Lecciones de una crisis infructuosa

Ocio en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Ocio en el paseo marítimo de Split (Croacia)

La tendencia hacia la segmentación dentro de la clase media, que empezó a asomar tímidamente a finales de la década de los noventa, se ha agudizado en el último lustro, gracias a la crisis económica mundial o, mejor, hablando en términos ideológicos, a la autocorrección del sistema para la supervivencia del capitalismo.

Durante el siglo XX, el desarrollo de los derechos laborales -y sociales- alcanzó sus más altas cotas. Son propios de esta centuria, entre otros muchos, términos como lucha obrera, convenio, estatuto, inserción de la mujer en el mercado laboral, jornada de ocho horas, condena de la explotación de la mano de obra infantil, vacaciones pagadas, movilidad vertical. El XX ha sido el siglo de los horrores y el siglo de los derechos.

Tras la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de tambaleante recuperación, la economía de todos los países desarrollados, occidentales y no-comunistas, desde Estados Unidos y Europa hasta Japón –ubicado en Oriente pero gran valedor de los principios económicos de Occidente-, ha progresado a buen ritmo. Este avance se evidencia en la evolución de casi cualquier parámetro: incremento del PIB nacional y per capita, nivel de vida más elevado de la mayor parte de la población, erradicación casi total del analfabetismo, tasas de desempleo bajas, mejora de la calidad de vida y de la esperanza de vida.

A finales de la década de los noventa se percibía claramente un giro en el eje del desarrollo internacional. Nuevos países habían entrado en liza, como los “dragones” del Sudeste asiático; algunos llegaban con fuerza, véase los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), mientras que algunos se estancaban, léase Japón, y otros ponían un pie fuera, los sarcásticamente bautizados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España). El resto de Europa se mantenía en niveles aceptables de crecimiento, considerados “preocupantes” sólo por los neoliberales más acérrimos.

Montando un árbol de Navidad hecho de luces (Madrid, España)

Montando un árbol de Navidad hecho de luces (Madrid, España)

Y llegó el siglo XXI. Frente a las pantallas de nuestros televisores, fuimos testigos de grandes acontecimientos, el mundo “cambió” –o eso nos contaron- y nos vimos inmersos en la vorágine de la especulación y el dinero fácil. Hemos vivido atentados terroristas a gran escala, guerras “preventivas”, levantamientos sociales y choques culturales. Entre bambalinas, los fondos de inversión soberanos o privados, la banca, los dueños y directivos de multinacionales y los ricos por herencia compraban bienes inmuebles, deuda “basura”, bonos, acciones, futuros, artículos de lujo y obras de arte a precios astronómicos.

Mientras tanto, la clase media, confiando en el principio del eterno progreso, se olvidaba del ahorro y vivía al día, incrementando exponencialmente sus niveles de consumo, endeudándose cada vez más, accediendo a bienes que, antes, eran prohibitivos. El crédito se convirtió en liquidez y la liquidez en historia. Nadie se privaba de nada: viajes a las antípodas, cruceros de lujo, las últimas novedades tecnológicas, todo tipo de electrodomésticos, productos gourmet, bodas por todo lo alto, experiencias al límite tirándose en paracaídas o sobrevolando la ciudad en helicóptero o globo aerostático. Nada era suficiente, se aspiraba a lo máximo.

2008. Pongámosle nombre: el año de la crisis. Del comienzo de la crisis, quiero decir. El anuncio oficial aparece en forma de titular “Lehman Brothers en bancarrota”. Aunque la noticia llevaba rumiándose varios meses, nos pilló por sorpresa. En general, la clase media no entendió lo que había sucedido hasta que se empezó a hablar de ella directamente. De los grandes artículos sobre Wall Street y las subprimes, las pérdidas de la banca y los rescates financieros masivos, pasamos rápidamente a titulares anónimos, genéricos, sin nombres propios: paro, desahucios, recortes, subida de impuestos indirectos, privatización, emigración de los jóvenes en busca de trabajo… En esas noticias es donde encontramos a la clase media. Y su decadencia.

Monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise (París, Francia)

Monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise (París, Francia)

A mediados de 2015, llevamos siete años de “crisis”, con recesión económica incluida. Se ha hablado de revolución, de cambio, de desesperanza, de salida de la UE y del euro, de nacionalización de la banca, de regeneración, de cambio de paradigma económico, de economía participativa, de nuevos partidos políticos, de manifestaciones, de asambleas populares y hasta de huertos urbanos. Las redes sociales han estallado ya tantas veces que lo raro es encontrarlas “tranquilas”. De hecho, cada vez “estallan” más a menudo; sucede que es un estallido controlado y, sobre todo, breve, transitorio.

Algunos políticos se atreven a agitar la mano y decir adiós a la crisis. Nos queda mucho camino pero hemos tocado fondo y ya estamos subiendo otra vez, cual ave Fénix. Poco a poco se está creando empleo. Pasito a pasito se está recuperando el ritmo de consumo interno. La industria turística crece, la construcción vuelve a levantarse sobre sus maltrechos pilares de cemento. El tándem turismo-construcción se recompone.

Dentro de un lustro volveremos a ser lo que éramos, a estar igual que estábamos. En 2020 la cifra de desempleo verá la decena en lugar de la veintena. El PIB crecerá un 3% anual. Algunos emigrados regresarán. Se volverán a conceder más de un millón de hipotecas al año y el mercado inmobiliario retomará su costumbre de inflarse como una burbuja. Y el sol brillará, casi seguro, para que los alemanes, los suecos, los rusos y los chinos puedan disfrutar de él en nuestras magníficas playas de bandera azul y fina arena.

Se oyen voces de que lo peor ha pasado; yo diría que lo lamentable es que lo peor se ha quedado.

Cómo comprar un voto

Manual de instrucciones para manejar votantes en las elecciones venideras. Edición 2015.

Cobertura especial de la doble cita electoral: municipales y generales. Editorial: Canalla.

"Intachable", de Víctor Santos, una historia de género negro sobre la corrupción en España.

“Intachable”, de Víctor Santos, una historia de género negro sobre la corrupción en España.

Todo lo que necesita saber para (intentar) ganar las próximas elecciones: los secretos mejor guardados, las nuevas tendencias de adquisición de votos, los movimientos de los adversarios, las estrategias más sutiles y las más burdas.

¿Le preocupa el declive de su partido? (IU)

¿Tal vez cree que va a pagar el desgaste del gobernante? (PP)

¿Ha incumplido, quizás, alguna promesa y le puede pasar factura? (PP)

¿Cree que ha hecho un papel más bien discreto como oposición? (PSOE)

¿No despega su proyecto tras lustro y medio de empuje improductivo? (UpyD)

¿Sus cabezas de cartel han resultado salpicadas por sonados casos de corrupción? (…)

¿Fracasó su golpe de efecto nacionalista? (CiU)

¿Se ha quedado anclado en el pasado que, no cabe duda, “siempre fue mejor”? (PSOE)

¿Defiende a capa y espada la lucha contra la corrupción pero tiene un –presunto- garbanzo negro en su propia cúpula? (Podemos)

¿Se ve obligado a actuar cual funámbulo sobre la cuerda floja para ganar votos de aquí y de acullá? (Ciutadans/Ciudadanos)

¡No se inquiete, aquí tiene la solución! Entre las páginas del manual que está ojeando encontrará la solución a (algunos de) sus problemas.

[Nota: Sentimos informarle de que no hemos conseguido encontrar ninguna fórmula mágica para tapar, disimular o, mejor aún, borrar la huella dejada por ciertos profesionales de la política. No prometemos resultados óptimos en los siguientes casos: Rita Barberá tras 20 años en la cima y su último éxito de masas “la caloret”; la familia Pujol Ferrusola con sus –al menos- cuatro casos judiciales abiertos; Ana Botella y su –entre otras muchas meteduras de pata- “relaxing cup of café con leche”; el tándem Chaves-Griñán y su imperio andaluz de ERE’S, PAC’S y otras iniciativas pro-desempleo.]

"Intachable", de Víctor Santos, una historia de género negro sobre la corrupción en España.

“Intachable”, de Víctor Santos, una historia de género negro sobre la corrupción en España.

Situación A

Partido político de izquierdas, de rancio abolengo, que ha perdido toda la credibilidad que tenía y ve cómo van desapareciendo sus siglas, de forma paulatina, de las encuestas de intención de voto. Si ese es el caso de su partido, busque una figura conocida y respetada, del mundo de la cultura, más bien ajena a la política, de trayectoria intachable, desconocedera de los tejemanejes internos, las corruptelas y los favoritismos que llevan años hundiendo su imagen como partido.

