La desaparición del espacio público

El espacio público se privatiza, se comercializa y se marginaliza (entrada a la ópera, Oslo, Noruega)

El espacio público se privatiza, se comercializa y se marginaliza (entrada a la ópera, Oslo, Noruega)

Apenas nos hemos ido dando cuenta. El fenómeno se ha producido de forma paulatina, pareciera incluso que de una manera natural; podemos pensar que “va con los tiempos”. La preponderancia del individuo sobre lo colectivo, la eternamente creciente competencia entre unos y otros por ser los mejores, la privatización de los bienes públicos en aras del incremento de los ratios de productividad y hasta el declive de la familia tradicional conllevan un estrechamiento del concepto de lo común.

 Puede parecer que el espacio compartido se reduce porque está siendo sustituido por la esfera íntima

Y sin embargo, este giro es sospechoso. Sociológicamente hablando, los seres humanos buscamos la compañía de otras personas de forma constante, valoramos sus opiniones, pedimos consejo, quedamos para charlar, ver una película, cenar o tomar algo. Hoy en día sigue siendo así, ni el siglo XXI ni los cambios tecnológicos han modificado, de forma profunda, este principio vital; las redes sociales son un buen ejemplo de esta práctica aunque a veces nos parezca que son más un teatro o una pasarela en la que exhibir el yo que un canal de comunicación.

En nuestras ciudades, el espacio físico del que puede disfrutar el ciudadano se achica, se empequeñece e incluso desaparece. En la mayor parte de los casos, pasa a ser ocupado por la publicidad o es privatizado -dejado en manos de empresas que lo explotan para su beneficio-. En otras, es abandonado por las instituciones y por los propios usuarios, convirtiéndose en no-lugares, como sucede con los barrios marginales, los cascos históricos fantasma -deshabitados- y las restauraciones que se llevan a cabo para convertir una ciudad en la que se vive por otra que se visita, especialmente por masas de turistas que bajan, fotografían y vuelven a subir a un autobús.

Las calles de muchas ciudades se han convertido en un decorado pensado para ser admirado por los turistas (Potsdam, Alemania)

Las calles de muchas ciudades se han convertido en un decorado pensado para ser admirado por los turistas (Potsdam, Alemania)

La comercialización del espacio ciudadano

La publicidad de masas comenzó en los medios de comunicación y, poco a poco, se ha ido extendiendo por doquier. A todos nos resultan familiares las vallas publicitarias en las carreteras, los carteles en las marquesinas y paradas de autobús e incluso esas lonas mastodónticas, de varias decenas de metros cuadrados, que esconden la restauración de algún edificio urbano.

En algún momento, la industria de la publicidad y los que se financian a través de ella decidieron que ésta debía de ser ubicua. Desde entonces, empezamos a encontrarnos con pasillos de metro “empapelados” con campañas publicitarias, incluyendo sonidos y olores; estaciones de transporte público que pasan a tomar el nombre de una empresa privada que las “esponsoriza” cual mecenas de la Antigüedad; autobuses y vagones de tren embalados como si fueran paquetes de regalo; proyecciones luminosas en edificios o aceras; pantallas colosales colgadas de las fachadas de edificios encendidas 24/7; plazas públicas tomadas por stands de promotores…

El profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Álvaro Ardura, resume muy acertadamente esta deriva afirmando que “los espacios públicos han de ser “rentables” en sí mismos. Esto se traduce en su mercantilización temporal, ya que la definitiva no es viable en el actual marco jurídico. No se pueden vender las calles, aún; pero sí alquilarlas”.

El estudio que firma el profesor Ardura habla de Madrid pero encontramos ejemplos en muchas otras ciudades del mundo, desde las comercialmente hablando más que jugosas ciudades del Este de Europa hasta Toronto, donde un movimiento ciudadano ha puesto en marcha una campaña para salvaguardar el espacio público que consideran está siendo privatizado sin el consentimiento de los habitantes de la metrópoli (Toronto Public Space Iniciative).

La escasez de bancos en las calles y parques pretende fomentar el uso de las terrazas de los bares y restaurantes (banco de hierro en un pueblo de Badajoz)

La escasez de bancos en las calles y parques pretende fomentar el uso de las terrazas de los bares y restaurantes (banco de hierro en un pueblo de Badajoz)

Lugares de paso

Otra de las formas que ha tomado la desaparición del espacio público está ligada a los propios proyectos de los ayuntamientos, diputaciones y ministerios de fomento u obras públicas. Las plazas se reforman levantando frías gradas de hormigón; se rehúye la planificación y creación de parques, jardines o espacios verdes; el mobiliario urbano, especialmente los bancos públicos, brilla por su ausencia; las aceras se estrechan y se llenan de pivotes para evitar que los coches, los reyes de nuestras ciudades, aparquen en ellas; se fomenta la apertura de macrocentros comerciales en la periferia, lugares despersonalizados y totalmente enfocados a la comercialización de cada instante de nuestras vidas.

