Gracias por no leer

Me atrevería a afirmar que el título de la entrada ha llamado tu atención. Podría tratarse de uno de esos anuncios que pretenden ser leídos jugando, precisamente, con la orden contraria; si te doy las gracias por no leer, te incito a hacerlo. El principio psicológico que está detrás de esta estrategia de mercadotecnia se me escapa. En cualquier caso, parece que funciona. También podría ser un ejemplo de esa práctica publicitaria, bastante extendida, consistente en señalar con el dedo al potencial cliente con frases del tipo “Tú no eres tonto” o, justo lo contrario, “Eres tonto si no compras este producto/aprovechas esta ocasión/te descargas este cupón…”

Obra expuesta frente al Centre Pompidou (París, Francia)

Obra expuesta frente al Centre Pompidou (París, Francia)

Desenmascarando el engaño agazapado tras el misterio, te puedo decir que, sorprendentemente –o no-, “Gracias por no leer” es el título de un libro, de un conjunto de ensayos breves sobre, como te imaginas, literatura. La rúbrica que aparece debajo del título es la de una mujer, una prosista croata que vive en el exilio donde ejerce como escritora a tiempo completo y como profesora de lenguas eslavas a tiempo parcial; se llama Dubravka Ugrešić. Di con ella buscando literatura de la antigua Yugoslavia (ahora recogida bajo el apelativo de literatura nacional de Bosnia o Croacia o Serbia o Montenegro, tanto la escrita antes de la guerra de los Balcanes –reformulada como tal- como la de las dos últimas décadas).

Ninguno de los autores que aparecieron en la búsqueda me sonaba, ni siquiera un premio Nobel de la década de los 60, Ivo Andrić, escritor serbio aunque nacido en una localidad bosniaca. Como sabemos, el siglo XX ha reescrito –en vida y a posteriori– la biografía de muchos europeos. Afortunadamente, las personas encargadas de los fondos de las bibliotecas públicas de mi ciudad sí que conocían a varios de estos escritores y, pese a la -más que probable- escasa demanda de sus obras por parte de los lectores, habían adquirido varios ejemplares para el fondo bibliográfico de los centros de los que se ocupan. Gracias por leer lo que no lee (casi) nadie.

Pasando las páginas del ensayo de Ugrešić, sonriendo ladina cuando me topaba con su afilada ironía, he vuelto a reflexionar sobre el mundo de los libros, sobre ese universo en mutación constante que tanto se ha mercantilizado en los últimos tiempos. Como tantas otras cosas. Ciertamente no creo que haya sido una excepción; simplemente ha perdido ese hálito romántico que lo envolvía, el que compartía con los viajes, la fotografía, el cine y la música antes de su (extrema) popularización o, mejor dicho, masificación.

Entrada a la Berlinische Galerie (Berlín, Alemania)

Entrada a la Berlinische Galerie (Berlín, Alemania)

Suena a cliché aunque no por ello deja de ser cierto: hoy en día todo el mundo escribe. Y muchos publican. Escritores o literatos como tales, profesionales y vividores de la tinta y la pluma, apenas se encuentran ya. Hay periodistas, profesores, editores que escriben literatura (entre otras cosas). Hoy en día, el oficio de escritor está en proceso de desaparición, está siendo sustituido por otra figura que podríamos denominar el  “relator”. Gentes de oficios diversos narran sus cuitas, comparten sus conocimientos, desovillan la madeja de su intensa o anodina vida: los cocineros cuecen a fuego lento, y en su tinta, imaginativas recetas; los economistas recuperan la leyenda de El Dorado (esta vez, en nuestro capitalismo de ganadores y perdedores); los historiadores fabulan; los políticos rememoran hechos que sucedieron según los recuerdan (o justo al revés); los deportistas construyen teorías sobre el éxito y el esfuerzo.

En una época en la que los actores dirigen películas, los niños cocinan en un plató televisivo tartar de atún con algas fritas y cualquiera puede llegar a presidente de multinacional o de gobierno, las circunstancias, el tesón y la suerte parecen valer más que la experiencia y el talento.

Aún recuerdo una de las veces que pasé por la Feria del Libro del Retiro. Puede que esté mezclando recuerdos de diferentes ediciones pero así funciona el cerebro. Pongamos que fue como lo cuento, hace más de un lustro. Mario Benedetti, el poeta uruguayo, firmaba ejemplares de su último libro de poesía en una de las casetas. Poco después murió, en el umbral de los noventa. Un puñado de lectores esperaba obtener un ejemplar firmado por el autor. Unas casetas más allá ponía su autógrafo el cantante de Mojínos Escozios que, por lo visto, había escrito –y publicado- un libro. Los impacientes lectores se hacinaban frente al puesto y una larga fila serpenteaba por el paseo. Hacia el final de la feria, la doble caseta de una editorial española brillaba con la presencia de dos autoras conocidas: Almudena Grandes, escritora, y Carmen Alborch, ex ministra. La espera para la segunda quintuplicaba la de la primera. Almudena Grandes estaba que bufaba, como coloquialmente diríamos. Y yo, que quieres que te diga, entendí su enfado perfectamente.

