De SEO, pantallas y otras amenazas contra la lengua

SEO, destructor del lenguaje

Aquello que, a lo largo de los siglos, no han conseguido ni la incultura ni la ignorancia ni el imperio de la lengua inglesa, lo está logrando un conjunto de siglas: la destrucción de la riqueza lingüística, de la gramática y de la semántica. El SEO, la optimización para buscadores, se ha convertido en un corsé apretadísimo que estrangula y asfixia la correcta redacción.

Para el SEO, el fin justifica los medios. La incorrección gramatical, la ausencia de sinónimos y las frases propias de un alumno de primaria, formadas por un sujeto más un verbo más un complemento (si acaso) son la norma. Si es posible, el tiempo verbal en presente y en su forma más sencilla.

Me apresuro a aclarar que no soy una activista antitecnológica ni nada parecido. El posicionamiento orgánico (SEO) es una herramienta muy útil para dar publicidad y relevancia a una página web. Se utiliza en la estructura y el diseño de la propia página y es lógico que sus reglas de mercadotecnia convivan con las propias de la lengua. Convivencia, digo, no fagocitación, que es el fenómeno que se está dando.

Tengo entendido que antaño existían formas verbales de intrincada composición que recibían nombres tan poco atractivos como pluscuamperfecto o pretérito anterior. Incluso creo haber oído que, en su momento, el subjuntivo era de uso común. En la Red, todos estos salvajes asaltos contra el buen gusto y el entendimiento estrecho han quedado abolidos.

Las parrafadas, como las llamábamos con un suspiro de aburrimiento, eran interminables párrafos llenos de frases subordinadas que se sucedían, coma tras coma, hasta el bendito punto y aparte. Hoy, han desaparecido las parrafadas y lo más largo que podemos escribir, antes de que salte la alarma del centinela SEO y del disneyano “apto para todos los públicos”, es una frase compuesta de unas diez palabras, incluyendo artículos, determinantes y alguna que otra conjunción.

Las palabras clave o keywords, como se prefiere denominarlas en la jerga, constituyen el santo grial del SEO. Una palabra clave (o conjunto de palabras clave) es intocable, sagrada. En el texto que estamos redactando, tendrá que aparecer media docena de veces, al menos. En el título debe ocupar la parte izquierda, aunque lo ideal es que sea la primera palabra que aparezca aunque tengamos que prescindir de adornarla con un adjetivo o, incluso, apoyarla en un artículo; ha de aparecer en los títulos de los párrafos o epígrafes y en el cuerpo del texto. Es invariable, inmutable e insustituible. En nuestro texto, la palabra clave juega el papel de Dios.

Los sinónimos están en vías de extinción y desaparecerán a menos que los algoritmos de los buscadores sean capaces de interpretarlos como lo hacemos los seres humanos. Y esto es así porque posicionar cuatro palabras clave en un texto (aunque sean sinónimos) es una labor de taracea de increíble dificultad.

Lo breve, si bueno, dos veces breve

Uno de los grandes logros de la era tecnológica es el hecho de que la lectura de textos en una pantalla nos ha hecho perder las tres cuartas partes de esa cualidad llamada paciencia. La paciencia está en claro retroceso en todos los frentes menos en uno: cuando nos enfrentamos a un departamento de atención al cliente vía llamada de teléfono, chat o redes sociales.

Como leer en una pantalla cansa la vista, más aún si esa pantalla mide 3 ó 4 pulgadas, aquello que escribimos debe de ser, forzosamente, corto. Lo importante es colocar muchos enlaces por si alguien quiere ampliar la información que consta en el texto; siempre que a ésta se la encuentre allende nuestra web y el lector vuelva a nosotros para el aperitivo, bienvenido sea el clic que se lleva de nuestro sitio, temporalmente, al internauta.

El papel está en clara decadencia -salvo como envoltorio de productos de consumo, ahí está aún en abierta y encarnizada lucha contra el plástico-. El futuro de casi cualquier texto escrito está en Internet, en la pantalla de nuestros pc’s, tablets, móviles, relojes o gafas (cuando se popularice su posesión).

Cada año, se multiplican los millones de páginas web que podemos consultar mientras que, desafortunadamente, el tiempo del que disponemos para acceder a ellas disminuye (de forma relativa, por supuesto, abarrotado de actividades, de conversaciones virtuales, de correos electrónicos y de llamadas de atención publicitarias).

Supongo que la conclusión evidente que podemos sacar es que los textos cada vez serán más cortos, más simples y gramaticalmente más incoherentes (como los del Whatsapp). Me pregunto si la RAE estará abocada a desaparecer como ya lo han hecho las frases subordinadas, el subjuntivo y el pretérito pluscuamperfecto.

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Ciudadano 3.0

Indigente

Indigente hablando por el móvil en una plaza de Madrid

He oído que se aproxima la edad, o la era, 3.0. Supongo que, al ritmo acelerado que vamos, durará menos su advenimiento que su permanencia aunque, de momento, suena a promesa, como el afamado 4G de los teléfonos móviles -el mío no tiene cobertura la mitad de las veces ni en el metro ni en los bares, por poner un par de ejemplos, así que eso del 4G me suena a quimera-.

