Contra el catolicismo

Escultura de Girolamo Savonarola (Ferrara, Italia)

Escultura de Girolamo Savonarola (Ferrara, Italia)

España es un país católico, por herencia, por costumbre y, pongamos, hasta por pura desidia. En el tan traído y llevado texto de la Constitución de 1978, se nos informa de que España es un país aconfesional; supongo que hubo quien pensó que podría ser “laico”, como Francia, pero ese concepto podía reabrir las heridas que, con tanto cuidado, estaban intentando cauterizar o, al menos, esconder debajo de una tirita.

Aconfesional, entonces, ha de bastar. Las implicaciones que tiene este “estado religioso” de nuestro país son muchas pero no es eso lo que me interesa. Desaparecieron los crucifijos de las escuelas y cada cual podía, en la privacidad de su hogar, profesar la fe de su elección. Las iglesias continuaron abiertas y quien quería iba a misa y, quien no, se quedaba en casa. Las fiestas de guardar se conservaron, por tradición, supongo que alegaron en su momento. Libertad de pensamiento y de conciencia en una nueva España posible: tan bonito como incierto. Se nos olvidaba un pequeño detalle: el poso del catolicismo. Siglos de Iglesia católica, de mandamientos, de poner la otra mejilla, de miedo al Infierno, de sermones y de educación a reglazos no desaparecen redactando una u otra palabra en la Carta Magna.

La herencia católica subyace en todos los ámbitos de la vida de los españoles: en la economía, en la cultura, en las artes, en la educación, en la moral y hasta en la forma de ver la vida, en nuestros recuerdos del pasado y en nuestros anhelos de futuro.

Ser pasivo

Una de las características del catolicismo es que premia la pasividad, defiende el statu quo y valora la obediencia. Justo lo contrario que el protestantismo y el judaísmo. No pretendo afirmar que estas dos últimas religiones sean revolucionarias ni que fomenten el cambio social, por ejemplo; según mi punto de vista, todas las religiones son conservadoras, es decir, pretenden “conservar” lo existente. Lo que sucede es que, frente a los valores católicos basados en la familia y en la jerarquía, estas dos religiones fomentan, desde un punto de vista económico, la figura del individuo, el triunfo del ser humano sobre los elementos, la selección natural de unos sobre otros. El famoso axioma hobbesiano “el lobo es el lobo del hombre” se ajusta a sus ideales mucho mejor que el muy católico “poner la otra mejilla” o aquello del “amor fraternal”.

Hace cerca de un siglo, el sociólogo Max Weber escribió “La ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo, un relativamente breve –y muy lúcido- ensayo sobre la relación existente entre el protestantismo y el capitalismo, como el propio título deja bien claro. Pensemos en los países, históricamente hablando, de mayoría protestante: Estados Unidos, Alemania, Inglaterra… ¿Los de mayoría católica? España, Portugal, Italia… No incluyo a Francia porque la Revolución Francesa y la laicidad han jugado un papel muy importante en los últimos dos siglos y medio. Me pregunto por las diferencias en el desarrollo económico de estos países, desde el punto de vista del capitalismo. Y en las diferencias sociales.

La Coruña, interior de iglesia

La Coruña, interior de iglesia

Distinguirse es pecado

Es posible que sea una sensación mía pero siempre he pensado que en España el concepto de mérito, de esfuerzo personal, de sacrificio -por un objetivo- carecen de sentido, no son los principios rectores de nuestras vidas. Más bien sucede lo contrario, parece que se valora la mediocridad, la apatía, el “vuelva usted mañana”; por no mencionar esa política de amiguismo que pone por delante de cualquier otro al amigo o al familiar, sean cuales sean sus cualidades. En las escuelas, se premia la memoria en lugar de las ideas y la reflexión; en los puestos de trabajo, el ceñirse a las órdenes dadas. El trabajador es la oveja del rebaño, necesita guía y castigo, precisa de la presencia de un perro que le ladre y un pastor que la mantenga a raya y decida por ella el camino a seguir, dónde pastar, dónde descansar, cuántas horas dormir.

