Consumidores imperfectos

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Consumidores imperfectos (Bangkok, Tailandia, una de sus múltiples zonas comerciales)

Los consumidores imperfectos somos legión, al menos en los países de economías desarrolladas que es donde los ciudadanos hemos conseguido -¡gran mérito!- pasar a ser consumidores, es decir, sujetos económicos en lugar de políticos o, simplemente, seres humanos.

Cada día somos más imperfectos y nuestro número aumenta. Te aclaro que quiere decir la expresión, acuñada por el sociólogo Zigmunt Bauman: los consumidores imperfectos somos aquellos consumidores sin medios económicos; los que, por nuestros ingresos, no nos podemos permitir ser consumistas; a los que nos venden hipotecas, créditos personales, financiación a 12 meses, tarjetas de crédito y tantas otras formas de deuda.

La mayoría de los países del mundo también son consumidores imperfectos. Y las empresas y los autónomos -o emprendedores, como hoy en día gustamos denominarlos-. Pero vamos a centrarnos en los consumidores individuales.

Como consumidores imperfectos, nos volvemos locos con las rebajas, los descuentos, el 3×2, el 70% de descuento en la segunda unidad, el Black Friday, el Cyber Monday y tantas otras estrategias de marketing que sirven para que los que tenemos menos dinero, nos lo gastemos (el que tenemos y el que pedimos prestado).

El low cost -o bajo coste, que en castellano también se puede decir- nació gracias a nosotros, los consumidores imperfectos. Lo malo del low cost es que te hace sentir, precisamente, lo que eres: un aspirante a consumidor perfecto sin ninguna posibilidad de llegar a serlo.

No nos engañemos, el low cost nos roba la parte de felicidad que nos promete el consumo. Por que nos hace sentir pobres, por que nos arrebata la sensación de comodidad que compra el dinero, por que nos impide ser espontáneos, porque nos obliga a calcular y recalcular el gasto que hacemos, las fechas que escogemos  para los viajes (dentro de seis meses o un año) etc.

El low cost también nos hace perder tiempo, nos obliga a aguantar largas colas (como las de Primark cuando abrió sus puertas hace unos meses, en Madrid, o como  las que se producen con la comercialización de cada nuevo modelo de Iphone).

Seguramente te ha pasado muchas veces: habrás tenido que ir con dos horas de antelación al aeropuerto para coger un buen sitio en el avión; habrás tenido que cargar con la maleta de aquí para allá porque facturarla sale por un pico; te habrás hospedado en habitaciones de hotel en las que el ahorro ha usurpado el lugar de la más mísera percha o balda…

Ser consumidores imperfectos nos hace mirar con envidia los productos Premium y Deluxe, las webs exclusivas, los clubs elitistas, los coches de 36.000€, los chalets de los ricos. Nos acercamos a la promesa de felicidad que brilla en ellos por la puerta de atrás, comprando la marca etiqueta negra del supermercado (una marca blanca disfrazada, al fin y al cabo) o yendo una vez al mes a comprar un par de productos gourmet o a un restaurante retro-moderno-de-autor.

En los últimos tiempos, mucha gente, desde los medios de comunicación y desde las mesas de los cafés, se ha preguntado quiénes son los votantes de Donald Trump. Son consumidores imperfectos que aspiran a que un “político” misógino, racista y multimillonario les devuelva (sic) su maltrecho poder de consumo (los puestos de trabajo que reclaman están íntimamente asociados con el consumo: trabajar, cobrar el salario, consumir, todo es uno).

El precariado, que crece y crece sin parar, es un gran ejemplo de consumidor imperfecto. Quiere mejorar su posición laboral para tener la sensación de seguridad que ha perdido y, sobre todo, para consumir. El consumo elevará su status, ¿qué otra cosa sino podría hacerlo?

Así que, cada día más, el crédito está en el centro, por delante y por detrás de nuestra existencia como consumidores imperfectos. Para alegría y contento de banqueros y otros usureros. ¿Hasta cuando vamos a seguir su juego?

 

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Orgías consumistas

¡Tanto tiempo esperándolo! Por fin han abierto el Primark de Gran Vía, ¡qué felicidad! Ay, ¡y este viernes es el “Black Friday”! Qué suerte la mía que se ha extendido a todo tipo de productos porque, cuando estaba limitado a la tecnología, se me quedaba corto.

