“SPQR”, de Mary Beard: dialogando con los romanos

En su ignorancia lo llamaron civilización, pero en realidad era parte de su esclavitud” Tácito

"SPQR, una historia de Roma", de Mary Beard (Pompeya, cerca de Nápoles, Italia)

Ánfora romana en la ciudad de Pompeya (cerca de Nápoles, Italia)

Una de las mayores virtudes de Mary Beard es, en mi opinión, su capacidad de unir un extensísimo conocimiento sobre el mundo romano con una encomiable carencia de dogmatismo. En “SPQR” no hay verdades absolutas, hay posibilidades, estimaciones y muchas preguntas de respuesta incierta.

Cómo cuenta la historia “SPQR”

Para empezar, “SPQR” (acrónimo en latín de “El Senado y el pueblo de Roma”) es, desde la misma portada, “una historia de Roma“. No es LA historia de Roma ni, como es habitual en este tipo de libros, el genérico “Historia de Roma”. Es una (entre muchas o entre pocas) historia de lo que, con el tiempo, hemos denominado el Imperio Romano.

Varias veces, a lo largo del texto, Mary Beard deja constancia de que lo que está contando es su versión de la historia, la conclusión a la que ha llegado tras 50 años de lecturas, de estudio, de investigación, de discusiones e incluso de participación en excavaciones arqueológicas.

También informa al lector de qué período de tiempo abarca SU historia de Roma y por qué motivo no llega a lo que, posteriormente, se ha llamado el declive del imperio. El “SPQR” de Mary Beard empieza con Rómulo y termina con el emperador Caracalla.

Restos romanos en Cerdeña (Italia)

Restos de columnas romanas en Cerdeña (Italia)

Otra de las cosas que me gustan del estilo de la autora es que no teme perder el interés de sus lectores ni el aprecio de otros historiadores cuando desciende hasta las capas bajas de la sociedad romana y desmitifica la figura de los emperadores.

Hay muchas anécdotas en “SPQR” y ninguna es trivial o está de sobra. Hay explicaciones etimológicas y referencias a la actualidad. Aparecen transcripciones de grafitos, de esos que plagaban las paredes de las ciudades romanas -Pompeya entre otras-, que hablan la lengua de aquellos que no tuvieron el poder ni el dinero suficientes para ser inmortalizados por biógrafos, poetas o escultores.

Mary Beard, la autora

Mary Beard reconoce abiertamente, sin desdoro de su inteligencia, las dificultades que entraña conocer el pasado cuando no han persistido restos de él, cuando los testimonios han desaparecido, cuando sólo nos queda el legado del vencedor y conjeturas sobre lo que pudo pensar, hacer o sufrir el perdedor (los pobres, los esclavos, los campesinos, las mujeres, los enemigos en la batalla, los asediados durante las conquistas…)

Si fuera hombre, estoy segura de que ya la habrían nombrado “sir” en esa tierra suya, Inglaterra (Reino Unido), que sabe cómo encumbrar a los hombres pero que no ha tenido tiempo de aprender, en veinticinco siglos de historia, cómo valorar y engrandecer a sus mujeres en la misma medida. Como sucede en tantos otros países, no es Gran Bretaña la excepción.

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Mosaico en el suelo de una domus romana en Puente Genil (Córdoba, España)

Tras recibir el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, la figura de Mary Beard ha saltado a la primera plana de los medios de comunicación españoles, al menos en la sección de cultura. La mayor parte de las entrevistas que ha concedido tratan, fundamentalmente, sobre dos temas: la antigua Roma y la mujer; sus conferencias y artículos también. Aunque no por ello deja de lado otros aspectos de la actualidad (política, inmigración, recortes sociales…)

Mary Beard no teme polemizar (pero no lo hace gratuitamente). Escribe una columna de opinión, sobre actualidad, en el prestigioso The Times Literary Supplement, “A Don´s life“. Recibe con frecuencia amenazas e insultos a través de las redes sociales: por sus opiniones como mujer más que como historiadora y catedrática.

