Nuevos tiempos, viejas prácticas

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

El sistema ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física (graffiti sobre el muro de Berlín, Andrej Sacharow)

 

Ismael Kadaré, escritor albanés, eterno candidato al premio Nobel de Literatura, reconstruye en sus novelas y relatos cortos, con tenacidad, la vida en la Albania comunista bajo el poder del partido único y del Dirigente (con mayúscula, como lo tenían que escribir los albaneses en esa época).

Conocemos el miedo, las purgas, las políticas de reeducación, las caídas en desgracia, los ostracismos tierra adentro, los encarcelamientos, la dureza de los planes quinquenales y demás características de los regímenes comunistas del siglo XX, desde Mao hasta Stalin, Tito o Ceaucescu; muchas voces críticas han gritado, rememorado, escrito y narrado historias sobre las desviaciones del sistema –si es que el sistema entero no era ya de por sí una desviación profundamente deshumanizadora-.

Las democracias occidentales nos jactamos de nuestra superioridad moral frente a los movimientos extremistas de partido único que subyugan a los ciudadanos empleando la intimidación y el brazo de hierro. Y, sin embargo, el poder –o sus detentadores, si preferimos sacar el concepto de la abstracción- no ha perdido ni un ápice de su pujanza. Simplemente, ahora persuade en lugar de amedrentar, ofusca en lugar de amenazar, ejerce presión económica en lugar de violencia física.

L de Libertad

En el relato “El vuelo de la cigüeña”, Kadaré narra un episodio vivido por un joven escritor. El protagonista decide ir a una ciudad de provincias a buscar a un poeta octogenario que, hace ya tiempo, fue apartado por el gobierno de la vida pública. Cuando va en el autobús, sufre un control policial tras otro hasta que, en el último, un civil que acompaña a los dos cabos del ejército le hace una sencilla pregunta ¿por qué va a usted a X –el pueblo en cuestión-? Él no sabe o no quiere contestar y se encoge de hombros, temiendo lo peor.

En el contexto de la historia, la pregunta forma parte del engranaje coaccionador del régimen. Pero, ¿no nos resulta familiar? En la aduana de muchos países, especialmente en Estados Unidos, no diría yo que preguntan, más bien indagan, hurgan y casi someten al visitante a un interrogatorio sobre los motivos de su viaje. Ni que decir tiene que gente de lo más corriente ha tenido que pasar varias horas en el cuarto policial del aeropuerto porque sospechaban, quién sabe por qué razón, de sus intenciones.

Pienso también en todos esos inmigrantes, cuyo color de piel los delata a ojos de los cuerpos de seguridad del Estado, que son requeridos por la policía mientras caminan tranquilamente por las calles de la ciudad.

Por no hablar de la amenaza a las libertades ciudadanas que supone la conocida como “Ley Mordaza”.

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

El comunismo fue un sistema político muy coercitivo (Budapest, coche aparcado en la ciudad vieja)

E de Empleo

En “Historia de la Liga Albanesa de Escritores frente al espejo de una mujer”, otra “micronovela” del escritor albanés, se celebra una asamblea en la que el potentado del Partido informa a los miembros de la liga de escritores de que, dado que no se merecen otra cosa por su mala praxis, van a reducirles el salario –una vez más- y van a enviarles al campo para que aprendan lo que es el realismo socialista.

La comparación puede parecer hiperbólica pero ¿no nos recuerda a nuestro mercado laboral, en el que los que menos cobran son siempre los que ven reducidos sus salarios? ¿Los contratos por semanas, días u horas no crean una inseguridad que se puede asimilar –salvando las distancias- a la que se vivía en los países comunistas? ¿Qué libertad personal se tiene con los turnos rotativos que cambian constantemente, las jornadas interminables llenas de horas extras no reconocidas ni pagadas, los empleos en los que se requiere que el trabajador acuda a horas salteadas cuando hay picos de demanda?

P de Producción

La obsesión comunista con la producción, con su incremento constante, me recuerda demasiado a todas esas empresas que, anualmente, tienen que incrementar sus beneficios en un 20 o un 30% para tener, dicen, a sus accionistas contentos. Caiga quien caiga y al precio que sea necesario.

