La desaparición del espacio público

El espacio público se privatiza, se comercializa y se marginaliza (entrada a la ópera, Oslo, Noruega)

El espacio público se privatiza, se comercializa y se marginaliza (entrada a la ópera, Oslo, Noruega)

Apenas nos hemos ido dando cuenta. El fenómeno se ha producido de forma paulatina, pareciera incluso que de una manera natural; podemos pensar que “va con los tiempos”. La preponderancia del individuo sobre lo colectivo, la eternamente creciente competencia entre unos y otros por ser los mejores, la privatización de los bienes públicos en aras del incremento de los ratios de productividad y hasta el declive de la familia tradicional conllevan un estrechamiento del concepto de lo común.

 Puede parecer que el espacio compartido se reduce porque está siendo sustituido por la esfera íntima

Y sin embargo, este giro es sospechoso. Sociológicamente hablando, los seres humanos buscamos la compañía de otras personas de forma constante, valoramos sus opiniones, pedimos consejo, quedamos para charlar, ver una película, cenar o tomar algo. Hoy en día sigue siendo así, ni el siglo XXI ni los cambios tecnológicos han modificado, de forma profunda, este principio vital; las redes sociales son un buen ejemplo de esta práctica aunque a veces nos parezca que son más un teatro o una pasarela en la que exhibir el yo que un canal de comunicación.

En nuestras ciudades, el espacio físico del que puede disfrutar el ciudadano se achica, se empequeñece e incluso desaparece. En la mayor parte de los casos, pasa a ser ocupado por la publicidad o es privatizado -dejado en manos de empresas que lo explotan para su beneficio-. En otras, es abandonado por las instituciones y por los propios usuarios, convirtiéndose en no-lugares, como sucede con los barrios marginales, los cascos históricos fantasma -deshabitados- y las restauraciones que se llevan a cabo para convertir una ciudad en la que se vive por otra que se visita, especialmente por masas de turistas que bajan, fotografían y vuelven a subir a un autobús.

Las calles de muchas ciudades se han convertido en un decorado pensado para ser admirado por los turistas (Potsdam, Alemania)

Las calles de muchas ciudades se han convertido en un decorado pensado para ser admirado por los turistas (Potsdam, Alemania)

La comercialización del espacio ciudadano

La publicidad de masas comenzó en los medios de comunicación y, poco a poco, se ha ido extendiendo por doquier. A todos nos resultan familiares las vallas publicitarias en las carreteras, los carteles en las marquesinas y paradas de autobús e incluso esas lonas mastodónticas, de varias decenas de metros cuadrados, que esconden la restauración de algún edificio urbano.

En algún momento, la industria de la publicidad y los que se financian a través de ella decidieron que ésta debía de ser ubicua. Desde entonces, empezamos a encontrarnos con pasillos de metro “empapelados” con campañas publicitarias, incluyendo sonidos y olores; estaciones de transporte público que pasan a tomar el nombre de una empresa privada que las “esponsoriza” cual mecenas de la Antigüedad; autobuses y vagones de tren embalados como si fueran paquetes de regalo; proyecciones luminosas en edificios o aceras; pantallas colosales colgadas de las fachadas de edificios encendidas 24/7; plazas públicas tomadas por stands de promotores…

El profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Álvaro Ardura, resume muy acertadamente esta deriva afirmando que “los espacios públicos han de ser “rentables” en sí mismos. Esto se traduce en su mercantilización temporal, ya que la definitiva no es viable en el actual marco jurídico. No se pueden vender las calles, aún; pero sí alquilarlas”.

El estudio que firma el profesor Ardura habla de Madrid pero encontramos ejemplos en muchas otras ciudades del mundo, desde las comercialmente hablando más que jugosas ciudades del Este de Europa hasta Toronto, donde un movimiento ciudadano ha puesto en marcha una campaña para salvaguardar el espacio público que consideran está siendo privatizado sin el consentimiento de los habitantes de la metrópoli (Toronto Public Space Iniciative).