El ocio no consumista es castigado. Sentarse de balde en un banco a leer, a charlar o a ver una puesta de sol no genera beneficios a ningún negocio, de ahí que nos inviten a sentarnos en las terrazas de los bares que cada día proliferan más (pagando los impuestos prescriptivos al ayuntamiento de turno) y a que llevemos a nuestros hijos a las ferias o atracciones de pago de los centros comerciales.

Los parques son los pulmones de las ciudades y de los ciudadanos; pasear, sacar al perro, correr, tomar el sol o leer son sólo algunas de las actividades que se desarrollan en ellos

Los parques son los pulmones de las ciudades y de los ciudadanos; pasear, sacar al perro, correr, tomar el sol o leer son sólo algunas de las actividades que se desarrollan en ellos

Algunas urbes han decidido dar la espalda a esta mercantilización del espacio público. Copenhague, con la recuperación de su casco histórico a partir de los años 60, o la ciudad australiana de Melbourne donde se ha intentado que las calles, construidas como lugares de paso, se conviertan en sitios de encuentro para los ciudadanos.

Algunos ayuntamientos han rehusado seguir este tipo de políticas y han apostado, por el contrario, por las zonas peatonalizadas, los parques y los lugares de ocio sin coste

Otras instituciones locales han empezado a escuchar a las asociaciones y movimientos ciudadanos que reclaman el retorno del espacio común para reunirse, para que los niños jueguen, para hacer ejercicio, tomar el sol o simplemente para respirar.

El pulso entre el derecho intangible de los ciudadanos a disfrutar de su hábitat y la comercialización y privatización del espacio público se prevé enconado. Nacerán nuevas prácticas colectivas, como los hoy comunes huertos urbanos o los espacios autogestionados, y morirán otras, como muchas de las plazas que antaño eran el centro de reunión, el ágora del barrio.

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Estambul, acuarela en blanco y negro

Guía del Estambul menos conocido. Porque viajar no es hacer turismo

Pesador en el puente Gálata (Estambul, Turquía)

Pesador en el puente Gálata (Estambul, Turquía)

Lejos de las clásicas postales de la ciudad, contempladas con asombro familiar por millones de turistas, la antigua Constantinopla muestra su verdadera faz en los barrios que se extienden más allá de las archiconocidas estampas de Santa Sofía y la Mezquita Azul.

 

La muralla de Constantino

Los restos de las murallas de Constantino el Grande que aún se conservan pueden verse a las afueras de la ciudad, cerrando la entrada por tierra a la antigua Constantinopla desde el mar de Mármara hasta el estuario del Cuerno de Oro.

Resulta instructivo caminar a lo largo de la  muralla para hacerse una idea de las disparidades que presenta Estambul. Sin solución de continuidad, encontramos a lo largo del paseo pequeñas urbanizaciones de casas adosadas de aire residencial, erigidas para la clase media y de reciente construcción, junto a ruinas habitadas en las que la ropa que se agita al son del viento, en un par de cuerdas de tender deshilachadas, nos ofrece una pista sobre quiénes pueden ser sus moradores.

La sultana Mihrimah

La mezquita más peculiar que encontramos junto a las murallas es la de Mihrimah Sultan. El templo es hermano, arquitectónicamente hablando, de otros más conocidos como la esbelta mezquita Azul, la de Eyüp Sultán o la impresionante de Süleymaniye. Lo que la hace especial es su historia ya que lleva el nombre de una mujer, la sultana Mihrimah, hija de Solimán el Magnífico y esposa del gran visir de éste, Rüstem Pasha.

El nombre de la sultana significa, en persa, “el sol y la luna”. Nació el 21 de marzo, día del equinoccio de primavera, cuando el día queda repartido, a partes iguales, entre el sol y la luna. Cuenta la leyenda que las dos mezquitas estambulíes que llevan el nombre de la sultana, una en la parte europea de Estambul, la otra en el barrio asiático de Üskudar, fueron diseñadas por el arquitecto Sinan para que, cada equinoccio de primavera, el sol se ponga entre los minaretes de una al mismo tiempo que la luna aparece en mitad de los minaretes de la opuesta.