La palabra productividad, que comparte protagonismo con el término especulación, es la reina en el mundo de los negocios. La tecnología y la automatización multiplican la productividad y, ya de paso, reducen el empleo y deshumanizan los procesos.

T de Trabajador

Recuerdo también ese discurso repetido ad infinitum por los líderes comunistas, los capataces y los encargados de fábricas, que tantas veces he leído, sobre la importancia de las personas y de humanizar los procesos, de construir la felicidad en el mejor de los mundos posibles en el que todos debían ser iguales. La fraternidad y el amor, la camaradería y el compañerismo eran los valores más importantes. Por supuesto, la realidad era bien distinta.

Hoy, en nuestros paraísos de cartón, el discurso es el mismo. Las frases que se repiten, martilleando nuestros cerebros, alaban el talento y la valía personal, insisten en el valor del componente humano, en la continua mejora del clima laboral (palabras textuales del discurso imperante). ¿Qué nos encontramos tras estas rimbombantes y bellas palabras? Justo lo contrario –en la mayoría de los casos-: empleados maltratados, hartos, reducidos a ser un número, mal pagados y en constante involución gracias a la rutinización de las tareas.

C de Corrupción

La corrupción de la intelligentsia, tan evidente a ojos de los subalternos y de parte de la población de los estados que vivieron bajo el comunismo, era ciertamente real pero se producía a pequeña escala –hablando de cifras- comparada con las cotas alcanzadas en el rico Occidente democrático y capitalista, no sólo en la política –la más llamativa y escandalosa- sino también en el entorno empresarial, con los bancos en vanguardia.

Sólo hace falta recordar las subprimes que han envenenado el sistema financiero mundial y otros productos bancarios como las preferentes de Bankia para darse cuenta de que el beneficio es lo único que importa. El egoísmo de muchas firmas las ha llevado a falsear sus cuentas –Abengoa, la CAM o GoWex por dar algunos ejemplos- e incluso a poner en riesgo la salud de la ciudadanía –cualquiera de los casos de productos retirados del mercado entre otros alimentos, juguetes, medicamentos o el muy mediatizado caso de las prótesis mamarias de la empresa francesa Poly Implant Prothèse-.

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

La corrupción se da en el mundo de la política, de la empresa o de la banca (centro Sony, Berlín, Alemania)

I de Interés

El amiguismo, el caciquismo y el clientelismo eran comunes en la época comunista –y antes también, sólo hay que echar un vistazo al siglo XIX español-. La diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros es que ahora está bien visto, se financia abiertamente y se reconoce que se practica. Parece increíble pero no lo es en absoluto. Hoy en día, este fenómeno lleva el nombre de “lobby”. Son los lobbies los que presionan a los políticos para conseguir leyes que les favorezcan o, al menos, para que hagan la vista gorda para poder continuar actuando como monopolios u oligopolios, entre otras muchas prácticas muy alejadas del interés general.

Ahora pregunto, ¿de verdad creemos que vivimos en un tiempo tan diferente?

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Miedo al referéndum

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La democracia no es, la democracia se construye

Los políticos españoles tienen miedo de los referéndums. De ahí que no los convoquen, que les de alergia mencionar la palabra, que intenten trivializar su importancia. En democracia, el referéndum tiene un papel fundamental en la expresión de la voluntad del pueblo.

En las democracias occidentales, se insiste en el hecho de que los ciudadanos van a las urnas cada cuatro años, como si esta fuera la prueba irrefutable de la calidad excelsa de ese gobierno del pueblo que, como bien sabemos, etimológicamente es lo que significa dēmokratía. Pero no lo es.

El hecho de poder votar en unas elecciones, sean de la índole que fuere, es sólo el primer paso en lo que podríamos denominar una democracia real. Dado que los programas electorales y las promesas hechas en campaña suelen quedar en papel mojado durante las legislaturas, la posibilidad de opinar sobre diferentes cuestiones, a través de un plebiscito o consulta popular, es vital.

