Menos es menos (Low Cost II)

Concierto al aire libre en la Karlsplatz de Viena (Austria)

Concierto al aire libre en la Karlsplatz de Viena (Austria)

El modelo “low cost” nació dentro de un ámbito muy concreto, el de las líneas aéreas de bajo coste. Fue en la década de los noventa, en Estados Unidos, como no podía ser de otra manera. Desde entonces, ha transcurrido menos de un cuarto de siglo y este concepto es ahora tan popular como lo eran antaño las grandes firmas. Incluyo dentro de la categoría otro tipo de ofertas y descuentos que no llevan el apelativo “bajo coste” pero que responden perfectamente al modelo desde el punto de vista del consumidor.

Frente a la imagen que la mayoría de los consumidores tenemos de estos productos y servicios, en muchas publicaciones dirigidas a emprendedores y al público en general se insiste en que “low cost” no es sinónimo de baja o mala calidad. El secreto está en “optimizar” los costes, reducir la oferta a lo más básico y convencer al potencial cliente de que menos es más. Visto desde la empresa, el negocio es redondo si se consigue despegar. Como consumidor, tenemos que estar preparados para renunciar a todo menos a un precio asequible.

Ah, ¿pero todavía se disfruta del ocio?

Algunos recordaréis que, tiempo ha, seleccionábamos los espectáculos que nos interesaban y hasta elegíamos el día que nos iba bien asistir. Hoy en día, es tu agenda la que tiene que ajustarse a las ofertas, los bonos, los días del espectador, los 2×1 o las horas de entrada gratuita o a mitad de precio. Aquí comienzan las incomodidades, con ese suspiro expulsado entre dientes y ese murmurar “me va fatal pero el miércoles sale más barato”. Sólo es el principio.

Museo del teatro, Viena (Austria)

Museo del teatro, Viena (Austria)

La compra de entradas por Internet suele tener un sobrecoste cercano al 10%. Puedes evitar este incremento si compras los tickets en la taquilla por lo que te ves obligada a recorrerte media ciudad para ir a buscarlos. Aquí la lógica empresarial prevalece; para ahorrar costes, las taquillas de los teatros cada vez abren menos horas así que tienes que llevar al día una hoja de cálculo para cuadrar las horas en las que tú estás libre y puedes ir y en las que está abierta la taquilla. También es verdad que el cuadrante cada vez es más difícil de hacer porque tú cada mes trabajas más horas –por el mismo precio-.

Si compras las entradas con descuento en alguna página web de esas que venden “gangas”, te encuentras con que el porcentaje que te has ahorrado en el precio te lo están cobrando ubicándote en los peores asientos de toda la sala (salvo que ésta esté medio vacía: en ese caso, les da igual y te dan la fila tres centrada, ¡para que vuelvas pronto!)

En los teatros, en la ópera y en los conciertos la zona alejada del escenario siempre ha sido más barata. De acuerdo, pensará el empresario, esto es una democracia, todos tienen derecho a ver el espectáculo. Aunque decir “ver” igual es excesivo porque resulta que muchas de las butacas más baratas tienen escasa, e incluso nula, visibilidad. En otras ocasiones, estás tan lejos del escenario que más valdría verlo en una pantalla, aunque fuera la del televisor de tu casa, aunque te pierdas la sensación del “vivo”. En estos casos, lo barato sale caro, como se suele decir: salgo de la sala cabreada y con dolor de cuello.

Teatro de la ópera, Bratislava (Eslovaquia)

Teatro de la ópera, Bratislava (Eslovaquia)

Unas líneas aparte se merecen los eventos gratuitos que tanto publicitan los ayuntamientos y otras instituciones públicas o privadas. En estos casos, puedes estar casi segura de que vas a invertir mucho tiempo haciendo fila para, finalmente, entrar en un local atestado o, lo que no sé si es peor, para quedarte fuera. Mi situación favorita se produce cuando has llegado con mucho tiempo de antelación, has hecho cola religiosamente, frotándote las manos porque sólo hay dos docenas de personas delante de ti, y, cuando estás a punto de trasponer el umbral de entrada, te comunican que el aforo está completo. Tú protestas, “¡pero si caben doscientas personas y han entrado veinte!” Como única respuesta, recibes un encogimiento de hombros que, silenciosamente, traduces por “lo siento, chica, pero tres cuartas partes del aforo estaban reservadas para invitados “vip” que no pagan, no sufren por conseguir la entrada y obtienen los mejores asientos”.

Otro de los grandes hitos de lo gratuito es el día de los museos, en realidad el día de “no se te ocurra ir a ningún museo”. Se supone que las obras de arte hay que verlas en un espacio adecuado, con la iluminación idónea y con detenimiento y calma. El día que los museos son gratuitos a lo máximo a lo que puedes aspirar –después de hacer la sempiterna fila de media hora o una hora- es a acercarte a alguna obra durante unos cinco segundos. Las fuerzas de empuje y expansión generadas por la masa, compuesta por el resto de visitantes, te obligarán a seguir la corriente sin remedio (y con disgusto). Al final de la jornada, te das cuenta de que has perdido tres horas de tu tiempo, no has visto nada y estás tan cabreada que, bien te vas a casa, bien sales a tomar algo y te gastas en bebida lo que te has ahorrado en la entrada.

