una mujer, la sultana Mihrimah, hija de Solimán el Magnífico y esposa del gran visir de éste, Rüstem Pasha.

El nombre de la sultana significa, en persa, “el sol y la luna”. Nació el 21 de marzo, día del equinoccio de primavera, cuando el día queda repartido, a partes iguales, entre el sol y la luna. Cuenta la leyenda que las dos mezquitas estambulíes que llevan el nombre de la sultana, una en la parte europea de Estambul, la otra en el barrio asiático de Üskudar, fueron diseñadas por el arquitecto Sinan para que, cada equinoccio de primavera, el sol se ponga entre los minaretes de una al mismo tiempo que la luna aparece en mitad de los minaretes de la opuesta.

Azulejo en el interior del palacio de Topkapi (Estambul, Turquía)

Azulejo de una estancia del palacio de Topkapi (Estambul, Turquía)

El barrio de Fener

Hacia la mitad del recorrido constantiniano, aparecemos en la zona norte del barrio de Fener, el antiguo baluarte de los griegos acaudalados que, hoy en día, aparece a la vista como un mosaico de calles empedradas empinadas, casas de colores con antenas parabólicas incrustadas en sus fachadas a cualquier altura; vendedores ambulantes de verduras de temporada; carromatos atestados de alfombras de colores desvaídos; niños corriendo, chillando, pegando patadas a un balón, tal vez emulando a sus ídolos del Galatasaray o del Fenerbahçe; humildes pastelerías en las que encontrarás las mejores baklavas al precio más económico de toda la capital.

Aunque en esta caleidoscópica barriada no se habla inglés, sólo turco, nos entenderemos sin problemas con gestos y sonrisas.

Vivienda de madera en el barrio de Fener, próxima a San Salvador de Cora (Estambul, Turquía)

Vivienda de madera en el barrio de Fener, próxima a San Salvador de Cora (Estambul, Turquía)

San Salvador de Cora

La joya del barrio de Fener está escondida entre coloridas casas de madera, de travesaños destartalados, pintura desconchada y escalerillas de acceso sin baranda. Las contraventanas golpean quejosas las fachadas en días de fuerte viento. Muchos visitantes se acercan en taxi hasta la puerta, dejan al taxista esperando mientras contemplan los dorados de los mosaicos de la Iglesia bizantina de San Salvador de Cora y vuelven a montarse rumbo al centro, a Santa Sofía y al Gran Bazar. Se pierden la esencia del barrio griego que se descubre deambulando por sus callejas.

Dejando atrás la iglesia de Cora y adentrándonos en el barrio, veremos una mole de ladrillo rojizo encajada en medio de humildes viviendas. Es el colegio griego ortodoxo Phanar, un edificio circular y mastodóntico que, pese a sus dimensiones, consigue convivir en armonía con los bloques de viviendas que lo rodean.

Fatih, donde la religión impera

En algún momento de nuestro periplo, tras perdernos numerosas veces callejeando, alcanzaremos el barrio ortodoxo de Fatih, en el centro del cual se haya la mezquita del mismo nombre, mandada erigir por el sultán Mehmet II Fatih. Si antes de pisar este distrito has pateado por Sirkeci o Pera, notarás una gran diferencia entre estas partes de Estambul y el área de Fatih. El bullicio y el ajetreo desaparecen aquí. Las mujeres visten de largo, llevan la cabeza cubierta o, directamente, van envueltas en un niqab –parecido al burqa pero sin rejilla en los ojos-. Si eres mujer, por muy tapada que entres en la mezquita, los hombres te mirarán preguntándose qué haces en su territorio.

Mujeres vestidas con niqab en el barrio musulmán ortodoxo de Fatih (Estambul, Turquía)

Mujeres vestidas con niqab en el barrio musulmán ortodoxo de Fatih (Estambul, Turquía)

Cuando dejamos Fatih atrás, de nuevo parece que emprendemos un viaje espacio-temporal. De repente, aparecen los puestos con todo tipo de mercancía, la sombra del Gran Bazar, la explanada de Santa Sofía. Si continuamos hacia el mar, por el este, pasaremos por el barrio pesquero de Kumkapi donde podemos parar a comer. La calle Telli Odalar está repleta de restaurantes donde se puede comer buen pescado –a un precio asequible-.

Cruzando el Cuerno de Oro

La parte de Estambul que queda al otro lado del puente Gálata también cuenta con sus pequeños rincones con encanto.

Beyoğlu –o Pera, como también se lo conoce- es un barrio comercial, ajetreado y efervescente. La calle principal, el boulevard Tarlabasi, desemboca en la gran plaza Taksim, lugar en el que se ubica el monumento a la República, una escultura en la que ondea la bandera turca. Tarlabasi suele estar atestado de paseantes, turistas y turcos de estética occidentalizada.