Azulejo en el interior del palacio de Topkapi (Estambul, Turquía)

Azulejo de una estancia del palacio de Topkapi (Estambul, Turquía)

El barrio de Fener

Hacia la mitad del recorrido constantiniano, aparecemos en la zona norte del barrio de Fener, el antiguo baluarte de los griegos acaudalados que, hoy en día, aparece a la vista como un mosaico de calles empedradas empinadas, casas de colores con antenas parabólicas incrustadas en sus fachadas a cualquier altura; vendedores ambulantes de verduras de temporada; carromatos atestados de alfombras de colores desvaídos; niños corriendo, chillando, pegando patadas a un balón, tal vez emulando a sus ídolos del Galatasaray o del Fenerbahçe; humildes pastelerías en las que encontrarás las mejores baklavas al precio más económico de toda la capital.

Aunque en esta caleidoscópica barriada no se habla inglés, sólo turco, nos entenderemos sin problemas con gestos y sonrisas.

Vivienda de madera en el barrio de Fener, próxima a San Salvador de Cora (Estambul, Turquía)

Vivienda de madera en el barrio de Fener, próxima a San Salvador de Cora (Estambul, Turquía)

San Salvador de Cora

La joya del barrio de Fener está escondida entre coloridas casas de madera, de travesaños destartalados, pintura desconchada y escalerillas de acceso sin baranda. Las contraventanas golpean quejosas las fachadas en días de fuerte viento. Muchos visitantes se acercan en taxi hasta la puerta, dejan al taxista esperando mientras contemplan los dorados de los mosaicos de la Iglesia bizantina de San Salvador de Cora y vuelven a montarse rumbo al centro, a Santa Sofía y al Gran Bazar. Se pierden la esencia del barrio griego que se descubre deambulando por sus callejas.

Dejando atrás la iglesia de Cora y adentrándonos en el barrio, veremos una mole de ladrillo rojizo encajada en medio de humildes viviendas. Es el colegio griego ortodoxo Phanar, un edificio circular y mastodóntico que, pese a sus dimensiones, consigue convivir en armonía con los bloques de viviendas que lo rodean.

Fatih, donde la religión impera

En algún momento de nuestro periplo, tras perdernos numerosas veces callejeando, alcanzaremos el barrio ortodoxo de Fatih, en el centro del cual se haya la mezquita del mismo nombre, mandada erigir por el sultán Mehmet II Fatih. Si antes de pisar este distrito has pateado por Sirkeci o Pera, notarás una gran diferencia entre estas partes de Estambul y el área de Fatih. El bullicio y el ajetreo desaparecen aquí. Las mujeres visten de largo, llevan la cabeza cubierta o, directamente, van envueltas en un niqab –parecido al burqa pero sin rejilla en los ojos-. Si eres mujer, por muy tapada que entres en la mezquita, los hombres te mirarán preguntándose qué haces en su territorio.

Mujeres vestidas con niqab en el barrio musulmán ortodoxo de Fatih (Estambul, Turquía)

Mujeres vestidas con niqab en el barrio musulmán ortodoxo de Fatih (Estambul, Turquía)

Cuando dejamos Fatih atrás, de nuevo parece que emprendemos un viaje espacio-temporal. De repente, aparecen los puestos con todo tipo de mercancía, la sombra del Gran Bazar, la explanada de Santa Sofía. Si continuamos hacia el mar, por el este, pasaremos por el barrio pesquero de Kumkapi donde podemos parar a comer. La calle Telli Odalar está repleta de restaurantes donde se puede comer buen pescado –a un precio asequible-.

Cruzando el Cuerno de Oro

La parte de Estambul que queda al otro lado del puente Gálata también cuenta con sus pequeños rincones con encanto.

Beyoğlu –o Pera, como también se lo conoce- es un barrio comercial, ajetreado y efervescente. La calle principal, el boulevard Tarlabasi, desemboca en la gran plaza Taksim, lugar en el que se ubica el monumento a la República, una escultura en la que ondea la bandera turca. Tarlabasi suele estar atestado de paseantes, turistas y turcos de estética occidentalizada.

En algún punto del ascenso, nos toparemos con un grupo o una pareja de músicos callejeros que tocan instrumentos tradicionales o sencillos como la pandereta, el ukelele o el xilófono. Los puestos de zumos de fruta recién exprimida motean, a derecha e izquierda, las hileras de tiendas de moda, zapatos y complementos.

La parte más alternativa del barrio la encontramos en las callejuelas que unen el boulevard con la avenida Kemeralti (hacia el Bósforo) y alrededor de la torre Gálata, desde la que se contempla una magnífica puesta de sol sobre los tejados estambulíes. Cafés de aire vintage con mesitas de forja en la acera, abigarradas tiendas de antigüedades o recoletas galerías de arte, cada uno con el aire singular que su dueño ha querido darles. Es difícil resistirse a tomar un té y fumar una cachimba en este ambiente tranquilo y acogedor.