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Reflexiones sobre el exilio

Grafiti pintado en el muro de Berlín (Alemania)

Grafiti pintado en el muro de Berlín (Alemania)

Dice el diccionario de la RAE, que tantas veces parece que yerra con el sentido de las palabras, tantas veces el uso y el significado oficial aparentan ser divergentes, que exilio significa, en primer término: “Separación de una persona de la tierra en que vive.” Cuán exacta es esta definición tan breve y, en apariencia, tan árida, incluso yerma. Cuando los labios la pronuncian, comprendes y sientes; con la cabeza se lee “separación” y “tierra”, con el corazón, memoria y olvido.

Exilio es una de esas palabras que tiene tal carga de connotaciones que es imposible desembarazarla de ellas o pretender ser objetiva en su tratamiento. Quienes han tenido que dejar su hogar, quienes se han visto obligados a emigrar o a huir del país o de la ciudad de sus antepasados, en la que prendieron y crecieron sus raíces originalmente, saben que respira como un ser vivo, que está hecha de carne, de sangre, de piel, de lágrimas y de risas. Está cincelada en una aleación imposible de dos materiales intangibles: el recuerdo y la vivencia.

Las razones que llevan al exilio son casi tan diversas como el número de personas que han dejado atrás las tierras que los vieron nacer, millones de motivos que, lamentablemente, debemos reducir a generalidades, más que para entender el fenómeno, para poder, al menos, abarcarlo. El primero que nos viene a la mente es la violencia, en todas sus acepciones: las guerras, las persecuciones por motivos políticos, religiosos o ideológicos, la pertenencia a una minoría rechazada y expulsada. Hay tantos ejemplos que nos eternizaríamos consignando aunque fuera una pequeña parte; que cada cual elija los suyos.

Al lado de estas formas evidentes de violencia, podemos situar también la pobreza y la falta de recursos que obligan a muchos a llevar una vida nómada, a la semi-esclavitud laboral en países con más recursos que el propio, a arriesgar (y muchas veces perder) la vida en viajes que se convierten en odiseas.

Mural en Orgósolo (Cerdeña)

Mural en Orgósolo (Cerdeña)

La naturaleza, junto a esa costumbre humana de luchar contra ella, de pretender doblegarla a su voluntad, lleva igualmente, muchas veces, a la emigración o al destierro. Las sequías, los terremotos o maremotos, los ríos que se desbordan, los mares que se secan, los bosques que desaparecen… tienen como consecuencia la pérdida de lo (habitualmente poco) que se posee. Incluso ha habido casos en la historia de desaparición de pequeñas civilizaciones por causas naturales –con la inestimable ayuda de la mano del ser humano-. La isla de Pascua es el ejemplo más conocido; la población autóctona desapareció dejándonos el enigma de sus gigantescas esculturas de piedra.

El sistema económico y sus movimientos tectónicos ocupan un lugar privilegiado en los anales del exilio, sobre todo en los de los tiempos modernos. Antiguamente se fundaban colonias: unas pocas decenas de griegos o fenicios o romanos se liaban la manta a la cabeza y partían a conquistar tierras inexploradas; no solían hacerlo por gusto, sino por necesidad, en busca de esa promesa, siempre por cumplir, que hemos dado en llamar “una vida mejor”.

En la Edad Media, las cuadrillas de albañiles y constructores, con sus maestros al frente y sus aprendices en retaguardia, cruzaban las fronteras en un eterno deambular de obra en obra que los alejaba de sus lugares de origen durante años –sino para toda la vida-. A lo largo de siglos, las caravanas de comerciantes, en su mayor parte árabes, se formaron gracias a mercaderes que pretendían enriquecerse y que, en ocasiones, encontraban la ruina, la muerte o la esclavitud.

En el último siglo, los movimientos poblacionales de tipo económico están ligados al concepto de trabajo. La búsqueda de empleo, para subsistir o para medrar en la escala social, lleva a muchos a dejar el hogar familiar y cruzar naciones, continentes u océanos.

Todas estas andanzas tienen en común un sentimiento último de nostalgia, de lo que el portugués llama con dulzura “saudade” y el gallego “morriña”. La literatura y la música creadas hasta en el confín más recóndito del mundo están plagadas de alusiones a este vagar de las gentes entre pueblos y países. El exilio duele, no cabe duda, pero también enriquece, al que lo sufre y, sobre todo, a los reciben a aquellos que han tenido que dejar su patria –grande o chica- para buscar refugio y para alcanzar “la vida buena”.