Y la Navidad está a la vuelta de la esquina, ¡comer y beber hasta el hartazgo, comprar regalos para toda la familia, los amigos íntimos y, bueno, alguna cosita también para los que no lo son tanto! Hummm, ¿qué me compraré? Yo es que ya decidí hace algunos años autoregalarme en Navidad –y en mi cumpleaños y para el aniversario-. ¿Quién mejor que yo va a saber lo que quiero, lo que necesito?

Después las rebajas, ¡el final de año es orgásmico! Sólo de pensar en ello me pongo a pegar saltos de alegría, se me llena la boca de sonrisas, me atrevería a decir que… Sí, soy FELIZ.

Las rebajas, la moda low cost, el Black Friday, la Navidad o los outlets son estrategias de hiperconsumo

Consumo, luego existo

El “Black Friday”, la Navidad, las rebajas, la moda low cost o los outlets son estrategias comerciales y marketinianas destinadas a fomentar el hiperconsumo.

Definiendo términos

Me asomo al diccionario de la Real Academia y me sorprende ver el orden de las distintas acepciones del término “necesidad”. Mi pensamiento anticuado me había susurrado, muy bajito, que necesidad es sinónimo de carencia. Lo es. Pero sólo en tercer lugar. Los dos primeros responden mucho mejor a la concepción moderna de una auténtica sociedad de consumo.

Necesidad:

  1. f. Impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido.
  2. f. Aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.
  3. f. Carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida.
  4. f. Falta continuada de alimento que hace desfallecer.

Ah, ya sé lo que pasa, las dos primeras acepciones son las propias de Occidente, de los países industrializados, desarrollados, ricos. La tercera y la cuarta son más propias del resto del mundo, de los que no tienen. Bueno, y en el norte (económico), de las clases depauperadas.

Black is Black

Tranquilizada, puedo volver a pensar en qué voy a comprar este viernes, “Black Friday”, día negro, justamente, para la sostenibilidad del planeta, para el medio ambiente y hasta para nuestros bolsillos (o cuentas bancarias, que ya lo de la calderilla y el efectivo ha quedado obsoleto).

Incluso los medios de comunicación le dedican reportajes y artículos, explicando dónde podemos encontrar los, así llamados, mejores descuentos. Debe de suceder que, en nuestro mundo saturado de información, escasean las noticias.

Varias asociaciones,  movimientos sociales y ONG’s han creado la contrapartida del Black Friday y hacen campaña por el “Día sin compras”. Les auguro un fracaso estrepitoso en cuanto a cifra de seguidores y un triunfo difícilmente mensurable en relación con la concienciación (de parte) de la ciudadanía.

Día sin compras contra Black Friday, combate por ko

Día sin compras contra Black Friday, combate por ko

Estado previo: felizmente consumiendo

La droga de la felicidad hace ya años que aparece en forma de compra. Dónde y cuándo empezó es dudoso, tal vez podríamos arriesgarnos a hablar de un fenómeno propio de la postguerra mundial –la segunda, claro-, hijo rebelde de la escasez y de la economía del petróleo. Pero, ¿cuándo comprar se convirtió en sinónimo de felicidad? Lo que nos satisface no es la posesión del objeto ni la perspectiva de dicha posesión sino la acción de adquirirlo.

Debe de haber decenas de miles de estudios sobre el fenómeno del consumismo, viejo conocido que aún nos sorprende. En su vertiente psicológica; en la sociológica; como medio, como principio, como fin; desde el punto de vista de la publicidad y el marketing, desde la atalaya del empresario, de las macrofirmas, de los apolíticos imperios de la producción.

El consumo es un campo de trabajo fértil en el que plantar ofertas, días sin IVA, promociones de 3×2, descuentos del 50%, cupones-regalo y tantas otras fórmulas incitadoras. Hasta la neurociencia se está ocupando de él, ¡su Majestad el Consumo, a vuestros pies!