La escasez de bancos en las calles y parques pretende fomentar el uso de las terrazas de los bares y restaurantes (banco de hierro en un pueblo de Badajoz)

La escasez de bancos en las calles y parques pretende fomentar el uso de las terrazas de los bares y restaurantes (banco de hierro en un pueblo de Badajoz)

Lugares de paso

Otra de las formas que ha tomado la desaparición del espacio público está ligada a los propios proyectos de los ayuntamientos, diputaciones y ministerios de fomento u obras públicas. Las plazas se reforman levantando frías gradas de hormigón; se rehúye la planificación y creación de parques, jardines o espacios verdes; el mobiliario urbano, especialmente los bancos públicos, brilla por su ausencia; las aceras se estrechan y se llenan de pivotes para evitar que los coches, los reyes de nuestras ciudades, aparquen en ellas; se fomenta la apertura de macrocentros comerciales en la periferia, lugares despersonalizados y totalmente enfocados a la comercialización de cada instante de nuestras vidas.

El ocio no consumista es castigado. Sentarse de balde en un banco a leer, a charlar o a ver una puesta de sol no genera beneficios a ningún negocio, de ahí que nos inviten a sentarnos en las terrazas de los bares que cada día proliferan más (pagando los impuestos prescriptivos al ayuntamiento de turno) y a que llevemos a nuestros hijos a las ferias o atracciones de pago de los centros comerciales.

Los parques son los pulmones de las ciudades y de los ciudadanos; pasear, sacar al perro, correr, tomar el sol o leer son sólo algunas de las actividades que se desarrollan en ellos

Los parques son los pulmones de las ciudades y de los ciudadanos; pasear, sacar al perro, correr, tomar el sol o leer son sólo algunas de las actividades que se desarrollan en ellos

Algunas urbes han decidido dar la espalda a esta mercantilización del espacio público. Copenhague, con la recuperación de su casco histórico a partir de los años 60, o la ciudad australiana de Melbourne donde se ha intentado que las calles, construidas como lugares de paso, se conviertan en sitios de encuentro para los ciudadanos.

Algunos ayuntamientos han rehusado seguir este tipo de políticas y han apostado, por el contrario, por las zonas peatonalizadas, los parques y los lugares de ocio sin coste

Otras instituciones locales han empezado a escuchar a las asociaciones y movimientos ciudadanos que reclaman el retorno del espacio común para reunirse, para que los niños jueguen, para hacer ejercicio, tomar el sol o simplemente para respirar.

El pulso entre el derecho intangible de los ciudadanos a disfrutar de su hábitat y la comercialización y privatización del espacio público se prevé enconado. Nacerán nuevas prácticas colectivas, como los hoy comunes huertos urbanos o los espacios autogestionados, y morirán otras, como muchas de las plazas que antaño eran el centro de reunión, el ágora del barrio.

User eXperience Low Cost

El low cost me hace sentir pobre. Antes de que apareciera el concepto “bajo coste”, los ricos eran los elegidos y el resto éramos gente normal, clase media, nuestros recursos eran limitados pero vivíamos con comodidad. Ese sentimiento ya es historia. Hoy en día, la carrera desenfrenada por “el más barato todavía”, la búsqueda del precio más bajo junto con la necesidad de alcanzar el nivel de consumo más elevado posible nos han llevado a sacrificar el concepto de bienestar y, digámoslo claramente, hasta a humillarnos. Gracias al “low cost” por fin me siento lo que soy: clase media empobrecida de espíritu y de bolsillo.

Viajar era un placer (antes del low cost)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

Las promesas del viaje comienzan con una instantánea como ésta ( Sibenik, Croacia)

En el siglo XXI, viajar ha dejado de ser un privilegio, todo el mundo puede cruzar el océano, recorrer miles de kilómetros o realizar tours por países exóticos. Cierto pero ¿cuál es el coste de esta democratización del turismo? Si escoges un crucero y ajustas tu presupuesto a los precios más bajos, esos famosos “desde XXX euros” de las campañas publicitarias, puedes estar seguro de que te van a asignar uno de los peores camarotes, ese tamaño caja de cerillas, sin ojo de buey ni vistas ni ventilación tan siquiera. Es más, a poder ser que esté ubicado al lado de las máquinas, a ver si con suerte no pegas ojo por la noche. De esta manera, amortizas mejor el coste del periplo, en cubierta y a la fresca.

