Artemisia Gentileschi, el Barroco en la mirada de una mujer

Artemisia Gentilesch, "Judith decapitando a Holofernes"

Artemisia Gentilesch, “Judith decapitando a Holofernes”

La mayor parte de los textos que he encontrado sobre la pintora barroca romana, Artemisia Gentileschi, hacen hincapié en el valor redentor de sus obras, en de qué manera sus cuadros significaron, para ella, una venganza contra el hombre que la violó. Sin embargo, no creo que las figuras de sus óleos, ni su tratamiento narrativo y pictórico, deban de reducirse a esa agresión sexual y al denigrante juicio posterior.

Personajes femeninos míticos, históricos o bíblicos como Judith, Cleopatra, Susana o Ester pueblan muchos de sus lienzos. Mujeres fuertes, poderosas, astutas o valientes. Ciertamente lo fueron. También pintó a María Magdalena, a Clío o a Dánae. Se llamaba Artemisia como Artemisa -con una “i” incrustrada-, la diosa de la caza, hija de una Leto violada por el dios máximo del Olimpo (Zeus), virgen y hermana melliza de Apolo, entre otras atribuciones.

Vida de una mujer pintora en el siglo XVII

Artemisia fue la hija mayor de Oracio Gentileschi, pintor pisano afincado en Roma, coetáneo del creador del tenebrismo, el pendenciero Caravaggio. Desde pequeña, ayudó a su padre en el taller; parece ser que se pasaba las horas muertas observando cómo pintaba su progenitor; le ayudaba a limpiar los pinceles, a mezclar pigmentos. Su madre murió cuando ella era aún una niña y tuvo que encargarse, no sólo de la casa, sino también de sus hermanos pequeños.

En aquella época -siglo XVII-, como a lo largo de toda la Historia anterior, las mujeres debían quedarse en casa encerradas, llegar vírgenes al matrimonio, aceptar al marido que les buscara su padre y darle a éste un buen montón de hijos. Incluso las reinas y las hijas de reinas tenían un papel similar aunque, a veces, se rebelaban contra él.

Artemisia nació y creció en esa Roma barroca de vida agitada y violenta, de cruenta competición entre pintores por los encargos, de nobles y cardenales, del maniqueísmo entre hetarias de mala vida y mujeres honrosamente casadas. En esa Roma de artistas y bohemios, de tabernas y peleas, no había sitio para el pincel de una mujer. Pero Artemisia supo hacerse hueco, con tesón y tozudez, con sufrimiento y esfuerzo, con talento y fatigas.

Artemisia observó la luz, buscó modelos, creó colores, combinó pigmentos en su paleta, dio brochazos, un día y otro y otro. Fueron años de aprendizaje, de colaborar con su padre en las obras que a éste le encargaban. De admirar a los hombres como pintores, a Caravaggio en particular; y de temerlos como hombres.

Siempre encerrada en casa, entre las labores del hogar y el taller. Una joven virgen, bella y talentosa como ella no podía salir sola de casa. Debía ser acompañada siempre por alguien: su hermano Francesco, la vecina, su propio padre. Para evitar las habladurías, las malas lenguas y la violencia de los hombres. Aún así, un joven amigo de su padre, un pintor llamado Agostino Tassi, la violó. Prometió casarse con ella, claro, no era un violador de taberna. Pero resultó que, además de pendenciero y busca-broncas, ya estaba casado.

Artemisia guardó silencio durante cerca de un año sobre los abusos de Tassi. No podía denunciar, una mujer no tenía derecho a hacerlo; como mínimo, no estaba bien visto. Fue su padre quien denunció a Tassi frente al Papado. En defensa de su honor, del suyo como padre y pintor, no del de su hija, de la que habían abusado, a la que habían violentado. Porque Artemisia era un bien de su padre, hasta que lo fuera de su futuro marido.

¿Olvidada?

Artemisia Gentileschi es hoy más famosa que su padre y mucho más que el hombre que la violó. Sus obras están en los museos más importantes del mundo, en los Uffizi, en el Prado. Aunque en vida fue reconocida y tuvo encargos de nobles adinerados y de aristócratas de Italia, España, Francia e Inglaterra, tras su muerte, su nombre desapareció casi sin dejar huella.

Pintora y mujer, Artemisia reivindicaba una mirada femenina a la hora de narrar las historias que pintaba…, ¿quién quería recordar semejante asalto al poder masculino dominante?

A Artemisia Gentileschi, como a tantas otras mujeres de siglos pasados, la recuperó el movimiento feminista de los años 70. Más allá de la calidad pictórica de sus obras -indudable-, lo que destaca en sus cuadros es una mirada diferente, una forma distinta de leer las historias míticas y las Escrituras. Los mismos temas que tantas veces se habían llevado al lienzo, se convertían, gracias a su paleta, en obras originales, nunca antes contadas de esa manera.

¿Dónde radicaba la originalidad? Más allá de las circunstancias personales y vitales de Artemisia, que influyeron, claro es, todos esos cuadros están pintados bajo una mirada novedosa: una mirada de mujer.

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Obra de Artemisia Gentileschi en el Prado.

En los Uffizi, una de las múltiples versiones de la historia de Judith pintadas por A. Gentileschi.

Programa sobre Artemisia Gentileschi en “Sin distancias”, Radio UNED:

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Ellas pintan, mujeres artistas en la Historia

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

Mujeres artistas, recuperando nombres de una historia olvidada (autorretratos)

A bote pronto, la primera que se te ocurra, ¿mujer artista? ¿Pintora, escultora, fotógrafa? ¿A quién ves, qué nombre surge de tu memoria? ¿Frida Khalo, tal vez? ¿Te ha venido a las mientes la gigantesca araña del Guggenheim de Bilbao, escultura realizada por Louise Bourgeois?