Estado posterior: insatisfacción

El canto de sirena emanado de los productos de consumo suele ser efímero; apenas consigue sobrevivir al desembalaje, a la bolsa de plástico, al instante en el que pasa de ser de otro para ser mío. Después, es sustituida por una nueva promesa en forma de objeto codiciado, de actividad por hacer, de restaurante u hotel o lugar pendiente de ser visitado.

Lanzo una pregunta al viento, ¿recuerdas, sientes aún, la emoción que te produjo la última compra que hiciste? ¿O una anterior? ¿Lo que comiste en el (pen)último (nuevo) restaurante al que fuiste? Posiblemente no. Lamentablemente no.

¿Te vienen a la memoria alguna de esas historias que contaban tus abuelos o tus padres, recordadas cincuenta o setenta años después? ¿Aquella pelota fabricada con papel de periódico con la que jugaban en la calle, la única muñeca que tuvieron -de trapo, probablemente-, aquel plato especial que les preparaban para celebrar su cumpleaños?

Como sociedad, en cada generación, nos van quedando menos recuerdos de este tipo, sepultados por una ingente montaña de vivencias efímeras que no dejan huella.

A nuestro alrededor, anuncios, colores y objetos reclaman nuestra atención. Grandes letras de molde irrumpen en nuestro campo visual para incitarnos a comprar, a gastar. La tarjeta de crédito se impacienta encerrada en el monedero. La bolsa de rafia quiere correr al supermercado. Tic tac, tic tac, sólo hoy, descuento, promoción, últimas existencias. Tic tac.

Me paro un instante, a pensar, a descansar del bombardeo diario de felicidad empaquetada.

¿Qué es lo que realmente quiero?

Menos es menos (Low Cost II)

Concierto al aire libre en la Karlsplatz de Viena (Austria)

Concierto al aire libre en la Karlsplatz de Viena (Austria)

El modelo “low cost” nació dentro de un ámbito muy concreto, el de las líneas aéreas de bajo coste. Fue en la década de los noventa, en Estados Unidos, como no podía ser de otra manera. Desde entonces, ha transcurrido menos de un cuarto de siglo y este concepto es ahora tan popular como lo eran antaño las grandes firmas. Incluyo dentro de la categoría otro tipo de ofertas y descuentos que no llevan el apelativo “bajo coste” pero que responden perfectamente al modelo desde el punto de vista del consumidor.

Frente a la imagen que la mayoría de los consumidores tenemos de estos productos y servicios, en muchas publicaciones dirigidas a emprendedores y al público en general se insiste en que “low cost” no es sinónimo de baja o mala calidad. El secreto está en “optimizar” los costes, reducir la oferta a lo más básico y convencer al potencial cliente de que menos es más. Visto desde la empresa, el negocio es redondo si se consigue despegar. Como consumidor, tenemos que estar preparados para renunciar a todo menos a un precio asequible.

Ah, ¿pero todavía se disfruta del ocio?

Algunos recordaréis que, tiempo ha, seleccionábamos los espectáculos que nos interesaban y hasta elegíamos el día que nos iba bien asistir. Hoy en día, es tu agenda la que tiene que ajustarse a las ofertas, los bonos, los días del espectador, los 2×1 o las horas de entrada gratuita o a mitad de precio. Aquí comienzan las incomodidades, con ese suspiro expulsado entre dientes y ese murmurar “me va fatal pero el miércoles sale más barato”. Sólo es el principio.

Museo del teatro, Viena (Austria)

Museo del teatro, Viena (Austria)

La compra de entradas por Internet suele tener un sobrecoste cercano al 10%. Puedes evitar este incremento si compras los tickets en la taquilla por lo que te ves obligada a recorrerte media ciudad para ir a buscarlos. Aquí la lógica empresarial prevalece; para ahorrar costes, las taquillas de los teatros cada vez abren menos horas así que tienes que llevar al día una hoja de cálculo para cuadrar las horas en las que tú estás libre y puedes ir y en las que está abierta la taquilla. También es verdad que el cuadrante cada vez es más difícil de hacer porque tú cada mes trabajas más horas –por el mismo precio-.

Si compras las entradas con descuento en alguna página web de esas que venden “gangas”, te encuentras con que el porcentaje que te has ahorrado en el precio te lo están cobrando ubicándote en los peores asientos de toda la sala (salvo que ésta esté medio vacía: en ese caso, les da igual y te dan la fila tres centrada, ¡para que vuelvas pronto!)