Ejemplo práctico: Luis García Montero, poeta, se presenta por IU a la Comunidad de Madrid.

Situación B

Partido político en el poder. Tras tres años y medio de recortes sociales e intentos de privatización de los servicios públicos, se enfrenta a unas elecciones municipales en los que el voto de castigo puede costarle caro. En este caso, la publicidad es su aliada, utilice todos los canales posibles. Al principio, puede sentir cierta reticencia a mentir descaradamente, a adornar con desmesura sus escasos logros y a montar una campaña que, tal vez, resulte ofensiva para la sensibilidad del ciudadano medio, que puede sentirse insultado. No se preocupe, lo superará enseguida.

Ejemplo práctico: Comunidad de Madrid, la Suma de Todos; 1,4 millones de euros invertidos en la campaña “La mejor sanidad”.

Situación C

En los últimos años, su partido se ha dedicado a subir tanto los impuestos directos como los indirectos, ha favorecido a las clases acomodadas y ha castigado a las clases bajas y medias. Durante su cuatrienio de gobernanza, el nivel de vida ha descendido junto con los sueldos más bajos mientras que el número de créditos concedidos por las entidades bancarias ha caído en picado. El mercado interno carece de liquidez. En un arranque de generosidad, abra la mano, reparta prebendas y baje unas décimas los tipos impositivos.

Ejemplo práctico: bajada del IRPF sin concretar los porcentajes. En un sueldo de mil euros, el trabajador verá aumentar su sueldo en unos 7 u 8 euros mensuales lo que, indudablemente, es un respiro para la maltrecha economía familiar; ya puede comprar un kilo de pechugas de pollo más al mes.

Situación D

Las políticas de ahorro estatales, comunitarias y locales no sólo han llevado a su partido a intentar incrementar los ingresos a través de la recaudación de impuestos sino que ha sido necesario acabar con todas las ayudas, becas y proyectos de inversión pública que estaban vigentes. Aproveche la cercanía de las elecciones para publicitar un conjunto de ayudas, de duración y presupuesto muy limitado, para crear la sensación de que a los gobernantes les preocupa el (mal)estar de su pueblo.

Ejemplo práctico: recientemente, han reaparecido las ayudas al alquiler -200 euros mensuales si se cumplen los requisitos-; las subvenciones por el cambio de caldera; las ayudas para adaptar las antenas de la TDT; y una de mis favoritas, las subvenciones del ayuntamiento de Madrid al asociacionismo y las entidades ciudadanas para promover una ciudadanía activa –Ley Mordaza mediante, claro es-.

"Intachable", de Víctor Santos, una historia de género negro sobre la corrupción en España.

“Intachable”, de Víctor Santos, una historia de género negro sobre la corrupción en España.

Situación E

Tras perder la mayor parte del territorio nacional, su partido ocupa el escaño de la oposición. Pese a no gobernar en casi ningún lugar, los casos de corrupción florecen, se enredan y se multiplican por “generación espontánea”. Lo más sencillo, en este caso, es buscar un chivo expiatorio que cargue con las culpas, un personaje más bien antipático que haya perdido, con el paso del tiempo, las simpatías iniciales de las que gozaba.

Ejemplo práctico: véase la elegante defenestración política (y metafórica) de Tomás Gómez, el otrora candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid, sospechoso de estar implicado en otro nuevo caso de corrupción, esta vez relacionado con el tranvía de Parla. Pedro Sánchez, cual Pilatos, se lava las manos tras la limpieza interna.

Queda una quincena para las elecciones andaluzas; dos meses para las municipales y algo más de medio año para las generales. Me deleito pensando con fruición en cuáles serán las nuevas estrategias de compra de voto que verán la luz en las próximas semanas.