Cartel de un pequeño café en el barrio de Beyoglu (Pera, Estambul, Turquía)

Cartel de un pequeño café en el barrio de Beyoglu (Pera, Estambul, Turquía)

El espectáculo nocturno del puente de Ataturk

La orilla europea del Bósforo conduce nuestros pasos hacia el barrio de Beşiktaş. El camino se aleja del agua del estrecho a la altura del palacio de Dolmabahçe, centro administrativo del gobierno durante el último período del imperio Otomano. En él terminó sus días Ataturk, el “padre” de la Turquía moderna. Más allá, el parque Yildiz nos regala un poco de calma y silencio en el caos que, a cualquier hora, parece reinar en la carretera de doble dirección que lleva hasta el puente de Ataturk, por el que se cruza de lado a lado el estrecho, uniendo las orillas europea y asiática.

Para tener la mejor vista del puente desde tierra firme, hay que llegar hasta una pequeña explanada que hay junto a la cargada -por no decir barroca- mezquita de Ortaköy, en el barrio homónimo. Al atardecer, los estambulíes se reúnen en este lugar para ver cómo los últimos rayos arrancan destellos multicolores a las aguas mansas del estrecho y cómo las luces del puente comienzan a iluminar los tirantes y hierros que lo dan forma.

Unos puestos de comida colocados en hilera se encargan de dar de cenar a los espectadores. La especialidad del barrio es la patata asada rellena. No os extrañe ver que el relleno ocupa más que la propia patata porque los indecisos la piden con todo: aceitunas, maíz, pepinillos, zanahoria rallada, mayonesa, champiñones, salchichas, queso y hasta ensaladilla rusa.

Vendedor callejero en el barrio de Fener (Estambul, Turquía)

Vendedor callejero en el barrio de Fener (Estambul, Turquía)

Üsküdar, el Estambul asiático

Al otro lado del puente, nos espera la parte asiática de Estambul, el barrio de Üsküdar. Es más bonito y mucho menos enervante tomar uno de los barcos que pasan de una orilla a la otra del estrecho, en lugar de pasar en coche. Üsküdar es diferente a lo que hemos podido ver hasta ahora. Es uno de los barrios más antiguos de Estambul; todavía conserva un mercado de abastos semicubierto y ciertas construcciones en decadencia. Desde esta orilla, se divisa la torre de Leandro –un faro- flotando entre el Bósforo  y el mar de Mármara. A lo lejos, las siluetas de las mezquitas se multiplican en el lado europeo y Santa Sofía y la mezquita Azul se alzan casi al alcance de la mano. Al atardecer es sencillamente mágico.

Sensual, deslavazada, ortodoxa, cosmopolita, urbe sedienta y fagocitadora, Estambul ciclotímica y decadente, emperatriz bizantina sin cetro ni corona

Instantáneas con mi vieja Polaroid

Recomiendo también pasear por las calles aledañas al Gran Bazar y al Bazar de las Especias un domingo, especialmente a primera hora de la tarde, cuando los puestos están cerrados y el vocerío de los vendedores se ha transformado en silencio. La desacostumbrada estampa de soledad crea una mezcla de sentimientos en el visitante.

Y como no todo va a ser desgastar las suelas de los zapatos, nos dejaremos un rato libre para tirarnos en el césped, a orillas del Bósforo, mientras nos comemos un bocadillo de caballa recién rescatada de la parrilla. Los estambulíes montan improvisadas barbacoas sobre cuatro piedras y pasan su día libre en la franja que corre paralela a la orilla europea del Bósforo.

La llamada a la oración desde los altavoces de las principales mezquitas que alberga Estambul -de las cerca de 3.000 que hay en la ciudad- es un cuadro sonoro que, la primera vez que lo oímos, nos sorprende y nos cautiva.

Estación de tren de Sirkeci (Interior del restaurante, Estambul, Turquía)

Estación de tren de Sirkeci (Interior del restaurante, Estambul, Turquía)

Saber +

Estambul, ciudad y recuerdos“, Orhan Pamuk. Este libro se compone, fundamentalmente, de las memorias del Pamuk niño, un retrato subjetivo más del autor que de la propia ciudad que es interesante pese a no ser el mejor libro del premio Nobel turco.

Estambul. Paseos, miradas, resuellos“, de Javier González-Cotta. Una guía a la antigua usanza, con mucho texto y pocas imágenes, periodística y lírica a la vez. Un libro para tener en la mesilla de noche –o en la memoria del ebook- y leer a pequeños sorbos mientras esperamos que llegue el gran día en el que nuestro avión despegará rumbo a la capital turca.