En los teatros, en la ópera y en los conciertos la zona alejada del escenario siempre ha sido más barata. De acuerdo, pensará el empresario, esto es una democracia, todos tienen derecho a ver el espectáculo. Aunque decir “ver” igual es excesivo porque resulta que muchas de las butacas más baratas tienen escasa, e incluso nula, visibilidad. En otras ocasiones, estás tan lejos del escenario que más valdría verlo en una pantalla, aunque fuera la del televisor de tu casa, aunque te pierdas la sensación del “vivo”. En estos casos, lo barato sale caro, como se suele decir: salgo de la sala cabreada y con dolor de cuello.

Teatro de la ópera, Bratislava (Eslovaquia)

Teatro de la ópera, Bratislava (Eslovaquia)

Unas líneas aparte se merecen los eventos gratuitos que tanto publicitan los ayuntamientos y otras instituciones públicas o privadas. En estos casos, puedes estar casi segura de que vas a invertir mucho tiempo haciendo fila para, finalmente, entrar en un local atestado o, lo que no sé si es peor, para quedarte fuera. Mi situación favorita se produce cuando has llegado con mucho tiempo de antelación, has hecho cola religiosamente, frotándote las manos porque sólo hay dos docenas de personas delante de ti, y, cuando estás a punto de trasponer el umbral de entrada, te comunican que el aforo está completo. Tú protestas, “¡pero si caben doscientas personas y han entrado veinte!” Como única respuesta, recibes un encogimiento de hombros que, silenciosamente, traduces por “lo siento, chica, pero tres cuartas partes del aforo estaban reservadas para invitados “vip” que no pagan, no sufren por conseguir la entrada y obtienen los mejores asientos”.

Otro de los grandes hitos de lo gratuito es el día de los museos, en realidad el día de “no se te ocurra ir a ningún museo”. Se supone que las obras de arte hay que verlas en un espacio adecuado, con la iluminación idónea y con detenimiento y calma. El día que los museos son gratuitos a lo máximo a lo que puedes aspirar –después de hacer la sempiterna fila de media hora o una hora- es a acercarte a alguna obra durante unos cinco segundos. Las fuerzas de empuje y expansión generadas por la masa, compuesta por el resto de visitantes, te obligarán a seguir la corriente sin remedio (y con disgusto). Al final de la jornada, te das cuenta de que has perdido tres horas de tu tiempo, no has visto nada y estás tan cabreada que, bien te vas a casa, bien sales a tomar algo y te gastas en bebida lo que te has ahorrado en la entrada.

Músicos, escultura (Viena, Austria)

Músicos, escultura (Viena, Austria)

Marca blanca, tan blanca

Una gran conquista del proletariado del consumo es la marca blanca del supermercado. Existen varias líneas de producto, incluida una que suele ser más cara que las propias marcas originales, con esos paquetes y envoltorios de cuidada presentación y diseño elegante. Pero si lo que necesitas es gastar lo menos posible, además de recibir un producto de menor calidad –la mayor parte de las veces-, también tienes que aguantar esos diseños simplones que podría hacer un niño de cinco años con poca imaginación, con ese color blanco predominante que identifica tu cesta/carro de la compra con el de los pobres o de escasos recursos.

En los últimos años también hemos visto cómo abrían sus puertas bares “low cost”. La pizarra y la carta-menú ofrecen lo mismo que cualquier otro local de alterne, simplemente la bebida y la comida son de calidad “distraída”. Existe incluso la leyenda urbana de que en algunos aguan la cerveza y no quiero pensar qué tipo de bebidas de garrafón sirven en lugar de ron, whisky o ginebra. Una vez pedí una tosta de bacalao ahumado con salmorejo en uno de estos sitios (el precio era parecido al de cualquier otro bar, la verdad): me pusieron dos trocitos de pan con dos gotas de salmorejo (yo diría que de tetrabrik) y dos lonchitas de un muy aceitoso bacalao ahumado. Lo miré consternada. Me lo comí –porque tenía hambre-. Juré que nunca jamás volvería. De momento, mantengo mi palabra.