La democracia no es, la democracia se construye

 

En un país como España es imprescindible que se desarrolle el mecanismo del referéndum como herramienta para fomentar la participación de la ciudadanía en la política del país y en todos los asuntos que la atañen. Los políticos y los partidos que dicen representarnos, más allá de su valía –que, en mi opinión, es escasa-, pretenden ser los adalides de un pueblo al que ni escuchan cuando habla ni permiten hablar cuando empieza a balbucear.

España, un país en el que la ley electoral es asimétrica y un voto no vale uno sino dos o cero, según dónde se ejerza este derecho.

España, un país en el que se ha aprobado una Ley de Seguridad Ciudadana, denominada (im)popularmente “Ley Mordaza”, que sitúa a la misma altura un acto vandálico y una protesta frente al Congreso. Limita la libertad de expresión y de reunión de los ciudadanos; reduce el ámbito cubierto por el derecho a la intimidad; otorga poderes extraordinarios a los cuerpos de seguridad del Estado. En fin, criminaliza la protesta y pisotea la presunción de inocencia.

España, un país que secundó y aprobó una intervención militar en Irak pese a que dos millones de personas salieron a la calle para gritar “No a la guerra” y pese a que según las encuestas –descifradas en clave partidista siempre- cerca de un 70% de la población rechazaba la guerra. Un referéndum hubiera impedido que se tomara la decisión de apoyar a EE.UU. y Gran Bretaña en su ataque a Irak. Por eso no se propuso.

España, un país que ha sostenido y fomentado un sistema bipartidista durante toda su historia moderna, salvo las décadas que, peor aún, ha vivido bajo dictaduras de líder único.

España, una nación plural, según la Constitución, dividida en comunidades autónomas como mal menor, con cinco lenguas cooficiales además del idioma oficial, el castellano. Las diferencias económicas entre unas comunidades y otras son rampantes; la multiplicidad de administraciones públicas a nivel local, regional y nacional, sangrante.

España, un Estado que dejó atrás 40 años de dictadura con una Constitución adecuada para salir del paso –meritoria para el momento- y que, en 2015, pretende seguir desarrollándose como nación basándose en un esquema político, social y jurídico obsoleto. Hay que superar el discurso de 1978 (pdf).

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Los políticos pretenden ser los adalides de un pueblo al que no dejan opinar, ni tan siquiera balbucear

No estoy hablando de revolución sino de evolución; de opinión en lugar de imposición; de libertad y responsabilidad frente al gastado paternalismo estatal; de educación política más allá de ideologías y oportunismos.

La democracia real precisa de un cuerpo político abierto al debate, de una sociedad responsable e informada, de unas instituciones transparentes y de unos medios de comunicación plurales e imparciales. Sin esto, lo que tenemos es una democracia enferma, que no hace honor a su propio nombre, reducida a ser un sobre blanco y otro naranja que se introducen por una rendija, una vez cada cuatro años, en un saco roto.

Evitar lo inevitable

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

Grito mudo, Museo Judío, Berlín (Alemania)

La mera existencia del concepto “inevitabilidad” es una condena. Si prevalece, dejamos de ser libres. Nada es inevitable salvo, como bien sabemos todos los seres humanos, la muerte, que antes o después “cubrirá nuestros ojos” como narraba Homero en su epopeya sobre la conquista –o el saqueo, según se mire- de Troya. Por supuesto, no estoy hablando de fenómenos fuera del control de las personas, como puedan ser los propios de la Naturaleza.

Cada vez que escucho o leo que algo es inevitable (o que ha sido inevitable, si ya ha sucedido), dentro de mí ruge la rabia de la impotencia. Desde un punto de vista determinista, sólo hay un camino, una vía, una forma de hacer –o de que sucedan- las cosas. Supongo que a todos nos suena la cantinela, muy utilizada por los políticos y las instituciones de peso, de que “éste es el único camino”, “ésta la única forma de superar la crisis”, “el mío el único partido que puede llevar al país a buen puerto” y tantas otras. Algunos fundamentan sus categóricas afirmaciones en principios económicos, morales, psicológicos o, meramente, en la ideología. Otros, ni siquiera se molestan en buscarles unos cimientos: la autoridad del que las enuncia es suficiente para dotarlas de verdad.