En general, se condena al que quiere sobresalir, al que piensa, al que busca la originalidad, al que pretende hacer de otra manera algo que lleva ”toda la vida” haciéndose de una forma concreta. Todo muy católico, lamentablemente. El creyente a de ser obediente, temer a Dios, ser humilde, bajar la cabeza y los ojos cuando está frente a un superior (un sacerdote, la figura de Cristo o la imagen simbólica del propio Dios). En la religión católica, el libro sagrado, la Biblia, es un enigma que sólo puede desentrañar el clero; el obediente feligrés no debe leerla por su cuenta y, sobre todo, debe evitar interpretarla. Se le trata como a un analfabeto funcional y no precisamente porque lo sea sino porque, para mantener la posición de poder que ocupa, la iglesia católica prefiere tener ignorantes entre sus adeptos.

Lejos de mi intención ser determinista. La religión, el catolicismo en nuestro caso, conforma una parte de nuestra herencia y no es, por sí sola, suficiente para explicarla. Sólo pretendo dar una respuesta, parcial e imprecisa, a nuestra forma de ser, para comprenderla mejor y para, como dice el refrán, llamar “al pan, pan y al vino, vino”, ¡que aún está pendiente la demostración de la más famosa transustanciación de la Historia!

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Verdades inamovibles

Las cuentas nacionales son una construcción social, en perpetua evolución, reflejando siempre las preocupaciones de la época” Thomas Piketty, “El capital en el siglo XXI”

Graffiti (Estambul, Turquía)

Graffiti (Estambul, Turquía)

Nuestras vidas están llenas de verdades inmutables, imperecederas, eternas. La propia Historia está trufada de ese encadenamiento de ideas que, según la época y los tiempos que toca vivir, se vuelven prístinas, por riguroso orden de adecuación a la situación. Son anclas que nos permiten mantener bajo control un mundo que nos sobrepasa, que suele situarse más allá de nuestro entendimiento, en el que los dioses y los poderosos se rifan la cumbre del Olimpo y, el resto, mendigamos salud, amor y dinero. Pero sucede que la realidad se desmiente a sí misma con una sistematicidad rayana en la demencia: lo que hoy es inapelable, mañana será refutado.

A lo largo de los siglos, la verdad ha estado siempre a nuestro lado; cuando una verdad era desmentida, la reemplazaba otra, ésta sí, por fin, la definitiva, la Verdad (con mayúscula). A esto lo llamamos razón: tener razón, llevar la razón. Antiguamente, los griegos, padres de la filosofía, cuando hablaban de “razón” ponían el acento no en la capacidad de reflexionar que implica sino en la más contradictoria y enriquecedora de “cuestionar”. Sin embargo, desde hace tiempo “tener razón” se utiliza para situar una idea o un pensamiento en la cúspide de la pirámide de las certidumbres. Da la sensación de que a esta palabra la rodea un aura de irrefutabilidad. “Razón” es, como no puede ser de otra manera, muy amiga de “verdad”; la primera se emplea más para juicios y, la segunda, para hechos. Pero muchas veces se confunden, ¿quién lleva la razón y no está diciendo la verdad? ¿No están las verdades fundamentadas en sólidos razonamientos? En esta ecuación, el único elemento que crea un cortocircuito es el factor tiempo, el transcurso de las estaciones, la sucesión constante de un año detrás de otro. El pasado nos afianza en nuestras creencias, el presente nos permite apuntalarlas. Es el futuro el que nos traiciona con su estandarte en forma de incógnita.

Necesitamos certidumbres para poder levantarnos cada mañana y dar los pasos imprescindibles para recuperar, tras el sueño, nuestra rutina diaria. Estas certezas, estos dogmas, nos los ofrecen desde la cuna hasta la tumba, empezando por nuestros padres cuando somos niños, los profesores y los libros de texto en el período de escolarización, los medios de comunicación a lo largo de toda nuestra vida, nuestro círculo de amigos, nuestro entorno laboral, nuestros vecinos, los científicos que investigan, los políticos que gobiernan, los ingenieros que construyen, los literatos que escriben y tantos otros eslabones de la cadena de cromosomas que conforman el ADN de nuestra realidad.

