El mito del populismo en el siglo XXI

Exposición de esculturas (región de Midi-Pyrenées, Francia)

Exposición de esculturas (región de Midi-Pyrenées, Francia)

Se habla de populismo en Europa, especialmente desde las últimas elecciones europeas y, sobre todo, ante los procesos electorales que tenemos por delante este año. Las elecciones en Grecia han provocado un seísmo en el viejo continente pero, no nos engañemos, todo el mundo parecía preparado: en la escala de Richter, no ha pasado de cinco grados. Ni siquiera los bien anclados cimientos liberales del Banco Central Europeo dan la sensación de haber sufrido un atisbo de desestabilización.

Las reacciones a favor y en contra del programa de Syriza, el partido de izquierda “radical” griego, inundan los medios de comunicación y la Red. Curiosamente –o no tanto-, han formado coalición con la derecha nacionalista, señal de que la barrera ideológica maniquea que separaba la derecha de la izquierda está en vías de desaparición, aunque a muchos políticos que llevan años viviendo de las rentas del miedo a los llamados radicalismos ideológicos les hayan dejado sin munición y desarmados.

A nadie le sorprende que haya sido el país heleno el que haya abierto la esclusa del cambio desde una política tradicional de corte bipartidista a otra realidad política poliédrica, multipartidista, llena de matices, en la que las minorías se convierten en mayorías y la calma chicha en marejada. Grecia, la primera democracia de la Historia –al modo antiguo, entendámonos-, es un país de funcionarios, agricultores y hosteleros, un esquema económico que casa mal con el modelo de economía capitalista occidental en el que la empresa privada es la reina y, sus súbditos, los ciudadanos que ejercen el triple rol de productores, empleados y consumidores.

El muy lucrativo juego internacional de la deuda pública, el Risk de los PIB’s, en el que siempre pierden los que menos tienen –sucede como en el mercado de valores, sería naif pensar lo contrario-, ha hecho de Grecia uno de los países más velozmente depauperados del mundo. Por supuesto que hay países y poblaciones mucho más pobres: en África hay 500 millones de personas muriéndose, literalmente, de hambre. Pero, salvo en los casos de guerras fratricidas –véase Siria en la actualidad o la antigua Yugoslavia en los años noventa-, no conozco ningún caso de empobrecimiento de la población, y del propio país, más metódico y expeditivo que el de Grecia. Portugal y España le van a la zaga, bastante por detrás, aún habiendo sido, hasta ahora, diligentes alumnos del FMI, la CEOE y la Europa de Merkel, Sarkozy y Durão Barroso. El caso de Islandia, que se vio abocada a la bancarrota en 2008, es un ejemplo, precisamente, de lo contrario: la lucha por la supervivencia de un Estado que ha conseguido evitar que los costes de la debacle financiera los pague la clase media.

Almuerzo en la calle amenizado con música en directo (Madrid, zona Ópera)

Almuerzo en la calle amenizado con música en directo (Madrid, zona Ópera)

La aparición de una miríada de partidos, a derecha e izquierda del estrecho espectro al que estábamos acostumbrados, se ha dado en llamar populismo. Antes tendíamos a denominarlo nacionalismo pero, desde que los ecos de la Internacional resuenan en los mítines de muchos de estos partidos, hemos tenido que cambiarle el adjetivo que los califica. Es el caso de Grecia con Syriza y Aurora Dorada; el de España con Podemos y Ciudadanos; el resurgimiento de Le Pen en Francia; Auténticos Finlandeses en el joven Estado nórdico, entre otros muchos.

La mayor parte de las ideas que proponen son tan antiguas como los problemas que intentan resolver: la permanencia o la salida de la Unión Europea; políticas contra la inmigración no cualificada; impago de la deuda externa; modificaciones en la fiscalidad, haciéndola más o menos progresiva; nacionalización de empresas; privatización del patrimonio del Estado… Nada nuevo, en realidad. Los partidos demócratas, socialistas y populares (en su acepción conservadora) llevan años comprando y vendiendo acciones en el mercado de las promesas electorales que no difieren en demasía de las consignadas un poco más arriba.

¿Cuál es la diferencia, entonces? Ésta radica, en mi opinión, en que los nuevos partidos, desconocidos, ajenos al poder hasta ahora, arribistas para algunos, podrían llevar a cabo –o intentarlo al menos- algunas de sus propuestas. Hasta ahora hemos estado seguros de que, fuera cual fuese el partido elegido de los dos que tenían posibilidades reales de gobernar, iba a seguir políticas semejantes a las de su oponente: de talante conservador, poco arriesgadas, basadas en los mismos principios económicos; en fin, disímiles, tan sólo, en apariencia. Eso era antes de la crisis, antes del empobrecimiento, antes de los rescates bancarios, de los desahucios, del desempleo a largo plazo de dos dígitos, de la educación y la sanidad para el que pueda pagárselas, de la corrupción generalizada en todos los escalafones de la vida pública, del desaliento y la pérdida de la esperanza.