Entre mis preferidas, están las lecturas acertadas hechas a posteriori. Porque, claro, es evidente que ya sabíamos lo que iba a pasar: ahora que ha pasado, justamente. Los hechos son difícilmente refutables, si es que lo son de algún modo. Sin embargo, los puntos de vista sobre ellos son infinitos. Y ninguno es verdad ni mentira de forma absoluta.

Tendencia hacia el extremo

Se me ocurren varios sinónimos imperfectos del término que, de forma reiterada, constante, gotean o se deslizan desde los medios de comunicación, los discursos públicos, los documentos corporativos y demás fuentes de información subjetiva y parcial.

Inapelable” es el primero que me viene a la mente; suele utilizarse con las victorias, sean deportivas o políticas, lo mismo da. Al fin y al cabo, ambas se practican en un terreno de juego, más limitado en el caso de las primeras.

También está “ineludible”; el uso de este vocablo tiene un cariz de urgencia, sirve para asumir con un cierto matiz de atropello. Las reformas (fiscales, educativas, sociales etc.) suelen ser “ineludibles”; también todos esos ingredientes que acompañan a las revoluciones, sean científicas, industriales, digitales o políticas.

Inexcusable” valora, sobre todo, comportamientos y conductas, siempre ajenos a los del emisor del discurso, por supuesto.

Obligatorio” y “forzoso” pueden ser empleados en este mismo sentido.

Si escribís cualquiera de estos términos en la caja del buscador de Internet que utilicéis y, seguidamente, vais al apartado Noticias, encontraréis una larga lista de ejemplos como los que he puesto –y muchos otros que se han quedado fuera-.

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Torre de vigilancia del Muro de Berlín (Alemania)

Lo que consideramos como justicia es a menudo una injusticia cometida en favor nuestro

Paul Claudel, poeta y diplomático francés

Hace más de un siglo, el teórico Georg Jellinek, alemán de origen austríaco, describió un fenómeno que él bautizó como “el poder normativo de lo fáctico”. El término tiene resonancias jurídicas pero se puede aplicar, sin duda, a la vida cotidiana: los hechos, los sucesos, los procesos se convierten en normas, se aceptan, se asumen de mejor o peor talante y se vive con ellos. Muchas veces, sustituyen a sus predecesores en la mentalidad de los pueblos y las sociedades.

En el fondo, este “poder normativo” es un principio psicológico de autodefensa: las personas nos acomodamos a las circunstancias en las que vivimos. Un ejemplo extremo de este principio es la supervivencia de los internados en centros de detención y tortura, en los campos de concentración nazis, en los gulags soviéticos, en los lagoais maoístas (campos de reeducación). El infame síndrome de Estocolmo podría ser otro.

Más allá de los casos extremos, este “poder” lo encontramos en cualquier lugar y momento: en la pérdida de libertad en una dictadura o durante un momento histórico concreto de “recortes” por el bien de la “seguridad ciudadana”Patriot Act en Estados Unidos, Ley Mordaza en España, Ley de Presión Transparente en Inglaterra-; en la asunción de que se pertenece a la misma clase social desde que nacemos hasta que morimos; en la imposición de ideas religiosas, credos, prácticas o costumbres ajenas que pisotean las propias (desde los crucifijos en las escuelas, la sharia, la ablación del clítoris, hasta la discriminación de la mujer en la jerarquía eclesiástica o en el Muro de los Lamentos); en la obligación de seguir ciertas políticas o modelos económicos; en la sustitución de los servicios públicos gratuitos – financiados a través de los impuestos- por otros privados de pago (los peajes de las carreteras o los seguros médicos y los planes de pensiones, por nombrar algunos)…

Aquello que ya ha sucedido podría haber acaecido de otra forma. Pero no lo hizo. Lo que aún no ha sido es un acto en potencia y, por lo tanto, tiene posibilidades de terminar de varias maneras. Son las circunstancias, los actores que participan, las diferentes opciones que se plantean y las posibilidades que se abren frente a nosotros los que van a marcar, y definir, el devenir. Por eso lo inevitable siempre es evitable hasta que sucede. Mientras tanto, ninguna política, ningún régimen, ningún estado o afirmación son inevitables, inapelables o ineludibles. Ni indiscutibles. Sólo el silencio impuesto, forzoso, obligatorio, es una derrota.