Derecho a matar

Graffiti en el Muro de Berlín (Alemania, 2009)

Graffiti en el Muro de Berlín (Alemania, 2009)

En la carta de Naciones Unidas no aparece. Ni en los acuerdos de Ginebra sobre derechos humanos. Es extraño, la verdad, que un derecho tan omnipresente en la Historia, que continúa teniendo plena vigencia y que, si no me equivoco, la mantendrá en el futuro, haya sido, durante siglos, ninguneado, relegado al rincón de las  cosas que suceden pero que carecen de nombre. Dudo que haya alguien que pueda mantener que el derecho a matar no existe. En mi opinión, visto lo extendido que está entre los seres humanos, debería ocupar un lugar preeminente en la lista de derechos inalienables. Se nos llena la boca con el derecho a la vida, a la dignidad, a la propiedad, a la educación, a profesar la fe de nuestra elección y tantos otros mientras que nos olvidamos de que tenemos derecho sobre los demás, sobre sus bienes, sobre sus mentes, sobre sus cuerpos, sobre su misma existencia.

El Estado

Para empezar por lo más evidente, hablemos de los gobiernos, con sus instituciones judiciales y penales y sus cuerpos de seguridad, la policía, el ejército. Los Estados ejercen violencia, sistemáticamente, sobre nosotros, los ciudadanos, y, en especial, sobre los “seres social o políticamente indeseables” y sobre “el otro”. Los límites más extremos de este ejercicio del poder los podemos situar en la pena de muerte –extinguida en muchos países pero aún vigente en bastantes- y la guerra, sea ofensiva, defensiva o esa modalidad tan en boga denominada “preventiva”. En este contexto, por supuesto, las dictaduras, las autarquías, los gobiernos nacidos de golpes de estado y demás formas más o menos unipersonales de ejercer el poder se llevan el premio gordo ya que se permiten llegar al asesinato, el secuestro, la humillación y el empobrecimiento de sus enemigos por razones tan variadas como la ideología, la distribución de los recursos, la xenofobia, la homofobia… En fin, la diferencia que se considera amenazante.

Las fuerzas de seguridad y el ejército

Detrás de los Estados, y más allá de las órdenes que se reciben, están los individuos y grupos de individuos que, ejerciendo la violencia en nombre del poder, se extralimitan. Con cierta frecuencia llegan hasta nuestros oídos noticias de “muertes accidentales” de personas que han sido detenidas –o que, en el transcurso de una detención, debido a los golpes recibidos o por asfixia, por ejemplo, han fallecido-. Sin duda, las noticias que más llaman nuestra atención por su brutalidad e, incluso, inmoralidad –si es que hay grados de moralidad en el asesinato-, son las que nos asaltan, de vez en cuando, en contextos bélicos: torturas, decapitaciones, ejecuciones sumarias… Por lo visto, para liberar a unos hay que condenar a otros, no hay sitio para todos en nuestro pequeño planeta.

En el nombre de…

En la misma lista, encontramos a aquellos que ejercen la violencia en nombre de símbolos, de creencias, de simpatías, de ideas. El poder de estas personas (o grupos) es fáctico, no en el sentido tradicional del poder que ejerce la prensa o la banca o la Iglesia, sino en el más concreto de la posibilidad de dañar o dar muerte a otros. Cualquier persona con un arma puede matar; en Estados Unidos –y en otros países-, los adolescentes compran armas y entran en sus institutos disparando contra sus compañeros y profesores; en París, tres personas suben a la redacción de un semanario y disparan contra los trabajadores; en Madrid, en Londres, en Kabul, en Jerusalén, individuos forrados de explosivos se inmolan o dejan una mochila cargada de bombas que hacen estallar segando la vida de decenas de personas; en las calles de miles de ciudades se cometen asesinatos a diario fruto de vendettas, de luchas por el territorio, de intentos de robo…

También está, no me olvido, la violencia gratuita, es decir, la que ni siquiera pretende escudarse en una excusa, la de los ultras de fútbol, la de las tribus urbanas, la de los sádicos que matan por el gusto de matar, la denominada de “género”, la impuesta a algunos niños por padres o parientes desquiciados.

Derecho a matar

El tabú de la muerte parece evaporarse detrás de la noción de asesinato. Morir es inconcebible pero matar es fácilmente digerible, por lo visto, lo hacemos constantemente, sin pesar, sin remordientos. Matamos al otro, al que piensa diferente, al que es distinto, pero también a nuestros propios familiares, a nuestros compañeros, a nuestro conyuge, a nuestros hijos. El derecho a matar sobrevuela nuestras conciencias sin dejar huella, sin explicación alguna, como una incógnita que, a los espectadores, nos deja estupefactos, anonadados. Simplemente sucede que, en ocasiones, dejamos de ser espectadores para ser ejecutores, ¡metamorfosis tan vacua y tan terrible!