Siempre podemos olvidarnos de los barcos y elegir el avión como medio de transporte, el origen del low cost –o su más refinado alumno-. Intentar adquirir un billete de avión muy barato es una odisea propia de un Ulises moderno: Ítaca nunca fue tan inaccesible. Es imprescindible que accedas, navegues e incluso bucees en una docena de páginas web de buscadores y portales de líneas aéreas durante varios días. Con los datos extraídos, debes construir la pirámide de las posibilidades según el precio, los horarios, las escalas y los diferentes días de salida y regreso ofrecidos.

Improvisar siempre es la mejor opción: déjate seducir

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Se vende hasta el alma (Plaza de Cibeles y Palacio de Linares vistos desde el interior del antiguo edificio de Correos, Madrid)

Es mejor que no tengas nada pensado antes de empezar la búsqueda porque justo eso que tú quieres sale muy caro. El resultado es que terminas comprando un billete para no sabes bien dónde, lugar éste en el que vas a disfrutar de una estancia más corta de lo previsto durante la cual estarás casi más tiempo en los aeropuertos donde hace escala el avión que en el destino elegido. Además, vas a tener la suerte de que tus vuelos despeguen y aterricen de madrugada –así puedes aprovechar el día- por lo que bien tomas un taxi para ir o volver del aeropuerto –despídete del dinero ahorrado en la compra-, bien duermes en el frío suelo de baldosas del aeropuerto, bien te preparas para invertir dos o tres horas en medios de transporte público nocturnos –si es que los hay-.

Por fin tienes tu billete. Es ahora cuando empiezas a hacer el resto de cálculos. Has pagado con la tarjeta de débito para que no te cobren comisión. No tienes asiento ni prioridad en el embarque así que más vale que te abalances sobre el mostrador de la sala de espera en cuanto pises el aeropuerto y pases el control de equipajes de mano que, en tu caso, como lo llevas todo en esa maletita, porque facturar cuesta 50€, requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, indiferencia hacia tus propiedades que, con seguridad, van a ser expuestas y zarandeadas por algún agente de seguridad del control.

Si quieres más, pagas más: el principio básico del low cost

Aquí hay gato encerrado... (Patricia Gadea, exposición

Aquí hay gato encerrado… (Patricia Gadea, exposición “Atomic-Circus”, Museo Reina Sofía, 2014)

Ah, otra cosa, olvídate del seguro de viaje, también cuesta dinero. Cierto, has cogido los billetes con ocho meses de antelación porque así salen más económicos, ¿quién sabe si sucederá algo que te obligue a anular las vacaciones? No pienses en ello, cancelar no es una posibilidad: tienes que ir en las fechas seleccionadas aunque te vaya la vida en ello.

Importante: llévate la comida de casa, no puedes permitirte pagar 6€ por un sandwich famélico con una lonchita de jamón york y otra de queso. Gracias a la inclusión de comida dentro de la única maleta con la que vas a embarcar, tu ropa olerá durante todo el viaje a tortilla o a lomo con pimientos. Delicioso, ¿no? Así no sufres de morriña durante los días que estés lejos de tu querido país. Un último detalle: no vayas sin una botellita pequeña de agua vacía. Pon atención y repite conmigo: “v-a-c-í-a”. Como se te ocurra llenarla antes de subir al avión, te la tirarán al contenedor de plásticos antes de que puedas ni tan siquiera musitar un entrecortado “ah”. Y tendrás que pagar los 3€ que pensabas que te habías ahorrado por una igualita a la que llevabas pero comprada en el aeropuerto, circunstancia que le da un cierto aire de distinción, cierto caché incluso, de ahí el precio.