Cruzando el puente: los sonidos de Estambul“, Fatih Akin (película documental). Amena travesía por las músicas que vibran en la antigua Constantinopla, desde rock psicodélico hasta rap pasando por ritmos de raíces kurdas ancestrales. La voz de Aynur Dogan palpitó, por primera vez para mí, en esta película.

La contaminación nuestra de cada día

Alta contaminación en las grandes ciudades (Madrid desde la azotea del CBA, España)

Alta contaminación en las grandes ciudades (Madrid desde la azotea del CBA, España)

Vaticino, sin pretender ser agorera, que la Cumbre sobre el climaCOP 21-, que se está celebrando en París, nos dejará con más promesas en los oídos y menos esperanzas en el corazón. Pese a que he leído algunos titulares optimistas, con afirmaciones taxativas de Obama, Hollande o Xi Jinping, me queda la sensación de que las buenas palabras se van a quedar, como estamos ya acostumbrados a ver, en papel mojado.

El presupuesto central del borrador de la Cumbre aboga por la limitación voluntaria de las emisiones de dioxido de carbono. Cada país debe de hacer un esfuerzo por reducirlas pero, si no lo consigue o tiene otras prioridades, se llevará una mirada reprobatoria de sus vecinos y poco más.

Mi vida con el CO2

Mientras tanto, las principales ciudades chinas se ahogan sepultadas por una densa niebla gris de polución. En los últimos dos meses, Madrid y Barcelona, por mencionar las metrópolis más afectadas en España, han traspasado los límites tolerables de contaminación sin que las decisiones políticas temporales de sus ayuntamientos hayan tenido efectos duraderos sobre el fenómeno. Encontramos muchos más ejemplos de punta a punta del planeta: Nueva Delhi (India), Lahore (Pakistán), California (Estados Unidos) o Doha (Qatar).

 

Las ciudades más contaminadas del mundo están ubicadas en India y Pakistán

 

En España, las altas cotas de polución que causan problemas respiratorios, irritación de los ojos o afonía son pasajeras. La culpa es, dicen, del viento y la lluvia que han decidido que, este otoño, preferían estar ausentes de su cita con las grandes urbes. Un par de buenos chaparrones y todo solucionado, podremos continuar nuestra vida de urbanitas apegados a la comodidad del vehículo particular, los productos baratos traídos desde Asia y las calefacciones a temperatura caribeña.

Como todo es temporal, pasajero, transitorio y coyuntural, nunca se toman medidas realmente eficientes ni se proponen y desarrollan políticas locales, estatales o globales contra la contaminación. El precio es alto porque nuestro modo de vida de ricos consumidores, basado en el petróleo y las economías de escala, tendría los días contados.

Aún no hay estudios conclusivos sobre qué consecuencias tiene la contaminación, a largo plazo, en nuestro organismo

 

La bicicleta puede convertirse en un medio de transporte alternativo

La bicicleta puede convertirse en un medio de transporte alternativo

Propuestas para volver a respirar

Me voy a centrar en el problema de la contaminación producida por los vehículos que circulan por las grandes capitales, tomando como ejemplo Madrid, una ciudad grande y bastante contaminada –aunque no se la pueda comparar con Delhi, Pekín o México DF-.

No me olvido de otras fuentes de contaminación como la producida por la luz –contaminación lumínica– de las farolas callejeras y los neones de los comercios, por ejemplo; o la que mencionaba con anterioridad, la producida por las calefacciones (y los aparatos de aire acondicionado en verano). Se merecen más espacio que esta mínima mención. En cualquier caso, volvamos al transporte y hagamos propuestas concretas.

– Hay que desarrollar el transporte público no radial que conecte las localidades de la periferia entre sí.

– ¿Dónde quedó la idea de construir parkings disuasorios antes de llegar a la entrada de la ciudad, económicos y bien conectados por transporte público con el centro? Sólo conozco el de la Ciudad Universitaria -aunque parece que hay una propuesta en firme para 2016-. En Ámsterdam, una ciudad mucho más pequeña, hay al menos siete.

– La frecuencia y abundancia del transporte público tiene un papel clave. Sin un buen servicio, todo el que pueda permitírselo elegirá viajar en su propio vehículo.

– Establecer un servicio nocturno de metro los fines de semana reduciría los trayectos en coche dentro de la ciudad y los problemas de aparcamiento.

– Aunque no estoy a favor de las prohibiciones como política educacional de la ciudadanía, creo que limitar la circulación por el centro, al mínimo posible, es inevitable.

Potenciar el uso de la bicicleta como medio de transporte alternativo al resto de medios, todos ellos contaminantes.

