Consumidores imperfectos

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Los consumidores imperfectos somos legión, al menos en los países de economías desarrolladas que es donde los ciudadanos hemos conseguido -¡gran mérito!- pasar a ser consumidores, es decir, sujetos económicos en lugar de políticos o, simplemente, seres humanos.

Cada día somos más imperfectos y nuestro número aumenta. Te aclaro que quiere decir la expresión, acuñada por el sociólogo Zigmunt Bauman: los consumidores imperfectos somos aquellos consumidores sin medios económicos; los que, por nuestros ingresos, no nos podemos permitir ser consumistas; a los que nos venden hipotecas, créditos personales, financiación a 12 meses, tarjetas de crédito y tantas otras formas de deuda.

La mayoría de los países del mundo también son consumidores imperfectos. Y las empresas y los autónomos -o emprendedores, como hoy en día gustamos denominarlos-. Pero vamos a centrarnos en los consumidores individuales.

Como consumidores imperfectos, nos volvemos locos con las rebajas, los descuentos, el 3×2, el 70% de descuento en la segunda unidad, el Black Friday, el Cyber Monday y tantas otras estrategias de marketing que sirven para que los que tenemos menos dinero, nos lo gastemos (el que tenemos y el que pedimos prestado).

El low cost -o bajo coste, que en castellano también se puede decir- nació gracias a nosotros, los consumidores imperfectos. Lo malo del low cost es que te hace sentir, precisamente, lo que eres: un aspirante a consumidor perfecto sin ninguna posibilidad de llegar a serlo.

No nos engañemos, el low cost nos roba la parte de felicidad que nos promete el consumo. Por que nos hace sentir pobres, por que nos arrebata la sensación de comodidad que compra el dinero, por que nos impide ser espontáneos, porque nos obliga a calcular y recalcular el gasto que hacemos, las fechas que escogemos  para los viajes (dentro de seis meses o un año) etc.

El low cost también nos hace perder tiempo, nos obliga a aguantar largas colas (como las de Primark cuando abrió sus puertas hace unos meses, en Madrid, o como  las que se producen con la comercialización de cada nuevo modelo de Iphone).

Seguramente te ha pasado muchas veces: habrás tenido que ir con dos horas de antelación al aeropuerto para coger un buen sitio en el avión; habrás tenido que cargar con la maleta de aquí para allá porque facturarla sale por un pico; te habrás hospedado en habitaciones de hotel en las que el ahorro ha usurpado el lugar de la más mísera percha o balda…

Ser consumidores imperfectos nos hace mirar con envidia los productos Premium y Deluxe, las webs exclusivas, los clubs elitistas, los coches de 36.000€, los chalets de los ricos. Nos acercamos a la promesa de felicidad que brilla en ellos por la puerta de atrás, comprando la marca etiqueta negra del supermercado (una marca blanca disfrazada, al fin y al cabo) o yendo una vez al mes a comprar un par de productos gourmet o a un restaurante retro-moderno-de-autor.

En los últimos tiempos, mucha gente, desde los medios de comunicación y desde las mesas de los cafés, se ha preguntado quiénes son los votantes de Donald Trump. Son consumidores imperfectos que aspiran a que un “político” misógino, racista y multimillonario les devuelva (sic) su maltrecho poder de consumo (los puestos de trabajo que reclaman están íntimamente asociados con el consumo: trabajar, cobrar el salario, consumir, todo es uno).

El precariado, que crece y crece sin parar, es un gran ejemplo de consumidor imperfecto. Quiere mejorar su posición laboral para tener la sensación de seguridad que ha perdido y, sobre todo, para consumir. El consumo elevará su status, ¿qué otra cosa sino podría hacerlo?

Así que, cada día más, el crédito está en el centro, por delante y por detrás de nuestra existencia como consumidores imperfectos. Para alegría y contento de banqueros y otros usureros. ¿Hasta cuando vamos a seguir su juego?

 

Planeta Deuda (II)

"Système dette", cómic de Fred Chauvreau (Fuente: http://fredchauvreau.blogspot.com.es/)

“Système dette”, cómic de Fred Chauvreau (Fuente: http://fredchauvreau.blogspot.com.es/)

[Continuación de “Planeta Deuda (I)“]

Casados con la deuda

En una época en la que los templos no son religiosos sino de consumo, los vuelos a las antípodas se pueden costear con medio sueldo de mileurista y la tecnología pisa sus propios avances para parir algo nuevo cada día, los ciudadanos nos hemos convertido en consumidores de dinero. Pedimos préstamos personales, atesoramos unas cuantas tarjetas de crédito en la cartera, vendemos nuestra alma para conseguir una hipoteca con forma de vivienda. No economizamos, nos endeudamos, que ha pasado a ser la nueva, y contradictoria, forma de ahorro. Todo el mundo habla de lo que tiene pero nadie menciona lo que debe. La deuda no existe porque no aparece en rojo, con un signo negativo delante, en ningún sitio. Pero está ahí y no nos va a abandonar tan fácilmente.

