¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano?

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

Un trabajador en una curtiduría de Fez (Marruecos)

El debate está en su apogeo, ¿los robots sustituirán a los seres humanos en el ámbito laboral? ¿Desaparecerán la mayoría de los empleos humanos? ¿O, por el contrario, la tecnología terminará con ciertos empleos y creará otros nuevos, en la misma medida? Estas son algunas de las preguntas que, una y otra vez, se lanzan en los medios de comunicación, en los foros de opinión, en las mesas redondas sobre el futuro del empleo.

He escuchado argumentos en pro y en contra, más extremos y más tibios, deslumbrantemente optimistas y ferozmente pesimistas. Supongo que es lo que tienen las hipótesis que se enfrentan al futuro, se enfrentan a la incertidumbre desde todos los posibles puntos de vista.

En 2015, le dediqué una entrada de este blog a este mismo tema, analizando los cambios que había habido en el mercado laboral en las últimas décadas e intentando situar en el mapa del empleo el modelo de la economía colaborativa: “El incierto futuro del empleo“.

Hoy, con más información, más charlas y más debates acumulados en mi cerebro, me gustaría retomar el asunto y plantear la siguiente pregunta: ¿Y qué si la tecnología sustituye al empleo humano? Me explico.

Las teorías actuales sobre la futura evolución del empleo

Hay dos posiciones enfrentadas:

Los que creen que, como ha pasado a lo largo de los últimos 150 años -desde la primera revolución industrial-, los cambios que se avecinan destruirán ciertos tipos de empleos pero crearán otros nuevos, menos rutinarios y, probablemente, más deseables.

Por otro lado, están aquellos que proclaman que los decenios de crecimiento de la productividad y del PIB han llegado a su fin -en los países más desarrollados económicamente- y que es imposible que se generen, en la misma medida que van a ser destruidos, nuevos empleos humanos. El futuro es de las máquinas.

Entre medias, también están los tecnófilos que no están tan seguros de que el “pleno empleo” se vaya a recuperar y los tecnoambiguos que no se decantan claramente por la desaparición del empleo humano.

A mi modo de ver, los primeros son demasiado optimistas en sus previsiones y, tal vez, pequen de exceso de confianza. El futuro no tiene por qué ser un calco del pasado. Recientemente, asistí a unas conferencias impartidas por el economista Josep Pijoan. Basándose en la evolución del empleo desde la revolución industrial, su tesis habla de “la falacia del trabajo finito“:

  • Cada nueva revolución -industrial, tecnológica o del conocimiento-, ha acabado con una serie de empleos pero ha creado otros. Unas industrias se destruyen y otras nacen. Los empleos pasan de un sector a otro: de la agricultura a la industria (revolución industrial) y de la industria a los servicios (revolución tecnológica). Sólo nos falta saber a qué cuarto sector se van a verter los empleos destruidos por la revolución del conocimiento -la actual-. De momento, o no lo conocemos o no tiene nombre.
  • La destrucción de empleo neto se ha compensado con la creación de empleo neto -en los últimos 150 años-. Además, las condiciones laborales han mejorado: ha descendido el número de horas trabajadas, los salarios se han incrementado, las condiciones laborales han mejorado etc. (todo esto, claro es, hablando del mundo económicamente desarrollado).

La duda que me asalta en este último punto es la siguiente: si en la última década y media estamos viendo que las condiciones laborales cada año empeoran y que los salarios reales bajan -lo que se conoce como la precarización del empleo, menos el del famoso 1%, que vive cada vez mejor-, ¿qué calidad va a tener el empleo futuro? 

Si hoy en día hay millones de personas que, teniendo un trabajo -o varios-, viven por debajo del umbral de la pobreza, ¿cuántos millones más estarán en esa situación dentro 10, 20 o 30 años? El modelo pseudofilosófico que pretende que el empleo otorga dignidad a la persona y da sentido a su vida se está desmoronando.

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

Niño pescando en un río de Camboya, cerca de Battambang (norte del país).