Lujo de bajo coste o la paradoja de las pesetas a duro

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Sueños a precios asequibles aunque sea por una noche (Copenhague, Dinamarca)

Pasemos a seleccionar el alojamiento. Dejemos de lado las propuestas en habitaciones de 10, 8 o 6 personas o con baños compartidos; has estado todo el año trabajando duro y te mereces cierta privacidad y comodidades. Pongamos que miramos una página de reservas de hoteles. Si escoges una habitación de un hotel que casualmente llama tu atención por tener un descuento de un –pongamos- 30%, resulta que es el antiguo cuarto de limpieza reconvertido en zulo low cost o la habitación más degradada de todo el edificio; eso sí, en las fotos salía estupenda porque ¡no era esa la habitación que mostraban! También puede suceder que el cuarto esté en un edificio anexo mal equipado o situado a varios kilómetros de la ubicación original o que justo sea la habitación en la que no funciona la calefacción o el aire acondicionado. Gajes del oficio del viajero low cost, que esto no te desanime.

Y nos queda el producto estrella: el tour de bajo coste. La verdad es que unir ambos términos ya me da miedo. Salvo honrosas excepciones que también acaecen de cuando en cuando con la compra de billetes de avión, barco o tren y en la selección de alojamientos, pretender que un tour de este tipo no sea denigrante requiere un esfuerzo supremo de la imaginación. Por alguna razón, nuestras expectativas son demasiado altas, tal vez por culpa del folleto, de las fotos de la página web o de la persona que nos ha atendido en la agencia. En estos tours, normalmente, no se salva ni el guía. Los hoteles son cochambrosos; las comidas incluidas básicas y/o muy malas, generalmente muy alejadas de la alimentación local, tendentes incluso a lo que llamamos comida rápida o basura; los horarios inhumanos; los medios de transporte lamentables; la compañía ruidosa –o pesada-; y el afán por convertir cada paso de la andadura turística en una oportunidad para venderte algo, irritante.

Ya sólo me queda desearte ¡unas muy felices vacaciones low cost!

Lecciones de una crisis infructuosa

Ocio en el paseo marítimo de Split (Croacia)

Ocio en el paseo marítimo de Split (Croacia)

La tendencia hacia la segmentación dentro de la clase media, que empezó a asomar tímidamente a finales de la década de los noventa, se ha agudizado en el último lustro, gracias a la crisis económica mundial o, mejor, hablando en términos ideológicos, a la autocorrección del sistema para la supervivencia del capitalismo.

Durante el siglo XX, el desarrollo de los derechos laborales -y sociales- alcanzó sus más altas cotas. Son propios de esta centuria, entre otros muchos, términos como lucha obrera, convenio, estatuto, inserción de la mujer en el mercado laboral, jornada de ocho horas, condena de la explotación de la mano de obra infantil, vacaciones pagadas, movilidad vertical. El XX ha sido el siglo de los horrores y el siglo de los derechos.

Tras la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de tambaleante recuperación, la economía de todos los países desarrollados, occidentales y no-comunistas, desde Estados Unidos y Europa hasta Japón –ubicado en Oriente pero gran valedor de los principios económicos de Occidente-, ha progresado a buen ritmo. Este avance se evidencia en la evolución de casi cualquier parámetro: incremento del PIB nacional y per capita, nivel de vida más elevado de la mayor parte de la población, erradicación casi total del analfabetismo, tasas de desempleo bajas, mejora de la calidad de vida y de la esperanza de vida.

A finales de la década de los noventa se percibía claramente un giro en el eje del desarrollo internacional. Nuevos países habían entrado en liza, como los “dragones” del Sudeste asiático; algunos llegaban con fuerza, véase los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), mientras que algunos se estancaban, léase Japón, y otros ponían un pie fuera, los sarcásticamente bautizados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España). El resto de Europa se mantenía en niveles aceptables de crecimiento, considerados “preocupantes” sólo por los neoliberales más acérrimos.