Músicos, escultura (Viena, Austria)

Músicos, escultura (Viena, Austria)

Marca blanca, tan blanca

Una gran conquista del proletariado del consumo es la marca blanca del supermercado. Existen varias líneas de producto, incluida una que suele ser más cara que las propias marcas originales, con esos paquetes y envoltorios de cuidada presentación y diseño elegante. Pero si lo que necesitas es gastar lo menos posible, además de recibir un producto de menor calidad –la mayor parte de las veces-, también tienes que aguantar esos diseños simplones que podría hacer un niño de cinco años con poca imaginación, con ese color blanco predominante que identifica tu cesta/carro de la compra con el de los pobres o de escasos recursos.

En los últimos años también hemos visto cómo abrían sus puertas bares “low cost”. La pizarra y la carta-menú ofrecen lo mismo que cualquier otro local de alterne, simplemente la bebida y la comida son de calidad “distraída”. Existe incluso la leyenda urbana de que en algunos aguan la cerveza y no quiero pensar qué tipo de bebidas de garrafón sirven en lugar de ron, whisky o ginebra. Una vez pedí una tosta de bacalao ahumado con salmorejo en uno de estos sitios (el precio era parecido al de cualquier otro bar, la verdad): me pusieron dos trocitos de pan con dos gotas de salmorejo (yo diría que de tetrabrik) y dos lonchitas de un muy aceitoso bacalao ahumado. Lo miré consternada. Me lo comí –porque tenía hambre-. Juré que nunca jamás volvería. De momento, mantengo mi palabra.

Tienda de ropa

Tienda de ropa “de firma” en el barrio del Conde Duque (Madrid)

Ropa de usar y tirar

No quisiera olvidarme de la industria textil “low cost” que, por lo visto, alcanza ya una cuota de mercado en España del 12%. He leído un artículo en el que se comenta que esta moda ha dejado de estar estigmatizada por su bajo precio gracias a que “las blogueras y las revistas muestran continuamente a famosas que mezclan prendas de cadenas low cost con otras de marcas de lujo”. Sólo ellas, parece ser; ellos todavía se visten sólo de LV, Dior y Ferragamo. Gracias, famosas, por hacernos sentir mejor, aunque nosotras no mezclamos: sólo consumimos low cost porque no nos da el sueldo para más.

Me surge una duda tras la loa, ¿usamos la ropa “low cost” de la misma manera las famosas y el resto de las mortales? Por que este tipo de prendas tiene una vida muy corta: se estropean y se rompen enseguida. La diferencia entre las famosas y el resto de la humanidad es que ellas se la ponen dos veces y la tiran y tú te la vas a poner por la calle hasta que esté impresentable, después pasará a ser “de estar por casa” y, por fin, la reutilizaremos como trapo de limpieza o la donaremos a una empresa de reciclaje textil.

Se me ocurre pensar, ¡qué tontería!, que tal vez nos iría mejor si consumiéramos menos pero de mejor calidad, ¿tan difícil será?

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User eXperience Low Cost

El low cost me hace sentir pobre. Antes de que apareciera el concepto “bajo coste”, los ricos eran los elegidos y el resto éramos gente normal, clase media, nuestros recursos eran limitados pero vivíamos con comodidad. Ese sentimiento ya es historia. Hoy en día, la carrera desenfrenada por “el más barato todavía”, la búsqueda del precio más bajo junto con la necesidad de alcanzar el nivel de consumo más elevado posible nos han llevado a sacrificar el concepto de bienestar y, digámoslo claramente, hasta a humillarnos. Gracias al “low cost” por fin me siento lo que soy: clase media empobrecida de espíritu y de bolsillo.

Viajar era un placer (antes del low cost)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

En el siglo XXI, viajar ha dejado de ser un privilegio, todo el mundo puede cruzar el océano, recorrer miles de kilómetros o realizar tours por países exóticos. Cierto pero ¿cuál es el coste de esta democratización del turismo? Si escoges un crucero y ajustas tu presupuesto a los precios más bajos, esos famosos “desde XXX euros” de las campañas publicitarias, puedes estar seguro de que te van a asignar uno de los peores camarotes, ese tamaño caja de cerillas, sin ojo de buey ni vistas ni ventilación tan siquiera. Es más, a poder ser que esté ubicado al lado de las máquinas, a ver si con suerte no pegas ojo por la noche. De esta manera, amortizas mejor el coste del periplo, en cubierta y a la fresca.

Siempre podemos olvidarnos de los barcos y elegir el avión como medio de transporte, el origen del low cost –o su más refinado alumno-. Intentar adquirir un billete de avión muy barato es una odisea propia de un Ulises moderno: Ítaca nunca fue tan inaccesible. Es imprescindible que accedas, navegues e incluso bucees en una docena de páginas web de buscadores y portales de líneas aéreas durante varios días. Con los datos extraídos, debes construir la pirámide de las posibilidades según el precio, los horarios, las escalas y los diferentes días de salida y regreso ofrecidos.

