El contexto importa

Teatro de marionetas de Salzburgo

Moralmente hablando, los hechos absolutos no existen. O eso me ha parecido a mí siempre. Las palabras y las acciones dependen del contexto. Ni siquiera un asesinato es un hecho absoluto; suele justificarse, incluso jurídicamente, si es en defensa propia, por ejemplo. Por no hablar de la mayor de las justificaciones, la guerra, moralmente más dudosa pero igualmente válida.

El vergonzoso caso de los titiriteros de Madrid encaja perfectamente en esta situación: el contexto lo es todo. Hablamos de entretenimiento, del Carnaval, de cultura y de Arte. Una obra de ficción para títeres, más o menos vinculada a la realidad por referencias. La última novela de Houellebecq, “Sumisión”, es ficción y todos la reconocemos como tal. Podemos o no estar de acuerdo con ella; incluso puede ofendernos, según cuales sean nuestras creencias. Pero, en cualquier caso, consideraríamos injustificado o punible un ataque contra el autor a causa de su obra.

Hay quien opina que lo indigno, en el caso de los titiriteros, es que fuera una propuesta dirigida al público infantil. Dejando a un lado si se había aclarado o no que era una obra para adultos –he leído tantas versiones ya que no puedo estar segura-, lo que me deja ojiplática es que algunos de los asistentes decidieran acudir a la policía porque en la actuación se veían escenas de cariz violento (tal vez desagradables, demasiado crudas, para algunas personas) o se leían pancartas con textos alusivos a Al Qaeda o ETA.

Me gustaría saber cuál es el comportamiento de estas personas frente a las imágenes, a menudo de una violencia inusitada y de una crueldad rayana en el sadismo, que aparecen en la televisión y los videojuegos. Por no hablar de los mensajes racistas, homófobos o humillantes (para ciertos estratos o grupos sociales, especialmente) que se lanzan a través de estos medios, verbal y visualmente.

Esta mañana, leyendo un libro sobre arte moderno, me he topado con el nombre de Maurizio Cattelan, un artista italiano de renombre conocido por su satírico, negro incluso, sentido del humor. Sus esculturas suelen representar personajes de un modo realista –a propósito que, de nuevo, nos encontramos con la palabra “representación”, o sea, fuera de la “realidad”-. “La nona ora” consiste en una escultura del papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito; otra escultura representa a Hitler, arrodillado y en actitud cercana a la oración, vestido con un sobrio traje gris; unos niños colgados de sogas de las ramas de un árbol -ahorcados- son también creación del italiano.

"La nona ora", de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

“La nona ora”, de Maurizio Cattelan, generó una amarga polémica en Polonia.

Cattelan es un artista polémico y transgresor, no cabe duda. En una entrevista concedida al diario conservador ABC, el periodista presenta su obra como “anárquica, irreverente, absurda, insolente y provocadora hasta el extremo”. También puede resultar ofensiva, como las puestas en escena de Leo Bassi, hipercrítico con la Iglesia católica. Este último vio una de sus creaciones censurada por el gobierno regional, hace algunos años.

De momento, que yo sepa, ni Cattelan ni Bassi han pasado por la cárcel acusados de expresarse con libertad a través de sus obras. Otros como ellos, en muchos países del mundo, sí que han sufrido represalias por alzar la voz, el pincel o el buril; artistas, periodistas y disidentes en general viven amenazados, sufren censura, encarcelamientos e, incluso, son asesinados. Hay muchos otros casos de linchamiento público y mediático.

Los artistas, los creadores, tienden a hurgar en las fronteras de lo permitido y lo prohibido, lo bello y lo horrendo, lo desagradable o lo que se considera correcto. Ha sido así durante siglos y, especialmente, a partir de la modernidad, empezando por las vanguardias –dadaísmo, surrealismo, expresionismo…-

Esta búsqueda de los límites puede llevar a extremos indeseables. Como público, como consumidores de los textos, las imágenes y los sonidos que nos ofrecen los artistas, podemos darles la espalda, cerrarles la puerta, hacerles el vacío, criticarlos o ningunearlos, si nos desagradan u ofenden. Lo que no debemos olvidar es que sus obras son creaciones y, como tales, están insertas en un contexto; entender cuál es este contexto y qué significa es nuestra labor como espectadores.

Es sencillo convertirse en un extremista

Violencia infantil: niño apuntando con un arma

Violencia infantil: niño apuntando con un arma

¿Te consideras extremista?

La mayor parte de las respuestas a esta pregunta serán negativas. No, por supuesto que no, yo soy (muy) tolerante. Tengo mis principios y mis ideas, como todo el mundo, pero respeto el pensamiento ajeno y la forma de vida de los otros. Bueno, a ver, hasta cierto punto, hay ciertos comportamientos que no se pueden tolerar. Los que hacen mal a otros, los de… Hummm, justo, esos mismos, los de los extremistas.

¿Crees que alguien te puede considerar extremista?

En absoluto. Salvo alguien que sea extremista, ése considerará que es su contrario todo el que no piense como él. Aunque, vamos a ver, aclaremos el concepto, ¿qué quieres decir exactamente con extremista? No voy pegando a la gente por ahí ni me inmolo en nombre de Alá ni hago apología de la violencia ni nada de eso. Alguna vez me caliento un poco, lo reconozco. Incluso me han dado ganas de partirle la cabeza a alguno.