Se esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, creo que sus palabras y sus opiniones son enriquecedoras y pueden ayudar a ampliar el estrecho horizonte por el que, normalmente, vemos la realidad que nos rodea.

Saber +

La voz pública de las mujeres“, artículo firmado por Mary Beard.

Discurso íntegro ofrecido durante la recogida del premio Princesa de Asturias:

Serie sobre la antigua Roma realizada por Mary Beard para BBC2 (en inglés).

 

Consumidores imperfectos

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Los consumidores imperfectos somos legión, al menos en los países de economías desarrolladas que es donde los ciudadanos hemos conseguido -¡gran mérito!- pasar a ser consumidores, es decir, sujetos económicos en lugar de políticos o, simplemente, seres humanos.

Cada día somos más imperfectos y nuestro número aumenta. Te aclaro que quiere decir la expresión, acuñada por el sociólogo Zigmunt Bauman: los consumidores imperfectos somos aquellos consumidores sin medios económicos; los que, por nuestros ingresos, no nos podemos permitir ser consumistas; a los que nos venden hipotecas, créditos personales, financiación a 12 meses, tarjetas de crédito y tantas otras formas de deuda.

La mayoría de los países del mundo también son consumidores imperfectos. Y las empresas y los autónomos -o emprendedores, como hoy en día gustamos denominarlos-. Pero vamos a centrarnos en los consumidores individuales.

Como consumidores imperfectos, nos volvemos locos con las rebajas, los descuentos, el 3×2, el 70% de descuento en la segunda unidad, el Black Friday, el Cyber Monday y tantas otras estrategias de marketing que sirven para que los que tenemos menos dinero, nos lo gastemos (el que tenemos y el que pedimos prestado).

El low cost -o bajo coste, que en castellano también se puede decir- nació gracias a nosotros, los consumidores imperfectos. Lo malo del low cost es que te hace sentir, precisamente, lo que eres: un aspirante a consumidor perfecto sin ninguna posibilidad de llegar a serlo.

No nos engañemos, el low cost nos roba la parte de felicidad que nos promete el consumo. Por que nos hace sentir pobres, por que nos arrebata la sensación de comodidad que compra el dinero, por que nos impide ser espontáneos, porque nos obliga a calcular y recalcular el gasto que hacemos, las fechas que escogemos  para los viajes (dentro de seis meses o un año) etc.

El low cost también nos hace perder tiempo, nos obliga a aguantar largas colas (como las de Primark cuando abrió sus puertas hace unos meses, en Madrid, o como  las que se producen con la comercialización de cada nuevo modelo de Iphone).

Seguramente te ha pasado muchas veces: habrás tenido que ir con dos horas de antelación al aeropuerto para coger un buen sitio en el avión; habrás tenido que cargar con la maleta de aquí para allá porque facturarla sale por un pico; te habrás hospedado en habitaciones de hotel en las que el ahorro ha usurpado el lugar de la más mísera percha o balda…

Ser consumidores imperfectos nos hace mirar con envidia los productos Premium y Deluxe, las webs exclusivas, los clubs elitistas, los coches de 36.000€, los chalets de los ricos. Nos acercamos a la promesa de felicidad que brilla en ellos por la puerta de atrás, comprando la marca etiqueta negra del supermercado (una marca blanca disfrazada, al fin y al cabo) o yendo una vez al mes a comprar un par de productos gourmet o a un restaurante retro-moderno-de-autor.

En los últimos tiempos, mucha gente, desde los medios de comunicación y desde las mesas de los cafés, se ha preguntado quiénes son los votantes de Donald Trump. Son consumidores imperfectos que aspiran a que un “político” misógino, racista y multimillonario les devuelva (sic) su maltrecho poder de consumo (los puestos de trabajo que reclaman están íntimamente asociados con el consumo: trabajar, cobrar el salario, consumir, todo es uno).