La pregunta asalta mis pensamientos, me da miedo incluso formularla, temo que la respuesta sea afirmativa: ¿tenemos derecho a matar, a segar la vida de otra persona, a terminar con su existencia, a atentar contra lo único que es, realmente, sagrado –principio y fin de todo-: la vida?

La toma del poder (versión consumidor)

La verdadera igualdad no reside en el hecho de que la riqueza sea absolutamente la misma para todos, sino que ningún ciudadano sea tan rico como para poder comprar a otro y que no sea tan pobre como para verse forzado a venderse.”

Jean-Jacques Rousseau, “El contrato social”.

Escultura en el conocido como "Triángulo de Oro" de París (Francia)

Escultura en el conocido como “Triángulo de Oro” de París (Francia)

El fenómeno de la autogestión ciudadana dista mucho de ser novedoso: la agrupación de gentes que comparten intereses, que buscan alianzas o que sacan partido a la convivencia es tan antigua como el propio ser humano y es evidente en los primitivos grupos de Neandertales o de Cromañones, por ejemplo. A lo largo de la Historia, el Homo Sapiens ha creado ágoras, mercados, asociaciones, gremios y un sinfín de formas de agrupación más cuyo objetivo ha sido, en primer lugar, la supervivencia e, inmediatamente después, la mejora de las condiciones de vida. De ahí al enriquecimiento hay un paso pero éste hay que darlo, siempre, dejando a otros atrás, digamos utilizando a unos cuantos como escalón para el ascenso. La ley de la propiedad privada, si pudo llamarla así utilizando el término en un sentido muy amplio, se cumple inexorablemente: cuanto más se enriquecen unos, más se empobrecen otros, por mucho que la teoría económica capitalista defienda el –insostenible- paradigma de que la producción de bienes tiende a infinito.

Élites contra ciudadanía

Aunque parezca que estoy aprovechando la ocasión para introducir, subrepticiamente, una crítica a los adinerados que pisotean –digámoslo claramente- a los que tienen debajo, en los escalones inferiores, mi intención no es esa. Ni siquiera creo haber abandonado el tema del que trata esta entrada. He empezado diciendo que la organización de los ciudadanos, más allá de las instituciones y empresas, no es nueva. Hablo aquí de los ciudadanos en contraposición a eso que se suele denominar élites y que yo, un poco más arriba, he denominado ricos o gentes adineradas (suele coincidir que el dinero y el poder conviven en las mismas manos así que me ahorro aquello de “poderosos”). Me parece inadecuado utilizar el término élite para nominar a estas gentes ya que proviene del verbo elegir –en francés, en este caso- y, por tanto, significa “lo elegido”. Las élites deberían estar formadas por intelectuales –si es que queda alguno a salvo de la codicia o de la pobreza-, artistas, humanistas, estudiosos, científicos y demás personas preocupadas por algo más que su propio enriquecimiento y envanecimiento.

La cuestión es, desde mi punto de vista, que el incremento exponencial de la autoorganización ciudadana, que hemos vivido de unos años para acá y del que continuamos siendo testigos, es consecuencia del desencanto de las personas de a pie –llámense ciudadanos o consumidores o trabajadores- con estas mal llamadas élites. Evidentemente, el detonante de este desengaño ha sido la archinombrada crisis económica que, con el tiempo, se ha convertido en crisis social, de valores, de creencias, probablemente por dos razones: su duración y su naturaleza aniquiladora de la clase media. Agrego, sin querer ser agorera, que también ha hecho añicos el futuro, o la idea que teníamos de él; sólo hay que preguntarles a todos esos veinteañeros –y a sus familiares y amigos- que han tenido que emigrar o se lo están pensando y todos esos otros que, con un poco de suerte, conseguirán (sobre)vivir en España -peor que sus padres, por supuesto-.

Graffiti en un muro de Jaén (España)

Graffiti en un muro de Jaén (España)

¿El resurgir de la ciudadanía?