En algún punto del ascenso, nos toparemos con un grupo o una pareja de músicos callejeros que tocan instrumentos tradicionales o sencillos como la pandereta, el ukelele o el xilófono. Los puestos de zumos de fruta recién exprimida motean, a derecha e izquierda, las hileras de tiendas de moda, zapatos y complementos.

La parte más alternativa del barrio la encontramos en las callejuelas que unen el boulevard con la avenida Kemeralti (hacia el Bósforo) y alrededor de la torre Gálata, desde la que se contempla una magnífica puesta de sol sobre los tejados estambulíes. Cafés de aire vintage con mesitas de forja en la acera, abigarradas tiendas de antigüedades o recoletas galerías de arte, cada uno con el aire singular que su dueño ha querido darles. Es difícil resistirse a tomar un té y fumar una cachimba en este ambiente tranquilo y acogedor.

Cartel de un pequeño café en el barrio de Beyoglu (Pera, Estambul, Turquía)

Cartel de un pequeño café en el barrio de Beyoglu (Pera, Estambul, Turquía)

El espectáculo nocturno del puente de Ataturk

La orilla europea del Bósforo conduce nuestros pasos hacia el barrio de Beşiktaş. El camino se aleja del agua del estrecho a la altura del palacio de Dolmabahçe, centro administrativo del gobierno durante el último período del imperio Otomano. En él terminó sus días Ataturk, el “padre” de la Turquía moderna. Más allá, el parque Yildiz nos regala un poco de calma y silencio en el caos que, a cualquier hora, parece reinar en la carretera de doble dirección que lleva hasta el puente de Ataturk, por el que se cruza de lado a lado el estrecho, uniendo las orillas europea y asiática.

Para tener la mejor vista del puente desde tierra firme, hay que llegar hasta una pequeña explanada que hay junto a la cargada -por no decir barroca- mezquita de Ortaköy, en el barrio homónimo. Al atardecer, los estambulíes se reúnen en este lugar para ver cómo los últimos rayos arrancan destellos multicolores a las aguas mansas del estrecho y cómo las luces del puente comienzan a iluminar los tirantes y hierros que lo dan forma.

Unos puestos de comida colocados en hilera se encargan de dar de cenar a los espectadores. La especialidad del barrio es la patata asada rellena. No os extrañe ver que el relleno ocupa más que la propia patata porque los indecisos la piden con todo: aceitunas, maíz, pepinillos, zanahoria rallada, mayonesa, champiñones, salchichas, queso y hasta ensaladilla rusa.

Vendedor callejero en el barrio de Fener (Estambul, Turquía)

Vendedor callejero en el barrio de Fener (Estambul, Turquía)

Üsküdar, el Estambul asiático

Al otro lado del puente, nos espera la parte asiática de Estambul, el barrio de Üsküdar. Es más bonito y mucho menos enervante tomar uno de los barcos que pasan de una orilla a la otra del estrecho, en lugar de pasar en coche. Üsküdar es diferente a lo que hemos podido ver hasta ahora. Es uno de los barrios más antiguos de Estambul; todavía conserva un mercado de abastos semicubierto y ciertas construcciones en decadencia. Desde esta orilla, se divisa la torre de Leandro –un faro- flotando entre el Bósforo  y el mar de Mármara. A lo lejos, las siluetas de las mezquitas se multiplican en el lado europeo y Santa Sofía y la mezquita Azul se alzan casi al alcance de la mano. Al atardecer es sencillamente mágico.

Sensual, deslavazada, ortodoxa, cosmopolita, urbe sedienta y fagocitadora, Estambul ciclotímica y decadente, emperatriz bizantina sin cetro ni corona

Instantáneas con mi vieja Polaroid

Recomiendo también pasear por las calles aledañas al Gran Bazar y al Bazar de las Especias un domingo, especialmente a primera hora de la tarde, cuando los puestos están cerrados y el vocerío de los vendedores se ha transformado en silencio. La desacostumbrada estampa de soledad crea una mezcla de sentimientos en el visitante.

Y como no todo va a ser desgastar las suelas de los zapatos, nos dejaremos un rato libre para tirarnos en el césped, a orillas del Bósforo, mientras nos comemos un bocadillo de caballa recién rescatada de la parrilla. Los estambulíes montan improvisadas barbacoas sobre cuatro piedras y pasan su día libre en la franja que corre paralela a la orilla europea del Bósforo.

La llamada a la oración desde los altavoces de las principales mezquitas que alberga Estambul -de las cerca de 3.000 que hay en la ciudad- es un cuadro sonoro que, la primera vez que lo oímos, nos sorprende y nos cautiva.