Salvo que te interese mucho la Historia del Arte o el movimiento feminista, difícilmente se te ocurrirán más de un puñado de ejemplos de mujeres artistas, sobre todo si intentas dejar atrás el siglo XX y caes en las profundidades de centurias anteriores.

¿Arte femenino en el siglo XXI?

Hoy en día, en los albores del siglo XXI, hay más nombres femeninos que masculinos en la lista de artistas contemporáneos más importantes. Hasta el 70%, afirma Victoria Combalía en su libro “Amazonas con pincel”. Por “importantes” entendemos originales, que han aportado novedades, que son valorados especialmente por su estilo o por la técnica que emplean en la creación de sus obras etc.

Curiosamente, por “importantes” no entendemos las mejor pagadas, las más famosas, aquellas cuyos nombres reconocemos los legos y salen en publicaciones prestigiosas relacionadas con el Arte o en medios generales escritos y audiovisuales, esas cuyas obras baten récords en las casas de subastas, en Sotheby’s y Christie’s. No, en esa lista, entre los primeros treinta, sólo aparecen cuatro nombres de mujer. Me pregunto a qué se deberá.

Hace una o dos décadas, las mujeres casi ni asomaban en el “Top 30”. Una de las pocas excepciones a ese “vacío” es la de Cindy Sherman, artista neoyorkina cuyas fotografías han alcanzado precios bastante elevados en subastas y ventas privadas.

Sherman es, a sus sesenta y tantos años, un icono contemporáneo, más que del feminismo, de la mujer en sí misma. La temática descarnada de sus retratos de sí misma –que no autorretratos- la han situado en el vórtice de la polémica y en la cúspide de la admiración de muchos.

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Cindy Sherman, instalación en el MOMA de NY (2010)

Afortunadamente, la presencia de mujeres en el universo de las artes plásticas es cada vez mayor por lo que una enumeración exhaustiva de mujeres artistas en activo es una tarea titánica que no voy a llevar a cabo.

Sin embargo, me gustaría dejaros un puñado de ejemplos de pintoras y creadoras de siglos pasados o contemporáneas.

Ellas crean

En los siglos XVI, XVII y XVIII, varias pintoras consiguieron el reconocimiento de sus coetáneos; algunas del público burgués, otras de los estamentos eclesiásticos y unas cuantas de mecenas, reyes y nobles adinerados que les hicieron encargos o compraron sus lienzos.

Las encontramos en Italia, los Países Bajos, Francia e Inglaterra, fundamentalmente. Eran hijas de artistas, esposas de pintores o, sencillamente, mujeres dotadas de talento que supieron abrirse paso en un mundo copado por los hombres y en el que incluso el ingreso a las academias oficiales les estaba vetado.

Algunos de sus cuadros cuelgan hoy en las paredes de grandes museos nacionales como el Rijksmuseum de Ámsterdam o la National Gallery de Londres. Aunque dudo que, en conjunto, lleguen a sumar ni el 5% de la colección de cualquiera de estas instituciones.

Por citar sólo unas cuantas, mencionemos a las excelentes retratistas italianas Artemisia Gentileschi y Sofonisba Anguissola;  a la meticulosa y detallista pintora holandesa de bodegones de flores y frutas, Rachel Ruysch; a la barroca Lavinia Fontana, quien recibió muchísimos encargos públicos y privados y consiguió ser admitida en la universidad de Bolonia; o a la neoclásica Angelica Kauffmann y sus celebrados cuadros de historia.

En el siglo XIX, las más conocidas representantes femeninas de la pintura fueron, probablemente, las impresionistas Berthe Morisot y Mary Cassatt. La calidad de sus obras no está por debajo de la de sus afamados compañeros de movimiento pero la historia se olvidó de ellas hasta que, hace algunos años, fueron rescatadas del baúl de la desmemoria.

El siglo XX

La centuria pasada está salpicada de nombres femeninos de pintoras, fotógrafas y creadoras de obras audiovisuales. Incluso hay escultoras y arquitectas, campos ambos tradicionalmente dominados, aún más que el resto de especialidades artísticas, por los hombres.

En el grupo surrealista, Remedios Varo y Maruja Mallo están a la altura de cualquiera de sus compañeros masculinos. Simplemente se las menciona menos en los libros de texto, en los compendios de arte, en los estudios sobre el movimiento. No eran peores pintoras ni menos originales: eran mujeres.

Denuncia social en femenino

Fotógrafa y artista audiovisual, la iraní Shirin Neshat es uno de los nombres clave de la creación iraní contemporánea. A través de sus obras, de una belleza exquisita, se puede escuchar el grito de denuncia y de rebeldía que caracteriza el mensaje de esta creadora; habla sobre la condición de la mujer en las sociedades islámicas contemporáneas.

Pienso en Neshat y me debato en la duda de por qué razón es mucho menos conocida y valorada que, pongamos, Ai Wei Wei, cuya obra también se centra en la denuncia (del comunismo chino, en su caso). La entrada de la Wikipedia de cada uno dice mucho del interés que despiertan uno y otro; la de Wei Wei ocupa tres o cuatro veces más que la de Shirin Neshat.

Hay muchas más mujeres artistas, podéis poner vuestros propios ejemplos en un comentario a esta entrada y darnos a conocer nombres escondidos cuyas obras merecen un hueco entre las cuatro letras que componen la palabra Arte.