  • Otro de los puntos del argumentario del economista es el relativo a qué empleos destruye la tecnología. Los ordenadores, la robótica y la inteligencia artificial no sólo van a terminar con los trabajos más repetitivos y rutinarios sino que también van a sustituir muchos de los empleos altamente cualificadosSiri y Watson, desarrollados por Apple e IBM respectivamente, son dos ejemplos que ya existen de cómo las máquinas son capaces de generar conversaciones o de gestionar cantidades ingentes de datos.

Sobrevivirán los trabajos manuales en el sector servicios (camarero, por ejemplo) y los eminentemente creativos.

Se me ocurren varias cuestiones que el profesor Pijoan, y otros analistas que comparten sus puntos de vista, no tiene en cuenta en su modelo. Existen varias diferencias entre la situación actual y el pasado.

  • El crecimiento de la población mundial es exponencial. De 1.000 millones de personas a principios del siglo XX a 7.000 millones en los comienzos del siglo XXI. Para 2050, el planeta Tierra albergará -o soportará- cerca de 10.000 millones de habitantes.
  • Los países más poblados del mundo están en -rápidas- vías de desarrollo: China, India, México, Brasil. La tasa de natalidad en los países menos desarrollados económicamente es elevada. Cientos o miles de millones de personas están por sumarse al mercado laboral mundial.
  • Los recursos no son infinitos. Las energías fósiles están en decadencia. Se habla desde hace varios años del crash oil, el final del petróleo, y del modelo económico asociado a él desde hace décadas. El sistema de producción y consumo actual puede estar tocando techo.
  • El desarrollo sostenible. La incógnita sobre el ritmo de crecimiento futuro de las economías de los diferentes países y la necesidad, más o menos apremiante, de convertir el modelo económico actual en ecológicamente sostenible es otra más de las diferencias con el pasado.
  • La tendencia al oligopolio y las sinergias de las grandes empresas. Cada vez las compañías son más grandes y necesitan menos empleados; la relación entre crecimiento de una firma (a nivel mundial) y empleo no es proporcional, ni mucho menos.
  • Las empresas tecnológicas son gigantes en capital y enanos en empleo. El valor de las cinco más grandes es equivalente al PIB de la quinta economía mundial, la del Reino Unido. El total de empleados de las cinco compañías ronda los 340.000 (en el enlace faltan los datos de Apple y los de Facebook; Alphabet es Google).  Reino Unido tiene una población superior a 65 millones de personas y una tasa de población activa (en edad de trabajar) que ronda el 62%, es decir, más de 42 millones de personas “empleables”. 340.000 empleados frente a 42 millones de potenciales buscadores de empleo, mismo nivel de capitalización. Hummm, algo no encaja.

 

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

La relación entre el crecimiento financiero de las grandes empresas y el del número de sus empleados no es proporcional.

¿Y qué si se va a la mierda el trabajo?

La frase “A la mierda el trabajo” es el título de un artículo de James Livingston, profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, EE.UU. ¿Qué pasa si las máquinas y los robots sustituyen a los humanos y hacen todo el trabajo -o la mayor parte-? Creo que no me equivoco si afirmo que muchos se lo agradeceríamos. La mayoría de los empleos son monótonos, aburridos, rutinarios, estresantes, peligrosos o desagradables. No todos, pero muchos de ellos sí que lo son.

La mayoría de los trabajadores agradeceríamos trabajar menos horas, jubilarnos antes o tener que cotizar menos años para obtener una (más o menos) digna pensión. Claro es que esta reducción no puede ir acompañada de una caída en los salarios porque los mil euristas (y los menos que mil euristas) difícilmente podrán vivir con ingresos inferiores a estas cuantías.

Dejamos a los ordenadores y a nuestros amigos los robots que hagan el trabajo (sucio), perfecto. Ahora llega la parte interesante, el cambio de modelo social, donde tenemos que hablar los ciudadanos, donde tienen que enfangarse los gobiernos. Hay que repensar y cambiar el clásico “el trabajo otorga dignidad y realiza a las personas”. Nuestras vidas deben dejar de girar entorno al eje “trabajo”. Debemos sustituirlo ya que las máquinas nos van a sustituir a nosotros.