El precariado, que crece y crece sin parar, es un gran ejemplo de consumidor imperfecto. Quiere mejorar su posición laboral para tener la sensación de seguridad que ha perdido y, sobre todo, para consumir. El consumo elevará su status, ¿qué otra cosa sino podría hacerlo?

Así que, cada día más, el crédito está en el centro, por delante y por detrás de nuestra existencia como consumidores imperfectos. Para alegría y contento de banqueros y otros usureros. ¿Hasta cuando vamos a seguir su juego?

 

De uno en uno contra el capitalismo

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Estoy profundamente aburrida de escuchar, ver y leer siempre las mismas respuestas a las mismas preguntas. El capitalismo es el mal contra el que, parece, no se puede hacer nada. La mayoría, lo que antes se llamaba el pueblo, está condenada a perder la batalla contra el sistema económico más fagocitador de la Historia, contra las grandes empresas y los ricos -ese 1% del planeta-.

Da igual la revolución tecnológica e Internet, da lo mismo que nos hagamos llamar la sociedad del conocimiento, no importa un carajo que tengamos acceso a tanta información que no tendríamos días suficientes ni en diez vidas para consultarla.

Tampoco sirve para nada que haya personas que tomen la iniciativa y creen cooperativas, se dediquen al cultivo o al comercio de productos ecológicos, luchen por el incremento de la generación de energías renovables.

Nos entra por un oído y nos sale por el otro el último informe de Amnistía Internacional sobre explotación, miseria, esclavismo laboral o lo que sea en cualquier punto de la Tierra.

El medioambiente, la contaminación, el agujero de la capa de ozono, las emisiones de CO2… Todo nos la trae al pairo.

No nos importa, ni siquiera, lo que nos atañe más de cerca, lo que nos toca, lo que ataca nuestra salud, nuestro cuerpo y nuestra mente. Animales, destinados al consumo humano, alimentados con la carne de su propia raza; fertilizantes y pesticidas altamente tóxicos empleados para “regar” las verduras, las frutas y los cereales que terminan en nuestros platos a la hora de la comida; productos químicos de todo tipo empleados para tintar la ropa que llevamos puesta; el nivel de contaminación que respiramos cada día. Y decenas de cosas más.

Ya ni hablo de la crueldad, de base simplemente económica, en el trato a los animales y a los seres humanos -trabajadores- de medio mundo (de los centros industriales de Asia y América, de las minas de África).

Insisto, no nos importa, nos da igual, nosotros a lo nuestro que ya vendrán tiempos mejores -ellos solos, claro, por generación espontánea-.

Habrá quien se haya indignado al leer los párrafos anteriores. Habrá empezado a pensar aquello de “pues yo no hago eso, pues yo miro muy mucho que es lo que compro, pues yo dono diez euros a una ONG…” No seré yo quien te dé una palmadita en la espalda y te diga que lo estás haciendo muy bien, que cada uno en su parcelita lo que pueda.

Conste que yo a mí misma tampoco me doy palmaditas de reconocimiento.

Y dicho esto, te voy a explicar por qué no nos importa nada de lo que hay escrito más arriba. Y lo voy a hacer en forma de preguntas sencillas, para que todos podamos responderlas.

¿Compras en grandes superficies a gigantescos distribuidores comerciales? (tipo Carrefour, Media Markt, Ikea, Decathlon y tantos otros).

¿Sabes de qué está hecha la ropa que tienes en el armario? ¿Has leído las etiquetas?

¿Dónde está fabricada la ropa que llevas puesta?

¿Tienes vehículo propio y lo utilizas habitualmente?

¿Qué compañía de electricidad suministra luz a tu casa? ¿Sabes de qué fuentes de energía proviene la electricidad que recibes?

¿Cuántos créditos has tenido y tienes (personales, de consumo, hipotecas…)? ¿Te gustaría pedir más y que te los concedieran?

¿Cada cuánto cambias de teléfono móvil?

¿Tienes pc, portátil, tablet, móvil, mp3-4, ebook…?