Creo haber entendido que el mundo 3.0 -el virtual y el real, finalmente se están mezclando y es difícil separar lo que pertenece a uno y otro- es un paso más hacia lo que podríamos llamar la conciencia de nuestros ordenadores o la mente de la World Wide Web (o sea, de Internet, como decimos “de por casa”). El concepto web 3.0 es, aún, algo parecido a una nebulosa. Será más sencillo buscar y encontrar aquello que se busca navegando por la Red; será más rápido; más exhaustivo; mejor, al fin y al cabo. ¿Cómo? No lo sabemos. Todavía no tengo claro que significa web 2.0 pero, de acuerdo a mis últimas pesquisas, aparte de los avances tecnológicos que a los usuarios nos vienen dados, parece ser que es el comienzo de la era de las redes sociales. Su hermana mayor, nominada con el tres, va más allá de las redes sociales y se centra en lo que yo denominaría, para entendernos, “el aquí y el ahora”: acceso a un flujo constante, ininterrumpido e infinito de información cualquiera que sea el lugar donde estemos y las circunstancias en las que nos hallemos. La web móvil, la web smart, la wearing-web: telefónos móviles inteligentes -smartphones- de última generación, tablets, gafas de realidad aumentada (desarrolladas por Google, Apple, Microsoft, Olympus etc.), smartwatches -o relojes inteligentes-…

¿Cuáles son las características del ciudadano 3.0? Se podrían resumir, por no ser exhaustivos, en media docena de conceptos. Las estamos desarrollando y viviendo ya. Los mayores de sesenta o setenta años gruñen contra ellas, en su mayor parte, mientras que a los niños de ocho, diez, doce años, que aún no son ni adolescentes, se les quedan cortas. Un experto en la materia, probablemente, tumbaría mi relación. De cualquier modo, según mi punto de vista, la lista es ésta:

  • Conectividad.
  • Instantaneidad.
  • Evasión frente al aburrimiento.
  • Multitarea cognitiva.
  • Visión a través de pantallas.
  • Sobreabundancia de información.

En una única frase, a modo de definición, el ciudadano 3.0 está permanentemente conectado con el mundo y con otras personas, a través del móvil, fundamentalmente; exige y le es exigida la instantaneidad, en las respuestas, en las búsquedas: sólo existe el “ya”, buscadores cada vez más rápidos, doble check de color azul en el Whatsapp, app’s de Facebook, del correo electrónico, de reservas de viajes, de vuelos, de restaurantes…; es incapaz de escuchar el silencio, de dejar de mirar el móvil cada cinco minutos -leí una noticia hace unos meses en la que se afirmaba que mirábamos el móvil, de media, 200 veces diarias-, de esperar, de pie o sentado, sin estar contestando un mensaje o lanzando otro o jugando al Candy Crash o… (sé que se os ocurren decenas de ejemplos más); no puede hacer una sola cosa cada vez: el tiempo es demasiado valioso y hay demasiadas fuentes de estímulos, ¿quién se sienta delante de la televisión, por la noche, y no echa mano del móvil de vez en cuando? ¿Cuántos de vosotros leéis, escucháis música o un podcast, chequeáis el Whatsapp o el correo y, si os descuidáis, subís un par de fotos al Facebook, todo al mismo tiempo?; nuestra realidad está mediada por pantallas: primero la televisión, después el ordenador de sobremesa, el portátil, el móvil, la tablet, el mp3/4… Después, las gafas de realidad aumentada y, muy pronto, esas pantallas ubicuas e inmateriales que aparecen en las películas futuristas del tipo “Minority Report”; y, por fin, estamos sobreultramegaarchiinformados o eso nos creemos (espero que os guste la palabra, la acabo de inventar).

Tomando una foto con el móvil

El móvil nos permite tomar fotografías en cualquier instante y enviarlas en el momento (Madrid, entre Cascorro y Tirso de Molina)

El ciudadano 3.0: para algunos, una pesadilla; para otros, un sueño. Soledad vs nuevas formas de sociabilización; pérdida de la cercanía humana vs interconectividad con cualquier punto del planeta; exceso de información paralizante vs riqueza informativa y de puntos de vista; pérdida de los conceptos de atención y reflexión vs aprovechamiento sistemático del tiempo; crisis de los valores tradicionales vs renacimiento de nuevos valores universales. Se me ocurren cien comparaciones más pero no quiero aburriros porque el resultado va a ser siempre el mismo: por cada punto positivo, aparecerá uno negativo; por cada ganancia, una pérdida. No estoy segura de que podamos elegir cómo vamos a actuar frente al desarrollo de la tecnología; de hecho, creo que es imparable y que, subidos en el auto, aceleramos cada vez más. Lo que sí que creo es que, al menos, debemos ser conscientes de las implicaciones que tiene el devenir tecnológico, ése que está constantemente a la vuelta de la esquina, llegando, alcanzándonos. Me pregunto si alguien, en algún lugar, llámese Silicon Valley o de cualquier otra manera, estará pensando ya en la web 4.0.