Se me ocurre que este cambio de paradigma debe conllevar un nuevo modelo de Estado del bienestar: adiós al paro, adiós a las cotizaciones, adiós a las pensiones. También es imprescindible que varíe la relación de las personas con el dinero, con la retribución dineraria, con el salario. El concepto de inflación quedará obsoleto; habrá que medir la subida del coste de la vida con otras variables -si es que seguimos queriendo medirlo-.

¿Utópico? Bueno, hay mucho camino que recorrer y muchas mentalidades que cambiar; las de todos, básicamente. Pero que no nos parezca tan descabellado; hoy en día ya hay muchas personas, y no precisamente las menos acaudaladas, que no trabajan y, sin embargo, viven de forma muy acomodada: los rentistas y los especuladores. Imaginar una tercera figura, la del no-trabajador, no tiene que ser tan complicado, ¿no os parece?

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Artemisia Gentileschi, el Barroco en la mirada de una mujer

Artemisia Gentilesch, "Judith decapitando a Holofernes"

Artemisia Gentilesch, “Judith decapitando a Holofernes”

La mayor parte de los textos que he encontrado sobre la pintora barroca romana, Artemisia Gentileschi, hacen hincapié en el valor redentor de sus obras, en de qué manera sus cuadros significaron, para ella, una venganza contra el hombre que la violó. Sin embargo, no creo que las figuras de sus óleos, ni su tratamiento narrativo y pictórico, deban de reducirse a esa agresión sexual y al denigrante juicio posterior.

Personajes femeninos míticos, históricos o bíblicos como Judith, Cleopatra, Susana o Ester pueblan muchos de sus lienzos. Mujeres fuertes, poderosas, astutas o valientes. Ciertamente lo fueron. También pintó a María Magdalena, a Clío o a Dánae. Se llamaba Artemisia como Artemisa -con una “i” incrustrada-, la diosa de la caza, hija de una Leto violada por el dios máximo del Olimpo (Zeus), virgen y hermana melliza de Apolo, entre otras atribuciones.

Vida de una mujer pintora en el siglo XVII

Artemisia fue la hija mayor de Oracio Gentileschi, pintor pisano afincado en Roma, coetáneo del creador del tenebrismo, el pendenciero Caravaggio. Desde pequeña, ayudó a su padre en el taller; parece ser que se pasaba las horas muertas observando cómo pintaba su progenitor; le ayudaba a limpiar los pinceles, a mezclar pigmentos. Su madre murió cuando ella era aún una niña y tuvo que encargarse, no sólo de la casa, sino también de sus hermanos pequeños.

En aquella época -siglo XVII-, como a lo largo de toda la Historia anterior, las mujeres debían quedarse en casa encerradas, llegar vírgenes al matrimonio, aceptar al marido que les buscara su padre y darle a éste un buen montón de hijos. Incluso las reinas y las hijas de reinas tenían un papel similar aunque, a veces, se rebelaban contra él.

Artemisia nació y creció en esa Roma barroca de vida agitada y violenta, de cruenta competición entre pintores por los encargos, de nobles y cardenales, del maniqueísmo entre hetarias de mala vida y mujeres honrosamente casadas. En esa Roma de artistas y bohemios, de tabernas y peleas, no había sitio para el pincel de una mujer. Pero Artemisia supo hacerse hueco, con tesón y tozudez, con sufrimiento y esfuerzo, con talento y fatigas.

Artemisia observó la luz, buscó modelos, creó colores, combinó pigmentos en su paleta, dio brochazos, un día y otro y otro. Fueron años de aprendizaje, de colaborar con su padre en las obras que a éste le encargaban. De admirar a los hombres como pintores, a Caravaggio en particular; y de temerlos como hombres.

Siempre encerrada en casa, entre las labores del hogar y el taller. Una joven virgen, bella y talentosa como ella no podía salir sola de casa. Debía ser acompañada siempre por alguien: su hermano Francesco, la vecina, su propio padre. Para evitar las habladurías, las malas lenguas y la violencia de los hombres. Aún así, un joven amigo de su padre, un pintor llamado Agostino Tassi, la violó. Prometió casarse con ella, claro, no era un violador de taberna. Pero resultó que, además de pendenciero y busca-broncas, ya estaba casado.