¿Consumes más de lo que necesitas?

¿Te parece que ganas poco dinero en tu actual empleo? ¿Cuánto más quisieras cobrar? Y, ¿para qué utilizarías ese dinero extra?

¿Te parecen caros los productos de comercio justo, los productos ecológicos, los productos artesanos?

¿Crees que el precio que pagas por los productos de consumo -alimentos, bebidas, ropa, tecnología etc.- es un precio compatible con una sociedad igualitaria, equitativa, sostenible y en la que se respeten los llamados “derechos humanos universales”?

¿Te gustaría cambiarte por, pongamos, una joven camboyana que trabaja 16 horas en una fábrica textil por 30 dólares al mes?

¿Y por uno de esos pollos que compras en su bandeja de polipropileno, muy blanquitos y listos para freír en forma de filetes? ¿O por una foca que muere apaleada por su piel?

Quizás ahora estés de acuerdo conmigo en que no, no nos importa nada de lo que pone más arriba. O, tal vez, sigas en total -o parcial- desacuerdo. Sea como fuere, lo que he querido decir con este artículo es, simplemente, que somos más pero no hacemos casi nada por ganar la guerra contra el capitalismo que nos recorta, nos humilla y nos empobrece espiritual, ecológica y económicamente.

Seguimos pensando que con un granito de arena se hace una montaña y lo que hace falta es estar echando paladas de tierra constantemente, continuamente, hasta que nos quedemos sin fuerzas, hasta que ya no tengamos esperanza, hasta que ya no nos quede ni un hálito de vida.

Costa dálmata: Split y Hvar (Croacia)

Puerto de Split, visto desde el ferry Hvar-Split (Croacia)

Puerto de Split, visto desde el ferry Hvar-Split (Croacia)

El convulso siglo XX en Europa es el causante de muchas paradojas nacionales. Es el caso de Croacia, una de las naciones independientes más jóvenes del viejo continente que, sin embargo, tiene muchos siglos de Historia. Si sólo tenemos en cuenta las fronteras trazadas en la actualidad, no entenderemos el devenir de este país de los Balcanes.

Las huellas dejadas por romanos, venecianos y austrohúngaros aún se pueden ver en sus monumentos de piedra y en los trazados sinuosos de sus calles, como las del barrio de Veli Varos, en Split.

 

Los celtas, los ilirios y los otomanos también pasaron, tomaron y perdieron sus conquistas en este pedazo de tierra balcánica

 

La costa adriática, desde Istria hasta Dubrovnik, es el mayor reclamo turístico de Croacia. Clima templado, aguas cristalinas, cientos de kilómetros de costa, islas encantadoras y buen pescado fresco regado con vino blanco de los viñedos de Istria o tinto de la península de Pelješac.

El turismo supone para Croacia más del 20% del PIB y en temporada alta -julio y agosto- las masas de turistas, especialmente alemanes, eslovenos y checos, inundan, literalmente, las playas, los ferrys, las islas y las ciudades costeras.

Split

Hace algún tiempo, traté sobre Dubrovnik, la “perla del Adriático”, Pelješac y la costa de Makarska. Voy a continuar viaje hacia el norte, siguiendo la costa, hasta llegar a Split.

Split es la ciudad más romana de Croacia. El paseo marítimo, la Riva, está pavimentado de tan blanco y lustroso mármol que, mirándonos los pies, nos veremos reflejados por entero. Turistas y oriundos, paseantes o sedentes, se entremezclan en este paseo a la orilla del Adriático, sobre todo al atardecer.

El centro de la ciudad está construido alrededor de los restos del palacio de Diocleciano. Las estrechas calles de adoquines van a dar a la plaza de Peristil (plaza de Armas) y a la catedral de San Duje, edificadas sobre el antiguo suelo romano. Los sótanos del antiguo palacio de Diocleciano se pueden visitar aunque apenas son unos cuantos cuartos húmedos de paredes desnudas. En mi opinión, su interés arqueológico es muy limitado pero que cada cual decida frente a la verja de entrada.