Según vamos navegando por las diferentes etapas de la vida, hacemos lo que hemos dado en llamar “madurar”, una actividad intelectual (y física, claro es) que podríamos resumir con la frase “¡Qué tonto/inocente/alocado/simple era yo cuando tenía X años!” Cuando somos pequeños, pensamos en los bebés como indefensos renacuajos sin juicio; cuando llegamos a la adolescencia, nos acaloramos recordando lo naïf que éramos durante la infancia; la juventud, la veintena, los primeros treinta, nos hacen renegar de esa época de rebeldía ciega e idiotez profunda que, no sabemos cómo, nos poseyó durante algunos años antes de cumplir la mayoría de edad; ni que decir tiene que, llegados a la cuarentena o la cincuentena, estamos seguros de haber alcanzado, al fin, un punto de equilibrio entre el sosiego y la acción, entre la estulticia y la sapiencia. Nos metemos ahora en los sesenta, los setenta y más allá, cuando, ahora sí que sí, somos detentadores de las verdades únicas, inamovibles y definitivas. Exactamente igual que durante las décadas anteriores, para ser sinceros, porque la verdad siempre está con nosotros, incluso si somos escépticos, incluso si pensamos que somos los campeones de la incredulidad.

Después de esta reflexión, lo único que tengo claro es que todo lo que he escrito más arriba es tan cierto como falso, tan exacto como incorrecto. Como todo lo que hace y piensa el ser humano. Aunque nos pese reconocerlo, es la única manera de que seamos personas verdaderamente libres: sin dogmas, sin axiomas, sin certidumbres. Sin cadenas.

De prejuicios y paradojas

Hoy os voy a contar un cuento, como aquellos que nos leían cuando éramos pequeños, o, al menos, de aquellos que nuestros padres nos han dicho que nos leían en voz alta o que se inventaban para hacernos callar e inducirnos al sueño; yo no me acuerdo de que lo hicieran pero es hermoso pensar que se sentaban en el borde de la cama y nos regalaban un puñado de minutos nocturnos, cuando también a ellos se les cerraban los párpados de cansancio.

Podría empezar como antaño comenzaban todos los cuentos, con ese “Erase una vez” tan evocador y sencillo que conseguía trasladarnos a un mundo de fantasía poblado de seres fantásticos en el que siempre había un final feliz, con perdices o sin ellas. El principio de todo, el ser por primera vez, la posibilidad de existir. Hagámoslo así.

Erase una vez una persona. Sí, una persona, una cualquiera, alguien como tú o totalmente diferente a ti o todo lo contrario. Sencillamente, un ser humano; de edad indeterminada; mujer u hombre; anciano, adulto o niño; blanco o negro; oriental u occidental; religioso o ateo; de cualquier clase social o tendencia sexual; propietario o nómada; de belleza atenta o distraída.

Te lo tienes que imaginar, píntalo en tu cabeza, dibújalo, créalo.

¿Tienes una imagen en la cabeza? Si la respuesta es afirmativa, continúa leyendo. Si no, esfuérzate un poco más, hasta que tengas a esa persona desconocida en la mente.

¿Ya?

Yo tengo la mía, no te creas que voy a hacer trampa.

Ahora te hago una pregunta, contesta con sinceridad; si mientes, te estarás engañando a ti mismo, es un juego absurdo.

¿Qué piensas de esa persona?

Puedes enumerar, rasgo a rasgo, todo lo que se te ocurra, sean características psicológicas o morales, hábitos, aptitudes, formas de ver la vida, creencias… Todo lo que se te ocurra. Haz una lista si son muchas, pon un poco de orden en el caos de la lluvia de ideas.

¿Lo tienes?

Todo lo que aparece en esa lista son juicios previos, es decir, prejuicios. No tienen por qué ser negativos pero siempre son, en realidad, hipótesis, generalizaciones, abstracciones.

Quizás, ahora, podamos empezar de nuevo este cuento: “Erase una vez una persona, una persona como tú, una persona como yo”.