Eso era antes, no hace tantos años –aunque parezca que ha pasado una eternidad-, cuando había mucho que perder –pensaba la clase media-, cuando los padres esperaban que sus hijos tuvieran una vida mejor que la suya; esos hijos que, ahora, viven de la pensión del abuelo, de trabajitos temporales mal pagados, sin cotizar a la Seguridad Social, de la beneficencia o de unos subsidios misérrimos. A la respuesta ciudadana, política y social, a esta situación la llaman populismo ¡y no lo es!

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Vergüenza

Francos suizos

Francos suizos

Hacía tiempo que no me reía tan amargamente como lo he hecho hace un rato, viendo el telediario: la comedia más divertida no me mueve tanto a desternillarme como las noticias que nos ofrecen los medios; iba a decir en los últimos tiempos pero, seamos sinceros, se producen tan a menudo que en mis treinta y tantos años de vida no han dejado de aparecer, con discretas interrupciones temporales. Simplemente, se nos olvidan, pero están ahí, latentes.

En los últimos meses, he venido teniendo episodios de risa histérica, llanto seco, enfurecimiento ciego y alguno que otro de pura desidia. Estoy segura de que vosotros también aunque cada cual vive el fenómeno de manera distinta. Os preguntaréis de qué estoy hablando: no es de fútbol, no, si no de nuestros políticos, de nuestros representantes legales, de nuestros gobernantes, de nuestros hombres y mujeres de provecho –léase empresarios- e incluso del marido de una princesa y de una tonadillera, por citar un par de ejemplos de las decenas que hay.

La semana pasada escribí sobre Podemos, sobre su vertiente populista. El pasado lunes pudimos comprobar la increíble carrera que lleva el partido en la intención de voto -creamos o no en los resultados de este tipo de encuestas hay que tenerlos en cuenta y valorarlos aunque no sea al pie de la letra-. Los comentarios han caído cual bombas en una tierra baldía: han dejado boquetes a su paso, levantado polvo y arena, pero no han causado ningún daño. La sociedad española está harta, dicen; los españoles quieren que se frene la corrupción, gritan; los grandes partidos tienen que regenerarse, incitan; hay que llegar a un gran pacto por la transparencia, se hacen eco. Desde las columnas y editoriales de la prensa, desde las tertulias de la radio y la televisión, desde el Twitter y los blogs y los sitios webs de los “opinadores” nos llega el canto de sirena del “mea culpa” susurrado, ese “sí, se han cometido errores y hay que limpiar (la fachada del edificio ideológico, del partido) de corruptos”.

La cuestión es que me da por pensar: ¿Otra vez? ¿Otra vez vamos a limpiar, a regenerar, a pasar página, a juzgar a los corruptos? ¿Otra vez, como todas las veces anteriores, como Filesa, como Gürtel, como el GAL, como la PSV, como Afinsa, como Gescartera…? Creo que si los mencionara todos, conseguiría acabar con los megas de espacio que tengo en este blog -y son unos cuantos-. Por si tenéis curiosidad, os dejo varios enlaces a enumeraciones de casos de corrupción en España -sólo un puñado, hay miles-: Wikipedia, Wiki15M, The Huffington Post (basado en una información de Europa Press) y del ABC.

Estamos hartos, indignados, hastiados, desencantados y hasta saturados de tanto caso de corrupción, de oír cifras estratosféricas en forma de comisiones o de cuentas en Suiza; de que los bancos dejen en la calle a familias enteras por desahucio para recuperar pisos que no valen ni una centésima parte de lo que se ha ido por esos agujeros negros que han sido las cajas -de ahorro, se llamaban, ¡qué paradoja-: las tarjetas “opacas”, las infames preferentes… Pero también estamos hartos de que la palabra dimisión carezca de sentido para nuestros políticos; de que nos traten y nos hablen como si fuéramos tontos; de que los ciudadanos “de a pie” seamos los que financiamos las tropelías y caprichos de los ciudadanos “privilegiados”; de que quien roba X miles o millones de euros, no devuelve un céntimo y, con un poco de suerte, duerme en la cárcel unos meses y luego continúa con su vida cotidiana como si nada.

Me pregunto si es posible, realmente, “regenerar” o es, simplemente, otra de esas palabras que sirven de cortina de humo para que los indignados y cabreados ciudadanos nos creamos que algo va a cambiar cuando todo va a seguir igual.