No sé bien si se ha puesto de moda el término “extremista”, con el que nos topamos a menudo en noticias, en artículos y hasta en conversaciones de la vida cotidiana, o es, más bien, el comportamiento y el modo de pensar extremista el que está en boga. A bote pronto, podría mencionar decenas de ejemplos, teniendo en cuenta que, según el punto de vista de unos y otros, extremista es alguien y su contrario, al mismo tiempo.

Donald Trump es extremista; Varoufakis también lo es; Le Pen; los islamistas (radicales); los sionistas; Podemos; VOX; los venezolanos de Chávez y Maduro, los hindúes perseguidores de cristianos y hasta el gobierno chino, de vez en cuando. Los extremistas suelen denominar a sus “enemigos” de esta manera, de ahí que el término esté tan extendido.

 

Dime de qué careces o qué tienes en exceso y te diré en que extremo te sitúas

 

Hay dos tipos fundamentales de extremismo. Uno es verbal; el otro es físico, mueve a la acción. El primero tiende a desembocar en el segundo. Se empieza menospreciando e insultando y se termina agrediendo o matando. Lo hemos visto miles de veces. La violencia machista suele actuar así; la deportiva también; la de clases y la religiosa; incluso la política, cuando se vuelve contra los ciudadanos en forma de dictaduras, regímenes policiales o, simplemente, recortando los derechos y empobreciendo a la población.

En ciertas ocasiones, se intenta justificar el extremismo. Otras, se buscan sus cimientos para entenderlo. Las más, se sufre. La pobreza, la ignorancia, la marginación o la fatalidad suelen flotar entre las excusas. El ensañamiento contra un grupo o un individuo, la humillación constante, el trato desfavorable a las minorías, son todos ellos caldos de cultivo de la radicalización. El sentimiento de inferioridad que se convierte en frustración o rabia. También el exceso de poder y de confianza, aquellos que consideran que son más que los demás, que poseen la verdad absoluta, que son los elegidos.

"Los caballos de Dios", película marroquí que muestra el proceso de radicalización de dos jóvenes marroquíes

“Los caballos de Dios”, película marroquí que muestra el proceso de radicalización de dos jóvenes marroquíes

Es fácil ser extremista, lo difícil es no serlo. O esa es la sensación que tengo cuando miro a mi alrededor; cuando leo, escucho o veo las noticias; cuando observo cómo pierden el control de sus palabras y de sus actos personas que, un minuto antes, habría tildado de “normales” (frente a “extremistas”, entendámonos).

Pienso en el deporte, envuelto en su aura lúdica y límpida, en el que la deportividad suele brillar por su ausencia, en el que los jugadores se pegan, el público se agrede, los hinchas se apalean y se acuchillan.

Pienso en las parejas que deberían amarse, o dejarse si no se quieren, y que se hieren psicológica y físicamente, se matan, se asesinan.

Pienso en los niños que juegan a la guerra y a matarse, que se pelean y se insultan, que son capaces de infringir dolor a otros sin pestañear ni sentir piedad, que le faltan al respeto a sus profesores, que entran en su instituto con un arma y disparan contra sus compañeros .

Pienso en los conductores que pierden la educación, las formas y los nervios en las carreteras, entre atascos y semáforos.

Pienso en esas personas religiosas que solemos denominar fanáticos cuyos discursos intolerantes plantan las semillas de la discordia y el rencor.

Pienso en el menosprecio del dolor y de la vida que demuestran los sicarios, los ejecutores, los torturadores o los mercenarios.

Pienso en los insultos y en el menosprecio que destilan las apariciones públicas de muchos políticos y los propios debates que tienen lugar en el Congreso.

Pienso en los padres y madres que amenazan e insultan a los profesores de sus hijos en lugar de sentarse a hablar para intentar entenderse los unos con los otros.

Pienso en los policías antidisturbios que se extralimitan en sus funciones, convertidos en sádicos aporreadores, en máquinas de pegar patadas.

Antidisturbios en la República de Corea.

Antidisturbios en la República de Corea.

Pienso en esos jóvenes que, hastiados, se dedican a maltratar a seres que están solos y que son más débiles que ellos, sean otros chavales, mendigos o mujeres.

Y, sobre todo, pienso en todas esas cabezas pensantes en la sombra, en los que sacan provecho de la radicalización de los demás, en los que disfrutan del espectáculo desde la cómoda y segura distancia, los que no se enfangan ni se manchan de sangre ni hacen explotar sus cuerpos en pedazos. Los políticos, los medios de comunicación, la publicidad, los “líderes de opinión” y los “líderes religiosos”, los cabecillas de los movimientos.

Pienso en estas personas y entes porque, si no existieran, el fenómeno del extremismo sería mínimo. Mientras los miserables se matan entre sí siguiendo sus órdenes y dictámenes, ellos se refocilan en su poder y brindan por la llegada de un nuevo día en el que ellos habrán ganado y todos los demás habremos perdido.