La respuesta de la ciudadanía a esta abrupta modificación de sus condiciones de vida, a este asesinato de la esperanza, ha sido múltiple. Por una parte, ha habido un intento de cambiar por los medios tradicionales, mediante la basculación del voto y la aparición en la escena electoral de partidos nuevos, generalmente más radicales o extremistas que los existentes, sea hacia la derecha o hacia la izquierda. En el vértice opuesto, han nacido, se han desarrollado e, incluso, han proliferado grupos o individuos que han considerado que la violencia, la destrucción e incluso la inmolación de la propia persona eran la solución a la situación, por desesperación, por ideología o por pura simplicidad –siempre es más difícil crear que demoler-. Entre el continuismo o conservadurismo de los primeros y el nihilismo de los segundos, encontramos el laboratorio social más prometedor de las últimas décadas, algo así como el resurgir de los fantasmas de mayo del 68, de los movimientos por los derechos civiles de la década de los sesenta, del feminismo, el ecologismo y tantos otros “ismos” que perduran aún en nuestros días.

Este nuevo espacio social abarca todos los ámbitos de la vida: desde la política hasta la intimidad, desde el consumo hasta la propiedad privada, desde la salud y la educación hasta una miríada de minorías. Como hemos podido comprobar tras unos primeros pasos más tradicionales, está menos en las calles –aunque en España tuvo su gran empujón tras el movimiento 15M que ocupó, físicamente, una plaza- que en las redes sociales, en nuestros portátiles o nuestros móviles. Es un híbrido que crece entre dos mundos, el físico, el de los bienes tangibles, el de los desahucios, los comedores sociales y las colas en las oficinas del INEM (SEPE dicen que se llama ahora), y el virtual.

Plaza de la Cebada, centro autogestionado (Madrid)

Plaza de la Cebada, centro autogestionado (Madrid)

Emancipación del consumidor

Son tantas las iniciativas de reagrupación, de autogestión, de ayuda mutua, que, si las consignara todas, la lista terminaría siendo más aburrida que esos largos párrafos del Antiguo Testamento en los que, inopinadamente, se menciona nombre tras nombre en una retahíla interminable de “hijo de” que sólo he visto igualada en la “Rihläh” -Crónica de sus (muchos) viajes- de Ibn Battuta y que perdura en el insufrible compendio de títulos de los reyes y otros aristócratas de rancio abolengo.

Pondré algunos ejemplos para ilustrar: como los bancos no conceden créditos, los emprendedores, los creadores, todos aquellos que tienen una idea que quieren poner en marcha acuden al “crowdfounding” (micromecenazgo parece ser el término elegido –y poco usado- para castellanizar el sustantivo anglosajón); como los sueldos están a la baja, el paro al alza, los impuestos disparados, la electricidad cada vez más cara y la gasolina anclada en un precio exhorbitado pese a la bajada del barril de Brent, para mantener el nivel de consumo de bienes los antiguos clientes nos hemos convertido en cooperativistas, en revisionistas del trueque, en expertos en “compartir gastos”; hemos montado huertos urbanos, nos asociamos a cooperativas de energía eléctrica, de productos ecológicos, de emprendedores; trabajamos en coworkings, llevamos en el coche a desconocidos en los viajes largos, nos unimos a otros internautas para comprar los billetes económicos de la mesa de cuatro en los trenes de Renfe; publicamos, compartimos, editamos y subimos a la Red noticias, vídeos, audios y cualquier fragmento de información que pueda ser útil a otros, desde descuentos hasta actividades gratuitas o teléfonos alternativos a los enervantes 902; apuntamos los libros que ya no queremos al “BookCrossing”, ofrecemos microteatro por la gorra, participamos en bancos de tiempo, nos pasamos por las asambleas de barrio, entorpecemos los desahucios, hacemos scratches.

Los trabajadores tomamos conciencia de nuestros derechos en el siglo XIX. Los ciudadanos nos politizamos en la década de los sesenta. En el siglo XXI, los consumidores, por fin, hemos empezado a emanciparnos de las empresas. Cuánto durará y hasta dónde llegaremos es, aún, una incógnita.

Nota: Los enlaces que he incluido en esta entrada no agotan, ni mucho menos, las iniciativas de las que sirven como ejemplo ni tienen por qué ser los más significativos; simplemente, me permiten ilustrar los diferentes puntos que establezco.