– La construcción de urbanizaciones, ensanches y zonas residenciales alejadas del núcleo urbano y de los servicios mínimos que precisa un ciudadano -desde colegios a centros médicos pasando por comercios y lugares de ocio- sólo consigue obligar a los habitantes de estos lugares a mantener y usar a diario, al menos, un coche. Si no son dos.

– Las inversiones en transporte poco contaminante, tanto público como privado, deben de ser una prioridad. Las empresas petrolíferas estarán en contra, como no, pero hace falta invertir más en autobuses eléctricos o movidos con otro tipo de energía más limpia que el petróleo. Los coches particulares también deberían recorrer la misma senda.

Las plantas y los árboles contrarrestan el efecto negativo de las emisiones de dióxido de carbono

Las plantas y los árboles contrarrestan el efecto negativo de las emisiones de dióxido de carbono

Medidas a largo plazo

– Hace falta educar en el respeto hacia los demás y hacia el medio ambiente. No debemos tener en cuenta sólo nuestra comodidad. Si no queremos asfixiarnos, hay que cambiar nuestro modo de vida y de consumo.

– La noción de cercanía debe primar sobre la de lejanía, sobre las economías de escala y la importación sistemática de bienes desde otros países o continentes. Se debe fomentar el teletrabajo, la contratación por cercanía del domicilio –en la medida de lo posible- y el consumo de productos locales en comercios de barrio (frente a los grandes centros comerciales “deslocalizados” a las afueras, a los que hay que desplazarse en coche).

Multiplicar las zonas verdes, los parques, los jardines, la plantación de árboles en las vías públicas. Como bien sabemos, la vegetación absorbe el CO2 mucho mejor de lo que lo hace cualquier herramienta creada por el ingenio humano (al menos, de momento).

Todas estas propuestas, complementarias entre sí, son factibles. Sólo hace falta la voluntad, colectiva e individual, de ponerlas en marcha.

Orgías consumistas

¡Tanto tiempo esperándolo! Por fin han abierto el Primark de Gran Vía, ¡qué felicidad! Ay, ¡y este viernes es el “Black Friday”! Qué suerte la mía que se ha extendido a todo tipo de productos porque, cuando estaba limitado a la tecnología, se me quedaba corto.

Y la Navidad está a la vuelta de la esquina, ¡comer y beber hasta el hartazgo, comprar regalos para toda la familia, los amigos íntimos y, bueno, alguna cosita también para los que no lo son tanto! Hummm, ¿qué me compraré? Yo es que ya decidí hace algunos años autoregalarme en Navidad –y en mi cumpleaños y para el aniversario-. ¿Quién mejor que yo va a saber lo que quiero, lo que necesito?

Después las rebajas, ¡el final de año es orgásmico! Sólo de pensar en ello me pongo a pegar saltos de alegría, se me llena la boca de sonrisas, me atrevería a decir que… Sí, soy FELIZ.

Las rebajas, la moda low cost, el Black Friday, la Navidad o los outlets son estrategias de hiperconsumo

Consumo, luego existo

El “Black Friday”, la Navidad, las rebajas, la moda low cost o los outlets son estrategias comerciales y marketinianas destinadas a fomentar el hiperconsumo.

Definiendo términos

Me asomo al diccionario de la Real Academia y me sorprende ver el orden de las distintas acepciones del término “necesidad”. Mi pensamiento anticuado me había susurrado, muy bajito, que necesidad es sinónimo de carencia. Lo es. Pero sólo en tercer lugar. Los dos primeros responden mucho mejor a la concepción moderna de una auténtica sociedad de consumo.

Necesidad:

  1. f. Impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido.
  2. f. Aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.
  3. f. Carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida.
  4. f. Falta continuada de alimento que hace desfallecer.

Ah, ya sé lo que pasa, las dos primeras acepciones son las propias de Occidente, de los países industrializados, desarrollados, ricos. La tercera y la cuarta son más propias del resto del mundo, de los que no tienen. Bueno, y en el norte (económico), de las clases depauperadas.

Black is Black

Tranquilizada, puedo volver a pensar en qué voy a comprar este viernes, “Black Friday”, día negro, justamente, para la sostenibilidad del planeta, para el medio ambiente y hasta para nuestros bolsillos (o cuentas bancarias, que ya lo de la calderilla y el efectivo ha quedado obsoleto).

Incluso los medios de comunicación le dedican reportajes y artículos, explicando dónde podemos encontrar los, así llamados, mejores descuentos. Debe de suceder que, en nuestro mundo saturado de información, escasean las noticias.

Varias asociaciones,  movimientos sociales y ONG’s han creado la contrapartida del Black Friday y hacen campaña por el “Día sin compras”. Les auguro un fracaso estrepitoso en cuanto a cifra de seguidores y un triunfo difícilmente mensurable en relación con la concienciación (de parte) de la ciudadanía.