Artemisia guardó silencio durante cerca de un año sobre los abusos de Tassi. No podía denunciar, una mujer no tenía derecho a hacerlo; como mínimo, no estaba bien visto. Fue su padre quien denunció a Tassi frente al Papado. En defensa de su honor, del suyo como padre y pintor, no del de su hija, de la que habían abusado, a la que habían violentado. Porque Artemisia era un bien de su padre, hasta que lo fuera de su futuro marido.

¿Olvidada?

Artemisia Gentileschi es hoy más famosa que su padre y mucho más que el hombre que la violó. Sus obras están en los museos más importantes del mundo, en los Uffizi, en el Prado. Aunque en vida fue reconocida y tuvo encargos de nobles adinerados y de aristócratas de Italia, España, Francia e Inglaterra, tras su muerte, su nombre desapareció casi sin dejar huella.

Pintora y mujer, Artemisia reivindicaba una mirada femenina a la hora de narrar las historias que pintaba…, ¿quién quería recordar semejante asalto al poder masculino dominante?

A Artemisia Gentileschi, como a tantas otras mujeres de siglos pasados, la recuperó el movimiento feminista de los años 70. Más allá de la calidad pictórica de sus obras -indudable-, lo que destaca en sus cuadros es una mirada diferente, una forma distinta de leer las historias míticas y las Escrituras. Los mismos temas que tantas veces se habían llevado al lienzo, se convertían, gracias a su paleta, en obras originales, nunca antes contadas de esa manera.

¿Dónde radicaba la originalidad? Más allá de las circunstancias personales y vitales de Artemisia, que influyeron, claro es, todos esos cuadros están pintados bajo una mirada novedosa: una mirada de mujer.

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Obra de Artemisia Gentileschi en el Prado.

En los Uffizi, una de las múltiples versiones de la historia de Judith pintadas por A. Gentileschi.

Programa sobre Artemisia Gentileschi en “Sin distancias”, Radio UNED:

Tolerancia

Tolerancia (graffiti, Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España)

La tolerancia es esa cualidad que nos falta tan a menudo y de la que tanta necesidad tenemos para ser mejor de lo que somos.

La tolerancia es reconocer que nuestras opiniones no son la verdad.

La tolerancia es el respeto al otro.

La tolerancia es la compresión de la diferencia.

La tolerancia no es un dogma, una proposición innegable; es un principio, es el origen sobre el que se construye todo discurso vital.

La tolerancia es ética, no moral.

La tolerancia no es ideología.

La tolerancia no escupe ni golpea ni vitupera ni desprecia ni se arroga derecho alguno.

La tolerancia es incertidumbre. No es miedo; es una constante interrogación sobre nosotros mismos y todo lo que nos rodea.

La tolerancia no comulga ni con el prefijo “anti” ni con el prefijo “pro”.

La tolerancia busca, la intolerancia encuentra.

La tolerancia se opone al desinterés, a la dejadez, a la libertad sin responsabilidad.

La tolerancia es un cuestionamiento constante de nuestros valores, opiniones y prejuicios. No hay horizonte ni techo ni suelo que la limite. Está en perpetua expansión porque, si no lo está, deja de existir, desaparece. Por que hemos vivido, vivimos y viviremos en un estado de cambio perenne.

A menudo utilizamos el adjetivo “intolerable” para hablar de lo que consideramos insoportable. El sentido de la palabra intolerable se ha mantenido a lo largo del tiempo. Es, según el diccionario,”lo que no se puede tolerar” cuando tolerar significa “resistir, soportar”, “permitir algo que no se tiene por lícito”, “llevar con paciencia”. Con el tiempo, “tolerar” ha adquirido un nuevo significado, que para mí es el más pleno, completo y deseable. La tolerancia ha evolucionado; la intolerancia no.