Salpicado de cafés, restaurantes y bares, el casco antiguo es un buen lugar para sentarse, tomar algo y ver el tiempo pasar. Aunque el palacio es el monumento más llamativo de Split, reconozco que tengo predilección por el humilde barrio de pescadores de Veli Varos, una intrincada red de callejas adoquinadas y casas bajas de piedra vista, sin adornos ni pinturas, en la que apenas puedes encontrar una tiendina de ultramarinos regentada por una vecina desde hace 40 años o un diminuto restaurante que ofrece pescados recién arrancados del mar con una red cien veces remendada y una barquichuela de casco oxidado.

Desde el mirador del parque forestal de Šuma Marjan, muy cerca de la recoleta iglesia de San Nicolás, hay unas vistas magníficas de la ciudad de Split, el puerto y el mar Adriático.

De Split a la isla de Hvar

Split es uno de los principales puertos de pasajeros de Croacia. Para el visitante, lo más interesante es que parten ferries tanto a Brač como a Hvar. Como la primera no la pisé, por falta de tiempo, voy a saltar directamente hasta la segunda, Hvar, una isla de contorno alargado con un puñado de poblaciones habitadas e interminables campos de lavanda asimétricos. Tierra adentro, entre finales de primavera y el último mes del verano, el violeta de las flores se extiende hasta ligarse con el hondo azul del Adriático.

El perfumado olor de la lavanda nos acompañará durante nuestra visita a la isla ya que parte de la economía local está basada en la fabricación de jabones, saquitos ambientadores, aceites y cremas de esta planta.

Isla de Hvar (Croacia)

Hvar, ciudad (Isla de Hvar, Croacia)

La isla de Hvar es un lugar tranquilo, al menos si no vamos en pleno verano. Se puede llegar en ferry desde Split, a Stari Grad o Hvar –ciudad- o, si se sube desde Dubrovnik, desde la pequeña localidad de Drvenik, que une el continente con la población de Sućuraj.

De una punta a otra, en coche, no habrá más de una hora y media por carreteras de un carril en cada sentido. Entre Sućuraj y Jelsa, se extiende la tierra más indómita, matojos, arbustos, flores silvestres y algunas especies endémicas que crecen en las rocas. Pocos campos labrados, algunos huertos y casas de piedra aisladas jaspean las orillas de la calzada.

Jelsa es un pueblo de postal. Rodeada de bosques de pinos y exuberante vegetación –al menos comparada con el resto de la isla, que es bastante seca-, está escondida detrás de una montaña de poca altura. Aparece a la vista tras una curva bastante cerrada que esconde la bahía a la que se asoma la placita, la iglesia y los tres bares-restaurantes que conforman el casco antiguo. Un remanso de quietud, al menos en abril, cuando la visité.

Vrboska, a 5 kilómetros de Jelsa, se extiende a ambos lados de un regato de agua salada horadado por el Adriático. Las casas de tonos ocres, amarillos o grisáceos, los tejados anaranjados y el puente de piedra de tres ojivas parecen congelados en un tiempo pretérito. Las barcas de pescadores, blancas con su discreta franja de color rojo, azul o amarillo, flotan en la quietud del canal, sin mecerse apenas. Si das una vuelta por Vrboska, te toparás con la iglesia fortificada de Santa María, una peculiar construcción militar y religiosa.

Las dos poblaciones principales son Hvar y Stari Grad. La primera es opulenta y guerrera, con su castillo y sus cañones apuntando hacia la bahía. La segunda es una reminiscencia de otra época en la que el bullicio y el gentío no existían. Hvar es luz, reflejos en el agua, comercios elegantes y restaurantes con mesas decoradas con velas y flores. Stari Grad es piedra, en muros y pavimentos, horizontal y vertical; las puertas y contraventanas de madera abren vanos de colores en el gris de la piedra: verde y rojo.