Día sin compras contra Black Friday, combate por ko

Día sin compras contra Black Friday, combate por ko

Estado previo: felizmente consumiendo

La droga de la felicidad hace ya años que aparece en forma de compra. Dónde y cuándo empezó es dudoso, tal vez podríamos arriesgarnos a hablar de un fenómeno propio de la postguerra mundial –la segunda, claro-, hijo rebelde de la escasez y de la economía del petróleo. Pero, ¿cuándo comprar se convirtió en sinónimo de felicidad? Lo que nos satisface no es la posesión del objeto ni la perspectiva de dicha posesión sino la acción de adquirirlo.

Debe de haber decenas de miles de estudios sobre el fenómeno del consumismo, viejo conocido que aún nos sorprende. En su vertiente psicológica; en la sociológica; como medio, como principio, como fin; desde el punto de vista de la publicidad y el marketing, desde la atalaya del empresario, de las macrofirmas, de los apolíticos imperios de la producción.

El consumo es un campo de trabajo fértil en el que plantar ofertas, días sin IVA, promociones de 3×2, descuentos del 50%, cupones-regalo y tantas otras fórmulas incitadoras. Hasta la neurociencia se está ocupando de él, ¡su Majestad el Consumo, a vuestros pies!

Estado posterior: insatisfacción

El canto de sirena emanado de los productos de consumo suele ser efímero; apenas consigue sobrevivir al desembalaje, a la bolsa de plástico, al instante en el que pasa de ser de otro para ser mío. Después, es sustituida por una nueva promesa en forma de objeto codiciado, de actividad por hacer, de restaurante u hotel o lugar pendiente de ser visitado.

Lanzo una pregunta al viento, ¿recuerdas, sientes aún, la emoción que te produjo la última compra que hiciste? ¿O una anterior? ¿Lo que comiste en el (pen)último (nuevo) restaurante al que fuiste? Posiblemente no. Lamentablemente no.

¿Te vienen a la memoria alguna de esas historias que contaban tus abuelos o tus padres, recordadas cincuenta o setenta años después? ¿Aquella pelota fabricada con papel de periódico con la que jugaban en la calle, la única muñeca que tuvieron -de trapo, probablemente-, aquel plato especial que les preparaban para celebrar su cumpleaños?

Como sociedad, en cada generación, nos van quedando menos recuerdos de este tipo, sepultados por una ingente montaña de vivencias efímeras que no dejan huella.

A nuestro alrededor, anuncios, colores y objetos reclaman nuestra atención. Grandes letras de molde irrumpen en nuestro campo visual para incitarnos a comprar, a gastar. La tarjeta de crédito se impacienta encerrada en el monedero. La bolsa de rafia quiere correr al supermercado. Tic tac, tic tac, sólo hoy, descuento, promoción, últimas existencias. Tic tac.

Me paro un instante, a pensar, a descansar del bombardeo diario de felicidad empaquetada.

¿Qué es lo que realmente quiero?

Vintage markets, mercadillos sin historia

Estética vintage en un restaurante de Sibiu (Rumanía)

Estética vintage en un restaurante de Sibiu (Rumanía)

¡Quién nos lo iba a decir hace tan sólo una década! El mercadillo, ese lugar que antaño era sinónimo de gitaneo, cachivaches, saldos, antiguallas, marcas tergiversadas y productos afanados, ahora se ha convertido en un “happening”, un evento “chic”, un –y esto sí que es definitivo- acontecimiento que no te puedes perder si quieres estar a la última. Los mercadillos de diseño se hacen eco de las modas y presentan las nuevas tendencias, más o menos efímeras.

Keep calm and carry on

Antiguo, ajado, roto o ganga han sido sustituidos en el vocabulario del puesto itinerante por artesanal, biológico, exclusivo, reciclado o de autor. El revival de todo aquello que antes rechazábamos por estar impregnado de una pátina de antigüedad casposa es celebrado, ensalzado y exprimido hasta que el jugo se convierte en un “spin-off”, en otro producto de consumo derivado del que tuvo su minuto de gloria y pereció.

Todavía resuena en mis oídos la cantinela gitana que pretendía incitar a las viandantes a comprar bragas, tiras para el sostén, pilas o mantelerías buenas, bonitas y baratas. Una vulgaridad para los estándares de hoy en día. Señora, chica, joven y, sobre todo, guapa y niña, no importaba la edad o lo destacado de tu belleza, vociferaban, qué me las quitan de las manos, repetían, mira que lo estoy regalandooooo, estirando siempre mucho la última vocal, 3 pares 3 leuros, la “l” era imprescindible, bragas de las güenas, vamos niña, camisetas del Bresca a 3 leuros, mal pronunciar los nombres de las firmas conocidas era marca de la casa.