Montando un árbol de Navidad hecho de luces (Madrid, España)

Montando un árbol de Navidad hecho de luces (Madrid, España)

Y llegó el siglo XXI. Frente a las pantallas de nuestros televisores, fuimos testigos de grandes acontecimientos, el mundo “cambió” –o eso nos contaron- y nos vimos inmersos en la vorágine de la especulación y el dinero fácil. Hemos vivido atentados terroristas a gran escala, guerras “preventivas”, levantamientos sociales y choques culturales. Entre bambalinas, los fondos de inversión soberanos o privados, la banca, los dueños y directivos de multinacionales y los ricos por herencia compraban bienes inmuebles, deuda “basura”, bonos, acciones, futuros, artículos de lujo y obras de arte a precios astronómicos.

Mientras tanto, la clase media, confiando en el principio del eterno progreso, se olvidaba del ahorro y vivía al día, incrementando exponencialmente sus niveles de consumo, endeudándose cada vez más, accediendo a bienes que, antes, eran prohibitivos. El crédito se convirtió en liquidez y la liquidez en historia. Nadie se privaba de nada: viajes a las antípodas, cruceros de lujo, las últimas novedades tecnológicas, todo tipo de electrodomésticos, productos gourmet, bodas por todo lo alto, experiencias al límite tirándose en paracaídas o sobrevolando la ciudad en helicóptero o globo aerostático. Nada era suficiente, se aspiraba a lo máximo.

2008. Pongámosle nombre: el año de la crisis. Del comienzo de la crisis, quiero decir. El anuncio oficial aparece en forma de titular “Lehman Brothers en bancarrota”. Aunque la noticia llevaba rumiándose varios meses, nos pilló por sorpresa. En general, la clase media no entendió lo que había sucedido hasta que se empezó a hablar de ella directamente. De los grandes artículos sobre Wall Street y las subprimes, las pérdidas de la banca y los rescates financieros masivos, pasamos rápidamente a titulares anónimos, genéricos, sin nombres propios: paro, desahucios, recortes, subida de impuestos indirectos, privatización, emigración de los jóvenes en busca de trabajo… En esas noticias es donde encontramos a la clase media. Y su decadencia.

Monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise (París, Francia)

Monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise (París, Francia)

A mediados de 2015, llevamos siete años de “crisis”, con recesión económica incluida. Se ha hablado de revolución, de cambio, de desesperanza, de salida de la UE y del euro, de nacionalización de la banca, de regeneración, de cambio de paradigma económico, de economía participativa, de nuevos partidos políticos, de manifestaciones, de asambleas populares y hasta de huertos urbanos. Las redes sociales han estallado ya tantas veces que lo raro es encontrarlas “tranquilas”. De hecho, cada vez “estallan” más a menudo; sucede que es un estallido controlado y, sobre todo, breve, transitorio.

Algunos políticos se atreven a agitar la mano y decir adiós a la crisis. Nos queda mucho camino pero hemos tocado fondo y ya estamos subiendo otra vez, cual ave Fénix. Poco a poco se está creando empleo. Pasito a pasito se está recuperando el ritmo de consumo interno. La industria turística crece, la construcción vuelve a levantarse sobre sus maltrechos pilares de cemento. El tándem turismo-construcción se recompone.

Dentro de un lustro volveremos a ser lo que éramos, a estar igual que estábamos. En 2020 la cifra de desempleo verá la decena en lugar de la veintena. El PIB crecerá un 3% anual. Algunos emigrados regresarán. Se volverán a conceder más de un millón de hipotecas al año y el mercado inmobiliario retomará su costumbre de inflarse como una burbuja. Y el sol brillará, casi seguro, para que los alemanes, los suecos, los rusos y los chinos puedan disfrutar de él en nuestras magníficas playas de bandera azul y fina arena.

Se oyen voces de que lo peor ha pasado; yo diría que lo lamentable es que lo peor se ha quedado.