La intolerancia sigue siendo la rancia incompresión de lo diferente; el dogmatismo que ultraja, humilla, viola y mata; la desconsideración hacia los demás -seres humanos, seres vivos, naturaleza-; el oído que no escucha, los labios que sólo saben hablar, el brazo que amenaza, la mano que pega, la mordaza que obliga al silencio, la mirada que sojuzga.

Tolerar: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. Nuestra aspiración más loable, como individuos y como sociedad.

El arte de justificar el machismo

“El resentimiento es como beber veneno y esperar que otra persona se muera.”

Carrie Fisher (actriz, escritora y guionista)

El arte de justificar el machismo (mujer recogiendo arroz en Siem Reap, templos de Angkor, Camboya)

El arte de justificar el machismo (mujer recogiendo arroz en Siem Reap, templos de Angkor, Camboya)

“En el principio era el Hombre, y el Hombre era con Dios, y el Hombre era Dios”. Es una cita muy conocida de la Biblia; simplemente, para actualizarla, he cambiado Verbo por Hombre. En masculino y con mayúscula. No el hombre como representante de la raza humana, no el nombre genérico para hablar de los seres humanos, como se suele utilizar. No, el Hombre como hombre. La Mujer está en casa, criando y cuidando de sus seres queridos. En fin, lo que le corresponde hacer según la inmensa mayoría de discursos y textos, orales o escritos, que se han producido a lo largo de la Historia de la Humanidad.

Últimamente me ha dado por pensar sobre cuáles pueden ser los fundamentos del machismo (y del patriarcado, la ideología que lo sustenta). Hoy en día, por poco que se esté en este mundo, se es consciente de los derroteros que está tomando el feminismo (que son muchos y muy variados).

Del empoderamiento de la mujer en los 60 pasamos al postfeminismo de nuestro siglo; de las “grandes cesiones” a la mujer -en el plano laboral y económico– a la feroz crítica del mal llamado feminazismo (por si a alguien se le ha olvidado, los nazis torturaron y mataron a sangre fría a millones de personas -civiles y militares-, creo que la comparación es nauseabunda, además de profundamente incorrecta); de la mujer madre y esposa a la supermujer empresaria, emprendedora, independiente, amiga… madre y esposa, de nuevo.

Una joven madre con su bebé sentada en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Una joven madre con su bebé sentada en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Las teóricas del feminismo debaten sobre la organización del poder y el neoliberalismo; las mujeres inscritas en minorías continúan reivindicando sus derechos, no sólo como mujeres sino también como sujetos pertenecientes a una raza  (no blanca, generalmente) o un nivel económico (bajo e indeseado, normalmente); las postfeministas reivindican el porno, la figura de la prostituta y la de la madre lactante; el feminismo queer pretende superar la dicotomía de género…

¿Y los hombres? Ahí también el panorama es muy rico. Los hay que se autoproclaman feministas; los hay retrógrados (estilo Trump, que quieren volver a la situación anterior al movimiento sufragista); los hay que miran perplejos los movimientos de una y otra parte; los hay que están hartos y aburridos de tanta reivindicación (alguna mujer también está en este grupo); los hay que están encantados de ponerse el mandil, coger el plumero y pasar tiempo con sus retoños…

No pretendo ser exhaustiva, el tema da para rellenar millones de páginas y no voy a pretender, ni siquiera, haber hecho un resumen del estado de la cuestión. Valga como preámbulo, sencillamente. Ahora sí, voy al quid de la cuestión que planteaba, ¿qué hay debajo de todo esto? ¿Qué mecanismo oculto mueve el engranaje del machismo en el mundo, sea en los países árabes, en Sudamérica, en el Sureste Asiático, en Australia, en China, en Europa, en EE.UU., en cualquier casa, pueblo, región o nación?

Hacedora de papel de arroz para rollitos (Battambang, Camboya

Hacedora de papel de arroz para rollitos (Battambang, Camboya)

He llegado a la conclusión de que el machismo se autojustifica. Es decir, el comportamiento machista justifica el propio comportamiento machista. En teoría, es absurdo. En la práctica, funciona a las mil maravillas. Os explico a qué me refiero.

