De uno en uno contra el capitalismo

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Estoy profundamente aburrida de escuchar, ver y leer siempre las mismas respuestas a las mismas preguntas. El capitalismo es el mal contra el que, parece, no se puede hacer nada. La mayoría, lo que antes se llamaba el pueblo, está condenada a perder la batalla contra el sistema económico más fagocitador de la Historia, contra las grandes empresas y los ricos -ese 1% del planeta-.

Da igual la revolución tecnológica e Internet, da lo mismo que nos hagamos llamar la sociedad del conocimiento, no importa un carajo que tengamos acceso a tanta información que no tendríamos días suficientes ni en diez vidas para consultarla.

Tampoco sirve para nada que haya personas que tomen la iniciativa y creen cooperativas, se dediquen al cultivo o al comercio de productos ecológicos, luchen por el incremento de la generación de energías renovables.

Nos entra por un oído y nos sale por el otro el último informe de Amnistía Internacional sobre explotación, miseria, esclavismo laboral o lo que sea en cualquier punto de la Tierra.

El medioambiente, la contaminación, el agujero de la capa de ozono, las emisiones de CO2… Todo nos la trae al pairo.

No nos importa, ni siquiera, lo que nos atañe más de cerca, lo que nos toca, lo que ataca nuestra salud, nuestro cuerpo y nuestra mente. Animales, destinados al consumo humano, alimentados con la carne de su propia raza; fertilizantes y pesticidas altamente tóxicos empleados para “regar” las verduras, las frutas y los cereales que terminan en nuestros platos a la hora de la comida; productos químicos de todo tipo empleados para tintar la ropa que llevamos puesta; el nivel de contaminación que respiramos cada día. Y decenas de cosas más.

Ya ni hablo de la crueldad, de base simplemente económica, en el trato a los animales y a los seres humanos -trabajadores- de medio mundo (de los centros industriales de Asia y América, de las minas de África).

Insisto, no nos importa, nos da igual, nosotros a lo nuestro que ya vendrán tiempos mejores -ellos solos, claro, por generación espontánea-.

Habrá quien se haya indignado al leer los párrafos anteriores. Habrá empezado a pensar aquello de “pues yo no hago eso, pues yo miro muy mucho que es lo que compro, pues yo dono diez euros a una ONG…” No seré yo quien te dé una palmadita en la espalda y te diga que lo estás haciendo muy bien, que cada uno en su parcelita lo que pueda.

Conste que yo a mí misma tampoco me doy palmaditas de reconocimiento.

Y dicho esto, te voy a explicar por qué no nos importa nada de lo que hay escrito más arriba. Y lo voy a hacer en forma de preguntas sencillas, para que todos podamos responderlas.

¿Compras en grandes superficies a gigantescos distribuidores comerciales? (tipo Carrefour, Media Markt, Ikea, Decathlon y tantos otros).

¿Sabes de qué está hecha la ropa que tienes en el armario? ¿Has leído las etiquetas?

¿Dónde está fabricada la ropa que llevas puesta?

¿Tienes vehículo propio y lo utilizas habitualmente?

¿Qué compañía de electricidad suministra luz a tu casa? ¿Sabes de qué fuentes de energía proviene la electricidad que recibes?

¿Cuántos créditos has tenido y tienes (personales, de consumo, hipotecas…)? ¿Te gustaría pedir más y que te los concedieran?

¿Cada cuánto cambias de teléfono móvil?

¿Tienes pc, portátil, tablet, móvil, mp3-4, ebook…?

¿Consumes más de lo que necesitas?

¿Te parece que ganas poco dinero en tu actual empleo? ¿Cuánto más quisieras cobrar? Y, ¿para qué utilizarías ese dinero extra?

¿Te parecen caros los productos de comercio justo, los productos ecológicos, los productos artesanos?

¿Crees que el precio que pagas por los productos de consumo -alimentos, bebidas, ropa, tecnología etc.- es un precio compatible con una sociedad igualitaria, equitativa, sostenible y en la que se respeten los llamados “derechos humanos universales”?

¿Te gustaría cambiarte por, pongamos, una joven camboyana que trabaja 16 horas en una fábrica textil por 30 dólares al mes?

¿Y por uno de esos pollos que compras en su bandeja de polipropileno, muy blanquitos y listos para freír en forma de filetes? ¿O por una foca que muere apaleada por su piel?

Quizás ahora estés de acuerdo conmigo en que no, no nos importa nada de lo que pone más arriba. O, tal vez, sigas en total -o parcial- desacuerdo. Sea como fuere, lo que he querido decir con este artículo es, simplemente, que somos más pero no hacemos casi nada por ganar la guerra contra el capitalismo que nos recorta, nos humilla y nos empobrece espiritual, ecológica y económicamente.

Seguimos pensando que con un granito de arena se hace una montaña y lo que hace falta es estar echando paladas de tierra constantemente, continuamente, hasta que nos quedemos sin fuerzas, hasta que ya no tengamos esperanza, hasta que ya no nos quede ni un hálito de vida.

Una espiral llamada economía circular

La apuesta por la economía circular ¿es una respuesta adecuada a los retos del futuro?

La apuesta por la economía circular ¿es una respuesta adecuada a los retos del futuro?