Santorini (islas Cícladas, Grecia)

Vista de Oia (Santorini, Grecia)

Vista de Oia (Santorini, Grecia)

A primera vista, el nombre de Santorini (Santa Irini, Santa Irene, Pax en latín) retumba en nuestros oídos como el típico lugar idílico, artificialmente perfecto, construido para el disfrute del turismo de masas, con hoteles y apartamentos minimalistas de un blanco escrupuloso, piscinas infinitas que miran al mar Egeo y espectaculares puestas de sol vistas desde la punta norte de la isla, la localidad de Oia. Los seis mil habitantes permanentes de la isla viven, en su mayor parte, de los servicios y los productos que ofrecen a los visitantes que llegan por millares hasta sus accidentadas costas, bien por mar, en gigantescos cruceros o en ferrys, bien por aire, hasta el pequeño aeropuerto construido en la cara oeste de la isla, donde los abruptos cortes geológicos del extremo contrario han dejado paso a suaves llanos cultivados y extensas playas de fina arena multicolor.

Aunque la postal que se vende de Santorini está compuesta por sol, playa, pueblecitos pintorescos y deportes naúticos, nos equivocaríamos si pensamos que es tan sólo eso, un destino turístico más, otro de esos lugares de “todo incluido” en el que pasaremos una semana de relax, comeremos bien y compraremos media docena de inútiles souvenirs. Santorini, la antigua Thera, tiene unos 5.000 años de historia, interrumpida, mediado el segundo milenio a. C., por la conocida como “Erupción minoica” del volcán que terminó conformando la orografía actual de la isla. Por supuesto, las ofertas de excursiones para llegar, en goleta, hasta la Caldera –los lugareños utilizan el término como nombre propio- y bañarse en aguas sulfurosas son múltiples.

La Caldera -volcán- visto desde Imerovigli (Santorini, Grecia)

La Caldera -volcán- visto desde Imerovigli (Santorini, Grecia)

De la cultura minoica, cuyo centro fue la Creta del fabuloso rey Minos y su fantástico laberinto del Minotauro, se preservan restos aún, una ciudad entera llamada Akrotiri, desenterrada con paciencia por varias generaciones de arqueólogos encabezados por su descubridor, Spyridon Marinatos, desde principios del siglo XX hasta hoy. Los hallazgos más llamativos no se conservan in situ sino que han ido a parar al museo arqueológico de Atenas y, en mayor medida, al museo de Fira, la capital de la isla. Los frescos y las figurillas siguen la tradición artística cretense (minoica) que, a su vez, bebe del antiguo arte egipcio pero preservando sus características peculiares: mujeres con pechos desnudos y serpientes enroscadas, representaciones de animales marinos, de monos azules o ese simpático y delicado ibis tallado en oro.

La mejor manera de recorrer la isla es alquilando un coche, un quad o una motocicleta sin olvidar, por supuesto, los paseos por las callejas adoquinadas, estrechas y laberínticas de sus ciudades, en especial las de Pyrgos, la que para mí es la localidad menos explotada turísticamente y, por tanto, más auténtica: la mayor parte de las empinadas calles dibujan requiebros o terminan en azoteas o muros de viviendas particulares, infranqueables para el foráneo.

Calle de Pyrgos (Santorini, Grecia)

Calle de Pyrgos (Santorini, Grecia)

Aunque Santorini es pequeña, no llega a 100 Km2 de superficie, las constantes pendientes, junto con el corte central que divide la zona de playas de la parte aterrazada que cae hacia la Caldera, producen un efecto montaña rusa y, al mismo tiempo, ofrecen unas vistas subyugantes: los reflejos pintados por el sol en las aguas del Egeo, la combinación de colores del cielo a lo largo del día, las puestas de sol sobre la Caldera, los naranjas, rojos y púrpuras arrancados por los rayos del ocaso a la blancura de las casas o la gama de tonos ocres y rojizos ofrecidos por las recortadas tierras de Finikia, Imerovigli y Fira. En la cara opuesta, aparecen los cultivos y las playas de origen volcánico: la roja, por el color de la arena y las rocas, en la punta más meridional de la isla; las de suave arena negra en Perissa y Perivolos; la blanca, también llamada Aspri, con muros rocosos que parecen encalados; la playa nudista de Kolumbo, recogida sobre sí misma entre paredes cortadas.