Estación de tren de Sirkeci (Interior del restaurante, Estambul, Turquía)

Estación de tren de Sirkeci (Interior del restaurante, Estambul, Turquía)

Saber +

Estambul, ciudad y recuerdos“, Orhan Pamuk. Este libro se compone, fundamentalmente, de las memorias del Pamuk niño, un retrato subjetivo más del autor que de la propia ciudad que es interesante pese a no ser el mejor libro del premio Nobel turco.

Estambul. Paseos, miradas, resuellos“, de Javier González-Cotta. Una guía a la antigua usanza, con mucho texto y pocas imágenes, periodística y lírica a la vez. Un libro para tener en la mesilla de noche –o en la memoria del ebook- y leer a pequeños sorbos mientras esperamos que llegue el gran día en el que nuestro avión despegará rumbo a la capital turca.

Cruzando el puente: los sonidos de Estambul“, Fatih Akin (película documental). Amena travesía por las músicas que vibran en la antigua Constantinopla, desde rock psicodélico hasta rap pasando por ritmos de raíces kurdas ancestrales. La voz de Aynur Dogan palpitó, por primera vez para mí, en esta película.

Sofía, monasterio de Rila y los Siete Lagos (Bulgaria)

Enclavada entre los Balcanes, Rumanía, Grecia, Turquía y el mar Negro, Bulgaria es una gran desconocida para la mayoría de los españoles, al menos como destino turístico.

 

Su accidentada orografía, su herencia milenaria y una historia llena de traspiés hacen de la antigua tierra de los tracios un lugar por descubrir.

Nuestro viaje comienza en Sofía, la capital, y se acerca a las montañas Rila, enclave idóneo para excursiones, deportes de nieve y visitas culturales.

Bulgaria, indecisa entre el ayer y el mañana (certamen de bailes folklóricos, Plovdiv)

Bulgaria, indecisa entre el ayer y el mañana (certamen de bailes folklóricos, Plovdiv)

La mayoría de los turistas que llegan a Bulgaria lo hacen atraídos por su oferta de playa en verano y de nieve en invierno. Burgas y Varna, en la costa del mar Negro, son dos de los lugares más visitados en la temporada estival mientras que Bansko, situado entre las montañas de Rila y el parque nacional de Pirin, es el centro preferido por los aficionados a los deportes blancos.

Más allá de esta cara conocida del país, también podemos encontrar ciudades históricas que esconden reminiscencias tracias, romanas u otomanas; pueblos de arquitectura tradicional bien conservados; coloridos monasterios ortodoxos y parajes naturales agrestes de gran belleza. En esta entrada nos centraremos en Sofía, la capital, y las montañas Rila, situadas al sur.

Bulgaria en contexto

Bulgaria es el país de la Unión Europea con menor PIB per cápita, seguido en la cola por Rumanía, con quien comparte frontera al norte, dibujada por los contornos del Danubio y la llanura que lleva su nombre.

Anciana vendiendo ramitos de flores en la entrada de la catedral (iglesia de Alexander Nevsky, Sofía)

Anciana vendiendo ramitos de flores en la entrada de la catedral (iglesia de Alexander Nevsky, Sofía)

Teniendo en cuenta los estándares europeos, el coste de la vida y los precios de los productos y servicios son bajos, incluso para un español, así que me imagino que los alemanes o los nórdicos pensarán que se están deshaciendo de la calderilla cuando pagan una comida en cualquier restaurante búlgaro o les sacan la cuenta de las noches pasadas en un hotel. Habitaciones dobles por 30€ y almuerzos o cenas por 4-5€ por persona son la tónica general.

Hablando de dinero, la moneda oficial búlgara es el lev, en plural leva. Al cambio un euro ronda 1,95 BGN. En Sofía es fácil cambiar, ya sea en el aeropuerto (poco recomendable), en una sucursal bancaria o en una casa de cambio. Tuvimos la suerte de que nos recomendaran una de éstas últimas en la que el cambio era el oficial interbancario y no cobraban comisión, pero, salvo esta excepción, es mejor cambiar en los bancos.

Sofía y alrededores

Apenas una semana de estancia en el país da para mucho o, si consideramos lo que hemos dejado de ver, para bastante poco. Hay que tener en cuenta, cuando se viaja a Bulgaria, que las distancias dependen más del estado de la carretera por la que vayamos a circular que del número de kilómetros.

Las vías terrestres principales que unen las ciudades más importantes son bastante decentes, sobre todo si las comparamos con algunas carreteras secundarias en las que los socavones pueden llegar a ser tan anchos como un turismo pequeño. Fue en una de estas carreteras donde descubrimos la razón por la que los tapacubos de las ruedas del coche de alquiler estaban amarrados con bridas.