La economía circular dibuja un círculo infinito que gira constantemente de “r” en “r”. El objetivo al que aspira es el de “residuos cero”. Se basa en las famosas tres R’s: reducir, reutilizar y reciclar. Hace tiempo consiguió hacerse un hueco en la agenda política de los países desarrollados, especialmente de la Unión Europea, gracias a la creación de un lobby que tiene bastante fuerza y presencia en el Parlamento de Estrasburgo.

A principios de diciembre de 2015, la Comisión Europea aprobó un paquete de medidas que pretendían continuar abriendo camino en esta senda. Según la propia Comisión, el “ambicioso” paquete servirá para “impulsar la competitividad, crear empleo y generar crecimiento sostenible”. Queda claro por el propio título elegido por la institución que lo que prima, en este caso, es la vertiente económica. Primero incrementamos la competitividad, que suele ser sinónimo de reducción de costes fijos y variables; después creamos empleo, probablemente a través de firmas internacionales y grandes empresas, lejos de fomentar las pymes, las cooperativas o el trabajo de los autónomos. Por último, no se les olvida, la coletilla que toda política económica pretendidamente ecologista tiene que llevar, “crecimiento sostenible”.

Este ambicioso paquete ha recibido críticas incluso de las instituciones y organizaciones que apoyan el propio principio de la economía circular. Consideran que las medidas se han quedado cortas, que las aspiraciones para 2030 son modestas y que hay pocas normas y demasiadas buenas intenciones. Os dejo la nota de prensa publicada por la UE; los puntos fundamentales son:

– Medidas para reducir el despilfarro de alimentos, una revisión del Reglamento sobre abonos, una estrategia para la reutilización o el reciclaje del plástico o acciones sobre la reutilización del agua.

– Reciclado del 65 % de los residuos municipales.

– Reciclado del 75 % de los envases.

– Incentivos económicos para la producción ecológica.

Apenas hay medidas concretas, más bien es un marco que habla de intenciones.

Más allá de la aplicación real (en la agenda política) de los distintos elementos relacionados con la economía circular, me gustaría diseccionar los propios principios auspiciados por los defensores de esta corriente económica.

El agua es uno de los recursos naturales más utilizados y escasos.

El agua es uno de los recursos naturales más utilizados y escasos.

Eficiencia y transformación

La búsqueda de la eficiencia es la piedra angular de la economía circular. El desarrollo tecnológico es su herramienta predilecta, a través de la que puede conseguir la reutilización y el reciclaje de los productos. No aboga por la reducción del consumo ni por un crecimiento cero o negativo ni pretende sustituir los combustibles fósiles por energías renovables –en su modelo, convivirían-. Su pretensión va en paralelo con los fundamentos de la economía capitalista, de la que es una nueva rama. Para reciclar y reutilizar, hace falta recrear, es necesario generar procesos, transformar, emplear trabajo y energía. La Comisión Europea no se equivoca cuando habla de “generar empleo y fomentar la competitividad”.

Los negocios que están surgiendo alrededor del concepto de economía circular son diversos. Tiendas de segunda mano; comercios de préstamo o alquiler de prendas de ropa; pequeños talleres de reparación de electrodomésticos en lucha contra la obsolescencia programada; empresas dedicadas al reciclaje de componentes de móviles y ordenadores o de deshechos textiles, entre otras.

El objetivo de la economía circular es utilizar cada recurso al máximo

Si cerramos los ojos, podremos llegar a creer que la economía de las tres R’s es la solución para mantener nuestro nivel de vida, para hacerlo sostenible. Especialmente si miramos sólo hacia los países actualmente “ricos”, olvidándonos de Chindia (China e India) con sus más de 2.000 millones de habitantes, Sudamérica (especialmente, Brasil, Argentina y Chile) y algunas otras naciones llamadas emergentes (Sudáfrica, países del Próximo Oriente…)

Sin embargo, si miramos un poco más lejos y hurgamos bajo la superficie, comprenderemos que el círculo es como un tiovivo, que solo funciona si pagamos el boleto de entrada cada vez que queremos dar una nueva vuelta, consumiendo energía en un carrusel de emociones, música y luces.

El paradigma de desarrollo ilimitado en el que vivimos es más un espejismo que una realidad y cada vez muestra con más claridad su lado oscuro. Los cambios en el clima que estamos viviendo, desde sequías hasta inundaciones pasando por modificaciones en el transcurrir de las estaciones que afectan gravemente a la agricultura y la ganadería; los episodios cada vez más frecuentes de tasas de contaminación altísimas en muchas ciudades del mundo, con los problemas respiratorios y enfermedades que acarrean; las alergias alimentarias y dermatológicas, hijas, en buena medida, de los productos químicos que se mezclan con las materias primas comestibles y las prendas de ropa; la pandemia –no creo exagerar al llamarla así- que supone el cáncer, consecuencia, básicamente, de nuestros hábitos y de nuestro modo de producción y consumo.

Retomamos las promesas que hacen los defensores del reciclaje, la reutilización y la reducción. Las tres R se combinan en una sola letra que pretende la pervivencia del sistema económico tal y como lo conocemos. Son pasitos para mantener lo que tenemos, para que dure unas décadas más, para continuar construyendo gracias a la destrucción. Es un parche. Y lo que necesitamos es un cambio de paradigma.

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Reportaje sobre el funcionamiento de la economía circular (El escarabajo verde, La 2)