Tolerancia

Tolerancia (graffiti, Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España)

La tolerancia es esa cualidad que nos falta tan a menudo y de la que tanta necesidad tenemos para ser mejor de lo que somos.

La tolerancia es reconocer que nuestras opiniones no son la verdad.

La tolerancia es el respeto al otro.

La tolerancia es la compresión de la diferencia.

La tolerancia no es un dogma, una proposición innegable; es un principio, es el origen sobre el que se construye todo discurso vital.

La tolerancia es ética, no moral.

La tolerancia no es ideología.

La tolerancia no escupe ni golpea ni vitupera ni desprecia ni se arroga derecho alguno.

La tolerancia es incertidumbre. No es miedo; es una constante interrogación sobre nosotros mismos y todo lo que nos rodea.

La tolerancia no comulga ni con el prefijo “anti” ni con el prefijo “pro”.

La tolerancia busca, la intolerancia encuentra.

La tolerancia se opone al desinterés, a la dejadez, a la libertad sin responsabilidad.

La tolerancia es un cuestionamiento constante de nuestros valores, opiniones y prejuicios. No hay horizonte ni techo ni suelo que la limite. Está en perpetua expansión porque, si no lo está, deja de existir, desaparece. Por que hemos vivido, vivimos y viviremos en un estado de cambio perenne.

A menudo utilizamos el adjetivo “intolerable” para hablar de lo que consideramos insoportable. El sentido de la palabra intolerable se ha mantenido a lo largo del tiempo. Es, según el diccionario,”lo que no se puede tolerar” cuando tolerar significa “resistir, soportar”, “permitir algo que no se tiene por lícito”, “llevar con paciencia”. Con el tiempo, “tolerar” ha adquirido un nuevo significado, que para mí es el más pleno, completo y deseable. La tolerancia ha evolucionado; la intolerancia no.

La intolerancia sigue siendo la rancia incompresión de lo diferente; el dogmatismo que ultraja, humilla, viola y mata; la desconsideración hacia los demás -seres humanos, seres vivos, naturaleza-; el oído que no escucha, los labios que sólo saben hablar, el brazo que amenaza, la mano que pega, la mordaza que obliga al silencio, la mirada que sojuzga.

Tolerar: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. Nuestra aspiración más loable, como individuos y como sociedad.

Es sencillo convertirse en un extremista

Violencia infantil: niño apuntando con un arma

Violencia infantil: niño apuntando con un arma

¿Te consideras extremista?

La mayor parte de las respuestas a esta pregunta serán negativas. No, por supuesto que no, yo soy (muy) tolerante. Tengo mis principios y mis ideas, como todo el mundo, pero respeto el pensamiento ajeno y la forma de vida de los otros. Bueno, a ver, hasta cierto punto, hay ciertos comportamientos que no se pueden tolerar. Los que hacen mal a otros, los de… Hummm, justo, esos mismos, los de los extremistas.

¿Crees que alguien te puede considerar extremista?

En absoluto. Salvo alguien que sea extremista, ése considerará que es su contrario todo el que no piense como él. Aunque, vamos a ver, aclaremos el concepto, ¿qué quieres decir exactamente con extremista? No voy pegando a la gente por ahí ni me inmolo en nombre de Alá ni hago apología de la violencia ni nada de eso. Alguna vez me caliento un poco, lo reconozco. Incluso me han dado ganas de partirle la cabeza a alguno.

No sé bien si se ha puesto de moda el término “extremista”, con el que nos topamos a menudo en noticias, en artículos y hasta en conversaciones de la vida cotidiana, o es, más bien, el comportamiento y el modo de pensar extremista el que está en boga. A bote pronto, podría mencionar decenas de ejemplos, teniendo en cuenta que, según el punto de vista de unos y otros, extremista es alguien y su contrario, al mismo tiempo.

Donald Trump es extremista; Varoufakis también lo es; Le Pen; los islamistas (radicales); los sionistas; Podemos; VOX; los venezolanos de Chávez y Maduro, los hindúes perseguidores de cristianos y hasta el gobierno chino, de vez en cuando. Los extremistas suelen denominar a sus “enemigos” de esta manera, de ahí que el término esté tan extendido.