Catedral de Alexandre Nevsky (Sofía)

Catedral de Alexandre Nevsky (Sofía)

El aeropuerto de Sofía está a pocos kilómetros de la capital. Hay transporte público, metro y autobuses, que unen uno y otra, aparte de largas filas de taxis a la salida de la terminal de llegadas. Si llegáis de noche o demasiado temprano, sólo tendréis la posibilidad de coger un taxi; con el suplemento de nocturnidad, no llegamos a pagar ocho euros y nos dejó en la puerta de nuestro céntrico hotel.

Una advertencia: sólo hay una compañía oficial de taxis, el resto no tienen licencia y utilizan todo tipo de trucos para engañar al posible pasajero, sobre todo a la hora de cobrar la carrera. Los únicos taxis con licencia pertenecen a la compañía Ok Supertrans; tiene ventanilla de atención en la terminal del aeropuerto y, a través de su web, se puede reservar un taxi y solicitar, por ejemplo, que el conductor hable inglés y cobre en euros.

Una de las capitales más antiguas de Europa

Sofía es una ciudad de avenidas anchas, aceras destartaladas, edificios restaurados y amplias zonas ajardinadas. La circulación es un tanto caótica. Si dejamos atrás el centro, nos damos de bruces con los feos edificios de viviendas construidos a toda prisa durante las décadas comunistas.

Ciñéndonos al corazón de la urbe, podemos disfrutar de un paseo tranquilo entre la impresionante catedral ortodoxa de Alexander Nevsky -la joya arquitectónica de la ciudad-, la iglesia rusa, el Museo de Historia, la pequeña iglesia de ladrillo de Sveti Georgi o la mezquita Banya Bashi. Los fines de semana suele haber mercadillos callejeros.

Nómadas, Radio 3 – “Sofía, una fuente entre montes” ( 06/03/10)

A las afueras, la iglesia de Boyana, situada a los pies del monte Vitosha, al que se puede acceder en teleférico y desde el que se tiene una perspectiva a vista de pájaro de la capital. Muchos habitantes de Sofía hacen escapadas y excursiones a este emblemático monte que parece vigilar, los días de diario, sus idas y venidas aceleradas.

Las montañas Rila y el monasterio

Para hacer una escapada desde la capital o pasar unos días en plena naturaleza, hay que tomar dirección sureste, hacia las montañas Rila, las más altas del país e, incluso, del conjunto de los Balcanes. Hay autobuses que llegan hasta diferentes pueblos de la zona aunque, dada la frecuencia con la que pasan, es más recomendable alquilar un coche, si es posible.

La excursión preferida por los oriundos es la que lleva a circunvalar los Siete Lagos. Durante los fines de semana de verano está tan transitada como la calle principal de una abigarrada metrópoli por lo que es preferible subir un día de diario. Se puede llegar al pie de los lagos por varios caminos, tanto a pie como en teleférico; en este último caso, hay que acceder a Pionerska hut, cerca de una zona en la que hay bastantes alojamientos, tipo resorts, llamado Panichishte.

La ruta de los Siete Lagos (Montañas Rila, Bulgaria)

La ruta de los Siete Lagos (Montañas Rila, Bulgaria)

La ruta por los lagos se puede hacer de izquierda a derecha, o viceversa, ya que es circular excepto el tramo entre el quinto y el sexto lago, que lleva a la parte más alta, desde la que se tiene la perspectiva más amplia de los lagos.

Se pueden hacer muchas otras rutas de senderismo por la zona y, en invierno, se abren las pistas de ski y los remontes.

El otro punto de interés es el monasterio de Rila, posiblemente el más conocido de Bulgaria, fundado en el siglo X por San Juan de Rila. A principios del siglo XIX fue parcialmente destruido por un incendio así que lo que podemos contemplar en la actualidad es una reconstrucción, bastante fidedigna, del original. Aún se conservan algunas pinturas murales originales en el exterior de la iglesia.

Monasterio de Rila (Montañas Rila, Bulgaria)

Monasterio de Rila (Montañas Rila, Bulgaria)

Los monasterios en Bulgaria jugaron un papel fundamental para el mantenimiento de la cultura y la literatura nacionales durante los largos siglos de ocupación otomana. A lo largo de todo el país se pueden encontrar ejemplos de estas construcciones religiosas bastante bien conservadas, algunas emplazadas en lugares recónditos, entre montañas o en mitad de frondosos bosques.

Os dejo un enlace con información útil y consejos prácticos para moverse por Sofía. Y la página oficial de turismo de Bulgaria.