Tienda de ropa

Tienda de ropa “de firma” en el barrio del Conde Duque (Madrid)

Ropa de usar y tirar

No quisiera olvidarme de la industria textil “low cost” que, por lo visto, alcanza ya una cuota de mercado en España del 12%. He leído un artículo en el que se comenta que esta moda ha dejado de estar estigmatizada por su bajo precio gracias a que “las blogueras y las revistas muestran continuamente a famosas que mezclan prendas de cadenas low cost con otras de marcas de lujo”. Sólo ellas, parece ser; ellos todavía se visten sólo de LV, Dior y Ferragamo. Gracias, famosas, por hacernos sentir mejor, aunque nosotras no mezclamos: sólo consumimos low cost porque no nos da el sueldo para más.

Me surge una duda tras la loa, ¿usamos la ropa “low cost” de la misma manera las famosas y el resto de las mortales? Por que este tipo de prendas tiene una vida muy corta: se estropean y se rompen enseguida. La diferencia entre las famosas y el resto de la humanidad es que ellas se la ponen dos veces y la tiran y tú te la vas a poner por la calle hasta que esté impresentable, después pasará a ser “de estar por casa” y, por fin, la reutilizaremos como trapo de limpieza o la donaremos a una empresa de reciclaje textil.

Se me ocurre pensar, ¡qué tontería!, que tal vez nos iría mejor si consumiéramos menos pero de mejor calidad, ¿tan difícil será?

User eXperience Low Cost

El low cost me hace sentir pobre. Antes de que apareciera el concepto “bajo coste”, los ricos eran los elegidos y el resto éramos gente normal, clase media, nuestros recursos eran limitados pero vivíamos con comodidad. Ese sentimiento ya es historia. Hoy en día, la carrera desenfrenada por “el más barato todavía”, la búsqueda del precio más bajo junto con la necesidad de alcanzar el nivel de consumo más elevado posible nos han llevado a sacrificar el concepto de bienestar y, digámoslo claramente, hasta a humillarnos. Gracias al “low cost” por fin me siento lo que soy: clase media empobrecida de espíritu y de bolsillo.

Viajar era un placer (antes del low cost)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

En el siglo XXI, viajar ha dejado de ser un privilegio, todo el mundo puede cruzar el océano, recorrer miles de kilómetros o realizar tours por países exóticos. Cierto pero ¿cuál es el coste de esta democratización del turismo? Si escoges un crucero y ajustas tu presupuesto a los precios más bajos, esos famosos “desde XXX euros” de las campañas publicitarias, puedes estar seguro de que te van a asignar uno de los peores camarotes, ese tamaño caja de cerillas, sin ojo de buey ni vistas ni ventilación tan siquiera. Es más, a poder ser que esté ubicado al lado de las máquinas, a ver si con suerte no pegas ojo por la noche. De esta manera, amortizas mejor el coste del periplo, en cubierta y a la fresca.

Siempre podemos olvidarnos de los barcos y elegir el avión como medio de transporte, el origen del low cost –o su más refinado alumno-. Intentar adquirir un billete de avión muy barato es una odisea propia de un Ulises moderno: Ítaca nunca fue tan inaccesible. Es imprescindible que accedas, navegues e incluso bucees en una docena de páginas web de buscadores y portales de líneas aéreas durante varios días. Con los datos extraídos, debes construir la pirámide de las posibilidades según el precio, los horarios, las escalas y los diferentes días de salida y regreso ofrecidos.

Improvisar siempre es la mejor opción: déjate seducir

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Es mejor que no tengas nada pensado antes de empezar la búsqueda porque justo eso que tú quieres sale muy caro. El resultado es que terminas comprando un billete para no sabes bien dónde, lugar éste en el que vas a disfrutar de una estancia más corta de lo previsto durante la cual estarás casi más tiempo en los aeropuertos donde hace escala el avión que en el destino elegido. Además, vas a tener la suerte de que tus vuelos despeguen y aterricen de madrugada –así puedes aprovechar el día- por lo que bien tomas un taxi para ir o volver del aeropuerto –despídete del dinero ahorrado en la compra-, bien duermes en el frío suelo de baldosas del aeropuerto, bien te preparas para invertir dos o tres horas en medios de transporte público nocturnos –si es que los hay-.