Libros y violonchelos

Dos escritores sobre los que ya he tratado en pasadas entradas de este blog: Dubravka Ugrešić, croata exiliada en Ámsterdam, y Miljenko Jergović, sarajevita afincado en Zagreb desde 1993.

En los últimos años, ha saltado a la fama un dúo de jóvenes croatas llamado 2 Cellos. Hacen versiones de temas muy conocidos de rock, llevándolos a la partitura de sus dos violonchelos. Aprovechando que se celebra el 25º aniversario del álbum “Nevermind”, de Nirvana, os dejo un vídeo con la personalísima versión de estos dos instrumentistas del tema más conocido del disco, “Smells Like Teen Spirit”.

Información práctica

Transporte marítimo: hay mucho tráfico entre las islas y el continente, especialmente en verano (cuando, también, se forman largas filas para acceder a los ferries y catamaranes). Los ferries son bastante caros, la mayor parte pertenecen a la compañía Jadrolinija. Los catamaranes, en los que no se puede subir el vehículo, son sólo para pasajeros, salen mucho mejor de precio

Ferries, horarios y trayectos: http://www.jadrolinija.hr/en/ferry-croatia

Hay muchas páginas web de turismo de Croacia. Ésta es una de ellas: http://www.lacroacia.es

Carreteras: están en buen estado pero suelen ser de carril único en cada sentido. La costa tiene bastantes entrantes y salientes por lo que la velocidad media que podemos llevar no es muy elevada. Perfectas para disfrutar del paisaje, eso sí.

Autopista: en Dalmacia encontramos una única autopista que nace en Zagreb y termina a la altura de Ploce, a unos 100 kilómetros al norte de Dubrovnik. Tiene peajes.

Aparcamiento: suele ser de pago, tanto en la calle como en improvisados parkings de tierra cerrados con una barrera.

Moneda: la kuna es la moneda oficial. Como es habitual, el peor cambio lo dan en el aeropuerto, intentad evitarlo. Los dueños de algunos apartamentos aceptan euros sin problema, al cambio oficial.

Alojamiento: la mayor parte de la infraestructura turística de Croacia está compuesta por particulares que alquilan viviendas o habitaciones privadas. Hay pocos hoteles.

Liberticidio

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Creemos que somos libres:

Porque llamamos democrático al régimen que nos gobierna.

Porque cuando vamos al supermercado tenemos a nuestra disposición miles de productos entre los que elegir.

Porque podemos decir y escribir (aparentemente) lo que nos dé la gana en las redes sociales, en nuestro blog, en Internet.

Porque, dice nuestra Constitución, tenemos una serie de derechos fundamentales inalienables.

Así que, somos libres, no cabe duda.

¿Te sientes libre? ¿No?

Pero si…

Puedes caminar sin temor por la calle, sin que las fuerzas del orden te pidan la documentación cada dos por tres, salvo que seas inmigrante o tengas pinta de serlo.

Puedes hacer sátiras, parodias o chistes en Twitter con total impunidad salvo que enaltezcan el terrorismo –o que a alguien se lo parezca- o lances palabras malsonantes contra los judíos o las víctimas de algunos atentados. A otros grupos y minorías puedes insultarles y faltarles al respeto cuanto quieras: a las mujeres; a los inmigrantes; a los parados; hasta a tus vecinos, si estos no son políticos profesionales (suelen tener la ley de su parte, no te interesa meterte con ellos).

Puedes manifestarte en las plazas –autorización de la autoridad competente mediante- siempre que no atentes contra la letra (o el espíritu) de la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para los amigos-. Cierto, tiene muchas páginas y parece abusiva; simplifica la problemática manifestándote a favor o en contra de los participantes de Gran Hermano o por la unión de todas las corrientes de yoga en una única, grande y definitiva Escuela de Yoga Integral.