Dejo para el final la rutilante estrella del sistema económico, la créme de la créme para los acreedores: la deuda soberana. Me pregunto cuándo perderá el apelativo porque, en nuestros días, entre fondos de inversión “buitre”, corporaciones bancarias billonarias  y deudas públicas por encima del PIB, ¿cuántos países son, en realidad, “soberanos”?

Cansados estamos ya de ser testigos de nuevas emisiones de deuda. El hecho de que un Estado emita bonos a corto, medio o largo plazo hace tiempo que no nos sorprende aunque, tal vez, deberíamos recelar de la frecuencia con la que se hace. Y de los intereses que se pagan, que se van acumulando. Muchos países acumulan deudas superiores a su producto interior bruto, empezando por Japón, que encabeza la lista, seguido de Zimbabue y Grecia, ejemplos dispares de una economía deprimida desde hace más de un decenio, un país “tercermudista” y otro en bancarrota.

Como bien sabemos, los préstamos, los créditos y los bonos se mueven inter pares, navegan entre latitudes o brincan por encima de longitudes planetarias. Van de unos países a otros; de un país a un fondo transnacional o a un banco (y viceversa); del cliente particular al banco o a la entidad crediticia. El capitalismo estaría descabezado sin esta utilísima herramienta.

Extracto de "Système dette, tomo I" (Fuente: http://fredchauvreau.blogspot.com.es/)

Extracto de “Système dette, tomo I” (Fuente: http://fredchauvreau.blogspot.com.es/)

G.E.G. (Gobierno Económico Global)

Grecia pretende modificar los términos de financiación de la deuda que ha contraído con la Unión Europea (o, con más precisión, con el Banco Central, los bancos alemanes -y de algún otro país- y con los fondos de inversión llamados “transnacionales” -aunque más les pegaría llamarse “antinacionales”-).

Llevamos varias décadas oyendo gritar a las organizaciones no gubernamentales (ONG) y a los pueblos africanos, a través de sus gobernantes, la proclama: ¡condonación de la deuda! Piden el perdón, solicitan una amnistía, se arrodillan para recibir la absolución, se arrastran para obtener la gracia: el esclavo ruega al amo.

Argentina se autocondonó la deuda (por mal que suene la palabra) y se oyen rumores de que el BCE (Banco Central Europeo) podría condonar la deuda que varios países del continente tienen con la institución (total, pensará Dragui, el dinero lo fabricaron ad hoc, para la ocasión; nada era, nada es).

Nos parece que la banca, a nivel nacional e internacional, es un conglomerado formado por miles, por decenas de miles de entidades financieras. Es una imagen falsa, un espejismo. En realidad, existe un puñado de grandes grupos que acumulan un elevadísimo porcentaje de las operaciones bancarias que se llevan a cabo –de las de cuantía elevada; tu sueldo mensual o la compra de un billete de avión por Internet ni se contemplan en la contabilidad a gran escala-.

El remake del “Cabaret” de Liza reescribiría su “Money” tal que así: “El (amasamiento) de dinero hace girar el mundo (en la dirección que unos pocos fondos –y, por tanto, de las personas que tienen detrás- desean)”.

¡El show debe continuar!

Extracto de "Système dette" (Fuente: http://fredchauvreau.blogspot.com.es/)

Extracto de “Système dette” (Fuente: http://fredchauvreau.blogspot.com.es/)

Planeta Deuda (I)

La deuda vista desde Argentina (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

La deuda vista desde Argentina (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

No dispongo de la estadística pero estoy segura de que la palabra “deuda” es una de las más utilizadas, publicadas y voceadas desde el comienzo de la infausta crisis financiera, sea por los gobernantes, los medios de comunicación, los “líderes” económicos o, en la vida diaria, en el bar o en el hogar. Ya antes se empleaba con soltura, y hasta con alegría, pero en menor medida. En el último lustro, se ha vuelto ubicua.

Me llama la atención que las connotaciones que ha adquirido la palabra “deuda” son, a menudo, antitéticas de aquellas que han cargado el término durante siglos. Antes, estar endeudado era deshonroso. Hoy, no sólo es conveniente, necesario, sino que nos convierte en dignos y respetables ciudadanos: alguien sin deudas es sospecho.