Por fin tienes tu billete. Es ahora cuando empiezas a hacer el resto de cálculos. Has pagado con la tarjeta de débito para que no te cobren comisión. No tienes asiento ni prioridad en el embarque así que más vale que te abalances sobre el mostrador de la sala de espera en cuanto pises el aeropuerto y pases el control de equipajes de mano que, en tu caso, como lo llevas todo en esa maletita, porque facturar cuesta 50€, requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, indiferencia hacia tus propiedades que, con seguridad, van a ser expuestas y zarandeadas por algún agente de seguridad del control.

Si quieres más, pagas más: el principio básico del low cost

Aquí hay gato encerrado... (Patricia Gadea, exposición

Aquí hay gato encerrado… (Patricia Gadea, exposición “Atomic-Circus”, Museo Reina Sofía, 2014)

Ah, otra cosa, olvídate del seguro de viaje, también cuesta dinero. Cierto, has cogido los billetes con ocho meses de antelación porque así salen más económicos, ¿quién sabe si sucederá algo que te obligue a anular las vacaciones? No pienses en ello, cancelar no es una posibilidad: tienes que ir en las fechas seleccionadas aunque te vaya la vida en ello.

Importante: llévate la comida de casa, no puedes permitirte pagar 6€ por un sandwich famélico con una lonchita de jamón york y otra de queso. Gracias a la inclusión de comida dentro de la única maleta con la que vas a embarcar, tu ropa olerá durante todo el viaje a tortilla o a lomo con pimientos. Delicioso, ¿no? Así no sufres de morriña durante los días que estés lejos de tu querido país. Un último detalle: no vayas sin una botellita pequeña de agua vacía. Pon atención y repite conmigo: “v-a-c-í-a”. Como se te ocurra llenarla antes de subir al avión, te la tirarán al contenedor de plásticos antes de que puedas ni tan siquiera musitar un entrecortado “ah”. Y tendrás que pagar los 3€ que pensabas que te habías ahorrado por una igualita a la que llevabas pero comprada en el aeropuerto, circunstancia que le da un cierto aire de distinción, cierto caché incluso, de ahí el precio.

Lujo de bajo coste o la paradoja de las pesetas a duro

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Pasemos a seleccionar el alojamiento. Dejemos de lado las propuestas en habitaciones de 10, 8 o 6 personas o con baños compartidos; has estado todo el año trabajando duro y te mereces cierta privacidad y comodidades. Pongamos que miramos una página de reservas de hoteles. Si escoges una habitación de un hotel que casualmente llama tu atención por tener un descuento de un –pongamos- 30%, resulta que es el antiguo cuarto de limpieza reconvertido en zulo low cost o la habitación más degradada de todo el edificio; eso sí, en las fotos salía estupenda porque ¡no era esa la habitación que mostraban! También puede suceder que el cuarto esté en un edificio anexo mal equipado o situado a varios kilómetros de la ubicación original o que justo sea la habitación en la que no funciona la calefacción o el aire acondicionado. Gajes del oficio del viajero low cost, que esto no te desanime.

Y nos queda el producto estrella: el tour de bajo coste. La verdad es que unir ambos términos ya me da miedo. Salvo honrosas excepciones que también acaecen de cuando en cuando con la compra de billetes de avión, barco o tren y en la selección de alojamientos, pretender que un tour de este tipo no sea denigrante requiere un esfuerzo supremo de la imaginación. Por alguna razón, nuestras expectativas son demasiado altas, tal vez por culpa del folleto, de las fotos de la página web o de la persona que nos ha atendido en la agencia. En estos tours, normalmente, no se salva ni el guía. Los hoteles son cochambrosos; las comidas incluidas básicas y/o muy malas, generalmente muy alejadas de la alimentación local, tendentes incluso a lo que llamamos comida rápida o basura; los horarios inhumanos; los medios de transporte lamentables; la compañía ruidosa –o pesada-; y el afán por convertir cada paso de la andadura turística en una oportunidad para venderte algo, irritante.

Ya sólo me queda desearte ¡unas muy felices vacaciones low cost!