Tus hijos gozarán de educación gratuita siempre y cuando pagues tú los libros, el comedor, las clases extraescolares, las excursiones y, más adelante, los miles de euros que cuesta cualquier grado universitario (sin contar el último curso, llamado máster para cobrarlo más caro).

Tendrás sanidad pública universal gratuita pero sólo sobre el papel porque te verás obligado a contratar una póliza de un seguro privado ya que las largas listas de espera, las urgencias colapsadas y las citas con meses de antelación terminarán con tu paciencia (y, probablemente, con tu salud).

Tu seguridad e integridad están garantizadas por ley salvo que, pequeño detalle, algo en tu figura o en tu documento de identidad lleve a pensar que, quizás, tal vez, a lo mejor, puedas ser un islamista-integrista-radical-terrorista. Cualquier musulmán entra dentro de esta categoría. En realidad, es suficiente con que te llames Abderramán o Yusuf, por ejemplo. Te sucederá lo mismo si tienes pinta de okupa o de anarquista o vas por la vida en plan “desarrapado”.

Liberticidio

Vivimos en un mundo globalizado en el que las amenazas y la inseguridad parecen multiplicarse cada día que pasa. Desde los medios de comunicación, nos bombardean con noticias sobre atentados, asesinatos, robos, secuestros, violaciones, accidentes, terremotos, huracanas y lluvias torrenciales. Los discursos de los políticos están colmados de advertencias, amenazas veladas y, sobre todo, miedo, mucho miedo.

Los ciudadanos estamos alojados en el miedo, un miedo construido a base de palabras e imágenes. Miedo a un atentado, a una enfermedad, al cambio y a lo diferente. Como tenemos tanto miedo, compramos seguridad y pagamos por ella el precio más alto: nuestra libertad.

Libertad vs seguridad

Aunque el discurso imperante afirma lo contrario, en nuestros días libertad y seguridad parecen antitéticas o, al menos, conviven con dificultad. Recupero las palabras de Obama: “continúo creyendo que no tenemos que sacrificar nuestra libertad para garantizar la seguridad. Ese es un falso dilema”. Lo dijo cuando salió a la luz que los servicios secretos de Estados Unidos tenían acceso a registros telefónicos de millones de estadounidenses, de ciudadanos de todo el mundo y hasta pinchaban los teléfonos de los políticos y diplomáticos europeos y de otros países.

En los últimos años, hemos tenido constancia de que nos espían y/o compilan datos sobre nosotros: los gobiernos, los servicios secretos, las empresas de telefonía, las grandes empresas de Internet (Google, Facebook, Amazon, Microsoft…) Snowden y Assange son los dos nombres más conocidos entre aquellos que han sacrificado su vida para dar a conocer estas prácticas. ¿Qué ha cambiado desde que sabemos que estamos siendo vigilados? Hummm, ¿nada?

Increíble. No nos importa. Bueno, sí, el primer día sí, cuando sale la noticia ¡todos saltamos indignados! Luego nos volvemos más comprensivos; vamos, que nos olvidamos y seguimos con nuestra vida.

Posdemocracia y miedo

En la actualidad, somos testigos mudos de lo que el profesor Carlo Bordoni llama la posdemocracia “un proceso solapado, presentado como “natural”, que garantiza las libertades formales, pero las degrada o las despoja de su verdadero contenido democrático.”

Estamos matando la libertad, nosotros mismos, con nuestras propias manos. La matamos con cámaras de vigilancia que miran y graban nuestros pasos en las calles, en los centros comerciales, en cualquier lugar público. La matamos ofreciendo abiertamente todo tipo de información sobre nuestras vidas en las redes sociales. La matamos porque tenemos miedo de lo que nos dicen que tenemos que tener miedo mientras que no tememos lo que nos amenaza realmente.

Saber + Mediateca

Este artículo se inspira -muy libremente- en la presentación del libro “Imperio de la vigilancia“, de Ignacio Ramonet. También en algunas ideas extraídas de “Estado de crisis“, un diálogo a dos voces entre Carlo Bodoni y Zygmunt Bauman.