Políticamente incorrecto

Escultura-fuente, Amalfi, costa amalfitana (Italia)

Escultura-fuente, Amalfi, costa amalfitana (Italia)

Como buenos vástagos de nuestro tiempo de discriminación positiva, democracia, libertad y participación, nos rasgamos las vestiduras a las primeras de cambio, tanto si nos atañe el asunto como si no. Vivimos indignados, pero no por los recortes sociales ni por los desahucios ni por la pobreza y el hambre en el mundo. No es por eso, no. Sucede que estamos indignados porque nuestras creencias, nuestras opiniones y nuestros puntos de vista no son sagrados para los demás. Hoy en día, cualquier comentario puede ser denigrante, insultante o irrespetuoso. El humor negro, la sátira y la ironía deberían de ser condenados al ostracismo como hacían los griegos de la Antigüedad con las personas non gratas. Es más, todo aquel que no sea “políticamente correcto”, ¡a galeras, al destierro y, sobre todo, a callar!

La libertad de expresión, tan alabada como vituperada, tiene sus límites, difíciles de determinar a priori. A veces se cometen excesos en su nombre, otras veces desaparece tras la sombra de la autoridad o la violencia. A mi modo de ver, la frontera que nunca se debe transponer está nítidamente perfilada por la pluma del respeto. Más allá de éste, la libertad de expresión atenta contra sí misma, repartiendo de forma desequilibrada, entre las partes afectadas, ese montante de libertad que se jacta de defender.

Escribe Hannah Arendt en “La condición humana” que “el respeto es una consideración hacia la persona en la distancia, bella y acertada definición de un término que se confunde, muchas veces, con la subordinación, con el callado acatamiento y con el miedo.

Con la clarividencia y la falta de afectación que caracterizaron su pensamiento, añadía la filósofa política alemana, judía huida de la Alemania nazi, que “la moderna pérdida de respeto, o la convicción de que sólo cabe el respeto en lo que admiramos o estimamos, constituye un claro síntoma de la creciente despersonalización de la vida pública y social”. La esfera política –que es a lo que se refiere con “vida pública y social”- queda sepultada bajo la esfera privada, íntima, de ahí que la ofensa parezca estar a la orden del día. Como individuo es mucho más sencillo sentirse atacado, desairado o despreciado. Dentro del conjunto social, como personas de acción, como átomos de un cuerpo inmenso, estamos defendidos por el baluarte de la relatividad, la de los hechos y la de las palabras.

Graffiti en el Barrio de las Letras, Madrid

Graffiti en el Barrio de las Letras, Madrid

Siempre se ha dicho que reírse de uno mismo es sano. Cada pueblo tiene su propio sentido del humor a través del cual exorciza sus fantasmas, vence sus debilidades y supera sus “traumas”. Me atrevería a decir que los asuntos sobre los que una sociedad es incapaz de hacer bromas, chistes o juegos de palabras son heridas abiertas que, con el tiempo, se pueden convertir en tabúes (si no lo son ya). La broma, el chascarrillo, la ocurrencia ingeniosa e incluso el humor ácido –o negro- son reflexiones lanzadas al aire con mayor o menor fortuna. Sin descartar que suceda en alguna ocasión, la intención no es –o no debería de ser- zaherir ni violentar, sino retirar el velo de prejuicios que todos tenemos en relación con ciertas cuestiones.

Me estoy acordando ahora de que, en una ocasión, el archiconocido compositor y cantante Stevie Wonder respondió a una pregunta sobre las dificultades que le ocasionaba la ceguera con mucho sentido del humor: “no es tan malo ser ciego… Peor sería ser negro“. Nos reímos de su ocurrencia, sonreímos porque él se ríe de sí mismo. Todos deberíamos hacerlo. Eso sí, siempre desde el respeto, esa “consideración en la distancia”.

Hannah Arendt: En clave de Re (sin pentagrama)

Recientemente, he retomado la lectura de un libro de la filósofa Hannah Arendt [podéis seguir leyendo, os prometo que esta entrada no es una sesuda reflexión filosófica: es demasiado temprano para semejante hazaña]. Lo tenía abandonado en la mesilla de noche, a medio leer, a medio subrayar, desde hacía tiempo. “La condición humana”, se titula. Apenas he pasado del prólogo así que no es del libro en sí del que os quiero hablar sino de un concepto, de una forma de ver la vida, de lo que podríamos llamar, quizás, “vitalismo” o, simplemente, “esperanza”.

Para que os situéis, os puedo hacer una semblanza de la autora, una al uso, demasiado impersonal, facilona incluso: filósofa política, alemana, judía, alumna de Heidegger; huyó del nazismo, primero a Francia, poco después a Estados Unidos, refugio de tantos intelectuales europeos que huyeron de la guerra y la persecución. Murió en Nueva York, casi septagenaria, habiendo escrito y publicado varios libros sobre el nazismo, los totalitarismos y el mal, entre otros temas. Con su filosofía, Arendt dio sentido a una expresión que parecía paradójica, la “banalidad del mal” –en su escrito sobre el juicio a Eichmann-. Pero tampoco es de este concepto del que quiero hablar. En realidad, me gustaría escribir –y sé que es posible que fracase- de una idea bastante menos original,  más terrena, más “a pie de calle”, por decirlo de un modo llano: “los hombres [los seres humanos, decimos hoy en día, con un lenguaje con tintes menos machistas], aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”.

Hemos nacido para comenzar, maravilloso redescubrimiento. Comenzamos al nacer, qué duda cabe, antes no éramos y, de pronto, somos. Pero no sólo entonces, al principio, con el primer llanto, sino que seguimos empezando, una y otra vez, cada vez que creamos, que imaginamos, que sentimos sensaciones nuevas, que damos inicio a algo que antes no existía. Si nos resignamos, si nos aburrimos de nosotros mismos, si la rutina es todo lo que llena nuestros días, entonces, la frase de Arendt deja de tener sentido; será más bien al contrario: los seres humanos, aunque han de nacer, no lo han hecho para empezar sino para encontrar su propio fin, para acabar.

Puesto en palabras de esta manera, ninguno nos identificamos con este pensamiento: todos tenemos proyectos nuevos en la cabeza, cien actividades pendientes de llevar a cabo, amigos por conocer, parejas a las que enamorar, momentos que vivir. Sólo nos falta dar un pasito para avanzar, un empujoncillo, una frase de ánimo; a veces, lo conseguimos nosotros solos: nos aupamos, nos jaleamos, nos hacemos propósitos. Otras veces necesitamos una pequeña ayuda, una mano tendida, una palabra de ánimo. Para que, cuando lleguemos al final, cuando un puñado de tierra nos cierre la boca -como escribió el poeta Heinrich Heine-, hayamos nacido incontables veces.