Ciudadano 3.0

Indigente

Indigente hablando por el móvil en una plaza de Madrid

He oído que se aproxima la edad, o la era, 3.0. Supongo que, al ritmo acelerado que vamos, durará menos su advenimiento que su permanencia aunque, de momento, suena a promesa, como el afamado 4G de los teléfonos móviles -el mío no tiene cobertura la mitad de las veces ni en el metro ni en los bares, por poner un par de ejemplos, así que eso del 4G me suena a quimera-.

Creo haber entendido que el mundo 3.0 -el virtual y el real, finalmente se están mezclando y es difícil separar lo que pertenece a uno y otro- es un paso más hacia lo que podríamos llamar la conciencia de nuestros ordenadores o la mente de la World Wide Web (o sea, de Internet, como decimos “de por casa”). El concepto web 3.0 es, aún, algo parecido a una nebulosa. Será más sencillo buscar y encontrar aquello que se busca navegando por la Red; será más rápido; más exhaustivo; mejor, al fin y al cabo. ¿Cómo? No lo sabemos. Todavía no tengo claro que significa web 2.0 pero, de acuerdo a mis últimas pesquisas, aparte de los avances tecnológicos que a los usuarios nos vienen dados, parece ser que es el comienzo de la era de las redes sociales. Su hermana mayor, nominada con el tres, va más allá de las redes sociales y se centra en lo que yo denominaría, para entendernos, “el aquí y el ahora”: acceso a un flujo constante, ininterrumpido e infinito de información cualquiera que sea el lugar donde estemos y las circunstancias en las que nos hallemos. La web móvil, la web smart, la wearing-web: telefónos móviles inteligentes -smartphones- de última generación, tablets, gafas de realidad aumentada (desarrolladas por Google, Apple, Microsoft, Olympus etc.), smartwatches -o relojes inteligentes-…

¿Cuáles son las características del ciudadano 3.0? Se podrían resumir, por no ser exhaustivos, en media docena de conceptos. Las estamos desarrollando y viviendo ya. Los mayores de sesenta o setenta años gruñen contra ellas, en su mayor parte, mientras que a los niños de ocho, diez, doce años, que aún no son ni adolescentes, se les quedan cortas. Un experto en la materia, probablemente, tumbaría mi relación. De cualquier modo, según mi punto de vista, la lista es ésta:

  • Conectividad.
  • Instantaneidad.
  • Evasión frente al aburrimiento.
  • Multitarea cognitiva.
  • Visión a través de pantallas.
  • Sobreabundancia de información.

En una única frase, a modo de definición, el ciudadano 3.0 está permanentemente conectado con el mundo y con otras personas, a través del móvil, fundamentalmente; exige y le es exigida la instantaneidad, en las respuestas, en las búsquedas: sólo existe el “ya”, buscadores cada vez más rápidos, doble check de color azul en el Whatsapp, app’s de Facebook, del correo electrónico, de reservas de viajes, de vuelos, de restaurantes…; es incapaz de escuchar el silencio, de dejar de mirar el móvil cada cinco minutos -leí una noticia hace unos meses en la que se afirmaba que mirábamos el móvil, de media, 200 veces diarias-, de esperar, de pie o sentado, sin estar contestando un mensaje o lanzando otro o jugando al Candy Crash o… (sé que se os ocurren decenas de ejemplos más); no puede hacer una sola cosa cada vez: el tiempo es demasiado valioso y hay demasiadas fuentes de estímulos, ¿quién se sienta delante de la televisión, por la noche, y no echa mano del móvil de vez en cuando? ¿Cuántos de vosotros leéis, escucháis música o un podcast, chequeáis el Whatsapp o el correo y, si os descuidáis, subís un par de fotos al Facebook, todo al mismo tiempo?; nuestra realidad está mediada por pantallas: primero la televisión, después el ordenador de sobremesa, el portátil, el móvil, la tablet, el mp3/4… Después, las gafas de realidad aumentada y, muy pronto, esas pantallas ubicuas e inmateriales que aparecen en las películas futuristas del tipo “Minority Report”; y, por fin, estamos sobreultramegaarchiinformados o eso nos creemos (espero que os guste la palabra, la acabo de inventar).