Hace un par de días me mandaron un enlace a un relato (real) de una chica que había sido agredida verbalmente por un taxista y lo había denunciado. Cada paso de la historia es una pared contra la que se choca la protagonista, como si estuviera en un laberinto sin salida en el que sólo pudiera dar vueltas, sin esperanza, sin remedio.

De este relato podemos sacar una carta de derechos de los hombres (que las mujeres no tienen y que, en general, sufren; he de decir, mal que me pese, que muchas mujeres están conformes e incluso consideran que estos derechos son prerrogativa de los hombres por ser hombres):

(En itálicas, las citas del relato, que sirven como ejemplos).

  1. Derecho a comentar en voz alta el aspecto físico de una mujer. En algunos casos, aún se sigue conociendo este derecho como “piropear”: ¿A dónde vas con esa minifalda tan guapa?
  2. Derecho a insultar a la mujer cuando reacciona negativamente ante el comentario: ¿Estás loca?; Tu madre es retrasada.
  3. Derecho a ejercer violencia verbal y física sobre la mujer: la llama “zorra” y la escupe.
  4. Derecho a minimizar la importancia de los hechos (o a valorarla con un baremo propio): No puedo enviarte una patrulla…; Ya te digo yo que no va a llegar a nada. Si fuera algo grave…
  5. Derecho a no empatizar: “Mira, que me da igual, que yo no estoy aquí para ponerme en vuestro lugar” (en boca de una mujer); Ah vale, pero a usted no, yo solo quería saber eso.
  6. Derecho a menospreciar los sentimientos que esta situación genera en la mujer: Yo te digo a ti que eso es muy complicao. Si llega a ser una agresión
  7. Derecho a culpabilizar a la víctima: ¿Y no lo tiene denunciado usted también eso?; Que sí, señora, que sí, que todo el mundo es machista y todo el mundo es xenófogo [sic] y todo el mundo es lo que usted quiera. Ya está; “Es que usted no tiene que dejarle entrar, ¿qué pasa, que luego pide perdón y vuelve?”
Mujer oriental dibujando en Monsanto (Portugal)

Mujer oriental dibujando en Monsanto (Portugal)

Al día siguiente de leer este relato, estoy hablando con una amiga en un bar y me comenta que se quedó muy sorprendida cuando un chico de unos 15 años, durante un taller que ella estaba impartiendo –se dedica a temas de igualdad de género, entre otras cosas- le espetó de repente: “¿Pero qué más queréis?

Esta frase, en el contexto en el que se produjo, significa: ¿Qué más queréis, vosotras, las mujeres, que más concesiones hemos de hacer los hombres? Concesiones, así de claro. Para la mayoría de los hombres (y bastantes mujeres), por costumbre, por educación y por status las reivindicaciones feministas son concesiones.

Es decir, que equiparar los derechos de las mujeres con los de los hombres son concesiones:

  • Cobrar lo mismo en el mismo puesto de trabajo es una concesión.
  • El derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo es una concesión (aborto, maternidad, canon de belleza física…)
  • El sufragio femenino fue una concesión (sólo hay que releer los debates de la época en los congresos nacionales).
  • La conciliación familiar y laboral es una concesión.
  • Ayudar en las tareas domésticas, en la crianza de los retoños y el cuidado de los mayores es una concesión (digo “ayudar” con conocimiento de lo que implica este verbo; estamos lejos aún del reparto equitativo de las cargas).
  • Las políticas de prevención de la violencia de género (o violencia patriarcal) son concesiones.
  • La defensa jurídica -en el marco normativo- contra las agresiones, las violaciones y los asesinatos machistas es una concesión.

La mujer no es reconocida como ser humano sino como Mujer. De esta manera, la costumbre, la historia y los usos caen sobre ella con todo su peso. Y, no nos engañemos, la Historia ha sido escrita por plumas masculinas. A las mujeres sólo se nos ha permitido garrapatear algún comentario en los márgenes.