Come on in, we’re open

Luminoso de una tienda en el barrio de Conde Duque (Madrid)

Luminoso de una tienda en el barrio de Conde Duque (Madrid)

Pero todo eso sucedía en el siglo pasado. En el flamante XXI, con sus ecos de rotunda modernidad, ya no se llaman mercadillos sino markets, que es algo bien distinto. Se ruega no confundir con el clásico mercado de toda la vida, también denominado “galería comercial”. Llamemos a las cosas por su nombre: un mercadillo que tiene lugar en la calle y dura una mañana o un día es un “One-Day Street Market”. Sí, eso antes era mercadillo a secas pero ¡los tiempos cambian y hay que ponerse al día! A poder ser, que la frase te salga con acentillo yanqui o, en su defecto, British; es sencillo, sólo tienes que marcar mucho cada sílaba y poner algo de entusiasmo. Si no sale, escucha un rato Vaughan Radio/TV para cogerle el punto.

Hoy es un buen día para sonreír

Los Food Trucks –Camiones de Comida suena mucho menos apetecible- también forman parte de este nuevo concepto de mercadillo de diseño. Se parecen mucho a aquellas roulottes, caravanas y remolques que nunca faltaban ni en las ferias ni en las fiestas de pueblo o barrio pero con una diferencia fundamental: ahora prevalece el sentido estético tanto en el continente (el camión) como en el contenido (la comida). El universo de los colores, los olores, el packaging y la tipografía se mueve ahora sobre cuatro ruedas y está motorizado.

Hay Food Trucks de marcas conocidas de restauración “vintage” –los términos nueva cocina o cocina de autor han pasado a la historia-; gastrocamionetas; Made In Elsewhere (comida mexicana, thai, japonesa, alemana o de cualquier otro rincón del mundo); la cocina de la abuela y decenas más. A veces avanzan en solitario, otras veces aparcan en compañía o les llevan de tournée y les hacen un concurso en la televisión. De momento, la legislación no ha acompañado la explosión comercial de este tipo de comercio ambulante, al menos en España.

Food Truck en DecorAcción 2015 (Madrid)

Food Truck en DecorAcción 2015 (Madrid)

Life is beautiful

Imprescindibles para dar los primeros pasos en el mundillo de lo ambulante moderno son la estética retro o vintage -según-, un logo llamativo, un nombre divertido y sonoro que incluya la palabra “market” o “mercado” y un cartel sugerente. Cualquier eslogan que se elija debe de tener connotaciones positivas, dar buen rollo, poseer alma.

Los propios productos a la venta responden, como la imagen de la marca, a los imperativos de la moda hipster. Artesanía fabricada con materiales reciclados, cerveza hecha en casa –o casi-, ropa reconstruida, pinchos nada tradicionales, muebles de madera decapada, colores pastel y objetos alla maniera de los orientales. A veces me pregunto si sólo los modernos visitan y compran en estos peculiares centros comerciales o es que todos nos hemos convertido a esta nueva religión que recupera el pasado a precios de futuro.

Si puedes soñarlo, puedes hacerlo

Tampoco hubiera imaginado tiempo ha que para acceder al recinto donde tiene lugar un mercadillo tendría que hacer cola e, incluso, pagar. Mientras las ediciones se multiplican -¿alguien sabe qué ha sido de los números romanos que antes se utilizaban para estos menesteres?-, los organizadores y creativos licuan sus cerebros para dar con los anzuelos que arrastrarán al público.

Lo ideal es que el entorno sea un aliciente más: un antiguo cuartel militar remozado, una estación de ferrocarril, un invernadero de transparentes cristaleras, un barrio de aire castizo o una nave industrial desempolvada. Y, por favor, que a nadie se le olvide el detalle de la bicicleta: real, dibujada, serigrafiada o esbozada, la bici no puede faltar. Cuanto más antigua parezca, mejor.

Life is like riding a bicycle

La bicicleta, icono vintage (Hvar, Croacia)

La bicicleta, icono vintage (Hvar, Croacia)

Hay mercadillos fijos, de duración determinada (móviles) y fijos discontinuos, como los contratos de trabajo. Los consumidores acuden en busca de lo diferente, lo nunca-visto, lo distintivo. Las gangas y los despojos del consumismo siguen estando a la venta en los antiguos mercadillos, en puestos montados sobre un par de caballetes y cuatro barras de hierro cruzadas con una lona colgando, por si llueve.

Ahora vamos a los “markets”. Compramos estilo, no productos. Es un poco más caro pero nos las vamos apañando. Nadie dijo que ser única fuera barato.