 

Dime de qué careces o qué tienes en exceso y te diré en que extremo te sitúas

 

Hay dos tipos fundamentales de extremismo. Uno es verbal; el otro es físico, mueve a la acción. El primero tiende a desembocar en el segundo. Se empieza menospreciando e insultando y se termina agrediendo o matando. Lo hemos visto miles de veces. La violencia machista suele actuar así; la deportiva también; la de clases y la religiosa; incluso la política, cuando se vuelve contra los ciudadanos en forma de dictaduras, regímenes policiales o, simplemente, recortando los derechos y empobreciendo a la población.

En ciertas ocasiones, se intenta justificar el extremismo. Otras, se buscan sus cimientos para entenderlo. Las más, se sufre. La pobreza, la ignorancia, la marginación o la fatalidad suelen flotar entre las excusas. El ensañamiento contra un grupo o un individuo, la humillación constante, el trato desfavorable a las minorías, son todos ellos caldos de cultivo de la radicalización. El sentimiento de inferioridad que se convierte en frustración o rabia. También el exceso de poder y de confianza, aquellos que consideran que son más que los demás, que poseen la verdad absoluta, que son los elegidos.

"Los caballos de Dios", película marroquí que muestra el proceso de radicalización de dos jóvenes marroquíes

“Los caballos de Dios”, película marroquí que muestra el proceso de radicalización de dos jóvenes marroquíes

Es fácil ser extremista, lo difícil es no serlo. O esa es la sensación que tengo cuando miro a mi alrededor; cuando leo, escucho o veo las noticias; cuando observo cómo pierden el control de sus palabras y de sus actos personas que, un minuto antes, habría tildado de “normales” (frente a “extremistas”, entendámonos).

Pienso en el deporte, envuelto en su aura lúdica y límpida, en el que la deportividad suele brillar por su ausencia, en el que los jugadores se pegan, el público se agrede, los hinchas se apalean y se acuchillan.

Pienso en las parejas que deberían amarse, o dejarse si no se quieren, y que se hieren psicológica y físicamente, se matan, se asesinan.

Pienso en los niños que juegan a la guerra y a matarse, que se pelean y se insultan, que son capaces de infringir dolor a otros sin pestañear ni sentir piedad, que le faltan al respeto a sus profesores, que entran en su instituto con un arma y disparan contra sus compañeros .

Pienso en los conductores que pierden la educación, las formas y los nervios en las carreteras, entre atascos y semáforos.

Pienso en esas personas religiosas que solemos denominar fanáticos cuyos discursos intolerantes plantan las semillas de la discordia y el rencor.

Pienso en el menosprecio del dolor y de la vida que demuestran los sicarios, los ejecutores, los torturadores o los mercenarios.

Pienso en los insultos y en el menosprecio que destilan las apariciones públicas de muchos políticos y los propios debates que tienen lugar en el Congreso.

Pienso en los padres y madres que amenazan e insultan a los profesores de sus hijos en lugar de sentarse a hablar para intentar entenderse los unos con los otros.

Pienso en los policías antidisturbios que se extralimitan en sus funciones, convertidos en sádicos aporreadores, en máquinas de pegar patadas.

Antidisturbios en la República de Corea.

Antidisturbios en la República de Corea.

Pienso en esos jóvenes que, hastiados, se dedican a maltratar a seres que están solos y que son más débiles que ellos, sean otros chavales, mendigos o mujeres.

Y, sobre todo, pienso en todas esas cabezas pensantes en la sombra, en los que sacan provecho de la radicalización de los demás, en los que disfrutan del espectáculo desde la cómoda y segura distancia, los que no se enfangan ni se manchan de sangre ni hacen explotar sus cuerpos en pedazos. Los políticos, los medios de comunicación, la publicidad, los “líderes de opinión” y los “líderes religiosos”, los cabecillas de los movimientos.

Pienso en estas personas y entes porque, si no existieran, el fenómeno del extremismo sería mínimo. Mientras los miserables se matan entre sí siguiendo sus órdenes y dictámenes, ellos se refocilan en su poder y brindan por la llegada de un nuevo día en el que ellos habrán ganado y todos los demás habremos perdido.