 

“SPQR”, de Mary Beard: dialogando con los romanos

En su ignorancia lo llamaron civilización, pero en realidad era parte de su esclavitud” Tácito

"SPQR, una historia de Roma", de Mary Beard (Pompeya, cerca de Nápoles, Italia)

Ánfora romana en la ciudad de Pompeya (cerca de Nápoles, Italia)

Una de las mayores virtudes de Mary Beard es, en mi opinión, su capacidad de unir un extensísimo conocimiento sobre el mundo romano con una encomiable carencia de dogmatismo. En “SPQR” no hay verdades absolutas, hay posibilidades, estimaciones y muchas preguntas de respuesta incierta.

Cómo cuenta la historia “SPQR”

Para empezar, “SPQR” (acrónimo en latín de “El Senado y el pueblo de Roma”) es, desde la misma portada, “una historia de Roma“. No es LA historia de Roma ni, como es habitual en este tipo de libros, el genérico “Historia de Roma”. Es una (entre muchas o entre pocas) historia de lo que, con el tiempo, hemos denominado el Imperio Romano.

Varias veces, a lo largo del texto, Mary Beard deja constancia de que lo que está contando es su versión de la historia, la conclusión a la que ha llegado tras 50 años de lecturas, de estudio, de investigación, de discusiones e incluso de participación en excavaciones arqueológicas.

También informa al lector de qué período de tiempo abarca SU historia de Roma y por qué motivo no llega a lo que, posteriormente, se ha llamado el declive del imperio. El “SPQR” de Mary Beard empieza con Rómulo y termina con el emperador Caracalla.

Restos romanos en Cerdeña (Italia)

Restos de columnas romanas en Cerdeña (Italia)

Otra de las cosas que me gustan del estilo de la autora es que no teme perder el interés de sus lectores ni el aprecio de otros historiadores cuando desciende hasta las capas bajas de la sociedad romana y desmitifica la figura de los emperadores.

Hay muchas anécdotas en “SPQR” y ninguna es trivial o está de sobra. Hay explicaciones etimológicas y referencias a la actualidad. Aparecen transcripciones de grafitos, de esos que plagaban las paredes de las ciudades romanas -Pompeya entre otras-, que hablan la lengua de aquellos que no tuvieron el poder ni el dinero suficientes para ser inmortalizados por biógrafos, poetas o escultores.

Mary Beard, la autora

Mary Beard reconoce abiertamente, sin desdoro de su inteligencia, las dificultades que entraña conocer el pasado cuando no han persistido restos de él, cuando los testimonios han desaparecido, cuando sólo nos queda el legado del vencedor y conjeturas sobre lo que pudo pensar, hacer o sufrir el perdedor (los pobres, los esclavos, los campesinos, las mujeres, los enemigos en la batalla, los asediados durante las conquistas…)

Si fuera hombre, estoy segura de que ya la habrían nombrado “sir” en esa tierra suya, Inglaterra (Reino Unido), que sabe cómo encumbrar a los hombres pero que no ha tenido tiempo de aprender, en veinticinco siglos de historia, cómo valorar y engrandecer a sus mujeres en la misma medida. Como sucede en tantos otros países, no es Gran Bretaña la excepción.

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Tras recibir el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, la figura de Mary Beard ha saltado a la primera plana de los medios de comunicación españoles, al menos en la sección de cultura. La mayor parte de las entrevistas que ha concedido tratan, fundamentalmente, sobre dos temas: la antigua Roma y la mujer; sus conferencias y artículos también. Aunque no por ello deja de lado otros aspectos de la actualidad (política, inmigración, recortes sociales…)

Mary Beard no teme polemizar (pero no lo hace gratuitamente). Escribe una columna de opinión, sobre actualidad, en el prestigioso The Times Literary Supplement, “A Don´s life“. Recibe con frecuencia amenazas e insultos a través de las redes sociales: por sus opiniones como mujer más que como historiadora y catedrática.

Se esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, creo que sus palabras y sus opiniones son enriquecedoras y pueden ayudar a ampliar el estrecho horizonte por el que, normalmente, vemos la realidad que nos rodea.

Saber +

La voz pública de las mujeres“, artículo firmado por Mary Beard.

Discurso íntegro ofrecido durante la recogida del premio Princesa de Asturias:

Serie sobre la antigua Roma realizada por Mary Beard para BBC2 (en inglés).