Tomando una foto con el móvil

El móvil nos permite tomar fotografías en cualquier instante y enviarlas en el momento (Madrid, entre Cascorro y Tirso de Molina)

El ciudadano 3.0: para algunos, una pesadilla; para otros, un sueño. Soledad vs nuevas formas de sociabilización; pérdida de la cercanía humana vs interconectividad con cualquier punto del planeta; exceso de información paralizante vs riqueza informativa y de puntos de vista; pérdida de los conceptos de atención y reflexión vs aprovechamiento sistemático del tiempo; crisis de los valores tradicionales vs renacimiento de nuevos valores universales. Se me ocurren cien comparaciones más pero no quiero aburriros porque el resultado va a ser siempre el mismo: por cada punto positivo, aparecerá uno negativo; por cada ganancia, una pérdida. No estoy segura de que podamos elegir cómo vamos a actuar frente al desarrollo de la tecnología; de hecho, creo que es imparable y que, subidos en el auto, aceleramos cada vez más. Lo que sí que creo es que, al menos, debemos ser conscientes de las implicaciones que tiene el devenir tecnológico, ése que está constantemente a la vuelta de la esquina, llegando, alcanzándonos. Me pregunto si alguien, en algún lugar, llámese Silicon Valley o de cualquier otra manera, estará pensando ya en la web 4.0.

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Obertura

He de reconocer que siento extrañeza frente a muchos de los términos que hoy en día, y con creciente frecuencia, utilizamos. Suelen ser nombres comunes, provenientes del inglés, ramas tiernas del gran árbol digital que desde hace apenas cuatro décadas estamos construyendo en lo que yo denominaría, ya perdidas sus connotaciones religiosas, el limbo.

Hace unos años, ni siquiera existían. Iniciaron su andadura semántica como miembros privilegiados de la excelsa familia del lenguaje técnico: desconocidos para el común de los mortales, sólo eran utilizados, casi clandestinamente, por unos pocos, los connaisseurs aunque, si mal no recuerdo, de aquella los legos los llamábamos frikis, otro de esos términos que, en una carrera espectacular, ha pasado de peyorativo a ser común moneda de cambio y objeto verbal de culto.

Recuerdo, tiempo ha, lo que le costó a la palabra marketing implantarse en nuestra sociedad de medios de comunicación tradicionales y campañas de publicidad analógica. Cuando empezó a funcionar la Red de Redes conseguíamos, a duras penas, hablar de ella denominándola “La Interné” (muchas veces incluyendo al final de la frase ese sufijo independiente que nos es tan querido, “esa”, y decíamos cosas como “Búscalo en la Interné ésa que me han dicho que tienen una wes –y, de nuevo- de ésas”, ¡de cuántas nos ha salvado, en los tiempos modernos, el pronombre demostrativo! A “ése” sí que deberíamos erigirle un monumento por los servicios prestados.

Homenajes aparte, continuamos nuestra singladura hasta traspasar el umbral del siglo XX, una nueva era se cierne sobre nosotros, acontece el gran cambio, se produce el fenómeno de no retorno hacia el futuro: empezamos a hablar en digital. Y en inglés. Sorprendentemente pero de forma indiscutible, los españoles entramos en lo que Lyotard popularizó, tal vez a su pesar, con el nombre de “posmodernidad”.

Entran en liza las redes sociales, el online, todos esos vocables que comienzan por e- (el e-commerce, el e-mail, el e-learning), el smartphone, la tablet, los blogs, el cierperiodismo ciudadano, las cámaras de foto y vídeo móviles, los selfies y tantos otros conceptos de significado amplio y repercusiones inimaginables. Los sociólogos dicen que la era digital es el tiempo del yo, de la inmediatez y de lo efímero.

Nos acercamos a la ubicuidad, propia de los dioses, pero somos etéreos; somos palabras escritas, imágenes fijas o móviles, bytes que viajan miles de kilómetros a través de las ondas; somos acontecimientos que se convierten en recuerdos que se pierden en el olvido.

A mí me queda la esperanza de que, como escribió el poeta Mario Benedetti, “el olvido esté lleno de memoria”, para poder guardar en él un puñado de historias. Este blog es la materialización de esa esperanza.