Caída libre del crédito

Desde 2008 somos, comprensiblemente, más infelices que antes: el dinero ya no fluye como antaño, en forma de préstamos, de bonos, de créditos. Los tipos de interés están por los suelos y el mercado inmobiliario hundido así que, para rascar algún beneficio, hay que recurrir al mercado de valores y a los grandes fondos de inversión, siempre que tengas un buen puñado de, como mínimo, varios miles de euros o dólares.

Me pongo a pensar y las exclamaciones borbotan en mi cerebro:

¡Qué sufrimiento el del consumidor de a pie que no puede tener acceso a tantas tarjetas de crédito, tantos préstamos y tantas hipotecas como quisiera! Le recriminan su insolvencia ahora que ha sido desahuciado o está en el paro o tiene que mantenerse o mantener a la familia con su sueldo de –casi- mileurista.

¡Qué desazón la soportada por las entidades bancarias que no pueden prestar dinero por falta de liquidez, que tienen que tragar con unos tipos de interés cercanos a cero, que no reciben los préstamos deseados de los bancos centrales!

¡Qué resignación tan triste la de los Estados que emiten deuda y no consiguen colocarla toda o se les imponen altos intereses que la hacen menos atractiva!

La imposibilidad de endeudarse (más) es una losa que pesa terriblemente sobre todos nosotros, ciudadanos, empresas, Estados.

Deudas de ayer y de hoy

Durante las décadas de gobierno de Felipe II (siglo XVI), cuando en España se decía aquello de “en nuestro imperio no se pone el sol”, el país estaba en bancarrota. El descubrimiento de América y de todas sus riquezas, importadas a la fuerza en galeones repletos de oro y joyas, sirvió para enriquecer a algunos españoles –los conquistadores exitosos que, salvo excepciones, lo invirtieron en banquetes, bebida y mujeres- y a un puñado de comerciantes ingleses y holandeses, además de a los estados que amparaban sus operaciones financieras y mercantiles. España se endeudó profundamente.

Durante siglos, la figura acreedora por antonomasia, denostada y odiada a partes iguales, ha sido el usurero. Desde tiempos inmemoriales, los judíos han llevado este sustantivo adherido al de su origen semítico y su religión. Nadie los consideraba prestamistas –esos eran los nobles, la aristocracia y los ricos mercaderes- porque esta palabra carecía de las connotaciones negativas que sí que tiene el término “usurero”. En los últimos tiempos hemos oído llamar “usureros” a los bancos, tras los sonados casos de corrupción –de Bankia y la CAM, los más sangrantes en nuestro país-, la venta de productos financieros fraudulentos y la marea de desahucios que hemos vivido.

La deuda vista desde Argentina II (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

La deuda vista desde Argentina II (fuente: http://museodeladeuda.econ.uba.ar)

Hoy en día, salvo en grupos minoritarios de tradiciones muy arraigadas, la “deuda de sangre” suena a rancia venganza. Responde más al palpitar del corazón que a intereses económicos aunque éstos, en verdad, aparecen muchas veces escondidos entre sus pliegues: reyertas familiares por herencias, envidias vecinales hijas del tener o no tener, engañosas vendettas entre mafias y pandillas criminales por el control de un territorio o de un mercado (probablemente, ilegal).

Aún perdura, aunque sin el lustre de otros tiempos, la deuda debida al préstamo pecuniario de amigo a amigo o de familiar a familiar. Una desviación evidente de esta práctica es la que llevan a cabo esos personajes de la novela rusa –entresacados de la realidad- que vivían de abusar de la confianza y de la paciencia de los demás o de hacer favores y quedarse con los rublos del cambio (pululan en las obras de Tolstoi, de Dostoievisky, de Chéjov, en el “Oblomov” de Goncharov…)

En “Las correcciones”, novela finisecular de Jonathan Franzen, Chip le debe a su hermana 20.000$, deuda que le pesa en la conciencia y le lleva a tomar decisiones vitales que cambian el rumbo de su vida. Si Chip le hubiera debido esos mismos 20.000$ a un banco, ¿habría actuado de la misma manera? Evidentemente no. Es más, probablemente se hubiera visto obligado a coger cualquier trabajo detestable, con un salario misérrimo, en lugar de meterse en embolados fraudulentos en Lituania -y no habría habido novela-.

¿A qué se debe esta diferencia? El crédito bancario –si hubiera conseguido obtenerlo-, le obligaría a quedarse dentro del sistema, porque la deuda la tendría con una institución, con un ente y no con una persona. A Chip su hermana le puede condonar la deuda a cambio de una mirada, de un gesto. El banco le embargará –si puede-, le desahuciará –de nuevo, si puede- y luego le cobrará intereses por las molestias. “Money makes the world go round” como cantaba Liza Minelli en el archifamoso número de “Cabaret”.

(“Planeta Deuda II”)