La playa Roja (Santorini, Grecia)

La playa Roja (Santorini, Grecia)

Caminando entre las tiendas de recuerdos y los restaurantes con su ineludible relaciones públicas en la puerta, invitándonos a entrar con promesas de apetitosos platos, una puede olvidar, por descuido, que la isla de Santa Irini atesora huellas de un pasado de invasiones y grandes reinos. Además de la civilización minoica de origen cretense que la habitó, también se asentaron en sus fértiles tierras volcánicas los espartanos y, posteriormente, los Francos; reinaron sobre ella, durante varias decenas de años, los dogos de la República de Venecia que, al desaparecer, dieron paso al Imperio Otomano.

En 1830 la isla pasó a formar parte del Estado griego moderno. Indudablemente, el sabor, el color y los olores de Santorini son típicamente griegos pero en ellos siempre encontramos una pizca de esa historia de invasiones y asentamientos de otros pueblos, de otras culturas; tal vez lo hallemos en los mosaicos de las iglesias ortodoxas o mezclado en las especias empleadas para preparar moussaka o souvlakis (brochetas) o en las calles sinuosas que traen al recuerdo los caminos truncados de los zocos árabes. Santorini es mucho más que un destino vacacional artificialmente encantador. Eso sí, hay que evitar viajar en verano, temporada alta para los turistas y muy baja para sentir el embrujo de la antigua Thera.

Copenhague (Dinamarca)

Piel escandinava, corazón mediterráneo

La ciudad desde la torre de San Salvador, Copenhague (Dinamarca)

La ciudad desde la torre de San Salvador, Copenhague (Dinamarca)

Al desembarcar en el moderno aeropuerto de Copenhague, coger el metro para llegar hasta el centro de la ciudad y pasear, por primera vez, por sus amplias y bien pavimentadas vías, una tiene la sensación de haber puesto pie en otra de esas ciudades europeas que, aunque no carecen de encanto y de carácter, resultan un tanto asépticas, algo aburridas, demasiado tranquilas. En cuanto empieza a anochecer, un velo de sueño cae sobre la urbe, los ruidos se amortiguan, los murmullos callejeros se apagan y sólo quedan los destellos luminosos de las bombillas de algunos apartamentos, de un puñado de televisores y de los luminosos de contados comercios, especialmente los dedicados a la venta de comida rápida, regentados por inmigrantes en su mayor parte.

Como también sucede en otras poblaciones del norte, las viviendas tienen grandes ventanales sin persianas ni cortinas, para aprovechar todo lo posible la escasa luz natural que les brinda el sol a lo largo del año. Los ojos extranjeros, los míos al menos, se paran en el interior de las viviendas y se sorprenden al percibir la rutina diaria enclaustrada en su prisión de cristal y cemento. Los habitantes de los países mediterráneos estamos acostumbrados a hacer vida en la calle, en las terrazas de los bares, en los parques y, en cambio, somos bastante celosos de nuestra intimidad de puertas para adentro, más allá de las rejas, los portalones, los visillos, los toldos y los cortinajes detrás de los que nos parapetamos del sol y de las miradas ajenas.

Jardínes del Tívoli, Copenhague (Dinamarca)

Jardínes del Tívoli, Copenhague (Dinamarca)

Resulta complicado definir a un pueblo con pocas palabras, ni siquiera es sencillo hacerlo cuando se ha vivido durante varios años en un mismo lugar o cuando se trata de hablar del propio origen. Desde el punto de vista del turista, podemos jugar con los tópicos, que suelen estar salpicados de parte de razón, y decir que los daneses son educados, desapasionados, ecologistas, amantes del aire libre y del diseño sencillo, práctico y funcional. Incluiría en este cuadro definitorio y comprensiblemente reduccionista que han aprendido a ser grandes gastrónomos a base de reinterpretar –y reinventar- sus propias recetas de cerdo, pescado y verduras; con una inconfundible influencia de la cocina francesa, eso sí.