Improvisar siempre es la mejor opción: déjate seducir

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Es mejor que no tengas nada pensado antes de empezar la búsqueda porque justo eso que tú quieres sale muy caro. El resultado es que terminas comprando un billete para no sabes bien dónde, lugar éste en el que vas a disfrutar de una estancia más corta de lo previsto durante la cual estarás casi más tiempo en los aeropuertos donde hace escala el avión que en el destino elegido. Además, vas a tener la suerte de que tus vuelos despeguen y aterricen de madrugada –así puedes aprovechar el día- por lo que bien tomas un taxi para ir o volver del aeropuerto –despídete del dinero ahorrado en la compra-, bien duermes en el frío suelo de baldosas del aeropuerto, bien te preparas para invertir dos o tres horas en medios de transporte público nocturnos –si es que los hay-.

Por fin tienes tu billete. Es ahora cuando empiezas a hacer el resto de cálculos. Has pagado con la tarjeta de débito para que no te cobren comisión. No tienes asiento ni prioridad en el embarque así que más vale que te abalances sobre el mostrador de la sala de espera en cuanto pises el aeropuerto y pases el control de equipajes de mano que, en tu caso, como lo llevas todo en esa maletita, porque facturar cuesta 50€, requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, indiferencia hacia tus propiedades que, con seguridad, van a ser expuestas y zarandeadas por algún agente de seguridad del control.

Si quieres más, pagas más: el principio básico del low cost

Aquí hay gato encerrado... (Patricia Gadea, exposición

Aquí hay gato encerrado… (Patricia Gadea, exposición “Atomic-Circus”, Museo Reina Sofía, 2014)

Ah, otra cosa, olvídate del seguro de viaje, también cuesta dinero. Cierto, has cogido los billetes con ocho meses de antelación porque así salen más económicos, ¿quién sabe si sucederá algo que te obligue a anular las vacaciones? No pienses en ello, cancelar no es una posibilidad: tienes que ir en las fechas seleccionadas aunque te vaya la vida en ello.

Importante: llévate la comida de casa, no puedes permitirte pagar 6€ por un sandwich famélico con una lonchita de jamón york y otra de queso. Gracias a la inclusión de comida dentro de la única maleta con la que vas a embarcar, tu ropa olerá durante todo el viaje a tortilla o a lomo con pimientos. Delicioso, ¿no? Así no sufres de morriña durante los días que estés lejos de tu querido país. Un último detalle: no vayas sin una botellita pequeña de agua vacía. Pon atención y repite conmigo: “v-a-c-í-a”. Como se te ocurra llenarla antes de subir al avión, te la tirarán al contenedor de plásticos antes de que puedas ni tan siquiera musitar un entrecortado “ah”. Y tendrás que pagar los 3€ que pensabas que te habías ahorrado por una igualita a la que llevabas pero comprada en el aeropuerto, circunstancia que le da un cierto aire de distinción, cierto caché incluso, de ahí el precio.

Lujo de bajo coste o la paradoja de las pesetas a duro

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Pasemos a seleccionar el alojamiento. Dejemos de lado las propuestas en habitaciones de 10, 8 o 6 personas o con baños compartidos; has estado todo el año trabajando duro y te mereces cierta privacidad y comodidades. Pongamos que miramos una página de reservas de hoteles. Si escoges una habitación de un hotel que casualmente llama tu atención por tener un descuento de un –pongamos- 30%, resulta que es el antiguo cuarto de limpieza reconvertido en zulo low cost o la habitación más degradada de todo el edificio; eso sí, en las fotos salía estupenda porque ¡no era esa la habitación que mostraban! También puede suceder que el cuarto esté en un edificio anexo mal equipado o situado a varios kilómetros de la ubicación original o que justo sea la habitación en la que no funciona la calefacción o el aire acondicionado. Gajes del oficio del viajero low cost, que esto no te desanime.

Y nos queda el producto estrella: el tour de bajo coste. La verdad es que unir ambos términos ya me da miedo. Salvo honrosas excepciones que también acaecen de cuando en cuando con la compra de billetes de avión, barco o tren y en la selección de alojamientos, pretender que un tour de este tipo no sea denigrante requiere un esfuerzo supremo de la imaginación. Por alguna razón, nuestras expectativas son demasiado altas, tal vez por culpa del folleto, de las fotos de la página web o de la persona que nos ha atendido en la agencia. En estos tours, normalmente, no se salva ni el guía. Los hoteles son cochambrosos; las comidas incluidas básicas y/o muy malas, generalmente muy alejadas de la alimentación local, tendentes incluso a lo que llamamos comida rápida o basura; los horarios inhumanos; los medios de transporte lamentables; la compañía ruidosa –o pesada-; y el afán por convertir cada paso de la andadura turística en una oportunidad para venderte algo, irritante.

Ya sólo me queda desearte ¡unas muy felices vacaciones low cost!