Dinamarca es un país de navegantes y mercaderes, de sagas y epopeyas de reyes conquistadores, de Hamlets a los que consume la culpa. Mira hacia el mar y éste le devuelve la atención con rotunda furia, royendo las orillas de sus costas, golpeadas también por el constante viento, esbozando un paisaje de hierbas altas y arena, el que ve el viajero al recorrer la compartida península de Jutlandia, mitad danesa, mitad alemana. Los fiordos y los conjuntos de pequeñas islas son los accidentes geográficos más característicos del país. En Selandia, la isla más grande del conjunto, se sitúa Copenhague, la capital, enfrentada a la ciudad sueca de Malmö y unida a ésta por un gigantesco puente de esbelto trazado (puente de Oresund).

Detalle de un restaurante en Christianshavn, Copenhague (Dinamarca)

Detalle de un restaurante en Christianshavn, Copenhague (Dinamarca)

Copenhague invita a pasear por las calles de su concentrado centro histórico, peatonales la mayoría, entre edificios de ladrillo y coloridos escaparates; a alquilar una bicicleta y recorrer a fuerza de pedales los suburbios, tan diferentes a los de ciudades de pasado industrial como Manchester o Hamburgo; a deambular en busca de los numerosos parques y rincones tranquilos que nos ofrece. Resulta extraño pensar que en esta urbe y en su extrarradio vive un cuarto de la población de toda Dinamarca, tan espaciosa y calma le resulta al viandante. Durante nueve meses, los habitantes de Copenhague se refugian del frío y la lluvia en sus coquetos apartamentos, esperando que los primeros rayos de sol anuncien la corta primavera; es entonces cuando salen a la calle, ocupan las terrazas de bares y restaurantes, las plazas públicas, los espacios alfombrados de verde césped.

Voy a evitar hacer un recorrido por los monumentos y reliquias del pasado que nos ofrece cualquier guía sobre la capital danesa. Allí encontraréis el famoso parque de atracciones, el Tívoli, recoleto y animado punto de encuentro de oriundos y extranjeros; la iglesia de San Salvador, al otro lado del canal principal, con su estilizada torre negra en espiral desde la que se puede otear la amalgama de tejados que se pierde en el horizonte; la conocida ciudad libre de Christiania, un barrio fuera de la ley, un experimento comunitario de los setenta que se ha convertido en un extravagante centro comercial abierto 24 horas, lleno de puestos de camisetas con mensajes libertarios y puestos de comida grasienta; tal vez detrás de las fachadas de las naves cerradas a cal y canto se encuentre el verdadero espíritu del Christiania primigenio: al visitante temporal esta visión le está vedada.

Barco herrumbroso en el canal principal de Copenhague (Dinamarca)

Barco herrumbroso en el canal principal de Copenhague (Dinamarca)

Los barcos surcan el canal de límpidas aguas, los turistas pulsan convulsivamente el botón de toma de sus aparatos fotográficos, en modo panorámico, a poder ser, mientras buscan la archiconocida –y poco impresionante- escultura de bronce de la Sirenita. A ambos lados de las mansas aguas del canal, edificios antiguos y modernos se confunden, armonizan y conviven en una complicada simbiosis que, en muchas otras ciudades, resulta estéticamente antipática. No es el caso de Copenhague; en ella conviven el cubo acristalado que lleva el letrero de Teatro de la Ópera, la residencia oficial de la realeza -el palacio de Amelienborg– o la innominada iglesia de Mármol, con el bien conservado y rehabilitado patrimonio arquitectónico industrial.

Sólo un detalle más, en este caso práctico, antes de poner el punto final a esta entrada: si visitáis la ciudad, probad el arenque (os recomiendo un restaurante con mucho encanto y buena relación calidad/precio, MaVen) y tened en cuenta que el nivel de vida en Copenhague es mucho más elevado que en España.